Читать книгу «Maximina» онлайн полностью📖 — Armando Palacio Valdés — MyBook.

Maximina le miró con los ojos muy abiertos.

—Pues cuidado, porque aún tengo tiempo á arrepentirme. ¡Quién sabe si me escaparé esta noche, y mañana faltará para la boda la mitad de la gente!

Maximina sonrió forzadamente. Miguel, que adivinó su inquietud, le tomó la barba con los dedos, exclamando:

—¿Cómo eres tan inocente, criatura? ¿Sería posible que yo tirase mi felicidad por la ventana? Cuando por casualidad se encuentra en el mundo, es menester agarrarse bien á ella. Dentro de algunas horas no podrá separarnos nadie. Adiós... esposa mía.

El joven recalcó estas palabras alejándose. Desde lo alto de la escalera envió una sonrisa á la niña, que se había quedado inmóvil á la puerta de la sala, mostrando señales de hallarse todavía un poco turbada por la broma.

—Hasta mañana, ¿eh?

Maximina hizo un signo afirmativo con la cabeza.

No fué aquella noche de insomnio para Miguel, como dicen que acontece en vísperas de boda. Ni un solo presentimiento triste cruzó por su mente; ningún temor, ningún anhelo fogoso. Su determinación era tan firme y razonable, el entendimiento y el corazón le apoyaban tan vivamente, que no daba lugar á esa agitación malsana, á ese recelo que nos embarga en el momento de adoptar cualquier grave resolución. Por lo que se refería á Maximina, estaba seguro de ser feliz. Por lo que á él tocaba, cuidaría de serlo. Una vez despojado del deseo vanidoso de «hacer una boda brillante», estaba convencido de que ninguna mujer le convenía como aquélla. Ni siquiera la fiebre de una pasión ardorosa y violenta le causaba desasosiego. Sentía un amor intenso, pero tranquilo; ni espiritual ni sensual, sino tocado de ambas cosas á la vez. Se metió en la cama, estuvo algunos minutos pensando en su novia, y advirtiendo que el sueño venía á recogerle, apagó la luz y se durmió profundamente.

Antes de las cinco le despertó la voz de la criada. Era noche cerrada, y para serlo un rato todavía. Encendió de nuevo la bujía y se vistió y aderezó en algunos minutos con mano un poco trémula. Al acercarse el momento solemne, no pudo negar su naturaleza nerviosa é impresionable.

Cuando bajó á la sala, se encontró ya en ella bastante gente; la misma que había estado por la noche y alguna más; todos vestidos con los trapos más lucidos. D.ª Rosalía, que iba á ser la madrina, vestía un traje de merino negro y ostentaba algunas joyas de escaso valor. D. Valentín (el padrino) había sacado del fondo del baúl el frac con que se había retratado al hacerse piloto. Era un frac largo de talle, ancho de cuello y estrechísimo de manga. El ex capitán del Rápido lo llevaba con la misma gracia y soltura que una camisa de fuerza. En la planchada y rizada camisola brillaban dos gordas amatistas que le habían regalado el año cuarenta y dos en Manila. Por encima del chaleco, dando vuelta al cuello, pendía la cadena del reloj, que era de oro y con pasador guarnecido de ópalos. Pero donde D. Valentín había puesto los cinco sentidos era en los pies. Siempre había presumido su mujer (porque él era incapaz de presumir de nada) de que no hubiese otros en el pueblo tan breves y bien formados. Por lo cual el marino, en esta ocasión solemne, se creyó en el caso de dar lustre á las botas hasta dejarlas como lunas de Venecia; mas sólo con el fin de proporcionar á la compañera de su vida una nueva y pura satisfacción.

Faltaban entre los circunstantes algunas jóvenes, que, según le dijeron, estaban ayudando á vestir á la novia. No tardó ésta en aparecer con un modesto pero elegante vestido de lana, color azul oscuro, adornado con terciopelo negro. Traía puesto el rico aderezo del novio y en el pecho un ramito de azahar. Al entrar en la sala, todas las mujeres la besaron, exceptuando su tía, quien á la vista de aquel traje sintió abrirse la terrible herida de la noche anterior. Maximina la miró dos ó tres veces tímidamente y fué ella misma á besarla. Á quien no miró poco ni mucho fué á Miguel, que la devoraba en cambio con los ojos, comprendiendo perfectamente, á pesar de su fingida serenidad, el rubor de que estaba poseída. Las jóvenes artistas, que la habían aderezado, no acababan de estar satisfechas de su obra. Sentíanse al parecer atormentadas por esos vivos cuanto sutiles escrúpulos que al poeta ó pintor acometen siempre en los últimos momentos de la creación. Después de sentados todos, tan pronto se levantaba una y venía presurosa á prenderle el alfiler de brillantes más arriba, como llegaba otra y le daba un si no es más inclinación al ramo de azahar. Ésta le aliñaba el cabello con las manos, aquélla le desarrugaba el vestido, la otra le estiraba la gola. En fin, era un ir y venir incesante. Maximina les dejaba hacer, agradeciendo con una sonrisa estos cuidados.

