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El salón, en lo que toca a las dimensiones, era soberbio, amplio, elevadísimo de techo; ocupaba todos los balcones de la calle de Santa Lucía, exceptuando el del gabinete. La sillería antigua, pero no imitando formas de siglos remotos, como ahora se usa: estaba construida en el pasado al gusto de la época, y forrada de terciopelo verde ya gastado. La alfombra descubría el tejido por varios sitios. De las paredes colgaban algunos tapices magníficos. Éste era el lujo de la casa. D. Pedro Quiñones poseía una colección de gran valor. Solía exhibirlos una vez al año, colgándolos de los balcones el día del Corpus para el paso de la procesión. Decíase que un inglés le había ofrecido por ellos un millón de pesetas. Poseía asimismo algunos cuadros antiguos de mérito, tan oscurecidos por el tiempo que, si una mano hábil no venía pronto a restaurarlos, concluirían por desaparecer. Lo único nuevo que en el salón había era el piano, comprado hacía tres años, poco después de casarse en segundas nupcias D. Pedro.

El gabinete, también de gran tamaño, con un balcón a la calle de Santa Lucía y dos al jardín, estaba peor decorado aún. Grandes cortinones de damasco, dos armarios de roble sin espejo, un sofá forrado de seda, algunos sillones de vaqueta, una mesa redonda en el centro y algunas sillas correspondientes al sofá; todo bien manoseado y marchito. En torno de la mesa central, y alumbrados por enorme quinqué de aceite con pantalla verde, estaban tres caballeros jugando al tresillo. El dueño de la casa era uno de ellos. Tendría de cuarenta y seis a cuarenta y ocho años de edad; hacía tres que estaba enteramente imposibilitado para moverse, de resultas de un ataque apoplético que le paralizó las dos piernas. Era corpulento, rostro moreno y facciones bien acentuadas, enérgicas; el cabello y la barba, blanqueando ya por muchos puntos, fuertes, abundantes, encrespados; los ojos negros y hundidos de mirar imponente. En su fisonomía había una expresión de orgullo y fiereza que ni aun la sonrisa amistosa con que acogió al conde de Onís pudo extinguir por completo. Estaba reclinado más que sentado en una butaca construida adrede para facilitarle el movimiento del tronco y los brazos, y arrimada a la mesa de lado a fin de que le fuese posible jugar y tener las piernas extendidas. Aunque en la chimenea ardían algunos troncos de leña, se abrigaba con una talma de color gris cerrada al cuello con broche de oro. Bordada sobre ella, del lado del corazón, había una gran cruz roja de la orden de Calatrava. El señor de Quiñones prescindía pocas veces de esta talma, que le daba aspecto un poco fantástico y teatral.

Siempre había sido extravagante en el vestir. Su orgullo le impulsaba a buscar el modo de distinguirse del vulgo. En varias ocasiones se le vio de levita cerrada, sombrero de copa y almadreñas: gastaba larga melena, como un caballero del siglo diez y siete; vestía amenudo traje de terciopelo o pana con botas de montar; usaba botines cuando ya nadie se acordaba de ellos, y grandes cuellos de camisa vueltos sobre el chaleco, imitando la antigua valona. Nunca se vio hombre más preciado de su nobleza ni con más afán de resucitar el prestigio y los privilegios de que aquélla gozaba en siglos pasados. El público murmuraba de sus extravagancias y muchos se reían de ellas, porque Lancia es una población donde abundan los espíritus humorísticos; pero, como siempre acontece, este orgullo desmedido y feroz había concluido por imponerse. Los que con más gracia se burlaban de las rarezas de don Pedro eran los que con mayor sumisión y rendimiento le quitaban el sombrero así que le veían de media legua.

