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© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

E-pack Escándalos, n.º 192 - abril 2020

I.S.B.N.: 978-84-1348-427-3

Índice

Portada

Créditos

Unidos por el escándalo

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis

Siete

Ocho

Nueve

Diez

Once

Doce

Trece

Catorce

Quince

Dieciséis

Diecisiete

Dieciocho

Diecinueve

Publicidad

El placer del escándalo

Nota de los editores

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis

Siete

Ocho

Nueve

Diez

Once

Doce

Trece

Catorce

Quince

Dieciséis

Diecisiete

Publicidad

Tormeta de escándalo

Los editores

Dedicatoria

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis

Siete

Ocho

Nueve

Diez

Once

Doce

Trece

Catorce

Quince

Dieciséis

Diecisiete

Dieciocho

Diecinueve

Veinte

Epílogo

Si te ha gustado este libro…



Uno

Mayfair, mayo de 1816

El marqués de Brentmore estaba en su casa de Londres, salió de la biblioteca y entró en el salón. Había accedido a considerar el plan de su primo... ¿En qué demonios estaba pensando?

Se acercó a la ventana y de un tirón apartó los pesados cortinajes de brocado. ¿Por qué usarían tejidos tan gruesos cuando Londres disfrutaba bien poco de la luz del sol? Otra de las locuras de los ingleses. Lo que daría él por disfrutar de uno de los días soleados de Irlanda.

En momentos como aquel en los que se sentía inquieto, sus pensamientos volaban siempre a Irlanda. Nunca podría deshacerse de los recuerdos de sus años más jóvenes por mucho que su abuelo inglés, el viejo marqués, se hubiera empeñado en arrancárselos.

Miró por la ventana. Mejor seguir centrado en el tiempo. El cielo estaba más gris de lo normal. Seguiría lloviendo, sin duda.

Una mujer joven atravesó Cavendish Square caminando y algo en ella llamó su atención, hasta tal punto que no pudo apartar los ojos de su figura.

Parecía embargarle alguna emoción que a duras penas era capaz de contener, y tuvo la sensación de que esas emociones reverberaban también en su interior como si de nuevo estuviese lidiando una batalla con un temperamento feroz. El irlandés que llevaba dentro, como siempre le decía el viejo marqués.

¿Es que si dejaba libres sus pensamientos siempre tenían que volar a aquella época?

¿Qué estaría haciendo allí aquella preciosa señorita que parecía tan alterada como él? Su persona le afectaba de un modo en que ninguna de las innumerables hijas de la alta sociedad que atendían a bailes y musicales había sido capaz. Muchachas estúpidas que lo miraban llenas de emoción hasta que su mamá se acercaba presurosa para apartarlas de él murmurando entre dientes sobre su mala reputación.

¿Sería su desastroso primer matrimonio lo que aquellas matronas tenían contra él, o sería quizás la mancha de su sangre irlandesa? Fuera lo que fuese, el título de marqués no parecía tener el peso suficiente para sepultar ambas cosas.

De todos modos no quería saber nada de aquellas jovencitas. Ni de sus bailes. Ni de su mercado de casorios, por mucho que dijera su primo. Ya se había dejado llevar por todo ello en otra ocasión y el desastre había sido mayúsculo. No, no albergaba la menor intención de dejarse engatusar por otra mujer, y menos aún por la imagen de una cruzando la plaza. Tenía trabajo que hacer.

Iba a apartarse de la ventana cuando la joven se volvió, y la ansiedad de su expresión le llegó directa al corazón.

Incluso desde la distancia podía ver que sus ojos eran grandes y brillantes, y que sus labios parecían haber recibido el beso de una rosa. Un cabello castaño oscuro asomaba bajo su sombrero y la muselina azul del ruedo de su falda se alzaba a impulsos del viento, dejando al descubierto un fino tobillo.

Respiró hondo.

Brillaba de expectación. De pasión. De esperanza y miedo. Aquella mujer había despertado su corazón y su sangre, algo que no era fácil desde que Eunice lo inhabilitara para cualquier otra mujer.

¿Estaría esperando a alguien? ¿A un hombre? ¿Se trataría quizá de una cita prohibida?

Sintió una punzada de envidia. Hubo un tiempo en que habría anhelado tener a una joven respetable como aquella esperando reunirse con él.

Se apartó de la ventana y dejó que el cortinaje ocultara los cristales. Qué tontería. Después de haber pasado por un verdadero infierno en su matrimonio, sabía bien con qué facilidad la pasión puede traer de la mano la desgracia.

