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Agradecimientos
V.1: Enero, 2021
Título original: The Stopover
© T L Swan, 2019
© de esta traducción, Eva García Salcedo, 2021
© de esta edición, Futurbox Project S. L., 2021
Todos los derechos reservados.
Esta edición se ha hecho posible mediante un acuerdo contractual con Amazon Publishing,
www.apub.com, en colaboración con Sandra Bruna Agencia Literaria.
Diseño de cubierta: @blacksheep-uk.com
Publicado por Chic Editorial
C/ Aragó, 287, 2º 1ª
08009 Barcelona
info@principaldeloslibros.com
www.principaldeloslibros.com
ISBN: 978-84-17972-39-4
THEMA: FR
Conversión a ebook: Taller de los Libros
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.
El champán y el servicio fueron impecables. Y el hombre de ojos azules sentado a mi lado fue incluso mejor. Íbamos a Nueva York e hicimos escala en Boston. Disfrutamos de una noche de pasión y nos despedimos para siempre. De eso hace un año. Así que imaginad mi cara al verlo en la oficina en mi primer día de trabajo. Pero, por mucho que lo desee, estoy decidida a no dejarme tentar por los malditos ojos azules de mi jefe.
Descubre el mundo Miles High Club, de la autora best seller del Wall Street Journal
«Una obra maravillosamente escrita que me ha atrapado por completo. ¡Una lectura obligatoria!»
TDC Book Reviews
Quisiera dedicar este libro al alfabeto,
pues sus veintiséis letras me han cambiado la vida.
Me encontré a mí misma en esas veintiséis letras,
y ahora estoy viviendo mi sueño.
La próxima vez que digáis el alfabeto,
recordad su poder.
Yo lo hago todos los días.
—Apártate —gruñe una voz a mi espalda.
Sorprendida, me giro hacia el hombre que hace cola detrás de mí.
—Perdona —digo, azorada—. ¿Querías pasar?
—No. Quiero que los imbéciles del mostrador se den prisa, que voy a perder el vuelo —responde con desprecio, y huelo el alcohol que emana de él—. Qué asco de gente.
Me giro hacia delante. Estupendo, un borracho en la cola de facturación. Lo que me faltaba.
El aeropuerto de Heathrow está a reventar. El mal tiempo ha retrasado la mayoría de los vuelos y, si soy sincera, no me importaría que retrasaran el mío también. Así podría dar media vuelta, volver al hotel y dormir una semana.
El horno no está para bollos.
Oigo que el hombre se gira y empieza a quejarse con los que tiene detrás. Pongo los ojos en blanco. ¿Acaso hace falta ser tan maleducado?
Me paso los siguientes minutos escuchándolo despotricar, bufar y refunfuñar hasta que no puedo más. Me doy la vuelta para mirarlo.
—Van lo más rápido que pueden. No hace falta ponerse así —le suelto.
—¿Cómo dices? —grita mientras dirige su ira hacia mí.
—Ser educado no cuesta nada —digo entre dientes.
—¿Que ser educado no cuesta nada? —chilla—. ¿Qué eres? ¿Profesora? ¿O es que te gusta tocar los huevos?
Lo fulmino con la mirada. Se va a enterar. Me he pasado las últimas cuarenta y ocho horas en el infierno. He cruzado medio planeta para ir a una boda a la que también ha asistido mi ex, que se ha pasado todo el tiempo en brazos de su nueva novia. Ahora mismo podría arrancarle la cabeza a alguien.
Que no me toque las narices.
Vuelvo la vista al frente. Me hierve la sangre.
Le da una patada a mi maleta. Me giro.
—Ya vale —le espeto.
Me mira a los ojos y me estremezco al notar su aliento.
—Haré lo que me salga de los cojones.
Veo que llegan los de seguridad. No le quitan ojo. El personal ha visto lo que está pasando aquí y han pedido refuerzos. Finjo una sonrisa.
—Deja de darle patadas a mi maleta, por favor —le pido con amabilidad.
—Le daré patadas a lo que me salga de los cojones.
