Revoluciones del cabello
Periódicamente amputado y a la vez objeto de incansables atenciones, el cabello no sabe qué esperar de la cabeza donde arraiga. A semejanza de la salud o el dinero, solo comprenden su valor quienes disponen de muy poco.
Podríamos suponer que su cometido es el énfasis: realzar un salto, aderezar la danza, subrayar las negaciones. Otra hipótesis digna de examen sería la ocultación. Toda melena tiene, de hecho, algo de biombo. Tampoco debería descartarse lo opuesto, que su misión consista en delatarnos. Lo insinúa ese rizo ajeno en nuestra almohada.
Hay quienes rechazan dichas interpretaciones, defendiendo que la gracia del cabello radica en su absoluta falta de propósito. Según esta corriente teórica, se trataría de una especie de capricho en marcha: un crecer porque sí, un por qué no extendernos. Cabría incluso un planteamiento mixto. Infinitamente dividido en pelos discrepantes, desempeña al mismo tiempo los roles anteriores y ninguno en particular.
El cabello conoce dos temibles enemigos, la alopecia y la poesía. Una lo va debilitando; la otra lo remata. Por cada verso que se comete acerca de alguna cabellera dorada como el sol, un pelo se arroja al vacío en señal de protesta.
Al igual que en todo estilo literario, en cada peinado se enredan el temperamento, la imitación y las limitaciones. Peinarse es una actividad política. Quizá por eso nuestras revoluciones en este campo suelen terminar en decepción.
El peinado patriarcal es inflexible y un punto pegajoso. El militar se ejecuta de golpe. Siempre correcto, el burgués jamás se pasa de la raya. El rebelde corre el riesgo de despreciar unas normas para obedecer otras. De contornos más libres, el anarquista rechaza las instituciones peluqueras.
En efecto, una cabeza despeinada carece de sistema, no de principios. Solo así alcanza su plenitud. Al revolcarse en compañía adquiere cierto aire accidentalmente artístico, como el experimento de una vanguardia efímera. Cuando despierta, se alza a su antojo y toma la calle dispuesta a la infracción.
Cortarse el pelo representa una iniciativa demasiado drástica para hacernos responsables de ella: he ahí la astucia moral de las peluquerías. La cabellera larga acaba donde empieza la impaciencia. La corta afila el carácter. Un súbito rapado destapa la imaginación, al modo de un artefacto con los circuitos a la vista. Entre la doma y el instinto, las rastas se enroscan para emanciparse. Extraño propósito el de plancharse el pelo, semejante a extender una sábana en el mar. Está demostrado que, tarde o temprano, toda línea recta entrará en bucle.
El cabello femenino tiende a dialogar con quien lo mueve. Transmite sacudidas, rotaciones de acróbata. Resiste por orgullo. Muta por ansiedad. Con gratas excepciones, el masculino se somete a un autocontrol legionario, impasible ante sus cambios de humor. Numerosas mujeres se acomodan con los dedos el peinado, abriéndolo en arpegios, y otros tantos hombres lo reafirman con la palma de la mano para que no se les disperse la simetría. En esa mínima, abismal diferencia cabe la historia entera de nuestra educación.
Un joven con melena incomoda a la navaja colectiva. Una joven rapada, por su parte, se enrola en un frente que ataca por sorpresa el arquetipo. Con el tiempo, el almanaque capilar va perdiendo hojas. Algunos se lanzan a redistribuirlas con angustia y otros, a colorearlas. La cana es la condecoración del cabello valiente, un baño de plata por sus años de servicio.
Los cráneos canosos reflejan el cielo nublado, emitiendo un vapor de memoria. Los castaños absorben el riego de la tierra. Los azabaches pescan a oscuras. Los afro se llenan de recovecos, luchas y trabajo. En cada cráneo rubio anida una playa adolescente y un pánico a los callejones. De los amores pelirrojos nada puede decirse sin que la boca se manche de grosellas: son empresa sibarita.
Como todo lo que apreciamos, el cabello soporta variadas agresiones. Su resiliencia se forja entre lluvias ácidas, maltratos escolares y propagandas de champú. Pese a su mala fama, el graso nos brinda una resina óptima para instrumentos de cuerda. El seco desprende migas microscópicas, recuerdos cereales. Desagraviemos por fin a la caspa, ese rastro de las cabezas especulativas que se esparce allí donde han razonado. Cuando alguna idea nos visita, ella lo festeja con su piñata.
Sin agitación no hay relato: poco nos dice una cabellera estática. Hace falta verla discurriendo, posicionándose, rectificando. Sus mechones ilustran el monólogo de la espalda y sus puntas matizan la opinión del hombro.
