Читать книгу «La aldea perdida» онлайн полностью📖 — Armando Palacio Valdés — MyBook.

II
La lumbrada.

Índice

UANDO los diputados llegaron á Entralgo, el sol había traspuesto ya las colinas por el lado de Canzana. Reinaba extraña y gozosa animación en el lugar. Linón de Mardana, uno de los criados del capitán, acababa de traer la última carga de tojo y árgoma. El montón, situado en uno de los ángulos de la plazoleta, era en verdad enorme, imponente. En torno de él saltaba y voceaba un enjambre de chiquillos.

La casa del capitán, que aquellos cándidos aldeanos solían llamar palacio, era un gran edificio irregular de un solo piso con toda clase de aberturas en la fachada, ventanas, puertas, balcones, corredores, unos grandes, otros chicos; de todo había. Parecía hecho á retazos y por generaciones sucesivas. Los corredores, con rejas de madera, estaban adornados con sendas cortinas de pámpanos entre los cuales maduraban unas uvas dulces y exquisitas que D. Félix estimaba más que á las niñas de sus ojos. La plaza que se abría delante de este edificio era el sitio más amplio y desahogado del pueblo. Y por eso y por el respeto cariñoso que su dueño inspiraba el destinado desde tiempos antiguos para los recreos del vecindario.

Sentados bajo los corredores ó recostados contra la tapia de la pomarada había ya muchos grupos de hombres y mujeres. Á uno de estos grupos, compuesto de jóvenes de veinte á veinticinco años, se acercaron los tres embajadores para comunicarles la negativa inflexible de Nolo de la Braña. Sus corazones se llenaron en seguida de tristeza y consternación, presagiando horribles desastres.

Por el medio cruzaban á cada instante buhoneros, tenderos, vendedores de vino y sidra que, alojados ya en las casas de algunos vecinos, llevaban sus mulas á beber al río. Y entre las mozas trashumantes y los jóvenes indígenas se cambiaban frases más ó menos galantes y bromitas más ó menos ingeniosas. Sobresalía entre todos por la malicia, tanto como por el donaire, un hombre que se hallaba sentado á la puerta misma de la casa. De treinta y cinco á cuarenta años de edad, flaco, rasurado al estilo campesino, dejando no obstante unas cortas patillas por bajo de las sienes para sentar que no lo era, de ojos pequeños y aviesos que bailaban constantemente de un lado á otro en busca de alguna víctima, de pelo ralo y labios finos contraídos por sonrisa burlona. Su traje no era de aldeano ni de caballero: chaqueta de pana, pantalón largo, botas altas y sombrero de fieltro: colgando por encima del chaleco una gran cadena de plata para el reloj. Llamábase Pedro Regalado. Procedía de Villoria: había ido al servicio: llegó á sargento: cuando vino hizo la corte al ama de llaves del capitán: se casó con ella: D. Félix le hizo su mayordomo. Gracias á esta posición gozaba de preeminencia entre el paisanaje, al cual pertenecía por el nacimiento y al cual no trataba con excesiva consideración. Galanteador sempiterno, rendido adorador del bello sexo, su digna esposa la buena D.ª Robustiana sufría con él la pena negra, necesitando vivir noche y día alerta para desbaratar sus planes artificionos de seducción. El tiempo que le dejaban libre sus ocupaciones, que era la mayor parte del día, pasábalo sentado á la puerta de la casa en la misma forma que ahora, recreándose en dar vaya á cuantas personas cruzaban por delante ó en piropearlas si el transeunte acertaba á ser alguna zagala fresca y sonrosada. Por eso se le temía y se le huía como á mosca de cuadra. Algunos, viéndole de lejos, solían volver los pasos atrás y dar un rodeo para ir al río ó á la fuente.

—¡Eh! ¡eh! mozos—gritó desde su silla al grupo de jóvenes que se hallaba enfrente al lado de la tapia de la pomarada.—¿Á que os huele la cabeza hoy á roble ó á espino?

Los chicos, entre los cuales se hallaban Quino, Celso y Bartolo, le dirigieron una mirada de soslayo y no se dignaron contestar.

—¿Sabéis lo que yo haría en vuestro caso ahora mismo?—prosiguió en alta voz.—Pues me iría á casa, comería los puches, orinaría y me metería en la cama......Porque es triste que le anden á uno con las costillas en día tan señalado. Si mañana fuese día de trabajo, vaya con Dios. ¡Que segara el diablo por uno! Pero teniendo que mascar la torta por la mañana y las rosquillas por la tarde y ponerse el chaleco floreado y la montera de los días de fiesta, no parece bien llevar las espaldas rameadas de vardascazos. Tú, Quino, ¿cómo te vas á presentar delante de Telva con un chichón en la frente? Y tú Bartolo, ¿con qué garbo vas á bailar en la romería si te dejan más derrengado de lo que estás?

