Me paralicé mientras Callum me miraba con horror. ¿Al ataque?
—Wren —Micah me puso una mano en el hombro. Me moví para quitármela.—. ¿Vosotros habéis llegado en transbordadores de la CAHR, no es así? ¿Dónde están?
Parpadeé. ¿Cómo lo sabía? ¿Cómo sabía que había más transbordadores de la CAHR en camino?
—Los hemos dejado un par de kilómetros atrás —dije—. No queríamos alarmaros si nos acercábamos demasiado con ellos.
—Estábamos alarmados, obviamente —dijo Micah con una carcajada, gesticulando al ejército de Reiniciados detrás de él. Se metió los dedos en la boca y silbó—. ¡Jules!
Una chica unos cuantos años mayor que yo se unió a nosotros. Era pelirroja y llevaba el código de barras de la CAHR estampado en la muñeca, pero no pude descifrar el número.
—Ve por esos transbordadores —Micah levantó la mano, hizo una especie de movimiento circular con el dedo y la reja de madera de inmediato comenzó a crujir mientras se abría. Los Reiniciados frente a ella se apartaron rápidamente.
Sentí una mano en la espalda y me giré para ver a Callum detrás de mí. Se quedó mirando la reja.
—¿Qué está pasando? —dijo en voz baja.
—No lo sé.
La reja se abrió por completo y reveló a unos diez Reiniciados sentados en aparatos que nunca antes había visto, con dos ruedas grandes —una atrás y una delante—, como esas motocicletas de las que había visto fotos, pero más grandes. Lo más seguro es que cupieran tres personas en el asiento trasero, negro y amplio, que se extendía entre las dos llantas, y era obvio que no estaban hechos para ser discretos, pues el motor de ambos bramaba.
—¡Kyle! —dijo Micah, gesticulando. Un Reiniciado alto y fornido adelantó su moto—. Llévate a Jules y a… —se detuvo y se giró hacia mí—. ¿Quién ha pilotado los transbordadores hasta aquí?
—Addie y yo.
—¿La Tres-Nueve?
—Sí.
Asintió y se giró hacia Kyle.
—Lleva a Jules y a Tres-Nueve a los transbordadores. Rápido. No más de veinte minutos de ida y vuelta.
Kyle giró el acelerador en uno de los manubrios y la moto rugió hacia delante, se detuvo con un chillido junto a Jules, quien se subió de un salto y miró a la multitud de Reiniciados de Austin con expectación.
—¡Tres-Nueve! —gritó Micah.
Addie salió de la muchedumbre, con los brazos cruzados sobre el pecho. Ignoró a Micah por completo y se me quedó mirando como si esperara algo. No estaba segura de qué. ¿Quería que le dijera que estaba bien que fuera?
Evité la mirada de Micah mientras me acercaba a ella de varias zancadas.
—Quieren que los lleves a uno de los transbordadores —dije—. Y tal vez que pilotes uno hasta aquí.
Sus ojos se movieron rápidamente detrás de mí.
—¿Y crees que deberíamos confiar en ellos?
Hice una pausa. Claro que no creía que debíamos confiar en ellos. Los acababa de conocer y hasta ahora parecían extraños. Pero habíamos llegado caminando hasta su casa y les habíamos pedido que nos dejaran entrar, así que quizás era demasiado tarde para pensar en la confianza.
—No —dije en voz baja.
Mi respuesta pareció cogerla por sorpresa.
—¿No?
—No.
Parpadeó como si esperara que le dijera algo más y una sonrisa se dibujó en su rostro.
—De acuerdo, entonces. Me siento mejor —tomó aire profundamente—. Correcto. Ve con los desconocidos. Esperemos que todo salga bien. Adelante.
Asintió con la cabeza mientras terminaba. Parpadeé al darme cuenta de lo que le estaba pidiendo.
—Yo puedo ir en tu lugar…
Se rio mientras retrocedía.
—Está bien, no te puedo culpar por ser sincera.
Corrió para luego saltar a la parte de atrás de la moto. Señaló en la dirección por la que habíamos llegado. Kyle salió a toda velocidad; la moto escupía tierra mientras desaparecían.
—¡Ciento-Veintes y más, conmigo! —llamó Micah a los Reiniciados de Austin—. ¡Hagámoslo!
Prácticamente brincaba de emoción.
No entendí nada.
Eché un vistazo detrás de mí a los Reiniciados de Austin y encontré expresiones igual de confundidas en sus rostros. Beth Uno-Cuatro-Dos, un par de chicas y dos chicos que supuse que eran de más de Ciento-Veinte se separaron del grupo y se dirigieron lentamente hacia Micah, pero no paraban de mirarme con perplejidad. Había menos Reiniciados de más de Ciento-Veinte en Austin de los que había en Rosa, pero a mí me habían destacado en la ciudad más ruda de Texas. Más misiones significaba Reiniciados más especializados. Todos tenían más o menos mi edad, excepto uno de los chicos, que probablemente tenía apenas doce o trece años.