—Oiga usted, D. Miguel—dijo D.ª Rosalía.—¿Usted no se ha confesado todavía?

—Pues es verdad, que no me acordaba—respondió aquél levantándose con prisa.—¿Y Maximina?

—Ya lo ha hecho.

—Pues hasta luego, señores.

Y al salir volvió á clavar en Maximina una intensa mirada, que la niña fingió no advertir.

Aún no se vislumbraban los primeros resplandores del día: verdad que la noche había sido tenebrosa y en toda ella no había cesado de llover. Con el paraguas abierto y rebujados en los abrigos atravesaron Miguel y D. Valentín la calle desierta. Ninguna noche estrellada y diáfana del mes de Agosto le pareció jamás tan bella á nuestro joven. Aquella madrugada fría, húmeda y triste quedó grabada en su corazón como la más risueña de su vida. La iglesia ofrecía un aspecto más tenebroso y más triste aún. Pasaron recado al cura, y no tardó en llegar. Era un señor anciano, que en gracia á la importancia de la boda, se había resignado á levantarse á tal inusitada hora. Llevóle suavemente de la mano á un rincón oscuro del templo y allí le confesó. Aún estaba arrodillado ante el confesor, cuando percibió el rumor de la comitiva nupcial que entraba en la iglesia con no poco estrépito; y su corazón se estremeció, no de dolor de haber ofendido á Dios, digámoslo en su mengua, sino con anhelo dulce y placentero. Fuése el párroco, después de darle la absolución, á revestirse á la sacristía, y él se unió á la gente sin lograr echar la vista encima á su novia. Sólo cuando el sacristán les vino á decir que podían acercarse al altar mayor fué cuando la vió acompañada de su tía. Los amigos les fueron empujando hacia adelante y se encontraron, sin saber cómo, uno al lado del otro, cerca del altar y delante del cura.

Contra lo que se esperaba, Maximina mostróse bastante serena durante la ceremonia y respondió á las demandas del sacerdote con voz clara, lo cual hubo de complacer tanto al buen señor, que exclamó:

—¡Eso es! Así se contesta... no como esas melindrosas que están rabiando por casarse y luego no hay quien les saque las palabras del cuerpo.

La salida era tosca; pero los feligreses de San Pedro estaban acostumbrados á otras tales, y sonrieron con regocijo. El buen párroco les bendijo extendiendo sobre ellos las manos grave y majestuosamente, imitando en lo posible á Moisés al separar las aguas del mar Rojo. Después comenzó la misa. Hincáronse de rodillas los novios y los padrinos. Al llegar cierto momento, que D.ª Rosalía presumía muy bien de conocer, se levantó y prendió una cadena á la cabeza de Maximina, invitando á su marido á que hiciese lo mismo con el extremo opuesto en el hombro de Miguel. Cuando quedaron de este modo uncidos, el hijo del brigadier comenzó á moverse dando leves tirones á la cadena. Maximina no le había dirigido siquiera una mirada. Aguantó el primer tirón juzgándolo casual; mas al segundo, sin levantar la vista, aunque sonriendo, le dijo en voz baja:

—Estése quieto.

Miguel tiró más fuerte.

—¡Por Dios, que se va á desprender!

Cuando hubo terminado el oficio, los que asistían á él, que ya formaban una muchedumbre, los rodearon para darles en voz de falsete la enhorabuena. Apretones de manos furtivos, empujones discretos, risas disimuladas. Todo el mundo temía descomponerse en el templo. Al salir rayaba el alba. Algunos curiosos madrugadores se asomaban á las ventanas para ver pasar la comitiva. Miguel se había quedado rezagado entre un grupo de hombres, y perdió de vista nuevamente á Maximina, que había marchado delante con sus amigas. En la sala de la casa de D. Valentín les aguardaba una mesa más abundantemente provista de confites y licores que artísticamente aderezada. Miguel tomó chocolate con los testigos. La novia había ido á cambiar de traje, según le dijeron. Al poco rato fué él á hacer lo mismo. En un descanso de la escalera encontró á su mujer, á quien la criada estaba abrochando los botones de las botas. Ambos quedaron confusos. Maximina siguió con la vista fija en las manos de la doméstica. Miguel se detuvo un momento vacilante, y exclamó, por decir algo:

—¡Ah! ¿ya estás vestida?... Voy á hacer lo mismo.

