Читать книгу «Un baile de máscaras» онлайн полностью📖 — Susannah Erwin — MyBook.



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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2020 Susannah Erwin

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Un baile de máscaras, n.º 2141 - noviembre 2020

Título original: Cinderella Unmasked

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-953-7

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Capítulo Once

Capítulo Doce

Si te ha gustado este libro…

Capítulo Uno

Nelle Lassen agarró la larga falda del vestido de fiesta dorado y turquesa al tiempo que apoyaba la sandalia de tacón en el primer peldaño de la escalera de piedra que había en el histórico Ferry Building de San Francisco. Apartó el pie.

Si se daba la media vuelta en ese momento, podría volver a casa, quitarse las joyas prestadas y ponerse unos cómodos leggins y su sudadera favorita, hacerse un ovillo en el sofá y, con el ordenador abierto sobre las piernas, dar una vuelta por sus redes sociales y ver un capítulo de su serie favorita. Así era como le gustaba pasar las noches que tenía libres.

O, al menos, así era como las había pasado hasta que toda su vida había cambiado de repente. Antes de que hubiesen manchado su reputación, se hubiese quedado sin trabajo y de que su autoestima se hubiese desmoronado como un castillo de arena durante la marea alta. Había tardado varios meses en levantar cabeza y todavía tenía mucho por hacer, pero gracias a su compañera de piso y mejor amiga, Yoselin Solero, había superado dos importantes obstáculos: una nueva ciudad y un nuevo empleo. Y, con ellos, un nuevo nombre: Nelle, la abreviatura de su nombre real, Janelle.

Oyó pitar su teléfono, que llevaba escondido en el bolsillo, bajo varias capas de tul, y lo sacó.

–Estoy en la gala –dijo.

–¿Dentro? –le preguntó Yoselin.

Nelle apoyó ambos pies en el escalón.

–Casi.

–Sube esas escaleras –le ordenó su amiga.

Nelle se echó a reír.

–¿Me estás espiando?

Dos pisos más arriba apareció una figura ataviada con un gorro pirata, una blusa amplia y unos pantalones justo por encima de la rodilla.

–Sí –respondió Yoselin al teléfono mientras la saludaba con la mano–. ¡Date prisa! Hace frío fuera. Te esperaré al otro lado de la puerta.

El viento le golpeó las mejillas a Nelle como para darle la razón a Yoselin y esta se estremeció. Según el calendario estaban a finales de junio, pero a juzgar por aquel viento, en San Francisco podía hacer un tiempo invernal incluso en pleno verano. Nelle respiró hondo. La primera prueba de su nueva vida la esperaba al otro lado de aquella puerta.

Puso los hombros rectos. Ni siquiera Yoselin sabía lo importante que aquello era para ella. Se había obligado a sonreír y a aceptar la invitación a aquella fiesta al saber que el invitado de honor era Grayson Monk, inversor de capital de riesgo, filántropo y protagonista de muchas portadas en las que se empezaba alabando sus logros profesionales para terminar exaltando su atlético físico, su aspecto de surfero y su penetrante mirada.

Grayson Monk era, además, el hijo del hombre que había estado a punto de destruir a su padre.

Su teléfono volvió a sonar y Nelle se echó a reír.

–Ya casi estoy –dijo antes de colgar.

Aquello era ridículo. Estaba en San Francisco, no en Nueva York. Se dedicaba a conseguir fondos para una organización benéfica de ayuda a la infancia y no a realizar la planificación financiera de una firma boutique. Además, iba de invitada y ya no era el blanco de los celos de un compañero de trabajo que, además, había sido su novio. No tenía por qué temerle a nadie en aquella fiesta, ni siquiera a Grayson Monk.

Independientemente de su historia familiar.

Pisó con fuerza los escalones y, al acercarse a la puerta, entrevió el salón en el que se celebraba la fiesta y se le escapó un grito ahogado.

–Ya no estás en Kansas –se susurró a sí misma–. Esto sería increíble incluso en el mundo de Oz.

