Llamo a mi padre por teléfono a Italia para saber cómo está. Tiene noventa y siete años y ha pasado toda su vida en Riccione. Vendedor primero, representante de comercio después, hoy jubilado. Se acerca el momento del gran viaje sin escalas y esto del coronavirus no le da miedo. Le digo que aquí donde vivo, una villa en la periferia de Buenos Aires, hoy empezó la cuarentena. Está preocupado por mí, imagina que estoy trabajando mucho, ayudando a la gente, y por lo tanto corriendo más riesgos que los demás. Me llama “hijo”, “hijo mío”. Nunca lo había hecho. Después, con la respiración entrecortada, empieza a recordar la Segunda Guerra Mundial, cuando era apenas un muchachito. “Nos escondíamos de los alemanes, hijo mío, para que no nos atraparan y nos llevaran a trabajar a Alemania; pero ahora, de esto no podemos escondernos”. Esto es la covid-19, una palabra técnica demasiado difícil para su edad –la peste, como la llaman los argentinos de la villa– pero recuerda con facilidad que la línea del frente de guerra pasaba muy cerca de su casa, en la zona de Rímini; los aliados libertadores, apoyados por los partisanos, avanzaban empujando desde el sur y los ocupantes alemanes retrocedían hacia el norte cargando en los camiones brazos jóvenes para trabajar en Alemania. Una especie de compensación por la destrucción que estaba sufriendo su propio país.
Él se escondió y pudo escapar.
Eso de asociar el coronavirus con la guerra es su manera de encontrar un punto de comparación, de calcular las dimensiones de este asesino invisible que golpea donde quiere, de esta arpía con la hoz en la mano que acecha del otro lado de la puerta y vigila a sus presas, lista para atrapar a los que ya vivieron mucho.
La vendedora de billetes de lotería tiene el cabello gris y le faltan dientes. No siente miedo de la peste que merodea buscando víctimas para devorar. Recorre las calles de la villa como el viento de invierno que sisea entre las construcciones de ladrillo y chapa. Ella también silba cuando pasa, para que la gente sepa que la suerte se acerca y cambiará la vida del que no la deje escapar.
Tiene los pasos cansados pero seguros, al silbido le falta aliento, pero todavía se lo escucha a dos manzanas de distancia. Es evidente que toda su vida ha vendido la suerte, que probablemente no ha hecho otra cosa desde que vino al mundo.
Sabe dónde pescar a sus clientes, incluso ahora que la cuarentena los ha encerrado en sus casas. Pero no lo suficiente para que resulten inalcanzables. Ella sabe cómo hacer, es una mujer de mucha experiencia y muchos recursos. La vendedora de billetes de lotería los espera cuando salen a comprar. Se instala cerca de algún almacén, deambula por el estacionamiento de algún supermercado. ¡Todos tienen que comer!, piensa. Espera en la esquina de una farmacia. ¡Todos tienen algún achaque!, calcula con inteligencia. Recorre la fila de los que esperan su turno hacia adelante y hacia atrás como una filarmónica, desgranando la misma letanía de siempre, como vendedora experimentada que sabe colocar su mercancía.
“Hoy es un buen día” susurra con gesto cómplice, “el 17 no sale desde hace tres semanas y caerá en la red”.
Mira a sus clientes directo a los ojos. No hay timidez en su mirada. Sabe lo que necesitan más que ellos mismos. No solo de pan vive el hombre. No solo medicinas necesita el cuerpo. Ella les ofrece la suerte agitando delante de sus ojos un tesoro de números de colores brillantes. La lotería, parece que dijera, no engaña, si saben atraparla cuando pasa. Le toca al que tiene que tocarle, como la peste que va de aquí para allá y nadie sabe dónde se queda.
Hace tres días llamó a la puerta de Aníbal el zapatero. Todavía estaba vivito y coleando la última vez que lo vio, una semana antes. Habló con él de una cosa y otra, como hace una buena vendedora de billetes de lotería, pero su sangre mitad española y mitad argentina no lo salvó. La peste llegó al taller del zapatero después que ella, y junto con la suerte, le arrancó la vida.
La vendedora de billetes de lotería nunca se desalienta. Ella vende y compra la suerte a su manera. Como si este fuera un tiempo como cualquier otro, cuando tentar la fortuna sigue siendo lo más sensato que uno puede hacer.
El sol se pone en la villa. La oscuridad avanza lentamente, tan lentamente que hay que entrecerrar los ojos dos o tres veces para ver cómo se aproxima. Las montañas de basura desaparecen como por arte de magia, ocultas por un piadoso juego de sombras. Los depósitos de cartón parecen colinas encantadas, las barracas de madera y lata semejan un pesebre navideño.
Es la hora en que más trabaja la peste funesta y los más chiquitos vuelven a su casa para esquivarla, obedeciendo la llamada de los mayores. Cientos de piecitos marcan la tierra de los callejones, el polvo se adhiere a sus plantas descalzas mientras corren veloces como renacuajos en un estanque. La peste, entre tanto, se agazapa entre las sombras que avanzan empuñando la guadaña. Todavía no ha tomado una decisión, pero lo hará pronto.
Heriberto y María Dolores están sentados en el escalón delante de su casa. Los codos se rozan, los brazos cuelgan al costado del cuerpo como vainas de algarrobo. Ellos ya vivieron su vida y ahora tienen tiempo para perder. Para ellos la cuarentena empezó mucho antes de que la peste la impusiera. Los hijos se fueron muchos años antes, tienen su vida en la gran ciudad. De vez en cuando vienen a visitarlos, pero cada vez menos. Desde que empezó la cuarentena no volvieron. Dicen que no quieren poner en riesgo a sus propios padres.
