Читать книгу «Maximina» онлайн полностью📖 — Armando Palacio Valdés — MyBook.
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IV

Índice

N la redacción reinaba silencio inusitado. No se oía más que el crujir de las plumas de acero sobre el papel. Los redactores escribían en torno de una gran mesa forrada de hule, exceptuando dos ó tres colocados frente á unas mesillas de pino en los rincones de la sala. De pronto, uno de barba poblada y gris levantó la cabeza preguntando:

—Diga usted, Sr. de Rivera, ¿no estaba señalado para el día 18 el movimiento?

Miguel, que escribía en una de las mesitas privilegiadas, respondió sin levantar la cabeza:

—No me cansaré, Sr. Marroquín, de recomendar á usted la discreción. Observe usted que nuestras cabezas peligran todas, desde las más humildes como la del Sr. Merelo y García, hasta las más severas y magníficas como la de nuestro dignísimo director.

Los redactores sonrieron. Uno de ellos preguntó:

—¿Y qué es de Merelo? No ha venido todavía.

—Hasta las doce no puede venir—contestó Rivera.—De diez á doce conspira siempre contra las instituciones en el café del Siglo.

—Yo pensé que era en Levante.

—No, en Levante es á última hora, de dos á tres.

El primero que había hablado es aquel mismo señor Marroquín, de perdurable memoria, profesor de Miguel en el colegio de la Merced, enemigo nato del Supremo Hacedor y hombre hirsuto hasta donde un bípedo puede serlo. La razón de encontrarse allí es la siguiente: Un día, cuando estaba concluyendo de almorzar, pasaron á Miguel recado de que un caballero le aguardaba en el despacho. El caballero era Marroquín, que más parecía por la traza un mendigo. Tan pobre, sucio y raído estaba. Al ver á su discípulo se enterneció, aunque parezca extraño. Después le contó, con verdadera elocuencia, que no tenía una peseta, y se morían de hambre él y sus hijos, concluyendo por pedirle una plaza de redactor en La Independencia.

—Yo no soy propietario del periódico, querido Marroquín. Lo único que puedo hacer por usted es darle una carta para el general conde de Ríos.

En efecto, le dió la carta, y Marroquín se presentó con ella en casa del general; pero tuvo la mala fortuna de llegar en la peor sazón, cuando aquél, hecho un energúmeno por los pasillos de su casa, recordaba el repertorio de juramentos en que tanto se había distinguido el sargento Ríos. La razón era que uno de sus pequeños se había bebido un frasco de tinta persuadido de que era Valdepeñas. Si tienen ó no los juramentos é interjecciones de los carreteros influencia decisiva en los envenenamientos, no lo sabemos; pero el general los empleaba con la misma fe que si se tratase de un antídoto poderoso. El paciente inclinaba su cabecita pálida contra la pared derramando copioso llanto.

—¿Qué trae usted?—le preguntó el conde clavándole una mirada iracunda.

—Una carta—contestó el pobre Marroquín presentándosela con mano trémula.

—¡Vomita!—gritó el general con los ojos llameantes.

—¿Cómo?—preguntó tímidamente el profesor.

—Vomita, niño, vomita, ¡ó te estrello!—rugió el ilustre caudillo de Torrelodones sacudiendo á su hijo por el cuello.—¿Y qué dice la carta?

—Es del Sr. Rivera, pidiéndole una plaza de redactor en La Independencia para un servidor de V. E...

—¿No puedes? ¡Métete los dedos en la boca!... Ya sabe el Sr. Rivera sobradamente que no hay plaza, que todas están ocupadas, y que ya me duelen las orejas... ¡A ver si te metes los dedos, chiquillo, ó te los meto yo!

Marroquín obró prudentemente levantando el pestillo de la puerta y saliéndose con disimulo. Más adelante, Miguel habló al general en momento más propicio, y pudo conseguir que se le admitiese en la redacción con un sueldo mensual de veinticinco duros.

En La Independencia, escribía, además de aquel redactor de fondos que ya conocemos, un cura apóstata y liberal que se había dejado crecer la barba hasta el pecho y contaba á sus compañeros los secretos de la confesión cuando venía un poco ó un mucho beodo. Era íntimo de Marroquín. Ambos tenían la misma ojeriza á la Divinidad, y ambos trabajaban con afán por libertar á la humanidad de su yugo. Sin embargo, un día estuvo á punto de enfadarse seriamente con el hirsuto profesor porque hizo chacota de la Eucaristía, lo cual confirmó á éste en su opinión de que «el cura siempre tira al monte». Se llamaba D. Cayetano. Otro de los redactores era un joven rubio, bello y tímido, que se sentaba en uno de los rincones de la sala y sólo levantaba la cabeza al escuchar alguna frase brillante, por las cuales sentía pasión loca. Sus artículos eran siempre un empedrado de palabritas sonoras, fluidas, titilantes (adjetivos que representaban gran papel en el repertorio de Gómez de la Floresta). Jugaba con ellas lo mismo que un saltimbanqui. El que quisiera verle contento no tenía más que decir alguna metáfora ó inventar algún adjetivo armonioso. Rivera, que conocía este flaco, solía darle por el gusto.