Iba á responder éste, acometido de súbita indignación, pero Quino, ilustre siempre por su prudencia, le sujetó por la manga de la camisa diciendo en voz baja:

—¡Déjalo! ¡déjalo! Es peor.

Se hicieron, pues, los suecos. Regalado prosiguió su monólogo que hacía volver la cabeza y sonreir á los que estaban cerca. Afortunadamente para los mancebos acertó á cruzar por allí con un caldero en la mano Maripepa. Era ésta una mujer de cuarenta años lo menos, fea, coja, desdentada, á pesar de lo cual no había en Entralgo zagalilla más pagada de su beldad. Regalado se fingía enamorado profundamente de sus gracias, la seguía, la requebraba y á veces le daba también serenata á la puerta de su casa con la flauta, pues era diestro tañedor de este instrumento. Maripepa había llegado á creer en su pasión, y aunque no la alentaba, porque el mayordomo de D. Félix era casado, la agradecía mostrándose con él afectuosa y compasiva. Los vecinos encontraban la broma sabrosa. En vez de desengañar á la pobre mujer, la enredaban más en ella. Fácil es que aunque tratasen de impedirlo no lo consiguiesen; porque la presunción y simpleza de la coja eran realmente increíbles.

—¡Aquí está lo que yo esperaba!—exclamó Regalado en alta voz.—Nada más que para esto he pasado tres horas sentado, dejando mis labores abandonadas. Pero todo lo doy por bien empleado porque al cabo logré ver á la gracia de Dios.

—Vaya, vaya, déjeme usted en paz que tengo prisa. Pero no se movía. Plantada en medio de la plazoleta, con el cuerpo entornado por la cojera tanto como por el peso de la vasija, estirado el cuello rugoso y la oscura boca abierta para sonreir, parecía aquella mujer un endriago.

Regalado se levantó de la silla y vino hacia ella y comenzó á hablarle en voz baja para mostrar reserva. Maripepa, agradecida, á esta deferencia, le respondía en voz baja también. Parecían dos enamorados abstraídos del resto del mundo. Todos los rostros estaban vueltos hacia ellos. En cada grupo se comentaba con reprimida algazara aquel coloquio de amor.

Pero he aquí que de uno de ellos sale una voz gritando:

—¡Maripepa, que ahí viene Pacha!

Oirlo aquélla y emprender rauda carrera, todo lo rauda que le consentía su pierna defectuosa y el peso que llevaba, fué todo uno.

En efecto, una mujer de bastante más edad, aunque no tan fea, venía corriendo hacia ellos. Era su hermana mayor, la cual creía también en la pasión de Regalado, pero que lejos de alentarla se mostraba exasperada, furiosa. Pasó como un torbellino en persecución de la incauta doncella gritándole con acento amenazador:

—¡Aguarda, aguarda; yo te arreglaré, grandísima pícara!

Los vecinos se retorcían de risa. Nadie sabía cuál de las dos mujeres era más simple. Solteras ambas, vivían juntas, manteniéndose de una escasa labranza y del trabajo de Maripepa que era habilísima tejedora. Todo lo que hilaban las mujeres en Entralgo y Canzana lo convertía ella en tela. Pacha, que le llevaba diez ó doce años, cosía por las casas y ejercía el mando de la suya. Pero lo que le daba más que hacer, lo que la tenía inquieta siempre y recelosa era la guarda de Maripepa, una niña que no acababa de sentar la cabeza. Siempre vigilante, siempre detrás de ella á fin de que no cayese en las redes que por todas partes le tendían sus apasionados. Porque no sólo era Regalado quien osaba turbar su cándido corazón. Otros había que, guiados del mismo frenesí, le ponían claveles en la ventana, plantaban ramos delante de su casa y le cantaban al oído lisonjas y requiebros Dios sabe con qué torpes fines.

El jocoso mayordomo iba á caer de nuevo sobre el grupo de jóvenes guerreros cuando por el camino del río, desembocando ya en la plazuela, vió llegar á Eladia con una herrada sobre la cabeza. Era una joven de tez morena y no desprovista de gracia.

—Adiós, Eladia, hija mía. Saluda á los amigos, mujer. No sé por qué te pones tan seria cuando está Quino delante.

—Adiós. Yo no me pongo seria—manifestó la joven poniéndose no sólo seria sino encrespada.

—Si estás enojada porque haya salido hoy del pueblo, puedes tranquilizarte. No ha tomado el camino de Canzana: yo mismo le he visto seguir el de Villoria.

La joven se puso roja como una amapola y con semblante airado respondió encarándose con el mayordomo:

—Á mí no me importa el camino que toman los demás. Eso queda para usted que pasa la vida fisgando cuanto entra y cuanto sale y averiguando lo que hay y lo que no hay.

