Читать книгу «El amor nunca se equivoca» онлайн полностью📖 — Victoria Pade — MyBook.


Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2013 Victoria Pade

© 2014 Harlequin Ibérica, S.A.

El amor nunca se equivoca, n.º 2026 - septiembre 2014

Título original: It’s a Boy!

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-687-4613-5

Editor responsable: Luis Pugni

Conversión ebook: MT Color & Diseño

Capítulo 1

NO, Carter, no te puedes comer la tarta de queso con las manos —lo regañó el hombre—. ¡Y no te rasques la cabeza después de haber tocado la tarta! Estupendo, ahora tienes tarta en el pelo. ¿Puedes parar? Por favor…

Heddy Hanrahan estaba observando cómo interactuaban aquel hombre trajeado y el niño, que debía de tener unos dos años.

Estaban sentados a una de las mesas de su pequeña pastelería. Y, dado que eran sus únicos clientes en aquella tarde de lunes y que el hombre estaba pasándolo tan mal con el precioso niño de grandes ojos azules y pelo castaño lleno de tarta, Heddy no podía evitar mirarlos.

Para distraerse, se dio la vuelta y se miró en el espejo que había en la pared de detrás del mostrador.

Estudió su propio reflejo y vio preocupación en su rostro.

Había tenido la esperanza de que el negocio funcionase después de que apareciese en una revista un artículo que decía que sus tartas de queso eran las mejores de todo Colorado. Y había ido algo mejor al principio, pero ya habían pasado dos semanas y la situación había vuelto a la normalidad.

Lo que significaba que el negocio no funcionaba.

Arqueó las cejas para relajar las líneas de expresión que había entre ellas y volvió a bajarlas.

Su situación ya era suficientemente mala como para añadirle las arrugas.

Las preocupaciones también estaban haciendo que su piel pareciese todavía más pálida de lo habitual, sobre todo, con el contraste del pelo cobrizo oscuro y los ojos marrones, así que se pellizcó las mejillas y se dijo que al día siguiente se pondría algo de colorete.

Lo que más le gustaba de sí misma era el pelo, largo y ondulado, que solía llevar recogido para estar en la pastelería o cuando preparaba las tartas, y que enmarcaba suavemente su rostro.

Aunque no entendía que le preocupase su aspecto en esos momentos…

En cualquier caso, no podía tener nada que ver con su atractivo cliente, porque eso habría sido ridículo.

Dejó de mirarse al espejo y fingió ocuparse en colocar mejor las tartas en el expositor.

Había demasiadas tartas enteras, pero intentó no preocuparse. Tenía clientes, se dijo, y eso ya era algo…

Miró a través del cristal del expositor y vio al hombre intentando limpiar el pelo del niño con unas servilletas de papel.

Se incorporó y siguió mirándolo porque no tenía nada mejor que hacer, no porque no pudiese apartar la vista de él. Aunque tenía que reconocer que era uno de los hombres más guapos que había visto. Pero a ella esas cosas no le importaban.

Aunque fuese muy guapo.

Tenía el pelo moreno y corto, los ojos de un azul todavía más intenso que el de los ojos del niño, y la nariz perfecta.

Sus labios eran sensuales y la mandíbula parecía tallada en piedra.

Además, cuando entró en la pastelería le había sorprendido su altura. Tenía los hombros anchos y, al parecer, un cuerpo atlético. Lo que no entendía Heddy era que se hubiese puesto aquel traje tan bien hecho para pasar la tarde con un niño.

—Estupendo. Ahora te metes en la boca dos puñados de tarta a la vez —murmuró el hombre.

Heddy vio al niño comiendo con las manos y no pudo evitar sonreír.

Pensó que era un niño adorable para demostrarse a sí misma que no estaba mirando solo al hombre. Iba vestido con botas, unos pequeños vaqueros y una camisa de franela que el hombre debía de haber remangado en algún momento. Además, llevaba dos relojes de plástico, uno en cada muñeca, uno amarillo y el otro azul cielo.

Heddy sonrió con tristeza al ver los relojes. En realidad, todo lo relacionado con niños la ponía triste, por eso intentaba no fijarse demasiado en ellos. Era demasiado doloroso.

Al menos, aquel en particular era un niño, no una niña…

Se parecía algo al hombre… en los ojos y la nariz. Lo suficiente como para pensar que eran familia, aunque, por la manera de actuar del hombre, no parecía que fuese su padre. Tal vez su tío.

En cualquier caso, ella se alegraba de ver disfrutar al pequeño con su tarta de queso y chocolate.

—¡Más! —dijo después de haber lamido el plato vacío.

El hombre miró hacia donde estaba Heddy y sonrió avergonzado.