—Esta tarde, señores, he visto una mujer cuya mirada brillaba como la hoja de un puñal damasquino.

Gómez de la Floresta levantaba, rojo de placer, la cabeza y le dirigía una sonrisa de felicitación.

—Eso es, una mirada fría y siniestra.

—Tenía el cutis terso y ardiente con surcos marmóreos. Los cabellos caían como una cascada de oro sobre su cuello de cisne aprisionado por un collar de brillantes que parecían gotas de luz....

—¡Gotas de luz! ¡Qué bonito es eso, Rivera! ¡Qué bonito!

—Era una mujer á propósito para hacer un poco de tiempo vida oriental.

—¡Eso es! Refugiados en un minarete, aspirando los perfumes de la Persia, dejando que sus manos de nácar acaricien nuestros cabellos, libando en su boca de rosa el néctar de la voluptuosidad.

—Veo con regocijo, Sr. de la Floresta, que está usted en lo firme. Hagamos punto, sin embargo. Se le han subido á usted las frases á la cabeza y preveo un desenlace fatal.

El redactor sonreía avergonzado y continuaba su tarea.

Un joven delgado, de pómulos salientes, ojos oblicuos y andar desgarbado entró haciendo mucho ruido y tarareando algunos compases de vals. Se acercó á la mesa donde escribía Miguel, y dándole una palmadita en el hombro, dijo con alegre entonación:

—Hola, amigo Rivera.

Este, sin levantar la cabeza, respondió muy gravemente:

—Despacio, despacio, Sr. Merelo; despacio, que no somos todos iguales.

Los redactores rieron.

Merelo, un poco acortado, exclamó:

—¡Este Rivera siempre está de broma!... Pues señor—siguió, arrojando el sombrero sobre la mesa,—en este momento llego de la reunión arancelaria del Teatro del Circo...

—¿Quién habló? ¿quién habló?—preguntaron varios.

—Pues hablaron D. Gabriel Rodríguez, Moret y Prendergast, Figuerola y nuestro director; pero el que mejor habló fué D. Félix Bona.

—¡Hombre! ¿Y qué ha dicho?

—Pues empezó diciendo que él... el más humilde de todos los que allí estaban...

—¿Y usted, Sr. Merelo, no ha protestado contra esa afirmación?—preguntó Miguel desde su mesa.

Merelo le miró sin comprender; mas sintiendo al cabo el alfilerazo, hizo una mueca de disgusto y siguió, aparentando desprecio:

—Que él venía á hablar allí en nombre del comercio al por menor...

—No, pero usted, amigo Merelo—interrumpió el ex cura, que gustaba mucho de embromar al noticiero,—debió haber protestado contra aquello de la humildad.

Merelo transigía, hasta cierto punto, con las bromas de Rivera, en quien reconocía superioridad; pero las del cura le crispaban los nervios. Así que, lleno de ira, juntó las manos como hacen los sacerdotes en misa y cantó:

¡Dóminus vobiscum!

Carcajada general de los redactores. El cura se puso colorado hasta las orejas; y fuertemente desabrido quiso continuar la broma, aguzándola cada vez más; pero el noticiero, que no tenía mucho ingenio, contestaba siempre:

¡Dóminus vobiscum!

Con entonación tan cómica y clerical, que los periodistas se desternillaban de risa.

El cura se puso al fin amoscado. En vez de bromas, lo que dirigía á Merelo eran verdaderos insultos. Uno de ellos fué tan vivo y desvergonzado, que aquél se vió en la necesidad de alzar la mano y soltarle una soberana bofetada. Momentos de confusión y tumulto en la redacción. Varios individuos sujetan, á duras penas, á D. Cayetano, que con las tijeras de cortar sueltos en la mano declara en alta voz su propósito de sacar las tripas á Merelo. Éste, á quien no complace poco ni mucho tal declaración, ruega á sus compañeros que le suelten, «que él no tolera imposiciones de nadie»; pero sus amigos comprenden que es pura retórica, y le sujetan cada vez con más cuidado. Al fin se logró calmar á los irritados contendientes, y vino un cuarto de hora de sosiego, durante el cual todos se aplicaron á escribir en silencio. Por fin levanta Miguel la cabeza y pregunta:

—Oiga usted, Sr. Merelo, ¿cuándo piensa usted ir á Roma?