Volvió a la biblioteca y a la montaña de papeles que le aguardaba en el escritorio. Repasó sin detenerse mucho la correspondencia. Con una mano levantó una carta y releyó las noticias de Brentmore. Parker, su administrador, se ocupaba bien de sus asuntos.

La institutriz de los niños había muerto de repente, pero Parker se había ocupado rápidamente de todo: de su funeral y posterior entierro. Diablos, ¿cuánto iban a tener que soportar en la vida aquellos dos niños?

Primero la muerte de su madre… y ahora la de la institutriz.

Brent se pasó la mano por la cara.

Sus hijos habían sufrido demasiado en su corta vida. Quizá su primo tuviera razón y había llegado ya el momento de considerar volver a casarse. Eunice llevaba un año muerta y los niños necesitaban una madre que cuidara de ellos, que se ocupase de contratar a una institutriz y esa clase de cosas, que se asegurara de ahorrarles preocupaciones.

Él no sabía nada de niños. Eunice era quien se ocupaba de ellos y no le gustaba que él interfiriera. De hecho, era prácticamente un extraño para sus hijos. Las breves visitas que les había ido haciendo desde la muerte de su esposa eran casi una formalidad, ya que la institutriz le aseguraba que tenía a los niños bajo su control, y al fin y al cabo ¿quién era él para cuestionar sus años de experiencia? Siendo un niño, el viejo marqués lo dejó al cuidado de unos severos tutores y luego lo mandó a un internado. En realidad podía decirse que no se conocieron hasta que volvió de su viaje por Europa, lo mismo que pasaba con la mayoría de los hijos de los nobles.

Con las yemas de los dedos rozó la madera oscura del escritorio. Pensar en sus hijos, en cómo iban a sufrir por los pecados de sus padres, le encogía el corazón. Mejor volver a la ventana del salón y dedicarse a contemplar a aquella apasionada joven que esperaba a su amado que seguir agonizando por cosas que ya no podía cambiar.

Llamaron a la puerta. Era Davies, su mayordomo.

—Perdón, milord. La señorita Hill desea verle. Dice que tiene una cita.

La mente se le quedó en blanco. ¿Una cita?

Ah, sí. A veces la suerte se dignaba a sonreírle. La noche pasada en White’s había oído decir a alguien que tenía una institutriz de la que quería deshacerse. Ya no la necesitaba y quería quitársela de en medio lo antes posible. Él le dijo a… ¿quién era?... le dijo que se la enviase a casa a la mañana siguiente. Quería solventar cuanto antes el problema de sus hijos, aunque no tuviera ni idea de qué rasgos debía buscar en una institutriz.

—Hazla pasar.

Dejó la carta y se sentó tras su mesa.

—La señorita Hill, milord —anunció Davies.

Una dulce voz de mujer musitó:

—Milord…

Brent alzó la mirada y las sensaciones de su cuerpo se dispararon.

De pie ante él estaba la apasionada joven que había estado observando por la ventana. Dio dos pasos hacia él y quedó lo bastante cerca como para poder percibir su aroma a lavanda y ver que sus enormes ojos eran de un intenso color azul y más vibrantes que el azul de su vestido, bastante poco propio de una institutriz, dicho sea de paso. Tras el marco de unas oscuras y rizadas pestañas, aquellos ojos lo miraban con la misma esperanza y el mismo temor que había visto en ellos a través del cristal.

De cerca no le defraudó. Tenía una piel tan blanca y tan sin mácula como una estatua de Canova y respiraba juventud. Tenía los labios sonrosados y tentadoramente húmedos, y lo peor de todo era que su evidente nerviosismo lo empujaba a la ternura, un peligro mucho mayor que la respuesta básica de su cuerpo.

—Anna Hill, señor —se presentó, haciendo una pequeña reverencia.

Le resultaba imposible apartar la mirada de la gracia con que se movía, del brillo expectante de su mirada, del suave movimiento de su pecho.

Desde luego, aquella joven no era institutriz, eso quedaba patente con tan solo verla. Era una joven de clase, hija de algún miembro de la buena sociedad vestida para impresionar.

La muchacha alzó la barbilla desafiante y él bajó la mirada a sus papeles.

—Esto es imposible, señorita —fuera cual fuera su juego… si pretendía comprometerlo para lograr casarse con él o cualquier otra idea igualmente absurda, no pensaba entrar en él—. Puede marcharse.

Pero ella no se movió.

Volvió a mirarla e hizo un gesto con la mano.