Fuera de su hábitat, un cabello afronta las más absurdas odiseas. Tomemos, por ejemplo, ese de ahí. Se descuelga entre lianas. Se aventura por un precipicio. Ya no es del cuerpo, es del azar. Sus andanzas concluirán en los remolinos del baño o en el puerto de alguna papelera. Aunque quizá, si hay suerte, el pelo polizón se quede agazapado en una esquina, a la espera de una cabeza mejor.
Una vagina propia
Nada tan propio ni tantas veces usurpado. Su etimología la rebaja a mero envoltorio: la vaina del sable, la funda del miembro. La vagina, sin embargo, está llena de sí misma. No es el origen del mundo. Es el futuro del mundo.
Sus dimensiones resultan audazmente equívocas. Exterior e interior se contraponen con radicalidad, una pequeña entrada al refugio de lo inmenso, como si esta estructura de búnker hubiera previsto los asaltos que la aguardaban.
Cada cual varía en longitud, con marcada alternancia larga-breve, a semejanza de las vocales latinas. Las hay casi imperceptibles, un trazo en la arena. Otras proclaman enfáticas su verticalidad. La rendija telón, de bordes curvos, despliega un espectáculo en la noche apropiada.
Los labios articulan los múltiples dialectos del lenguaje vaginal. Las manifestaciones orales y manuales forman parte de su tradición. De acuerdo con las leyes de la armonía, la modulación entre mayores y menores irá en función de las digitaciones que se prefieran. Cuando afloran con desfachatez, hacen cantar a la cresta del gallo. Su sistema de pliegues tiene un mérito de origami.
Una vagina sabe navegar su propio río. Su caudal, fluctuante como la luz, los minutos o el ánimo, responde menos al ciclo lunar que a las intenciones terrenales. El resto de sus aguas se controlan por medio de los baños y demás instituciones que, a diferencia de sus pares masculinos, adiestrados para aliviarse en público, la quisieran sentadita y confinada a la privacidad.
Legumbre genital, proteína del yo misma, el clítoris concentra el quid de la cuestión, el uy de la razón y un poderoso etcétera. Su afinidad formal con la yema del dedo es una de las cumbres de la inteligencia anatómica. Sus rasgos empatan en pluralidad con sus gozos. Consideremos por ejemplo el diminuto clítoris de semilla, capaz de plantarse en cualquier campo semántico. El de perla, ofrecido en lecho bivalvo. O el de lápiz labial, también denominado lipsclit, que asoma bajo la capucha su despampanante sonrisa.
Todo indica que el himen es una membrana relativa, cuya constitución está sujeta a la moral de su tiempo. Perdura, se estira o se rasga según los intereses de sus peritos. Más que preservarlo intacto hasta su entrega al macho correspondiente, la ortodoxia pretende impedir las autoexploraciones. Quienes se orienten solas, al fin y al cabo, prescindirán de guías y guardianes.
Profundizando en nuestra materia, nos topamos con el tronco del útero y sus dos pródigas ramas, de las que pende el nido de los ovarios. Los pájaros que aloja pueden ser hipotéticos, reales, insumisos. Todos hacen bandada: en cada decisión existe vuelo.
El vello reforesta la región del pubis, fenómeno accesorio que, no obstante, cumple un papel legendario en su localización. En ciertas ocasiones, la flora de la cima venusiana adquiere un tenor selvático; en otras se conforma con unos rastrojos girando en el desierto. Sus intentos de domesticación van desde la pelusa hasta la franja, pasando por pirámides de diverso pelaje. El abuso de la jardinería puede desembocar en una decadente asepsia.
Reinventando su familia, la vagina trans brota de la elipsis. Deja lo que era para ser. Halla su identidad al fondo de una alforja donde se funden viaje y destino. Quienes la descalifican por artificial olvidan que no hay nada más natural que la voluntad humana. La sintética belleza de esta vagina se prolonga en sus ecos: ha vivido ambas caras, ha sentido el otro lado.
Amén del género, el orgasmo femenino es frase errada en número. Hablar de los orgasmos se aproxima mejor a su miríada. La controversia en torno al punto G copia las discusiones sobre la utopía; se supone que sabemos más o menos dónde está, pero no qué hacer para alcanzarla.
¿Cuánto de coito tienen las revoluciones y cuánto de masturbación? En el primer caso, se apela a un aliado dispuesto a intervenir, con todos los conflictos e intercambios que ello implica. En el segundo caso, el alboroto empieza por cada ciudadana, sin la cual no hay movimiento que triunfe. Difícilmente estas vías lleguen a la complicidad de dos vaginas que se encuentran, se reconocen y traman juntas el porvenir.
La vagina ha atravesado un parto histórico para gestar su espacio. Desde entonces no cesa de alumbrarse.
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