—¡Micah! —llamé, siguiéndolo mientras se movía rápidamente hacia la reja—. ¿Qué está pasando? ¿Cómo sabes que viene la CAHR? ¿Cómo sabías que veníamos?
Se detuvo.
—Tenemos a gente ubicada en lugares estratégicos fuera de las ciudades y un equipo que vigila el tránsito aéreo en la zona.
Arqueé las cejas, sorprendida. No me esperaba que estuvieran tan avanzados.
Micah abrió los brazos y sonrió a los Reiniciados de Austin.
—¡Chicos, mostrad un poco de emoción!
Sólo nos quedamos mirándolo.
Levantó un puño.
—¡Hurra!
—¡Hurra, hurra! —gritaron cien Reiniciados de la reserva al mismo tiempo y me sobresalté. ¿Qué demonios?
—Venga, vamos —dijo con una carcajada—. ¿Quién quiere patear traseros de la CAHR?
Eso provocó algunas risas. Alguien de detrás de la muchedumbre de Reiniciados de Austin levantó la mano.
—¡Contad conmigo!
En realidad, había pateado suficientes traseros de la CAHR en la última semana como para que la satisfacción me durara aún un largo rato. Miré a Callum de reojo. Nunca había querido luchar contra nadie, humano o Reiniciado.
Micah se carcajeó cuando vio mi expresión.
—Sé que probablemente estás cansada. Y pronto vas a tener que contarme la historia sobre cómo saliste de Rosa, robaste dos transbordadores llenos de Reiniciados de esas instalaciones y terminaste en Austin —dio un paso hacia mí—. Pero justo ahora hay un montón de oficiales de la CAHR en camino para atacarnos, así que no tenemos muchas opciones.
Miré a Callum, que se encogió de hombros, como si no estuviera seguro de qué hacer.
Pero yo sí lo sabía. Quería largarme de ahí antes de que llegara la CAHR. No sabía adónde iríamos ni cómo llegaríamos, pero no me cabía duda de que no debíamos quedarnos a pelear.
O quizá sí. Miré al grupo de Reiniciados que había traído aquí y vi varios rostros mirando en mi dirección, observando para saber cómo reaccionaría. Había entrado por la fuerza en las instalaciones de Austin, los había apresurado a todos para que abordaran los transbordadores y los había metido en esta situación. Si le pedía a Callum que escapáramos, me diría que ellos necesitaban mi ayuda. Y, por desgracia, tendría razón.
Pero ésta era la última vez. Si parecía que habría más ataques de la CAHR, cogería a Callum y me marcharía. No quería pasar el resto de mi vida luchando contra los humanos. En realidad, me sentiría sumamente satisfecha si nunca los volviera a ver.
Suspiré y asentí casi imperceptiblemente hacia Micah. Me puso la mano en la espalda, como si lo aprobara.
—¡Menos-Sesenta, conmigo!—gritó un hombre esbelto saliendo de la fila.
Negué con la cabeza hacia Callum y le tendí la mano. No haríamos eso. La comisura de su boca se torció hacia arriba mientras caminaba hacia mí.
Micah miró la muñeca de Callum.
—¿Uno-Dos-Dos? — preguntó, entrecerrando los ojos.
—Dos-Dos —corrigió Callum.
Micah apuntó hacia la multitud que se juntaba alrededor del hombre delgado.
—Menos-Sesenta, con Jeff.
—Callum viene conmigo —apreté más su mano.
Micah abrió la boca, pero la cerró con un esbozo de sonrisa.
—De acuerdo —se giró hacia la entrada de la reserva, haciendo señas para que lo siguiéramos.
Nos enfilamos hacia la hilera de motos que vigilaba la entrada y me giré para ver a los Reiniciados de Austin que quedaban divididos en dos grupos: Menos-Sesenta de un lado, todos los mayores de Sesenta pero menores de Ciento-Veinte del otro.
Miré hacia delante mientras pasábamos las motos. Escuché a Callum contener la respiración cuando logramos ver la barda de la reserva.
Había más Reiniciados dentro. Ésta debía haber sido la segunda oleada y era quizá de la mitad del tamaño de la primera. Alrededor de cincuenta Reiniciados estaban formados en filas ordenadas frente a una enorme hoguera, todos con pistola en mano, pero los cañones apuntaban hacia abajo, al suelo. Un Reiniciado pasó corriendo junto a nosotros y comenzó a hablar emocionado con uno de los tipos que estaban delante.
La reserva se extendía en círculo, con senderos delgados de tierra que serpenteaban entre tiendas de campaña de color marrón y beis. Había muy pocas estructuras permanentes en el complejo, pero tiendas de campaña robustas estilo tipi se alineaban a cada lado de los senderos. Eran muchas, por lo menos cien, hasta donde podía ver.