—¿Á Roma?... ¿Á qué?

—Á que le perdonen el pecado de haber puesto la mano en persona sagrada. Aquí no le pueden absolver.

Se arma de nuevo una zambra de risa en la redacción. El cura furioso suelta la pluma, toma el sombrero y se va.

Y en tales bromas y en otras semejantes, siendo el alma de ellas casi siempre nuestro Rivera, solían perder mucho tiempo los redactores de La Independencia. Á más de éstos había otros tres ó cuatro de menor cuantía, y un sinnúmero de meritorios que acudían solícitos por las noches á llevar al director su ofrenda de sueltos y artículos, la cual era despreciada la mayoría de las veces. Entre todos estos llamaba la atención un señorito aún no entrado en quinta, feo, raquítico y bien trajeado, que solía escribir artículos de crítica literaria, los cuales firmaba siempre con el pseudónimo Rosa de te. Era severísimo con los autores, y se creía siempre en el deber de darles sanos consejos acerca del arte que cultivaban. Á menudo les decía que esto no era humano, aquello verosímil, lo otro castizo. Hablaba mucho de la vida, que á su juicio ningún autor conocía, ni tampoco las mujeres. Sólo Rosa de te tenía una idea exacta del mundo y del corazón de la mujer. Al comenzar sus críticas cuidaba siempre de colocar al autor en el banquillo de los acusados, subiéndose él al sillón del presidente del tribunal. Desde allí interrogaba, reprendía, disertaba, sonreía sarcásticamente: «¿Dónde ha visto D. Fulano que una joven exclame ¡cielos! cuando le duelen las muelas? ¡Bien se conoce que D. Fulano no ha pisado mucho los salones aristocráticos! La vida, D. Fulano, no es como usted la pinta: es necesario vivir dentro del medio social para aspirar á reflejarlo. Lo que no vemos tampoco en la obra de D. Fulano es el argumento. ¿Y el argumento, D. Fulano, y el argumento? ¿Qué carácter tiene el protagonista de su obra? En un capítulo dice que tiene mucho apetito, y se comería de buena gana una lata de sardinas de Nantes, y algunos capítulos más adelante dice que las sardinas le repugnan. ¿Qué lógica es ésta? Los caracteres en el arte han de ser bien definidos, lógicos, de una sola pieza. El protagonista de D. Fulano sólo toma en el curso de la obra, según nuestra cuenta, diez y nueve resoluciones. ¿Le parecen bastantes resoluciones éstas á D. Fulano para un protagonista? Ni siquiera nos parecen suficientes para un personaje secundario. Así que no tiene más remedio que resultar el carácter borroso, incoloro, falto de vida y energía. La energía en los caracteres es cosa que no me cansaré de recomendar á los autores dramáticos y novelistas. Además, procure D. Fulano ser más original. Aquella contestación que da Ricardo á la condesa en el capítulo sexto cuando dice:—¡Señora, no volveré á poner más los pies en esta casa!—ya la habíamos leído antes en Walter Scott».

A Miguel le hacía mucha gracia este muchacho, á quien llamaba siempre sacerdote, por las muchas veces que hablaba en sus artículos del «sacerdocio de la crítica». Rosa de te, tan bravo y altivo con los poetas y novelistas, era un santo Job para sufrir la vaya constante de Miguel y los demás redactores. Un día, sin embargo, tuvo la mala ocurrencia de censurar acremente á un poeta amigo de aquél, y Rivera, indignado, le llamó necio y badulaque en la cara, sin que el pobre Rosa la levantase para contestar. Cuando llegó Mendoza, irritado todavía, le dijo:

—Vamos á ver, Perico, ¿por qué consientes que escriba las revistas literarias ese chiquillo estúpido, que á cada momento está poniendo en ridículo el periódico?

Mendoza, según costumbre, guardó silencio. Pero Miguel insistió.

—Quiero que me expliques por qué...

—No cobra los artículos—respondió aquél en voz baja.

—¡Pues son muy caros!

Aunque sin mucha afición á la política, Miguel trabajaba con asiduidad en el periódico. La atmósfera revolucionaria se había condensado bastante, y ningún joven podía sustraerse á su influencia febril y turbulenta. El conde de Ríos fué desterrado á las Baleares á la postre. Mendoza, de la noche á la mañana, desapareció de Madrid, dejando una carta á su amigo Miguel, en que le decía que se escapaba porque tenía noticia de que la policía le iba á echar mano, y rogándole se encargase de la dirección del periódico. No poca risa le causó al hijo del brigadier la tal carta, pues estaba bien convencido de que el Gobierno no se acordaba para nada del pobre Brutandór. Se encargó, no obstante, de la dirección efectiva de La Independencia



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