Levanta la maleta y la tira.
—Pero ¿se puede saber qué te pasa? —chillo.
—Eh —grita el hombre que tenemos detrás—. Deja sus cosas. ¡Seguridad!
Don ebriedad y alteración del orden público le pega un puñetazo a mi salvador y se enzarzan en una pelea.
Los guardias llegan corriendo de todos los rincones y me apartan mientras el tío se pone a lanzar puñetazos y gritar palabrotas. No necesitaba esto precisamente hoy.
Cuando al fin lo tienen bajo control, se lo llevan esposado. Un guardia muy amable recoge mi maleta.
—Lo lamento mucho. Acompáñeme —dice mientras desengancha la cuerda de la fila.
—Gracias. —Sonrío avergonzada a los de la fila. No me gusta saltarme la cola, pero, llegados a este punto, me da igual—. Qué bien.
Lo sigo tímidamente hasta el mostrador. Allí, un chico levanta la vista y sonríe de oreja a oreja.
—Hola.
—Hola.
—¿Estás bien? —me pregunta.
—Sí, estoy bien. Gracias por preguntar.
—Atiéndela —le ordena el guardia de seguridad al vendedor de billetes. Nos guiña el ojo y desaparece entre la multitud.
—Identificación, por favor —me pide el hombre.
Saco el pasaporte del bolso y se lo entrego. Mira la foto y sonríe. Es la peor foto del mundo, en serio.
—¿Salgo en los más buscados? —pregunto.
—Puede. ¿Esta eres tú? —dice, y se ríe.
Sonrío, avergonzada.
—Espero que no o estoy en un buen lío.
Escribe mis datos.
—Vale. Vas a Nueva York con…
Deja de escribir y lee.
—Sí. A poder ser no con ese tío.
—Ese no va a ir a ningún sitio hoy —repone mientras continúa escribiendo a una velocidad vertiginosa—. Aparte de al calabozo.
—¿Qué hace alguien emborrachándose antes de ir al aeropuerto? —pregunto—. Ni siquiera había pasado aún por los bares del aeropuerto.
—Te sorprendería lo que se ve por aquí —masculla, y suspira.
Sonrío. Qué majo es este chico.
Me imprime la tarjeta de embarque.
—Te he subido de categoría.
—¿Cómo?
—Te he pasado a primera clase como gesto de disculpa por lo que le ha hecho a tu maleta el tío ese.
Abro los ojos como platos.
—No hace falta, en serio —tartamudeo.
Me entrega el billete y sonríe de oreja a oreja.
—Disfruta de tu vuelo.
—Muchas gracias —exclamo entusiasmada.
Me guiña un ojo. Me dan ganas de darle un abrazo, pero no lo voy a hacer, obviamente. Fingiré que me pasan cosas geniales como esta todos los días.
—Gracias otra vez —digo, y sonrío.
—Tienes acceso a la sala VIP. Está en la primera planta. Invita la casa. Que tengas un buen viaje. —Tras una última sonrisa, mira a la cola y dice—: Siguiente, por favor.
Paso los controles de seguridad con una sonrisa tonta.
Primera clase, justo lo que necesitaba.
* * *
Tres horas después, subo al avión como una estrella de rock. Al final, no he ido a la sala VIP porque, bueno…, estoy hecha un cuadro. Llevo una coleta alta, mallas negras, un jersey holgado de color rosa y deportivas, pero me he retocado un poco el maquillaje, ya es algo. Si hubiese sabido que me iban a subir de categoría, habría intentado estar a la altura y me habría puesto algo elegante para no parecer una vagabunda. Total, ¿qué más da? Tampoco es que me vaya a encontrar con alguien que conozca.
Le entrego mi billete a la azafata.
—Vaya por el pasillo izquierdo y gire a la derecha.
—Gracias.
Miro mi billete mientras avanzo y veo mi asiento.
1B.
Vaya, no tengo ventanilla. Llego a mi asiento, y el hombre que hay junto a la ventanilla se vuelve hacia mí. Me mira con unos ojazos azules y sonríe.