Quino había festejado por mucho tiempo á aquella joven, su vecina, y aún seguía festejándola con intermitencias; pero su corazón inconstante volando hacia cuantas bellas acertaba á encontrar le causaba mil tormentos. Ultimamente se había prendado de una niña de Canzana, llamada Telva, y por ella la tenía casi olvidada. El dardo de Regalado la había herido, pues, en lo más vivo.

—No te enfades, mujer. Porque te quiero bien y me pesa que tomes disgustos sin motivo es por lo que te he prevenido. No faltaría alguno que te fuese con el cuento desfigurando lo que ha pasado...

—Vuelvo á decirle—replicó la joven con más ira todavía,—que todo lo que usted me cuenta me tiene sin cuidado. Más que pasar la vida sentado en una silla metiéndose con todo el que pasa, le estaría mejor ocuparse en sus labores... Pero como está usted ocioso, bien comido y bien bebido, salta y brinca como el ganado cuando tiene lleno el pesebre. ¡Ah, Cristo, si usted majara terrones como en otro tiempo, qué poco se cuidaría de los que van á su trabajo!...

D.ª Robustiana, que había oído las últimas palabras de la chica, se presentó á la puerta de la casa.

—¡Pero, hombre, que siempre te has de entretener en mortificar á cuantos cruzan por aquí!... No le hagas caso, Eladia, hija mía; cuanto más enfadada te vea, más gusto le has de dar.

—¡Ya, ya!... Todo es que está muy holgado. Cuando el diablo no tiene qué hacer, con el rabo espanta las moscas.

Regalado se mostraba gozoso al ver tan irritada á la muchacha. Los demás reían. Á D.ª Robustiana le costaba trabajo igualmente reprimir una sonrisa. Le hacían mucha gracia las bromas de su marido, aunque por naturaleza fuese mujer de carácter apacible y bondadoso. Tenía alguna más edad que él y era gorda y vestía al mismo tenor, un traje intermedio ni de señora ni de aldeana.

Alejóse Eladia murmurando. Quino había desaparecido. Poco á poco también fueron abandonando la plazoleta cuantos en ella había, pues la noche iba cerrando y la cena les esperaba. Al cabo Regalado se levantó y tomando la silla se introdujo con ella en casa y cerró la puerta.

Por espacio de una hora todo quedó en silencio. De pronto se oyó del lado de allá del río en el camino de la Pola el estampido de un cohete. Un estremecimiento de júbilo cruzó por las casas del lugar. Los niños saltaron de sus asientos sin querer terminar la cena: los grandes salieron también á la puerta con el bocado en los dientes. No tardó en percibirse el dulce, lejano son de la gaita.

—¡Ya están pasando la barca!—gritaban los chiquillos.

Para comunicarse con la Pola el pueblo de Entralgo no tenía puente. Se necesitaba subir dos kilómetros río arriba para hallar uno de piedra de antiquísima construcción. Y como era molesto el rodeo, los vecinos de la parroquia y también los de Villoria utilizaban una barca.

El estampido de los cohetes se fué aproximando y los sonidos de la gaita haciéndose más claros. Cuando el grupo de gente de la Pola, en cuyo centro venían el gaitero y el tamborilero, desembocaron en la plazuela, se hallaba ya ésta poblada de hombres, de mujeres y niños, aunque todavía predominasen éstos. Linón de Mardana se dirigió con su tridente á la gran pirámide de árgoma, tomó de ella una razonable cantidad, la colocó en el centro y dió fuego. Una inmensa hoguera se produjo instantáneamente. Sus chispas volaron por el aire como estrellas filantes. Un grito de entusiasmo se escapó de todos los pechos. Á este grito se unió el redoble del tambor y las agudas notas de la gaita. Los rostros iluminados por aquella viva luz resplandecían de placer. Todos hablaban, todos reían formando gozosa algarabía. Al poco rato comenzaron á desembocar por el camino de Canzana numerosos grupos de este pueblo que se unían á los de abajo: las mozas buscaban á las mozas: los viejos á los viejos. Algunos jóvenes comenzaron á saltar bravamente por encima de la hoguera valiéndose de sus largos palos. Unos lo hacían bien y eran aplaudidos: otros se chamuscaban un poco y excitaban risa y algazara.

Pronto se organizó el baile. Próximos á la lumbrada se colocaron en dos filas los mozos y las mozas y viva y concertadamente cada cual frente á su pareja comenzaron á bailar. Entre ellas y ellos había extremados bailarines. Mas entre todos como el roble entre los maíces descollaba nuestro famoso Quino. ¡Qué garbo! ¡qué brío! ¡qué variedad increíble de figuras! Los ojos una vez posados sobre él, no querían apartarse. Pero ¿quién es su pareja? ¿Quién ha de ser? ¡Telva, Telva de Canzana, que orgullosa de su triunfo no le cae la sonrisa de la boca, mientras su afligida rival, la pobre Eladia, se mantiene oculta en el rincón más oscuro de la plazuela!