No todos los hijos de Heriberto y María Dolores tuvieron suerte. La del medio, la Nicole, murió cuando dio a luz a su tercer chico. Un día, la vendedora de billetes de lotería quería decirles que, para que las cosas anduvieran bien, había que tener caderas anchas y mucha concentración, y a ella no le parecía que la hija de María Dolores tuviera lo que hace falta. Pero esa vez no dijo nada. La vendedora de lotería no le tira la verdad en la cara a la gente.
Él tiene en la mano la correa del perro, un animalito negro con el hocico puntiagudo que no parece querer ir a ningún lado. El animal está triste y cansado como sus dueños. No mueve la cola ni siquiera al que le muestra un poco de simpatía.
Ella lleva un vestido negro y mira para abajo. Nadie sabe cuándo fue la última vez que levantó los ojos. Está lista para morir.
Esta noche el ángel exterminador llamó a la puerta del Chili. Las calles están desiertas por la cuarentena, debe haber pensado, y es un buen momento para ajustar cuentas. El Chili abrió la puerta y el disparo le atravesó el ojo. Dicen que se había burlado de la gente del Lirri cuando la ola de la peste todavía no había llegado a la villa, y que apenas tuvo tiempo de ver con el ojo sano al Mencha que escapaba.
Su madre lo arrastró dentro de la casa agarrándolo del pelo. Dejaba a su paso un reguero de sangre como la baba de un caracol. Ella comprendió todo apenas escuchó el tiro. No tuvo necesidad de que la vendedora de billetes de lotería le dijera que aquel hijo que tuvo con un albañil que trabajaba a dos manzanas de distancia, donde terminan las barracas y comienza el basural público, tenía el destino marcado desde que entró a la banda de los chaqueños. Controlan el fondo de la villa y no permiten que vendan en esa zona sin permiso. Un permiso que tiene precio.
Antes que el Chili, el Mosca había intentado romper las reglas, y antes que él, el Zurdo. A uno le partieron la cabeza con una piedra y el otro terminó con un cuchillo en la garganta. Doña Victoria, la madre del Chili, se veía venir la desgracia. La peste la tomó de sorpresa, la bala, no.
En la villa del padre Pepe se da de comer a los que tienen hambre, como manda el Evangelio. Y para que nadie olvide el mandamiento divino, sobre la puerta de la cocina han escrito con grandes letras las palabras de Cristo a sus discípulos: “Denles ustedes de comer”. Por eso todos los días al mediodía se distribuye un plato caliente de comida desde que empezó la cuarentena, hace tanto tiempo, hace tanto, tanto tiempo, que ya se perdió la cuenta. Lo preparan hombres y mujeres que viven de esta manera el aislamiento al que obligan las normas sanitarias. Arriesgan su propia seguridad, lo mismo que todas las personas que vienen a comer empujadas por la necesidad. Pelan papas, cortan cebollas, rallan bolsas y bolsas de zanahorias todos los días. Abren cajas de puré de tomates, vacían bolsas de carne molida. Cocinan en enormes ollas sobre hornallas de campaña lo que la Providencia hace llegar a los depósitos de alimentos que organizaron en distintos puntos de la villa. Un grupo prepara las porciones, otro las entrega. Cuando terminan, llegan los que lavan las ollas y la vajilla, y ordenan todo lo que hace falta para la comida del día siguiente.
Son hombres y mujeres que no quieren enfermarse y que valoran la salud y la vida. Todos tienen hijos, nietos, abuelos que los esperan en casa, y que esperan como pichones en el nido la comida que les llevan.
Algunos de ellos son albañiles, empleadas domésticas, mujeres de servicio en casas adineradas de los barrios vecinos, empleados municipales, algún trabajador del transporte y muchos otros que no tienen trabajo y viven de changas, como llaman los argentinos a las ocupaciones precarias que ayudan a llegar a fin de mes.
Para todos, el trabajo está en suspenso o reducido al mínimo, y dedican su tiempo y sus fuerzas a aliviar las necesidades de los demás. Sin recibir nada a cambio, salvo un plato del mismo guiso que cocinan para los que vienen todos los días a recibir una ración de comida.
Los pobres, los necesitados, los que no pueden cocinar o no tienen nada para hacerlo forman fila delante del portón de la parroquia del Milagro. Y precisamente cuando los contactos deberían evitarse y disminuir las proximidades, las filas se estiran como un elástico y las cercanías se multiplican. Traen consigo todo tipo de recipientes, cajas de plástico, ollas, bidones, sartenes, envases de helado, latas que debían ser de alguna otra cosa y que a falta de algo mejor sirven para contener los alimentos. Y mientras se van con el botín humeante en la mano, vuelven a la memoria las palabras del papa argentino al comienzo de su pontificado: “Yo veo la Iglesia como un hospital de campaña después de una batalla. ¡Es inútil preguntarle a un herido grave si tiene alto el colesterol o el azúcar! Hay que curar sus heridas. Después podremos hablar de lo demás. Curar las heridas, curar las heridas… Y hay que comenzar desde abajo”.1
Son palabras que hoy, con el planeta en las garras de una pandemia que no cede y nadie puede asegurar que no vuelva bajo otra forma, en esta Argentina sacudida por la peste de covid que parece no tener fin, tienen una correspondencia con la realidad que verdaderamente resulta impresionante.
1. La Civiltà Cattolica, vol. III, Quaderno 3918, pp. 449-477, 19 septiembre 2013. También L’Osservatore Romano, 21 de septiembre de 2013.
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