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Armando Palacio Valdés

Maximina


Publicado por Good Press, 2022

goodpress@okpublishing.info

EAN 4057664115614

Índice

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

XVI

XVII

XVIII

XIX

XX

XXI

XXII

XXIII

XXIV

XXV

XXVI

XXVII

XXVIII

XXIX

XXX

XXXI

I

Índice

LEGÓ á Pasajes Miguel, un viernes por la tarde. Al apearse del tren halló el esquife de Úrsula amarrado á la orilla.

—Felices tardes, D. Miguel—le dijo la batelera, expresando en su rostro, cada vez más encendido por el alcohol, una alegría sincera.—Ya me pensaba que no le vería más...

—¿Pues?

—¡Qué sé yo!... eso de casarse lo entienden tan mal los hombres... Pues mire usted, señorito, aquí en el pueblo todos se han alegrado mucho al saber la noticia... Sólo algunas envidiosas no querían creerlo... ¡Jesucristo lo que voy á hacerlas rabiar esta noche! Voy á recorrer el pueblo diciendo que yo misma le he llevado á casa de D. Valentín.

—Déjate de hacer rabiar á nadie—repuso el joven riendo—y aprieta un poco más á los remos.

—¿Tiene gana de ver á Maximina?

—¡Vaya!

Era la hora del oscurecer. Las sombras amontonadas en el fondo de la bahía subían ya á lo alto de las montañas. En los pocos buques anclados la tripulación se ocupaba en la carga y descarga, y sus gritos y el chirrido de las maquinillas era lo único que turbaba la paz de aquel recinto. Allá enfrente comenzaban á verse algunas luces dentro de las casas. Miguel no apartaba los ojos de una que fulguraba débilmente en la morada del ex capitán del Rápido. Sentía un anhelo grato y deleitable que estremecía de vez en cuando sus labios y hacía perder el compás á su corazón. Pero en el balcón de madera, donde tantas veces se había reclinado para contemplar la salida y entrada de los buques, nadie parecía ahora. Su rostro contraído denunciaba el afán que le embargaba. Úrsula sonreía mirándole fijamente sin que él lo advirtiese.

Saltó en tierra, despidióse de aquella, subió la desigual escalera de piedra y se internó por la única y tortuosa calle del pueblo. Al llegar á la plazoleta de marras percibió en el balcón de la casa de su novia una figura que desapareció rápidamente. El joven sonrió de placer y á paso rápido se introdujo en el portal. Sin mirar siquiera al estanquillo, llamó á la puerta con los nudillos.

—¿Quién?—dijo de adentro en seguida una voz dulce y pastosa que sonó en su corazón como música celeste.

—Servidor.

Tiraron del cordel, empujó la puerta y vió en el primer descanso de la escalera á la misma Maximina con una bujía en la mano. Vestía un traje de cuadros blancos y negros y llevaba el peinado en trenza como siempre. Estaba un poco más pálida, y como testimonio de sus recientes inquietudes dibujábanse en torno de sus ojos garzos dos círculos levemente azulados. Presentóse sonriente y ruborizada á la vista de Miguel, quien de dos brincos salvó la distancia que le separaba de ella, y cogiéndole la cara le aplicó una razonable cantidad de besos, no sin que la niña protestase haciendo esfuerzos por separarse.

—¡Eso lo veo yo!—dijo una voz desde arriba. Era la de D.ª Rosalía.

Á pesar del tono jocoso que había usado, Maximina se asustó tanto que dejó caer la bujía y quedaron enteramente á oscuras. D.ª Rosalía, sofocada de risa, vino con una lámpara; pero ya su sobrina había desaparecido.

—¿Ha visto usted qué criatura?... Se va á casar mañana, y se espanta lo mismo que si le conociese de ayer... De seguro que ya está cerrada en su cuarto... Le va á costar á usted trabajo hacerla salir.

Miguel subió en efecto á la habitación de su novia y llamó á la puerta suavemente. No contestaron.

—Maximina—dijo conteniendo á duras penas la risa.

—¡No quiero! ¡no quiero!—respondió la niña con cierta precipitación cómica.

—Pero ¿qué es lo que no quieres?

—No quiero salir.

—¡Ah! no quieres salir... Pues mira, el cura no va á casarnos con tanta madera por el medio...

Hubo unos momentos de silencio. El hijo del brigadier arrimó la boca á la cerradura y dijo suavizando la voz:

—¿Por qué no quieres abrir, tonta?... ¿Te da vergüenza?

—Sí—articuló desde dentro la niña.

—No tengas cuidado; tu tía no está aquí.