—He dicho que puede marcharse.

Dos círculos rojos le aparecieron en las mejillas e irguiéndose, dio la vuelta y caminó con suma dignidad hasta la puerta. Sí, sin duda era una joven con clase.

Cuando había abierto ya, el marqués volvió a hablar:

—Que esto le sirva de lección, señorita Hill.

Ella se volvió enarcando las cejas.

—¿De lección, señor?

Brent se levantó sin pensar y se acercó a ella en dos grandes zancadas mientras la joven le mantenía la mirada. Puso la mano en la puerta, pero sin saber en realidad si era para abrirla del todo o para cerrarla.

—No se le habría abierto la puerta de mi casa de no ser por el hecho de que estoy aguardando la llegada de una mujer que viene a solicitar el puesto de institutriz —explicó, y bajó deliberadamente la mirada a su pecho para hacerle comprender lo peligroso que podía ser encontrase a solas con un hombre—. Y usted no lo es.

Pero ella no se dejó intimidar.

—¿Cómo puede saber lo que soy, señor, si no se ha dignado tan siquiera a escuchar mis calificaciones para el puesto?

¿Calificaciones? ¡Ja!

Con una mano le tocó suavemente el hombro.

—No viste usted como una institutriz.

Ella le apartó la mano.

—No sé quién piensa usted que soy, señor, pero he venido para interesarme por el puesto de institutriz. He de admitir que carezco aún del guardarropa propio de ese trabajo —sus ojos azules brillaron de dolor—, ya que mis ropas me las proporcionó lady Charlotte, para quien trabajaba como dama de compañía.

—¿Lady Charlotte?

Bajó la mirada.

—La hija del conde de Lawton.

¡Aquel era el nombre! Sintió deseos de golpearse en la frente. Lord Lawton era quien había organizado aquel encuentro. Dios bendito… aquella mujer era la institutriz.

Entonces fue ella quien se mostró confusa.

—¿Acaso lord Lawton no le explicó mis circunstancias?

Aquella noche había bebido una buena cantidad de coñac, y no recordaba bien lo que Lawton le había podido explicar, aparte del hecho de que conocía a una institutriz y eso era lo que él necesitaba.

—Explíquemelas usted, señorita Hill.

Cerró la puerta e interpuso una distancia más respetable.

Ella bajó la mirada.

—He sido la dama de compañía de lady Charlotte, y dado que ahora ha sido presentada ya en sociedad, no necesita más de mis servicios.

—¿Dama de compañía? —preguntó con escepticismo—. Pero si parece que acabara de salir de la escuela y fuese usted quien necesitara carabina.

—He dicho que era la dama de compañía de lady Charlotte, no su carabina. Yo… he sido su acompañante desde que éramos niñas. La situación era un tanto… —buscó la palabra correcta—… inusual.

Brent se cruzó de brazos.

—Explíquemela.

Parecía molesta y en guardia al mismo tiempo.

—Me he criado con lady Charlotte. Ella es hija única y extremadamente tímida, y necesitaba una acompañante; una hermana mayor, digamos —lo miró a los ojos antes de continuar—. También he de decirle que era… que soy hija del servicio de lord Lawton. Mi madre es lavandera y mi padre lacayo.

Brent se encogió de hombros. Su propio linaje era tan inapropiado como el de ella. Su madre era tan pobre como solo podía serlo una mujer irlandesa, y él se había pasado los primeros años de su vida en la granja que su abuelo tenía arrendada en Culleen.

Hasta que su abuelo inglés se lo llevó de allí. Un tío de cuya existencia no sabía una palabra había muerto inesperadamente y de pronto él se vio convertido en heredero de un título del que no sabía una palabra y enviado a una tierra hasta entonces enemiga para él.

—He sido educada como una dama —continuó la señorita Hill—. He estudiado las mismas lecciones que lady Charlotte y aprendido lo mismo que ella —del bolsillo de la capa sacó un documento y se lo entregó—. Aquí lo tiene todo por escrito.

Al tomar el papel sus manos se rozaron y Brent cayó en la cuenta de que su guante había sido cuidadosamente remendado.

Fingió leer y luego la miró. En los dedos aún conservaba la sensación del roce.

—Le ruego me disculpe, señorita Hill.

Ella se irguió de nuevo para mirarle con un porte tan regio como el de cualquiera de las matronas que acudían a Almack’s. Su cuello, tan recto y delgado, invitaba a ser acariciado. E invitaba a continuar hacia abajo, hasta la curva de sus pechos…

—¿Por qué me mira así? —le preguntó con un ligero temblor en la voz.