Había vivido en la corte algún tiempo durante sus años juveniles, pero no echó raíces en ella. Fue gentilhombre con ejercicio y disfrutó de las ventajas y preeminencias que su caudal y nacimiento le concedían; pero no bastaban a saciar aquel corazón henchido de arrogancia. La extraña amalgama de la aristocracia de la sangre con la del dinero le hería y le irritaba. El respeto que se concedía a los hombres políticos y que él mismo se veía obligado a tributar por razón de su cargo le encendía de ira. ¡Un hijo de la nada, un pelagatos pasar por delante de él con la cabeza erguida, dirigiéndole una mirada indiferente o desdeñosa! ¡A él, descendiente directo de los condes soberanos de Castilla! Por no sufrirlo y por el amor que profesaba a Lancia renunció al empleo y vino a habitar de nuevo el churrigueresco palacio en que nos hallamos. La soberbia, o por ventura su carácter excéntrico, le hicieron cometer, en este período de su vida de mayorazgo solterón, mil extravagancias y ridiculeces que asombraron y fueron el regocijo de la ciudad mientras no llegó a acostumbrarse. D. Pedro no salía jamás a la calle sin ir acompañado de un su criado o mayordomo, hombre zafio, que vestía el traje del labriego del país, esto es, calzón corto con medias de lana, chaqueta de bayeta verde y ancho sombrero calañés. Y no sólo salía con Manín (por este nombre era universalmente conocido), sino que le llevaba al teatro. Era de ver los dos en un palco principal; él, rígido, correcto, paseando su mirada distraída por la sala; el criado, con las palmas de las manos apoyadas en la barandilla y la barba sobre las manos con la atónita mirada clavada en el escenario, soltando bárbaras, ruidosas carcajadas, rascándose el cogote o bostezando a gritos enmedio del silencio. Entraba con él en los cafés y hasta le llevaba a los bailes. Manín llegó a ser en poco tiempo una institución. D. Pedro, que apenas se dignaba hablar con las personas más acaudaladas de Lancia, sostenía plática tirada con él y admitía que le contradijese en la forma ruda y grosera de que era capaz únicamente.

–Manín, hombre, repara que estás molestando a esas señoras—le decía a lo mejor hallándose ambos en cualquier tienda.

–Bueno, bueno; pues si quieren estar a gusto, que traigan de casa un jergón y se acuesten—respondía el bárbaro en voz alta.

D. Pedro se mordía los labios para no soltar el trapo, porque le hacían extremada gracia tales groserías y brutalidades.

Si entraba en un café, Manín se atracaba de cuarterones de vino tinto mientras él solía beber con parquedad una copita de moscatel. Pero siempre pedía una botella y la pagaba, aunque la dejase casi llena. Mostrando por esta prodigalidad cierta extrañeza un boticario de la población con quien alguna vez se dignaba hablar, le respondió con fría arrogancia:

–Pago una botella, porque me parece indecoroso que D. Pedro Quiñones de León pida una copa como cualquier c…tintas de las oficinas del gobierno político.