El edificio ya era impresionante, uno de los pocos que había sobrevivido al terremoto de 1906 y al incendio que había destruido casi todo San Francisco. El vestíbulo de entrada era muy grande, rectangular, interrumpido en el centro por un atrio que permitía a los recién llegados mirar hacia los locales comerciales que había debajo. Los techos, muy altos, estaban salpicados de luces. Los enormes ventanales, con forma de media luna, estaban cubiertos por un enrejado que hacía pensar en hileras de estrellas. Sobre el suelo de mosaico habían colocado mesas de cóctel con manteles de alegres colores, lo mismo que los disfraces de los invitados que charlaban y reían a su alrededor. Al fondo había un escenario con un podio y varios instrumentos musicales y, justo delante, espacio libre para bailar durante la fiesta, cuyo tema era «Venecia junto a la bahía».

Yoselin la saludó desde la mesa de bienvenida, con los ojos brillantes tras la máscara negra decorada con una calavera sobre dos tibias cruzadas.

–Por fin. Estaba empezando a pensar que se te habían quedado los zapatos pegados a las escaleras. Los discursos están a punto de empezar, ya te iré diciendo quién es quién.

La mujer que había sentada detrás de la mesa le sonrió.

–Bienvenidas al Carnaval junto a la bahía. ¿Me pueden decir sus nombres?

–Nos ha invitado Octavia Allen –respondió Yoselin, nombrando a uno de los miembros de la dirección de Create4All, donde trabajaban tanto Nelle como ella.

Había sido Octavia la que había decidido que ambas asistiesen a la gala para intentar conseguir más fondos para su organización. Yoselin, que era la directora ejecutiva, ayudaría a la señora Allen a convencer a sus donantes de que aumentasen las ayudas mientras que Nelle, que era la nueva directora de desarrollo, tenía la tarea de conseguir donaciones importantes de personas que, hasta entonces, se le habían resistido a Octavia Allen.

–La señora Allen ya está aquí –comentó la otra mujer sonriendo todavía más–. Ustedes estarán en su mesa, la número diecisiete, en primera fila, delante del escenario.

Luego miró solo a Nelle.

–¿Ha traído máscara?

Nelle levantó la mano. Los niños que iban a clases de arte en Create4All habían decorado cada milímetro de la máscara blanca que ella había comprado en una tienda de manualidades con lentejuelas plateadas, cristales opalescentes y perlas, creando una pieza inspirada en el mar que tenía de exuberancia lo que faltaba de sofisticación.

–Qué… original –comentó la mujer–. No olviden que hay que llevar las máscaras puestas hasta que termine la fiesta, a medianoche.

–A esa hora volveremos a convertirnos en las cenicientas de todos los días –le dijo Nelle a Yoselin.

Su amiga se echó a reír.

–Vamos a buscar a Octavia y una copa. No necesariamente en ese orden.

Nelle se puso la máscara, respiró hondo y siguió a su amiga fiesta adentro.

Grayson Monk esperó entre bastidores, junto al escenario, y escuchó los sonidos procedentes del otro lado de las cortinas de terciopelo. Al parecer, la gala iba bien. La comida era de primera categoría, había sido preparada por un reconocido chef. El vino y el champán eran excelentes. Los invitados estaban deslumbrantes, las conversaciones eran brillantes y abundaban las sonrisas. En resumen, aquello era lo que había esperado de un evento organizado por la Peninsula Society. Lo habitual.

Aunque también había algo distinto y no sabía el qué.

Tardó un minuto en darse cuenta de que la diferencia estaba en él.

En el pasado, había visto aquella gala anual como el precio a pagar por hacer negocios en Silicon Valley, pero eso iba a cambiar esa noche.

–Señores y señoras, nuestro filántropo del año, ¡Grayson Monk!

Los aplausos inundaron la sala y un joven con auriculares le hizo un gesto para que hiciese su entrada.

