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2019 год
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Armando Palacio Valdés
El maestrante

I
La casa del maestrante

A las diez de la noche eran, en toda ocasión, contadísimas las personas que transitaban por las calles de la noble ciudad de Lancia. En las entrañas mismas del invierno, como ahora, y soplando un viento del noroeste recio y empapado de lluvia, con dificultad se tropezaba alma viviente. No quiere esto decir que todos se hubiesen entregado al sueño. Lancia, como capital de provincia, aunque no de las más importantes, es población donde ya en 185… se había aprendido a trasnochar. Pero la gente se metía desde primera hora en algunas tertulias y sólo salía de ellas a las once para cenar y acostarse. A esta hora, pues, solían tropezarse algunos grupos resonantes que caminaban a toda prisa resguardados por los paraguas; las señoras rebujadas en sendos capuchones de lana, alzando las enaguas con la mano que les quedaba libre; los caballeros envueltos en sus pañosas o montecristos, los pantalones enérgicamente arremangados, rompiendo el silencio de la noche con el áspero traqueteo de las almadreñas. Porque en aquella época eran muy pocos todavía los que desdeñaban este calzado patriótico y confortable. Tal cual pollastre que por haber estado en Valladolid estudiando medicina se creía por encima de estas ruindades y alguna que otra damisela melindrosa que afectaba el no saber andar con ellas.

De coches no había que hablar, pues sólo existían tres en la población, el de Quiñones, el de la condesa de Onís y el de Estrada-Rosa. Este último era el único que no alcanzaba el medio siglo de antigüedad. Cuando cualquiera de las tres carrozas salía a la calle, rodeábala un enjambre de chiquillos y seguíanla buen trecho en testimonio de incondicional entusiasmo. Los vecinos en lo interior de sus moradas distinguían, por el estrépito de las ruedas y el chasquido de las herraduras, a cuál de los magnates mencionados pertenecía. Eran, en suma, tres instituciones venerandas que los hijos de la ciudad sabían amar y respetar. Contra la lluvia que cae sobre ella más de las tres cuartas partes del año no se conocían entonces otros preservativos naturales que el paraguas y las almadreñas. Poco después vinieron los chanclos de goma y recientemente también se introdujeron los impermeables con capuchón, que trasforman en ciertos momentos a Lancia en vasta comunidad de frailes cartujos.

El viento soplaba más recio en la travesía de Santa Bárbara que en ningún otro paraje de la población. Esta vía, abierta entre el palacio del obispo y las tapias de un patinejo de la catedral, donde viene a caer la cadena del pararrayos, pasa a su terminación por debajo de un arco y forma lóbrego recodo en que el huracán se encalleja y clama y se lamenta en noches tan infernales como la presente.

Un hombre embozado hasta los ojos atravesó velozmente la plazoleta que hay delante de la morada de los obispos y entró en este recodo. La fuerza del huracán le detuvo, y la lluvia, penetrando entre el embozo de la capa y el sombrero, le privó de la vista. Resistió unos instantes a pie firme la violencia de la ráfaga, y en vez de soltar alguna interjección enérgica, que nunca fuera más al caso, dejó escapar un suspiro de angustia.

–¡Ay, Jesús mío, qué noche!

Se arrimó a la pared, y cuando el viento sosegó sus ímpetus siguió su camino. Pasó por debajo del arco que comunica el palacio con la catedral y entró en la parte más desahogada y esclarecida de la travesía. Un reverbero de aceite engastado en la esquina servía para iluminarla toda. El cuitado hacía inútiles esfuerzos, secundado por la gran mariposa de hoja de lata, para enviar alguna claridad a los confines de su jurisdicción. Pero, más allá de diez varas en radio, nada hacía sospechar su presencia. Sin embargo, a nuestro embozado debió parecerle una lámpara Edison de diez mil bujías, a juzgar por el cuidado con que se subió aún más el embozo y la prisa con que abandonó la acera para caminar ceñido a la tapia del patio en que las sombras se espesaban. Salió en esta guisa a la calle de Santa Lucía, echó una rápida mirada a un lado y a otro, y corrió de nuevo al sitio más oscuro. La calle de Santa Lucía, con ser de las más céntricas, es también de las más solitarias. Está cerrada a su terminación por la base de la torre de la basílica, esbelta y elegante como pocas en España, y sólo sirve de camino ordinariamente a los canónigos que van al coro y a las devotas que salen a misa de madrugada.

En esta calle, corta, recta, mal empedrada y de viejo caserío, se alzaba el palacio de Quiñones de León. Era una gran fábrica oscura de fachada churrigueresca, con balcones salientes de hierro. Tenía dos pisos, y sobre el balcón central del primero un enorme escudo labrado toscamente y defendido por dos jayanes en alto relieve tan toscos como sus cuarteles.

