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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 30


Asesores para la sección latina: SEBASTIÁN MARINER BIOORRA (†).

JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por LISARDO RUBIO FERNÁNDEZ .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 1980.

www.editorialgredos.com

PRIMERA EDICIÓN , 1980.

ISBN 9788424930585.

NOTA PREVIA

Al igual que en la de los libros I a VI, publicada en el vol. 19 de esta colección, en esta traducción de los libros XI a XVI de los Anales se ha tomado como base la 3.a edición de E. KOESTERMANN (Cornelii Taciti Libri qui supersunt, t. I: Ab Excessu Diui Augusti, Leipzig, «Bibliotheca Teubneriana», 1971), con las salvedades siguientes:

XI 28,1; véase nota 86 .

XII 2,3; véase nota 99 .

XII 54,1; véase nota 207 .

XIII 9,2; véase nota 262 .

XIII 26,2; véanse notas 284 y 285 .

XIV 16,1; véase nota 363 .

XV 40,1; véase nota 456 .

También se ha tenido en cuenta la reciente edición de P. WUILLEUMIER (Tacite, Annales. Livres XI-XII. Livres XIII-XVI, París, «Les Belles Lettres», 1976-78), con traducción francesa, así como el muy notable comentario del mismo KOESTERMANN , Cornelius Tacitus, Annalen, vols. III-IV, Heidelberg, Carl Winter, 1967-68. Para otras indicaciones generales y bibliográficas acerca de los Anales, puede consultarse nuestra Introducción al vol. 19 de esta serie. Al Prof. Lisardo Rubio agradecemos las numerosas sugerencias con que ha mejorado esta traducción y sus notas.

LIBRO XI

SINOPSIS

Año 47 d. C. (caps. 1-22)

Año 48 d. C. (caps. 23-38)

CAPÍTULOS :

1-4.

Condenas varias.

5-7.

Debate sobre la abogacía.

8-10.

Problemas del Oriente.

11.

Juegos Seculares.

12.

Mesalina y Silio.

13-15.

Claudio como censor.

16-20.

Asuntos de Germania.

20-21.

Historia de Curcio Rufo.

22.

Problemas internos; historia de la cuestura.

23-25.

Entrada de los galos en el senado; medidas sobre el senado y patriciado; lustro y censo.

26-38.

Culminación y castigo de los escándalos de Mesalina: su muerte.

LIBRO XI

1. *** 1 pues creyó 2 que Valerio Asiático, dos veces cónsul, había sido tiempo atrás su 3 amante; y como además ambicionaba sus jardines, construidos por Luculo 4 y que él estaba embelleciendo con notable magnificencia, lanza a Suilio a acusar a uno y otro. Se le añade a Sosibio, preceptor de Británico 5 , con la misión de advertir a Claudio, como haciéndole un favor, que se guardara de una fuerza y unas riquezas que amenazaban a los príncipes; que Asiático, principal [2] instigador del asesinato de ⟨Gayo⟩ César 6 , no había temido confesarlo en la asamblea del pueblo romano, ni gloriarse incluso del crimen; que, tras haberse hecho famoso por ello en la Ciudad y una vez que su reputación se había extendido por las provincias, se disponía a marchar junto a los ejércitos de Germania, dado que, por haber nacido en Viena 7 y apoyarse en múltiples y poderosos parentescos, tenía facilidades para provocar revueltas entre los pueblos de su nación. Y Claudio, sin investigar nada más, despachó [3] tropas a toda prisa, como si se tratara de sofocar una guerra, al mando de Crispino, prefecto del pretorio, quien dio con él junto a Bayas y lo arrastró encadenado a la Ciudad.

2. Y no se le dio oportunidad de comparecer ante el senado: se le toma declaración en la alcoba, en presencia de Mesalina y acusándolo Suilio de haber corrompido a los soldados, a los que alegaba que con dinero y deshonestidades se tenía ganados para toda clase de infamias, luego de adulterio con Popea, y por último, de ser un afeminado. Ante esto venció el reo su silencio y estalló diciendo: «Pregunta a tus hijos, Suilio; ellos confesarán que soy un hombre» 8 . Comenzó entonces su defensa, que causó mayor emoción en Claudio, pero que incluso a Mesalina le arrancó lágrimas. [2] Al salir de la cámara para enjugárselas previene a Vitelio para que no deje escapar al reo; ella personalmente se apresura a perder a Popea, poniendo a su lado a quienes, aterrorizándola con la idea de la cárcel, la empujaran a una muerte voluntaria, tan sin que lo supiera el César que, pocos días después, teniendo a su mesa a su marido Escipión, le preguntó por qué no se sentaba con él su esposa, y él le respondió que su mujer había cumplido su destino.