Causaba asombro también en la ciudad el que al saludar a los clérigos en la calle les besase la mano, imitando la costumbre de los nobles en otros siglos. Este respeto no era más que un medio de distinguirse y acreditar su alta jerarquía, como todo lo demás. Porque al capellán que tenía a su servicio, aunque le besaba la mano en público, le trataba como a un doméstico en privado. Le guardaba muchas menos consideraciones que a Manín. Pero lo que verdaderamente dejó estupefacta a la población y se prestó a sin número de comentarios y chufletas fue lo que D. Pedro hizo, poco después de llegar de Madrid, en cierta solemnidad religiosa. Se presentó en la iglesia con uniforme blanco cuajado de cordones y entorchados, que debía de ser el de maestrante de Ronda. Al llegar el momento de la consagración en la misa, avanzó con paso solemne hasta el medio del templo, que se hallaba libre de gente, desenvainó la espada y comenzó a esgrimirla sucesivamente contra los cuatro puntos cardinales, dando furiosas estocadas y mandobles al aire. Las mujeres se asustaron, los chiquillos corrieron, la mayor parte de los hombres pensó que era un acceso de locura. Sólo los más avisados o eruditos entendieron que se trataba de una ceremonia simbólica y que aquellos mandobles al aire significaban que don Pedro estaba resuelto, como caballero profeso que era de una orden militar, a batirse con todos los enemigos de la fe, en cualquier paraje del mundo. El único periodiquito que se publicaba entonces en Lancia todos los domingos (hoy existen once, seis diarios y cinco semanales) le dedicó una gacetilla en que, con no poca gracia, se burlaba de él. Sin embargo, tales burlas públicas o privadas, como ya se ha indicado, no conseguían amenguar el prestigio de que el ilustre prócer gozaba en la ciudad. Quien se considera de buena fe superior a los seres que le rodean, tiene mucho adelantado para que éstos se le humillen. Además, D. Pedro, apesar de sus ridiculeces, era hombre culto, aficionado a la literatura y con pujos de poeta. De vez en cuando, y con ocasión de cualquier fausta nueva para la patria o familia real, escribía algunas décimas o tercetos en estilo clásico, un poco gongorino. Aunque algunas personas trataron de persuadirle a que los publicase, nunca esto se pudo acabar con él. Profesaba tan sincero desprecio a todo lo que reflejase el movimiento democrático de nuestra era y muy especialmente a los periódicos, que prefería tenerlos manuscritos, conocidos solamente de un número reducido de amigos. Pasaba igualmente por hombre valeroso. En Madrid había tenido algunos duelos y en Lancia dejó de efectuarse uno entre él y cierto jefe político que los progresistas mandaron a esta provincia, por la intercesión del obispo y cabildo catedral.

Al llegar a los cuarenta años, poco más o menos, casó con una señora aristócrata también, que habitaba en Sarrió. Murió su esposa al año, a consecuencia del parto. Tres años después contrajo de nuevo matrimonio con Amalia, dama valenciana algo emparentada con él. Apenas se conocían. D. Pedro la había visto en Valencia cuando ella contaba catorce años. El matrimonio que se realizó diez años después pactose por medio de cartas, previo el cambio de retratos. Se daba por seguro que la voluntad de la novia había sido forzada, y aun se decía que durante algunos meses se había negado a compartir el tálamo con su marido. Todavía más. Se contaba en Lancia con gran lujo de pormenores el viaje que por consejo de un canónigo hizo don Pedro con su esposa para inspirarla confianza y acortar, entre las peripecias del camino y la descomodidad de las posadas, la distancia moral y material que los separaba. Cumplidas las profecías del astuto capitular y realizados todos los fines del matrimonio, el cielo no quiso sin embargo bendecirlo. Poco tiempo después D. Pedro experimentó el terrible ataque apoplético que le paralizó de medio cuerpo abajo, y desde entonces no hubo términos hábiles para la bendición, aunque la Providencia estuviese animada de los mejores deseos.

–Nos hace falta un cuarto—dijo apretando con efusión la mano del conde.

–Sí, sí, a ver si cambia la suerte… Moro nos está llevando el dinero bravamente—dijo un viejecito de cara redonda, fresca, rasurada, el pelo blanco y los ojos claros y tiernos. Tenía marcado acento gallego. Se llamaba Saleta y era magistrado de la audiencia y tertulio asiduo de la casa de Quiñones.

–¡No tanto, Sr. Saleta, no tanto! Sólo gano doscientos tantos. Faltan trescientos para desquitarme de lo que he perdido ayer—manifestó el aludido, que era un joven de fisonomía abierta y simpática.

–¿Y por qué no han llamado ustedes a Manín?—preguntó el conde dirigiendo una mirada risueña al célebre mayordomo, que, con su calzón corto, zapatos claveteados y chaqueta de bayeta verde, dormitaba en una butaca.

Las miradas de los tres se volvieron hacia él.

–Porque Manín es un bruto que no sabe jugar más que a la brisca—dijo D. Pedro riendo.

–Y al tute—manifestó el gañán, desperezándose groseramente, abriendo una boca de a cuarta.

–Bueno, y al tute.

–Y al monte.

–Bien, hombre, y al monte también.

Y se pusieron a jugar sin hacer más caso de él.

Pero al cabo de un momento volvió a decir:

–Y al parar.

–¿Al parar también?—preguntó en tono de burla el conde de Onís.