—Hola.
—Hola.
Ay, no. Estoy sentada al lado del hombre con el que sueñan todas las mujeres… Solo que este está más bueno.
Estoy hecha un asco. ¡Qué mala pata!
Abro el compartimento superior y él se pone de pie.
—Te echo una mano.
Me quita la maleta y la coloca en su sitio con cuidado. Es alto y corpulento, lleva vaqueros azules y una camiseta blanca. Huele a la mejor loción de afeitado del mundo.
—Gracias —murmuro mientras me paso la mano por la coleta para desenredarme el pelo. Me flagelo mentalmente por no llevar algo decente.
—¿Quieres sentarte aquí? —me pregunta.
Me lo quedo mirando sin entender nada.
Señala el asiento que hay al lado de la ventanilla.
—¿No te importa? —pregunto sorprendida por su gesto.
—Qué va —sonríe—. Viajo mucho. Quédatelo tú.
Fuerzo una sonrisa.
—Gracias.
Es como si me hubiese dicho «sé que te han subido de categoría, pobre persona sin hogar, y me das pena».
Me siento y miro nerviosa por la ventanilla con las manos cruzadas en el regazo.
—¿Vuelves a casa? —me pregunta.
Me giro hacia él. Por favor, no me hables. Me pones nerviosa solo con estar ahí sentado.
—No, he venido a una boda. Ahora voy a Nueva York porque tengo una entrevista de trabajo. Solo estaré allí un día, y después cogeré un vuelo a Los Ángeles, que es donde vivo.
—Ah —musita, y sonríe—. Entiendo.
Me quedo mirándolo un momento. Ahora es cuando tendría que preguntarle algo yo.
—¿Tú… vas a casa? —pregunto.
—Sí.
Asiento. No sé qué más decir, así que me decanto por la opción aburrida y miro por la ventanilla.
La azafata trae una botella de champán y copas.
Copas. ¿Desde cuándo las aerolíneas te dan un vaso como Dios manda?
Ah, sí, primera clase. Cierto.
—¿Una copa de champán antes de despegar, señor? —le pregunta la azafata. Veo que en su identificador pone que se llama Jessica.
—Me encantaría. —Sonríe y se vuelve hacia mí—. Que sean dos, por favor.
Frunzo el ceño mientras nos sirve dos copas de champán y le pasa una a él y otra a mí.
—Gracias —digo, y sonrío.
Espero a que Jessica no pueda oírme.
—¿Siempre pides bebidas para los demás? —pregunto.
Diría que le ha sorprendido que haya sido tan directa.
—¿Te ha molestado?
—Para nada —resoplo. Vaya con el pijo este, se cree que puede pedir por mí—. Pero me gusta pedirme mis propias bebidas.
Sonríe.
—Vale, pues las próximas las pides tú.
Levanta su copa hacia mí, sonríe con suficiencia y da un sorbo.
Diría que le hace gracia verme enfadada.
Lo miro inexpresiva. Podría ser la segunda víctima de mi matanza de hoy. No estoy de humor para que un viejo podrido de dinero me mangonee. Le doy un sorbo al champán mientras miro por la ventanilla. A ver, tampoco es que sea viejo. Tendrá unos treinta y tantos. Me refiero a que es viejo comparado conmigo, que tengo veinticinco. De todas formas, da igual.
—Me llamo Jim —se presenta mientras extiende la mano para estrecharme la mía.
Ahora tengo que ser educada. Le doy la mano.
—Hola, Jim. Me llamo Emily.
Le brillan los ojos con picardía.
—Hola, Emily.
Tiene unos ojos de ensueño, grandes y azules. Podría sumergirme en ellos. Pero ¿por qué me mira así?
El avión empieza a moverse despacio y yo miro los auriculares y luego el reposabrazos. ¿Dónde los enchufo? Son de alta tecnología, como los que usan los youtubers pedantes. Ni siquiera tienen cable. Miro a mi alrededor. Parezco tonta. ¿Cómo los conecto?