—Supongo que me he equivocado al pensar que podríamos compartir un trozo. ¿Puede ponernos otro? Tal vez de la tarta que tenía la mousse de chocolate blanco por encima.

—Por supuesto —respondió ella, alegrándose de poder hacer otra venta y de tener algo que hacer.

Cortó la tarta, la puso en un plato y salió de detrás del mostrador con él y con un paño húmedo en la mano. Dejó el plato fuera del alcance del niño, cosa que no se le había ocurrido hacer al hombre, y después le dio el paño húmedo.

—Puede limpiarlo con esto si quiere, supongo que funcionará mejor que las servilletas de papel.

—Yo creo que voy a necesitar una manguera —murmuró el cliente, aceptando el paño húmedo y dándole las gracias.

Luego, después de un instante, añadió:

—No será por casualidad Heddy Hanrahan, ¿verdad?

—La misma —contestó ella, sorprendida al darse cuenta de repente de que el hombre le sonaba de algo.

—Lang Camden —se presentó él.

—¿De los Supermercados Camden?

—Eso es.

Un Camden.

Por eso le resultaba familiar. Los Camden eran los propietarios de una conocida cadena de supermercados, además de poseer muchos edificios, negocios, fábricas, almacenes, camiones y de todo lo relacionado con los supermercados. Era una de las familias más ricas de los Estados Unidos.

Su riqueza y fama hacían que apareciesen en los periódicos y en las revistas de vez en cuando. Eran muchos, unos diez descendientes del hombre que había construido el imperio, además de la abuela. Había oído nombrar a los Camden muchas veces, y no precisamente con cariño, a su madre y a su abuelo. Por ese motivo, siempre que había visto algún artículo acerca de ellos, lo había leído con interés, así que estaba segura de que había visto la fotografía de aquel hombre en la prensa en alguna ocasión.

—¿Podemos hablar? —le preguntó él.

Heddy sintió curiosidad, ¿de qué querría hablar un Camden con ella?

—De acuerdo.

—¿Le importaría sentarse con nosotros? Tal vez ahí, fuera de la línea de fuego —le dijo el hombre, señalando la silla que había enfrente de donde estaban sentados el niño y él.

El niño se incorporó para meter la mano en el plato de tarta que ella había dejado en la mesa.

—Va a alcanzarlo —le advirtió Heddy al hombre.

Lang Camden apartó el plato justo a tiempo y luego volvió a sentar al niño.

—¡Más! —pidió este.

El hombre tomó una de las cucharas limpias que Heddy acababa de llevarle y la utilizó para probar la tarta. Después, con la otra, le dio un trozo al niño.

—Umm… —dijo el pequeño, antes de volver a abrir la boca para comerse otro trozo.

—Este es Carter —dijo Lang Camden un tanto aturullado—. Tiene dos años y medio y, como ya debe de saber, le encantan sus tartas. Y tiene motivos, porque están deliciosas.

—Gracias —respondió Heddy, preguntándose qué hacía allí aquel distinguido miembro de la ilustre familia Camden.

Ojalá a su madre no le diese por pasarse por allí justo en ese momento, porque Heddy estaba segura de que la visita no iría nada bien.

—Vimos el artículo acerca de la pastelería —le explicó Lang Camden, como si le hubiese leído el pensamiento.

—Más —dijo el niño.

—Va, va —le respondió Lang Camden, cediendo y acercándole el plato de tarta—. ¿Cuántas tartas distintas de queso hace?

—Muchas. Las hago con mousse y también de manera tradicional. Están las de siempre, solo de queso, con arándanos y frambuesas. Intento utilizar frutas de temporada. Ahora, en abril, empezamos a tener frutas de primavera. Voy cambiando de semana en semana, y también hago algunas tartas por encargo.

Él asintió.

—Vamos a lanzar un departamento de alta gastronomía en los Supermercados Camden —le informó—. ¿Qué le parecería encargarse de nuestras tartas de queso?

Aquello la sorprendió tanto que Heddy no supo qué responder, lo único que se le ocurrió decir fue:

—Es una broma.

—No, no es una broma.

Heddy dejó escapar un sonido extraño, algo entre una carcajada y un gemido. La idea era absurda.

—Esta tienda antes solo era mi casa —le contó—. El Ayuntamiento permite poner negocios en las casas antiguas de Main Street, así que es lo que he hecho. Convertí el sótano en una cocina que es lo suficientemente grande como para hacer las tartas que vendo aquí. Este espacio era antes mi salón y el porche, ahora es mi pastelería. Vivo en la parte trasera y en el piso de arriba. Así que es imposible, imposible, que pueda preparar tartas suficientes para un solo supermercado Camden.

Además, Heddy sabía que lo que aquel hombre le estaba sugiriendo era lo que estaba acabando con los negocios pequeños, como el suyo.

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