3. Mas cuando Claudio estaba dando vueltas a la idea de absolver a Asiático, Vitelio le recordó entre lágrimas lo viejo de su amistad, y las atenciones que juntos habían tenido para con Antonia 9 , madre del príncipe; pasó luego revista a los servicios de Asiático al estado, y a su reciente campaña contra Britania 10 , así como a cuantos otros hechos parecían conciliarle la misericordia, para concluir proponiendo que se le permitiera elegir libremente su muerte; y al momento habló Claudio pronunciándose por la misma clase de clemencia. Después, cuando algunos le aconsejaron [2] la abstención de alimento y una muerte suave, Asiático les dijo que declinaba por completo el favor; se entregó al tipo de actividades que acostumbraba 11 , se bañó, comió de buen humor, y tras decir que hubiera sido más honroso para él perecer por las malas artes de Tiberio o la violencia de Gayo César que por el engaño de una mujer y la impúdica lengua de Vitelio, se abrió las venas, no sin antes inspeccionar su pira funeraria y ordenar su traslado a otro sitio para que la espesura de los árboles no resultara dañada por los ardores del fuego; tanta entereza tuvo en sus últimos momentos.

4. Tras esto se convoca al senado, y Suilio continúa amontonando acusados: dos caballeros romanos ilustres, ambos apellidados Petra. Y la causa de su muerte fue que habían facilitado su casa para los encuentros de Mnéster 12 y Popea. Pero a uno de ellos se le imputaba [2] haber tenido un sueño en el que habría visto a Claudio ceñido con una corona de espigas vueltas hacia atrás, y que por aquella visión había pronosticado una escasez de trigo. Algunos cuentan que vio una corona de vid con las hojas blanquecinas, y que lo había interpretado en el sentido de que al caer el otoño moriría el príncipe. De lo que no hay duda es de que uno u otro sueño le valió su muerte y la de su hermano. Se [3] votaron para Crispino un millón y medio de sestercios y las insignias de la pretura. Añadió Vitelio la propuesta de un millón para Sosibio por ayudar a Británico con su magisterio y a Claudio con sus consejos. Cuando se le preguntó su voto a Escipión dijo: «Como pienso sobre la conducta de Popea lo mismo que todos, haced cuenta que digo lo que todos»; gesto de elegante compromiso entre el amor conyugal y sus obligaciones de senador.

5. A partir de entonces la crueldad de las acusaciones de Suilio fue continua, y su osadía tuvo muchos imitadores; pues, al tomar para sí todo el poder de las leyes y la autoridad de los magistrados, el príncipe [2] había dejado campo libre para el pillaje. Por entonces no había mercancía más venal que la perfidia de los abogados, hasta el punto de que Samio, caballero romano insigne, que había dado a Suilio cuatrocientos mil sestercios, al descubrirse su prevaricación se dio muerte en su casa dejándose caer sobre una espada. [3] En consecuencia, por iniciativa del cónsul designado Gayo Silio, de cuyo poder y perdición hablaré a su tiempo 13 , se levantaron los senadores haciendo valer la Ley Cincia 14 , por la que está establecido de antiguo que nadie reciba dinero o dones por defender una causa.

6. Después, cuando alborotaron aquellos contra quienes se preparaba tal condena, Silio, que era enemigo de Suilio, arremetió con dureza recordando ejemplos de los viejos oradores, que habían considerado la fama y la gloria en la posteridad como el premio de la elocuencia; que de otro modo la más hermosa y la principal de las artes liberales quedaba mancillada por sórdidas mercaderías; que tampoco la integridad permanecía a salvo si se miraba a la magnitud de los honorarios. En cambio —decía— si los pleitos no se [2] hacían para provecho de nadie, habría menos; ahora se favorecían las enemistades, las acusaciones, los odios y las injusticias, de manera que, al igual que la virulencia de las enfermedades proporciona ganancias a los médicos, así también la podredumbre del foro les suponía dinero a los abogados. Los invitaba a recordar a Gayo Asinio, a ⟨Marco⟩ Mesala y, entre los más recientes, a Arruncio y a Esernino 15 : habían llegado a las más altas cimas sin corromper su vida ni su elocuencia. Ante tales palabras del cónsul designado, con [3] las que los otros estaban de acuerdo, ya se estaba preparando un decreto por el que se los incluía en la Ley de Concusión, cuando Suilio, Cosuciano y los demás, que veían que lo que se establecía no era un juicio —pues se procedía contra culpables manifiestos—, sino una pena, asedian al César pidiendo perdón para sus acciones pasadas.