A mi derecha había varias tiendas de campaña rectangulares mucho más grandes. El material estaba sucio y desgastado en algunas partes. ¿Cuánto tiempo llevaban ahí? ¿Por qué no construían estructuras más permanentes? A la izquierda, cerca de la barda, había dos edificios largos de madera que parecían ser un área de duchas. Había tubos que recorrían un lado del edificio y el suelo alrededor estaba húmedo. Al menos no nos tendríamos que bañar en el lago.
Examiné las filas de Reiniciados. Cuando descubrí que los rebeldes estaban ayudando a los Reiniciados a escapar, Leb me dijo que mi entrenador, Riley Uno-Cinco-Siete, había huido a la reserva y no había muerto, como me habían dicho antes. Pero no veía a Uno-Cinco-Siete entre la multitud.
Me detuve detrás de Micah mientras nos acercábamos a la tienda de campaña y él tiraba la tela hacia atrás, gesticulando hacia nosotros para que entráramos. Agaché la cabeza y di un paso adentro, seguida por Callum y los cinco Ciento-Veintes de Austin.
Armas. Por todos lados.
Nunca había visto tantas en mi vida. Cada pared estaba forrada de pistolas de todos los tamaños o estaban apiladas sobre docenas de repisas alrededor de la tienda de campaña. Había granadas y hachas, cuchillos y espadas, y cosas que ni siquiera reconocía. Tenían suficiente artillería para armar a toda Texas. Había un montón de repisas vacías, pero supuse que esas armas se las habían dado a los Reiniciados de fuera. Aun así tenían suficientes para darle a cada quien una segunda arma. O una tercera.
—Impresionante, ¿no? —dijo Micah con una sonrisa.
Se escucharon algunas risitas nerviosas y eché otro rápido vistazo alrededor. Sin duda, impresionante. Y quizás un tanto reconfortante. Una larga mesa de madera recorría el centro de la tienda de campaña y sus patas desaparecían en la tierra. Había una cama grande atrás, en el rincón de la derecha. Me pregunté si era ahí donde vivía Micah. Había dos fosos para hogueras rodeados de piedras en cada lado de la tienda de campaña, con huecos para el humo cortados en la tela encima de ellos.
—No tenemos tiempo para mostrároslo todo —dijo Micah—. La CAHR llegará pronto y esta vez seguramente traerá artillería pesada.
—¡Hurra, hurra!
Brinqué al escuchar los gritos repentinos de alegría y me di la vuelta para ver a varios Reiniciados de la reserva detrás de nosotros. Íbamos a tardar un rato en acostumbrarnos a esa afición por dar de gritos al azar.
—Voy a conseguiros armas a todos, haremos una visita muy veloz y os asignaré una ubicación.
Se dio la vuelta y comenzó a coger pistolas de la repisa.
—Esta vez —dijo Callum en voz baja.
Lo miré.
—¿Qué?
—Ha dicho esta vez. Como si la CAHR hubiera venido antes aquí.
—Han venido aquí varias veces —dijo Micah, entregándome una pistola—. Siempre ganamos.
Cogí la pistola, arqueando las cejas.
—¿Siempre?
—Cada vez —Micah le ofreció una pistola a Callum.
Callum miró el arma y luego a mí, y por un momento pensé que no iba a cogerla. Las pistolas no iban con Callum. Yo había tenido que escapar de la CAHR con él porque se negó a usar una para matar a un Reiniciado adulto. La CAHR no encontraba sentido a tener Reiniciados que no siguieran las órdenes.
Pero cogió la pistola de Micah sin decir palabra. Yo dudé que la llegara a usar.
—¿Por qué regresarían si siempre ganáis? —pregunté mientras él seguía repartiendo pistolas y municiones adicionales.
—Se reagrupan, tratan de ver lo que han aprendido y vuelven a intentarlo. Se han vuelto más listos. Ya ha pasado casi un año desde el último ataque.
Micah salió de la tienda dando zancadas y lo seguimos.
—Ésa es una de las razones por las que no construimos muchas estructuras permanentes —gesticuló hacia las tiendas—. Las bombas derribarán muchas cosas hoy.
—¿Las bombas? —repitió Callum.
—Sí. Detendremos algunos de los transbordadores en el aire, pero es de esperar que haya bombardeos —Micah se detuvo cerca del foso para la hoguera y se dio la vuelta hacia nosotros—. Está bien. Vienen del Sur en transbordadores. Vosotros os quedaréis aquí con la segunda oleada. Proteged la reserva, no muráis. Es lo único que tenéis que hacer. Si perdéis una parte del cuerpo en el bombardeo, tenemos un montón de estuches con repuestos para que os la vuelvan a coser. No cojáis partes del cuerpo de otra persona, a menos que sepáis que ya está muerta.
El rostro de Callum se retorció.
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