Y como si algún enemigo le persiguiese de cerca, subió á brincos la escalera.

Tornaron á reunirse poco después en la sala. Maximina estaba muy bien con su vestido gris de viaje y un sombrerito de última moda. Como se acercarse ya la hora de la partida, comenzaron las despedidas, y con ellas el torrente de las lágrimas, que en esta ocasión fué caudaloso como pocas veces. En el sexo femenino hubo un verdadero desbordamiento: hasta una joven quiso desmayarse. Tan sólo la novia aparecía serena y sonriente, lo cual indignó á D.ª Rosalía de un modo indecible, y le obligó á formar idea muy pobre de su sobrina, según confesaba después á sus comadres.

—¡Qué falta de sentido! Siquiera por el buen parecer...

Una amiguita se acercó á ella hecha un mar de lágrimas y la abrazó.

—¿No lloras, Maximina?

—No puedo—contestó la niña.

Sin embargo, cuando sus primas, las niñas de doña Rosalía, se abrazaron á sus rodillas, gritando:—¡No queremos que marches, Maximina!—se puso fuertemente encarnada, y la sonrisa particular que contrajo sus labios indicaba, á quien la conociese, que no estaba lejos de soltar la llave.

Hasta embarcar en el bote los acompañaron todos ó casi todos; pero á la estación sólo fueron D. Valentín y otros dos amigos, que eran los que cabían en el esquife. Hay que advertir que con los novios iba á Madrid en calidad de doncella una chica del pueblo. Se llamaba Juana, y era una muchachona fresca, robusta y no enteramente desgraciada de rostro. Miguel, conociendo el carácter de Maximina, no había querido que su servidumbre fuese toda madrileña.

Una vez en la estación y llamados al tren los viajeros por la voz estridente del mozo, D. Valentín se autorizó el lujo desusado de conmoverse. Abrazó á su sobrina estrechamente y la besó con efusión en los cabellos. Maximina también se mostró más agitada que hasta entonces lo había estado, aunque hacía esfuerzos por sonreir. Silbó la máquina. Partió el tren. Dentro del coche no había más viajeros que ellos. Los novios se colocaron uno frente á otro á un lado. Juana, por respeto, fué á sentarse en el extremo opuesto.

Los ojos de los esposos se encontraron, y Miguel sintió un suave estremecimiento de gozo, algo inefable y celestial que hizo palpitar fuertemente su corazón. Y después de cerciorarse de que Juana estaba distraída mirando por la ventanilla, se apoderó de una mano de su mujer y la dió un beso furtivo, inclinando para ello todo el cuerpo. Pero la mano ¡qué fastidio! estaba enguantada. Al cabo de un instante la hizo seña de que se quitase el guante. Maximina, después de hacerse rogar por medio de muecas expresivas, se decidió, riendo, á despojarse de él; y el joven dió porción de callados besos sobre la mano desnuda, observando con el rabillo del ojo á la doncella.

La conversación se hizo general entre los tres. Juana, que no había pasado nunca de San Sebastián, se maravillaba de cuanto veía, y muy particularmente de los carneros. Las gallinas también le daban pie para muchas y graves reflexiones. Miguel se deshacía en atenciones con su mujer.

—Maximina, si te incomoda el sombrero, quítatelo... Trae, lo pondremos aquí... así, para que no se caiga.—Mira, quítate también las botas. Aquí te traigo las zapatillas en el bolsillo... se las he pedido á tu tía... ¿No quieres? Pues haces mal: vas á tener frío en los pies... Aguarda un poco; entonces voy á liártelos con mi manta...

Y poniéndose de rodillas, le envolvió en efecto los pies con el mayor esmero. La alegría les hizo tan comunicativos, que al poco tiempo los señores y la criada charlaban y reían como buenos compañeros. Sin embargo, Maximina daba largos rodeos para no dirigir la palabra directamente á su marido, pues no quería llamarle de usted, y al propio tiempo le causaba vergüenza el tutearlo. Miguel comprendía los esfuerzos que estaba haciendo, pero no iba en su auxilio. Por fin, después de algún tiempo y de mucho vacilar, cuando aquél le preguntó:

—¿Deseas que almorcemos?

—Como tú quieras—se resolvió á contestar tímidamente.

Miguel levantó la cabeza vivamente, haciéndose el sorprendido.

—¡Hola, señorita! ¿Qué confianza es ésa? ¿Ya me tuteas?

Maximina se puso colorada y, tapándose el rostro con las manos, exclamó:

—¡Oh, por Dios, no me hable así, porque no vuelvo á hacerlo más!

—¡Qué tonta!—dijo el joven separándole las manos cariñosamente.—¡Estaría gracioso eso!

Juana reía á carcajadas.