Una de las fachadas laterales caía sobre pequeño jardín húmedo, descuidado y triste y cerrado por una tapia de regular elevación; la otra sobre una callejuela aún más húmeda y sucia abierta entre la casa y la pared negra y descascarillada de la iglesia de San Rafael. Para pasar del palacio a la iglesia, donde los Quiñones poseían tribuna reservada, existía un puente o corredor cerrado, más pequeño, pero semejante al que los obispos tienen sobre la travesía de Santa Bárbara. Por la viva claridad que dejaba pasar la rendija de un balcón entreabierto advertíase que los dueños de la casa no estaban aún entregados al descanso. Y si la claridad no lo acusara, acusábanlo más claramente los sones amortiguados de un piano que dentro se dejaban oír cuando los latidos furiosos del huracán lo consentían.

Nuestro embozado siguió, con paso rápido y ocultándose en la sombra cuanto podía, hasta la puerta del palacio. Allí se detuvo; volvió a echar una mirada recelosa a entrambos lados de la calle, y entró resueltamente en el portal. Era amplio, con pavimento de guijarro como la calle, las paredes lisas y enjalbegadas de mucho tiempo, tristemente iluminado por una lámpara de aceite colgada en el centro. El embozado lo atravesó velozmente, y sin tirar del cordón de la campana pegó el oído a la puerta, y así estuvo inmóvil algunos instantes en escucha. Cerciorado de que nadie bajaba, tornó a la puerta de la calle y enfiló otra mirada por ella. Al fin resolviose a abrir el embozo y sacó de debajo de la capa un bulto que depositó en el suelo con mano temblorosa, cerca de la puerta. Era un canastillo. Estaba cubierto con una manta de mujer, lo cual impedía observar lo que en él se guardaba, aunque bien se presumía. Desde Moisés, los canastillos misteriosos parecen destinados a guardar infantes. El rebozado, ya desarrebozado, tiró tres veces del cordón de la campana, y al instante, desde arriba, abrieron por medio de otra cuerda. Las tres campanadas indicaba que quien entraba en la aristocrática mansión de los Quiñones era un noble, un par de los señores. Tiempo hacía que se estableciera esta costumbre, sin saber cómo. Un menestral, un criado, un inferior, por cualquier concepto, no llamaba sino con una campanada; las visitas llamaban con dos; y la media docena o poco más de personas que el linajudo señor de Quiñones consideraba sus iguales en Lancia, lo hacían con tres, por acuerdo tácito o expreso, que eso nunca se averiguó. Murmurábase en la ciudad de tal diferencia: los que nunca habían pisado los salones de la casa, embromaban a los que a diario los visitaban: respondían éstos negando la especie; pero aunque secretamente humillados, respetaban la feudal costumbre: nadie era osado a dar las tres campanadas del segundo estamento. Sólo Paco Gómez se aventuró una vez a hacerlo por broma o fanfarronada; pero al llegar al salón se le recibió con sorpresa y frialdad tan despreciativas, que no le quedaron ganas de repetirlo.

El hombre del canastillo se apresuró a entrar y cerrar la puerta; atravesó el pórtico y subió por la gran escalera de piedra, en cuyos peldaños gastados por el uso se rezumaba constantemente alguna humedad. Al llegar al piso principal un criado se acercó a recogerle la capa y el sombrero. Y sin aguardar más, como si alguien le persiguiera, lanzose con presurosa planta a la puerta del salón y la abrió. La viva luz de las arañas y candelabros le ofuscó un instante. Era un hombre alto, corpulento, de treinta a treinta y dos años de edad, la fisonomía dulce y las facciones correctas: gastaba el pelo cortado a punta de tijera y la barba luenga, rubia y sedosa. En aquel momento su rostro estaba pálido y revelaba profunda inquietud.

En cuanto alzó los ojos, que la excesiva claridad le obligara a cerrar, enderezó la mirada a la señora de la casa, sentada en una butaca. Clavó ella a su vez en él otra intensa y ansiosa. Fue un choque que dio instantáneo reposo a sus fisonomías, como dos fuerzas iguales que se neutralizan. El caballero se detuvo a la puerta esperando que cruzasen cinco o seis parejas que venían girando al compás de un vals, y sus labios descoloridos se plegaron con sonrisa tan dulce como triste.

–¡Qué tarde! No pensábamos que usted viniera ya—exclamó la señora alargándole su mano fina, nerviosa, que se contrajo tres o cuatro veces con intensa emoción al chocar con la de él.

Era una mujer de veintiocho a treinta años, menuda de cuerpo, el rostro pálido y expresivo, los ojos y el cabello muy negros, boca pequeña y nariz ligeramente aguileña.