Al cabo de un rato y después de bastantes ruegos, se decidió á abrir. Aún estaba ruborizada hasta las orejas. Miguel se apoderó de sus manos, y le dijo reprendiéndola con mimo:

—Anda, pícara, que no me has esperado al balcón... Yo, mira que te mira hasta sacarme los ojos; pero de Maximina ¡ni rastro!

La chica bajó los ojos diciendo:

—Sí, sí.

—¿Qué quiere decir sí, sí? ¿Me has esperado?

—Desde que comimos no me he separado del balcón. Le he visto entrar en el bote; le he visto hablar con Úrsula y reirse, después saltar en tierra, y por fin le vi desde el otro balcón llegar á la plazuela...

—Eso último ya lo sé... Pero vamos á ver, ¿cuándo piensas apearme el tratamiento? ¿Vas á tratarme de usted después de casados?

—¡Oh, no!

Bajaron á la sala. Estaban en ella D. Valentín, Adolfo y las niñas, que saludaron al viajero con efusión. La efusión del ex capitán era, por supuesto, la que correspondía á un cetáceo no muy comunicativo; pero se traslucía bien que estaba satisfecho. Al instante llegó D.ª Rosalía, quien al ver á Maximina no pudo reprimir la risa, con lo cual, tanto se corrió la niña, que salió como un huracán por la puerta y subió á brincos otra vez la escalera. Miguel logró alcanzarla antes de llegar á su cuarto. Mientras procuraba hacerle volver á la sala por medio de súplicas, D.ª Rosalía, irritada por aquella huída, gritaba desde abajo:

—Déjela usted, D. Miguel; deje usted á esa tontuela mimosa... ¡No sé cómo hay quien la quiera! ¡Uf, qué mentecata!

Es inútil decir que con estos insultos Maximina se echó á llorar; pero estaba allí Miguel para consolarla, y nadie en el mundo lo podría hacer con tan buen éxito. Al poco rato bajaron los prometidos y se formó en la sala una tertulia con los vecinos que fueron llegando á felicitarles. D.ª Rosalía no pareció en mucho rato desabrida sin duda con su sobrina por el grave delito de tener pudor.

Lo que formaba el núcleo de la tertulia era una docena de jóvenes anhelantes por ver los regalos del novio; el cual, sin fijarse en este deseo que apenas comprendía, las hizo pasar una hora lo menos de tortura; hasta que la misma D.ª Rosalía le llamó aparte y le expresó la conveniencia de exhibirlos. Hízolo así nuestro joven arrastrando el baúl y una maletita de mano, donde traía algunas joyas, hasta el medio de la sala. Sacó los dos únicos vestidos que traía para su novia; uno, el que debía vestir en el acto de la ceremonia nupcial; otro, el que debía llevar en el viaje. Ambos fueron muy celebrados por lindos y elegantes. Lo mismo el rico aderezo de brillantes y perlas. No se hartaban las lugareñas de manosear aquellos objetos y loarlos, mostrando con sus hiperbólicas exclamaciones que estimaban como suprema felicidad en este mundo el poseer cosas parecidas. Maximina, detrás de todos, miraba con más estupor que curiosidad, abriendo mucho los ojos. Sus amigas le dirigían de vez en cuando miradas tan vivas como equívocas, á las cuales contestaba con una leve y forzada sonrisa, sin perder la expresión de susto que se pintaba en su rostro. Creció este susto cuando vió sacar del baúl el traje de boda, que era blanco y de seda y adornado con azahar. Se puso fuertemente colorada, y desde entonces no le abandonó el rubor y la inquietud en toda la noche.

Pasáronla alegremente cantando y bailando al son de la guitarra. D. Valentín ¡oh caso portentoso! bailó con una buena moza que, á fuerza de instancias, le llegó á calentar los cascos; mas hubo de retirarse al instante desesperado porque un vivo dolor reumático le paralizó la pierna derecha. Su dulce esposa le consoló diciendo:

—¡Bien empleado te está!... ¡Por fachenda!

Miguel también bailó, eligiendo con mucha frecuencia á Maximina por pareja. En los momentos de descanso se sentaban juntos allá por algún rincón de la sala y cambiaban pocas palabras, pero infinitas miradas. El hijo del brigadier, viendo sofocada á su novia, tomó un abanico y se puso á darla aire. Maximina, observando que los miraban y alguien sonreía, le detuvo suavemente diciendo:

—No necesito aire, muchas gracias. Usted está más acalorado que yo...

—¿Cómo usted? ¿Estamos en esas?

—Bien, pues... estás más acalorado que yo... Abanícate.

Á las diez se retiraron todos, despidiéndose de los novios con sonrisillas más ó menos maliciosas.

—Hasta mañana, Maximina... Que duermas bien.

—La última noche de soltera, querida. Hazte cargo bien de ello, ¡la última noche!—dijo una anciana matrona que había tenido once hijos y seis malos partos.