7. Una vez que asintió, comienzan ellos a argumentar: ¿quién era tan soberbio como para presumir con sus esperanzas una fama duradera? Lo que se hacía era proporcionar un apoyo a la necesidad práctica, de manera que nadie se encontrara a merced de los poderosos por falta de abogados. Ahora bien, la elocuencia no era un don gratuito: se abandonaban los intereses familiares para dedicarse a los asuntos ajenos. Muchos se ganaban la vida en la milicia, otros cultivando los campos; nadie se esfuerza por algo cuyo fruto no haya previsto antes. Asinio y Mesala, colmados de recompensas [2] en las guerras entre Antonio y Augusto, o los Eserninos y Arruncios, herederos de grandes fortunas, bien podían haber adoptado un aire magnánimo; pero a la mano estaban los ejemplos de cuánto cobraban [3] por sus discursos Publio Clodio o Gayo Curión 16 . Ellos —decían— no eran más que unos modestos senadores que en una república tranquila no buscaban más que las recompensas propias de la paz. Debía pensar en los plebeyos que resplandecían en la abogacía; si se suprimían las recompensas a esos estudios, también los estudios [4] mismos perecerían. El príncipe, juzgando que si estas consideraciones no eran muy honorables tampoco carecían de sentido, limitó los honorarios a un máximo de diez mil sestercios; los transgresores serían procesados por concusión.

8. Por el mismo tiempo Mitridates, de quien ya conté 17 que había reinado sobre los armenios ⟨y que por orden de Gayo⟩ 18 César había sido puesto en prisión, volvió a su reino animado por Claudio y fiado en el apoyo de Farasmanes 19 . Éste, rey de los hiberos y hermano de Mitridates, le anunciaba que los partos andaban en discordia y que, ante la incertidumbre del poder supremo, no tenían cuidado de los asuntos menores. [2] En efecto, Gotarzes, entre otras muchas atrocidades, había provocado la muerte de su hermano Artábano, la de su mujer y la de su hijo, lo cual suscitó [3] miedo en los otros, que llamaron a Vardanes 20 . Éste, presto siempre a las grandes empresas, recorre en dos días tres mil estadios y, cogiendo desprevenido a Gotarzes, le produce tal pánico que lo desbarata; y no tarda en hacerse con las provincias vecinas, salvo la de Seleucia 21 , que rechazó su dominio. Encendido contra aquella gente en una ira excesiva para las conveniencias del momento porque ya habían hecho defección a su padre, se empeña en el asedio de la plaza fuerte protegida por el río que pasa ante ella, por un muro y por abundantes provisiones. Entretanto Gotarzes, reforzado [4] con la ayuda de los dahas y los hircanos 22 , reemprende la guerra, y Vardanes, obligado a dejar Seleucia, trasladó su campamento a los llanos de la Bactriana 23 .

9. Entonces, divididas las fuerzas del Oriente sin que se viera claro de qué lado se inclinarían, se dio a Mitridates la oportunidad de ocupar Armenia, con la ayuda de los soldados romanos para tomar las fortalezas de las alturas y también la del ejército hibero, que campeaba por los llanos. Los armenios no opusieron resistencia una vez desbaratado el prefecto Demonacte, que había intentado presentar batalla. Provocó una breve [2] dilación Cotis 24 , rey de la Armenia Menor, al que habían recurrido algunos de los notables; luego se sometió ante una carta del César, y todo se puso de parte de Mitridates, el cual adoptó una actitud demasiado dura para un reinado incipiente. Los caudillos partos, [3] cuando estaban ya preparándose para la guerra, hacen repentinamente un pacto al enterarse de una conjura del pueblo que Gotarzes descubrió a su hermano; se reunieron, y tras algunas vacilaciones iniciales, estrechándose las manos pactaron ante un altar de los dioses vengar la deslealtad de los enemigos y hacerse concesiones [4] mutuas. Pareció Vardanes más capacitado para conservar el reino, y Gotarzes, por que no hubiera lugar a rivalidades, se marchó al fondo de la Hircania. Cuando Vardanes regresa se le entrega Seleucia, a los siete años de su defección, no sin deshonor de los partos, a quienes una sola ciudad había burlado por tanto tiempo.