–¿Cómo se encuentra usted, Amalia?—dijo el caballero, sin responder a la exclamación, ocultando bajo una sonrisa la ansiedad que a su pesar se le traslucía en lo tembloroso de la voz.

–Estoy mejor… Muchas gracias.

–¿No le hará a usted daño este ruido?

–No… Me aburría mucho en la cama… Además, no quería privar a las chicas del único recreo que hoy por hoy tienen en Lancia.

–Muchas gracias, Amalia—exclamó una jovencita que venía bailando y oyó las últimas palabras de la dama.

Ésta le dirigió una sonrisa bondadosa.

Otra pareja que venía detrás chocó con el caballero, que continuaba en pie.

–¡Usted siempre estorbando, Luis!

–A nadie más que a usted, María Josefa—respondió el joven, riendo con afectación para disimular el embarazo que aún sentía.

–¿Está usted seguro de que a mí sola?—preguntó ella alzando al mismo tiempo su mirada maliciosa hacia el caballero que la estrechaba en sus brazos.

María Josefa Hevia tenía ya por lo menos cuarenta años, y sus quince habían sido casi tan feos, pese al refrán, como sus cuarenta. Como no poseía tampoco bastante hacienda para restablecer el equilibrio, ningún valiente había llegado a redimirla del purgatorio de la soltería. Hasta hacía poco tiempo todavía halagaba la esperanza de que, ya que no un pollo, por lo menos se arrojase a pedir su mano alguno de los indianos solteros que iban llegando a establecerse en Lancia. Fundábala en la tendencia que éstos mostraban a contraer matrimonio con las hijas de las familias distinguidas de la población, aunque no llevasen dote. Pertenecía ella por la línea paterna a una de las más ilustres; como que era pariente del señor de Quiñones, en cuya casa nos hallamos. Pero su padre había muerto, y vivía con su madre, mujer de baja estofa, cocinera antes de subir al tálamo nupcial de su amo. Sea por esto o, lo que es más probable, por la bien declarada y proverbial fealdad de su figura, tampoco los indianos picaron la carnada del anzuelo. Y eso que, con motivo o sin él, solía descotarse más de la cuenta para hacer ostensible lo que, según voz pública, tenía de menos malo en su cuerpo. El rostro era repulsivo, de facciones incorrectas, hinchado por la erisipela y desfigurado amenudo por algunas llamaradas rojizas que le subían a las narices. De sus ilusiones femeninas no le quedaba ya más que una, la de bailar: era una verdadera pasión: padecía horriblemente cada vez que los descuidados pollos de Lancia la dejaban comiendo pavo. Pero se vengaba tan lindamente de ellos y ellas, poseía una lengua tan acerada, que la mayor parte de los jóvenes le sacrificaban por lo menos un baile en todos los saraos: cuando se descuidaban, las mismas muchachas se lo recordaban, temiendo las iras de la feroz solterona. Bailaba, pues, tanto como la más linda damisela de Lancia, por razón opuesta, esto es, por el saludable terror que había logrado inspirar. Ella lo sabía, y aunque humillada en el fondo del alma, no dejaba de aprovecharse, optando por el que consideraba menor de los males. Poseía espíritu sagaz y malicioso; veía muy bien el ridículo de las acciones, narraba con gracia y estaba dotada además de un don particular para herir a cada persona, cuando se le antojaba, en lo más vivo.

–¿Ha llegado ya el conde?—dijo una voz áspera que salía del gabinete contiguo y se sobrepuso al tecleo del piano y a las pisadas de los bailarines.

–Sí: aquí estoy, D. Pedro… Voy allá.

El conde dio un paso hacia el gabinete, sin apartar la vista de la pálida señora. Ésta le clavó otra mirada intensa donde se leía una interrogación. Él cerró los ojos afirmando, y pasó a la inmediata estancia. Lo mismo ésta que el salón estaban amueblados sin lujo. Los próceres de Lancia desdeñaban esos refinamientos del decorado, hoy tan usuales. No por avaricia, sino por entender con razón que su prestigio estribaba, más que en la riqueza o suntuosidad de las moradas, en el sello de respetable antigüedad que poseían, rechazaban en ellas cualquiera innovación, lo mismo interna que externa. Los muebles envejecían, se deslustraban; las alfombras y cortinas se iban rayendo. Los dueños aparentaban no fijarse en ello. Sobre todo, D. Pedro Quiñones mostraba una negligencia en este punto que rayaba en jactancia. Ni los ruegos de su señora, ni las indirectas que algún osado, como Paco Gómez, solía autorizarse bromeando, le decidían jamás a llamar a los pintores y tapiceros. Se adivinaba bien que en esta resolución influía el desdén con que miraba el lujo desplegado por algunos indianos en el mobiliario de sus casas.

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