Dios bendito, se había dejado llevar por la imaginación y se había atrevido a seducirla…

¿Por qué aquella belleza estaría dispuesta a enterrarse en el repudiado trabajo de institutriz? Seguro que no ignoraba los peligros que acechaban a una mujer al servicio de los ricos y privilegiados. Una institutriz no contaba con la protección del resto del servicio, ni tampoco de la sociedad. Sería presa fácil de cualquier hombre que deseara seducirla.

Cerró los ojos y se volvió hacia las estanterías. Dejó que los dedos acariciaran el lomo de los libros.

—Le ruego me disculpe una vez más, señorita Hill. No consigo comprender cómo una joven de su… —se volvió sin querer una vez más para admirarla de arriba abajo—… disposición puede pretender el puesto de institutriz.

Ella lo miró con aire de superioridad.

—¿Me cree usted incapaz de desarrollar semejante tarea?

Su valor le producía más asombro del debido.

—Es usted muy joven —replicó, yendo a sentarse en una silla junto a la ventana. Luego cruzó las piernas.

Ella volvió a levantar la barbilla.

—Mi edad es un valor añadido, lord Brentmore.

Él frunció el ceño.

—¿Y qué edad tiene usted?

—Veinte años, milord.

—Muy mayor, sí —se burló.

Ella dio un paso hacia él.

—Mi juventud me proporcionará la energía necesaria para la enseñanza de mis educandos.

Lord Brentmore tamborileó con los dedos en el brazo de la silla. La institutriz anterior era una mujer de cierta edad, y seguir dándole precisamente ese empleo había sido un error. ¿Lo sería también contratar a alguien tan joven?

—Así los comprenderé mejor —continuó—. Aún no he olvidado las travesuras que pueden inventarse los chiquillos.

—Yo no quiero una institutriz que se una a ellos en sus diabluras.

—¡Y no pienso hacerlo! —replicó, irritada—. Soy una persona juiciosa, milord.

Se levantó y volvió a acercarse a ella, lo suficiente para sentir en la piel su calor.

—Cuénteme más de usted, señorita Hill.

Su voz se había vuelto grave.

Ella dio un paso atrás y la mano voló a un mechón de pelo que le rozaba la mejilla.

—Sé que no soy una dama, pero he sido educada como si lo fuera. He recibido todas las ventajas de…

Tenía que mantener las distancias.

—Hay otra razón por la que debería contratarme, señor —añadió ella tras respirar hondo.

—Usted dirá.

—El conocimiento es para mí el don más preciado, milord. Mi peculiar situación de persona que de otro modo nunca habría tenido acceso a él me hace apreciarlo en todo su valor. Me ha abierto los ojos al mundo —hizo un gesto con los brazos que abarcaba los libros encuadernados en piel—. Y ese mundo es lo que les enseñaría a sus hijos.

Por primera vez su rostro se iluminó de placer verdadero, y ese entusiasmo le llegó dentro a él, despertando algo que mejor estaba enterrado.

—Hará de mi hija una marisabidilla.

—¡Por supuesto que no! Haría de ella una dama —respondió y señaló el documento que le había entregado—. Domino todas las artes femeninas: sé bordar, pintar con acuarelas, tocar el pianoforte. Conozco todas las normas de urbanidad y buenos modales, y sé bailar. Por otro lado sé latín y matemáticas, de modo que estoy en condiciones de preparar a cualquier muchacho para Eton…

La voz le falló como si temiera haber hablado demasiado, pero en su mirada había un ruego.

—Le complacería mi trabajo, milord. Lo sé.

Se obligó a bajar la mirada para que ella no pudiera ver lo hambriento que estaba de semejante pasión juvenil. A pesar de que solo tenía treinta y tres años, en aquel momento se sentía más viejo que Matusalén.

Los niños se merecían una buena educación. Una buena crianza. Aún más: se merecían ser felices. Eran criaturas inocentes, aunque sus cuerpecitos fueran la encarnación de sus fracasos y de sus errores. Que aquella institutriz, aquella bocanada de aire fresco, fuese un regalo para ellos.

Es más: estaría en una casa en la que ningún hombre se aprovecharía de ella. Y no es que él fuera inmune a la tentación, pero detestaba Brentmore y pasaba tan poco tiempo allí como le era posible.

Dejó vagar la mirada por las estanterías abarrotadas de libros, una imagen mucho menos peligrosa que la de aquellos ojos azules llenos de esperanza.

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