10. Visitó luego las más importantes provincias, y ya se disponía a recuperar Armenia, si no fuera que lo echó atrás Vibio Marso, legado de Siria, amenazándolo con una guerra. Pero entretanto Gotarzes, arrepentido de haber cedido el reino y llamado por la nobleza, cuya servidumbre es más dura en la paz, [2] reúne tropas. Le salieron al encuentro junto al río Erindes; tras duro combate en su paso se impuso Vardanes, y en combates prósperos sometió a los pueblos que había en medio, hasta el río Sindes 25 , el cual separa a dahas y arios 26 . Allí se puso un término a su fortuna, pues los partos, aunque vencedores, se negaban [3] a una campaña lejana. En consecuencia, tras levantar monumentos en los que daba fe de su poder y de que con anterioridad ninguno de los Arsácidas había logrado tributos de aquellas gentes, se vuelve cargado de gloria y, por ello, más cruel y más intolerante para con sus súbditos. Éstos, tras tenderle una trampa, lo mataron cuando estaba desprevenido y dedicado a la caza, en plena juventud, pero ilustre como pocos de los reyes viejos si hubiera buscado en la misma medida el amor de su pueblo que el miedo de los enemigos. Con el asesinato de Vardanes surgieron perturbaciones [4] entre los partos, que dudaban sobre a quién elegirían como rey. Muchos se inclinaban a favor de Gotarzes, algunos por Meherdates 27 , descendiente de Fraates entregado a nosotros como rehén. Al cabo se impuso Gotarzes, y una vez en el poder, con su crueldad y excesos, empujó a los partos a dirigir al príncipe romano ocultos ruegos pidiéndole que permitiera a Meherdates asumir el trono de sus padres.

11. En el mismo consulado, ochocientos años después de la fundación de Roma, sesenta y cuatro tras los que había dado Augusto, se celebraron los Juegos Seculares 28 . Dejo de lado los cálculos de uno y otro príncipe, suficientemente tratados en los libros en que narré la historia del emperador Domiciano. Pues también éste celebró Juegos Seculares, y en ellos tuve yo 29 participación especial por estar investido del sacerdocio quindecinviral y ser entonces pretor. Esto no lo cuento por jactancia, sino porque el colegio de los quindecínviros tiene ese cometido desde antiguo, y los magistrados oficiaban en la mayor parte de las ceremonias. [2] En ocasión en que asistía Claudio a los juegos circenses, cuando unos muchachos nobles a caballo representaron el juego de Troya 30 , y entre ellos Británico, el hijo del emperador, y Lucio Domicio, que por adopción pasó luego a heredar el imperio con el apellido de Nerón 31 , el favor de la plebe, que fue más vivo hacia Domicio, [3] se tomó como un presagio; y se contaba entre el vulgo que en su infancia había tenido junto a sí unos dragones como guardianes 32 , fábulas derivadas de fantásticas narraciones extranjeras; pues el propio Nerón, que en nada pretendía denigrarse a sí mismo, solía contar que en su habitación sólo se había visto una culebra.

12. Pero esta inclinación del pueblo era un resto del recuerdo de Germánico, del cual aquél era el único descendiente varón 33 ; además, la lástima por su madre Agripina aumentaba por la crueldad de Mesalina, que, aunque dañina siempre y entonces más exaltada, no podía suscitar falsas imputaciones y acusadores, entretenida como estaba a causa de un amor nuevo y próximo [2] a la locura. En efecto, ardía de tal modo por Gayo Silio, el más bello de los jóvenes romanos, que eliminó de su matrimonio a Junia Silana, dama noble, para gozar en exclusiva de su amante. A Silio no se le ocultaban ni el escándalo ni el peligro; pero si se negaba era segura su perdición, y tenía cierta esperanza de pasar desapercibido; recibía además grandes recompensas y se consolaba cerrando los ojos al futuro y gozando del presente. Ella iba a menudo a su casa, [3] no a escondidas, sino con gran acompañamiento; lo seguía paso a paso y lo colmaba de riquezas y honores, y al fin, como si hubiera ya cambiado la fortuna, los siervos, libertos y lujos del príncipe se veían en casa del amante.

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