–Sí, señor, y a las siete y media.

–¡Vaya! ¡vaya!—exclamó aquél distraídamente, abriendo el abanico de cartas y examinándolo atentamente.

Y siguieron jugando con empeño, absortos y silenciosos. El mayordomo les interrumpió de nuevo, diciendo:

–Y al julepe.

–¡Bueno, Manín, cállate!… No seas majadero—exclamó ásperamente D. Pedro.

–¡Manjadero! ¡manjadero!—masculló el aldeano con mal humor.—Otros hay tan manjaderos; pero como tienen dinero no hay quien se lo llame.

Y dejó caer de nuevo sus formidables espaldas en el sillón, estiró las patas y cerró los ojos para roncar.

Los jugadores levantaron la vista hacia don Pedro con sorpresa e inquietud. Este la clavó colérica en su mayordomo; pero, al verle en aquella tan sosegada postura, cambió repentinamente, y alzando los hombros y convirtiendo de nuevo los ojos a las cartas, exclamó con sonrisa, alegre:

–¡Qué bárbaro! ¡Es un verdadero suevo!

–¡Alto, Sr. Quiñones, alto!—dijo Saleta.—Los suevos han acampado solamente en Galicia. Ustedes no son más que cántabros… Precisamente yo debo saber bien eso…

–¡Claro! ¡Uzté ze lo zabe too!—manifestó un caballero no tan viejo, si bien pasaría de los cincuenta, que entraba a la sazón. D. Enrique Valero, magistrado de la Audiencia también, hombre de agradable porte, de rostro fino y expresivo, aunque extremadamente marchito por la vida alegre que había llevado. Como lo denunciaba su acento, de lo más cerrado y ceceoso que puede oírse, era andaluz y de la provincia de Málaga.

–No lo sé todo, amigo Valero—repuso con calma Saleta;—pero conozco perfectamente la historia de mi país y las particularidades referentes a mi familia.

–¿Y qué tiene que ver zu familia con ezo de lo zuevo, compañero?

–Porque mi familia desciende de uno de los caudillos más principales que penetraron en la provincia de Pontevedra cuando la irrupción, según consta de varios documentos que se conservan en el archivo de mi casa.

Los jugadores cambiaron una risueña mirada de inteligencia con Valero.

–¡Ajá!—exclamó éste entre alegre e irritado.—Ahora rezulta que el amigo Zaleta ez un zuevo como una catedral.—¡Quién lo había de penzá, tan rebajuelo y tan chiquitín!

–Sí, señor—prosiguió el otro, como si no hubiera oído, hablando con lentitud y firmeza.—El caudillo que dio origen a nuestra familia se llamaba Rechila. Era hombre al parecer feroz y sanguinario. Gran conquistador; extendió sus dominios muchísimo, y hasta me parece que llegó en sus correrías hasta Extremadura. Un día, siendo yo niño, se encontró su corona enterrada entre los cimientos de la antigua capilla de nuestra casa…

–¡Pero, hombre! ¡pero, hombre!—exclamó Valero mirándole fijamente con una cómica indignación que hizo soltar la carcajada a los demás.

Saleta prosiguió imperturbable describiendo el hallazgo, la forma, el peso, cada uno de los adornos; no se le olvidó un pormenor.

Y Valero mientras tanto no apartaba de él la mirada, sacudiendo la cabeza con creciente irritación.

Todas las noches pasaba lo mismo. El descarado mentir de su colega provocaba en el magistrado andaluz una indignación a veces fingida, otras real, que siempre alegraba a la compañía. Era tan insólito que un gallego se atreviese a bravear de exagerado y embustero delante de un andaluz, que éste, herido en su amor propio y en los fueros de su país, llegaba en ocasiones a enfadarse, dudando si Saleta era un tonto o por tales tenía a los que le escuchaban. En realidad el magistrado de Pontevedra mentía con tan poca gracia y al mismo tiempo con tal firmeza, que era cosa de pensar si sería un pícaro redomado que se gozaba en impacientar a sus amigos.

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