—Van por Bluetooth —me interrumpe Jim.
—Ah —mascullo. Me siento tonta. Claro que van por Bluetooth—. Cierto.
—¿Nunca has ido en primera clase? —inquiere.
—No. Me han subido de categoría. Un chalado borracho ha tirado mi maleta por los aires. Creo que le he dado pena al chico del mostrador.
Le dedico una sonrisa torcida.
Se humedece los labios como si algo le hiciese gracia y da un sorbo al champán. No deja de mirarme. ¿En qué estará pensando?
—¿Qué? —le pregunto.
—A lo mejor el chico del mostrador pensó que eras preciosa y te subió de categoría para intentar impresionarte.
—No se me había ocurrido.
Doy un sorbo al champán mientras trato de disimular mi sonrisa. Qué cosas dice este hombre.
—¿Eso es lo que harías tú? —pregunto—. Si trabajaras en el mostrador, ¿subirías de categoría a las mujeres para impresionarlas?
—Por supuesto.
Esbozo una sonrisita.
—Impresionar a una mujer que te atrae es crucial —prosigue.
Lo miro fijamente mientras me esfuerzo para que mi cerebro no se pierda. ¿Por qué parece que está coqueteando?
—Y dime… ¿Cómo impresionarías a una mujer que te atrae? —pregunto, fascinada.
Me mira a los ojos.
—Ofreciéndole el asiento que hay al lado de la ventanilla.
Saltan chispas entre nosotros. Me muerdo el labio para que no se me escape una sonrisa tonta.
—¿Intentas impresionarme? —pregunto.
Me dedica una sonrisa lenta y sexy.
—¿Qué tal lo estoy haciendo?
Esbozo una sonrisita. No sé qué responder.
—Lo único que digo es que eres atractiva, ni más ni menos. No le busques más. Era una afirmación, no una pregunta.
—Ah.
Me quedo mirándolo. No tengo palabras. ¿Qué contesto a eso? Era una afirmación, no una pregunta. ¿Qué? No le busques más. Qué raro es este tío… pero qué bueno está.
El avión coge velocidad para despegar y yo me aferro a mis reposabrazos y cierro los ojos con fuerza.
—¿No te gustan los despegues? —pregunta.
—¿Tengo pinta de que me gusten?
Me estremezco mientras me agarro como si me fuera la vida en ello.
—A mí me encantan —responde con total naturalidad—. Me encanta la fuerza que sientes a medida que acelera. Cómo la gravedad te empuja hacia atrás.
¿Alguien me explica por qué todo lo que dice suena tan erótico?
Madre mía, necesito echar un polvo… ya.
Exhalo y miro por la ventanilla a medida que ascendemos más y más. No estoy de humor para que este chico se ponga lindo hoy. Estoy cansada, tengo resaca, voy hecha un cristo y mi ex es un capullo. Quiero dormir y no despertar hasta el año que viene.
Decido que veré una película. Echo un ojo a las opciones que aparecen en pantalla.
Jim se acerca y dice:
—Las grandes mentes piensan igual. Yo también voy a ver una peli.
Finjo una sonrisa. «Solo deja de ser tan sexy y de invadir mi espacio. Seguro que estás casado con una vegana a la que le van el yoga, la meditación y esas cosas».
—Qué bien —mascullo.
Tendría que haber ido en turista. Así, al menos, no habría tenido que respirar el aroma de este hombre tan guapo durante ocho largas horas sin sexo.
Deslizo las películas por la pantalla y luego hago una selección de lo que me gustaría ver.
Cómo perder a un chico en 10 días.
Orgullo y prejuicio.
Cuerpos especiales.
Jumanji… En esta sale la Roca, así que tiene que ser buena.
Notting Hill.
La proposición.
50 primeras citas.
El diario de Bridget Jones.
Pretty Woman.
На этой странице вы можете прочитать онлайн книгу «La escala», автора Т Л Свон. Данная книга относится к жанру «Эротические романы».. Книга «La escala» была издана в 2021 году. Приятного чтения!
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