Maximina sonrió, acortada.

—Adiós, adiós... ¡Qué pena nos va á dar cuando te marches!

Y algunas jóvenes la besaron repetidas veces con grandes extremos de cariño.

—Niña, no olvides que es la última noche de soltera. Piénsalo bien, que el asunto es grave—dijo otra vez la matrona.

Maximina volvió á sonreir.

Entonces la vieja frunció la frente y dijo por lo bajo á la que estaba á su lado:

—¡Esta chica se figura que va á una romería! ¡Ay, Dios! Se necesita no tener pizca de sentido. El matrimonio es cosa muy seria... muy seria.

Y acerca de la seriedad de este vínculo fué disertando larga y eruditamente hasta su casa.

Nuestros novios se quedaron con D.ª Rosalía y don Valentín. Los niños ya se habían ido á acostar; el último, Adolfo, á quien su madre había tenido que llevar medio á rastras á la cama y con promesa de despertarle al día siguiente para asistir á la ceremonia. D. Valentín también les dió las buenas noches en seguida. Miguel y Maximina se sentaron en dos sillas bajas y se pusieron á cuchichear, mientras D.ª Rosalía, malhumorada aún, se decidió á coger la calceta reservándose el derecho de levantar la sesión antes de pocos minutos.

Miguel observó que su novia estaba distraída y algo inquieta.

—¿Qué tienes?... Te encuentro un nosequé en el semblante... ¿No estás contenta de ser mi mujer?

—¡Oh, sí! No tengo nada.

—Entonces, ¿por qué esa distracción?

Bajó la cabeza sin contestar. Miguel insistió.

—Vamos, díme, ¿qué te pasa?

—Tengo que pedirle un favor...—apuntó tímidamente.

—¿Nada más que uno? Quisiera que me pidieras cincuenta y que yo pudiese concedértelos.

—Este sí puede... Que me deje casarme con un vestido mío...

El joven quedó un instante suspenso. Después preguntó con tristeza:

—¿No quieres casarte con el que yo te he traído?

—¡Me da mucha vergüenza!

—Pues es costumbre casarse con traje blanco; sobre todo, las niñas como tú.

—Aquí no es costumbre... Me moriría de vergüenza.

Miguel trató suavemente de persuadirla, pero en vano. Agotadas sus razones, que no eran muchas, no tuvo inconveniente en transigir. Mas D.ª Rosalía había percibido algo y, levantando la cabeza, preguntó:

—¿Qué es eso? ¿Disputaban ustedes?

—Nada, D.ª Rosalía. Maximina no quiere casarse con el vestido blanco, porque le da vergüenza.

Oir esto y ponerse furiosa la estanquera, fué todo uno.

—¿Y usted hace caso de esa bobalicona? ¿Qué sabe ella lo que quiere y lo que no quiere?... ¡Se habrá visto!... ¡Un traje tan rico como usted ha traído, que habrá costado un dineral!... ¡Pues estamos frescos!... ¿Y qué quiere que se haga con ese vestido?...

El hijo del brigadier, comprendiendo lo que pasaría por el interior de su amada, le tomó disimuladamente la mano y se la apretó fuertemente. Maximina, que estaba confusa y angustiada, cobró valor.

—No hay por qué alterarse, D.ª Rosalía, pues la cosa no lo merece. Si Maximina no quiere casarse de blanco, es porque aquí no hay costumbre. La culpa ha sido mía por haberle traído el vestido sin consultarla. En cuanto á lo que se ha de hacer con él, ya Maximina me lo ha dicho: quiere que se regale á la Inmaculada de la iglesia de San Pedro.

La chica, que no había dicho nada, le oprimió la mano dándole las gracias. D.ª Rosalía aspiraba á dar golpe en el pueblo con el traje de su sobrina. Así que aún insistió con vehemencia por que no se la hiciese caso; pero Miguel se mantuvo firme dando la razón á su novia y defendiendo su derecho. Al fin D.ª Rosalía, sin poder disimular su despecho, se salió de la habitación dejándolos solos.

Miguel se encogió de hombros, y dijo á la niña, que estaba muy alterada:

—No te apures, querida. Tú puedes considerarte mi esposa, y á nadie tienes obligación de obedecer más que á mí.

Maximina le dirigió una tierna mirada de agradecimiento. Y comprendiendo que no estaban bien sin compañía, se levantó manifestando deseos de ir á acostarse. Era preciso despertarse muy temprano. La ceremonia estaba señalada para las cinco y media de la mañana. Miguel se levantó también, aunque de mala gana, y su novia fué á buscarle una bujía á la cocina. Al tiempo de entregársela, le dijo aquél en son de broma:

—¿Estás bien segura de que nos casamos mañana?

Maximina le miró con los ojos muy abiertos.



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