Grayson subió al escenario y le dio la mano al presidente de la Peninsula Society, que también era quien había organizado la celebración. Después, se giró hacia la multitud, dio las gracias a la organización por aquella maravillosa velada, respiró hondo y se dispuso a exponer el motivo por el que había accedido a aceptar aquel premio.

El discurso.

–Como algunos sabéis, he estado quince años al frente de Monk Partners. Estamos orgullosos de haber ayudado a las principales y más audaces empresas de la construcción. Algunas de las principales compañías tecnológicas han conseguido el capital que necesitaban gracias a nosotros. Como, por ejemplo, Medevco, que bajo la dirección de Luke Dallas y Evan Fletcher ha cambiado la industria de la tecnología médica para siempre. Y es todo un honor poder hacer algo por la comunidad que tenemos el privilegio de considerar nuestro hogar.

Tragó saliva. De momento, solo había dicho lo mismo que tantas otras veces. Sin embargo, la siguiente parte del discurso…

–Pero todo lo bueno se acaba. Así que, con el permiso de la Peninsula Society, quiero aprovechar esta oportunidad para anunciar que voy a dejar las riendas de Monk Partners.

Hubo expresiones de asombro y Grayson levantó amabas manos y sonrió.

–No os preocupéis, Monk Partners seguirá estando en tan buenas manos como antes. Philip Adebayo ocupará mi lugar y el resto del equipo seguirá siendo el mismo. El compromiso será el mismo, la cartera de clientes y los socios, también. Solo es posible que cambien el nombre.

Aquello hizo reír a algunas personas, no a muchas, pero a algunas. Grayson se relajó. Lo peor ya había pasado. Solo le quedaba lidiar con las repercusiones.

–Sé que todos queréis volver a la fiesta, así que voy a terminar aquí. Si tenéis alguna pregunta, mañana por la mañana habrá una persona en mi despacho respondiendo a las llamadas…

–¿Y qué vas a hacer ahora? –le preguntó alguien desde el fondo de la sala.

Grayson se hizo sombra con la mano e intentó buscar con la mirada, pero, aunque hubiese sido capaz de averiguar quién le había hecho la pregunta, las máscaras le habrían puesto difícil que lo reconociese.

–Veo que hay quien no puede esperar a mañana –bromeó–. Como muchos sabéis, mi padre está delicado de salud y, aunque suene a tópico, voy a centrarme en mi familia un tiempo.

Hizo una pausa, esperando escuchar murmullos de aprobación, pero lo que oyó fue que seguro que estaba esperando ocupar el puesto de su padre en el Congreso.

Aquello le sorprendió. Distinguió una voz femenina, joven y hostil, muy hostil.

Esa no era la reacción que había esperado.

–Bueno… –balbució, él, que no balbuceaba nunca–. Os echaré de menos a todos. Tal vez a Vikram y a Helen no.

Señaló hacia donde se encontraban sus más fieros competidores y la multitud se echó a reír. Aquello estaba mejor.

–Aunque gracias por haberme mantenido alerta. Y muchas gracias por el premio y, sobre todo, por vuestro apoyo y amistad.

Todo el mundo aplaudió. Grayson levantó la mano a modo de despedida y salió del escenario, alegrándose al ver quién lo esperaba allí. Había mencionado Medevco por un motivo. No solo había sido su inversión más rentable, sino que los dos hombres que estaban al frente de la empresa se habían convertido en sus dos mejores amigos. Todavía se alegró más al ver que uno de ellos, Luke Dallas, tenía una copa de balón con whisky esperándolo.

–Enhorabuena –le felicitó Luke, tendiéndole la copa.

Grayson le dio un sorbo y sintió el calor del líquido ambarino en la garganta.

–¿Por el premio? La mitad le pertenece a tu esposa, que, en la gala del año pasado, me prometió que me daría media hora de tu tiempo si hacía una donación a la organización.

–Me alegro de haber hecho que te diesen el premio –respondió la esposa de Luke, Danica, que estaba al lado de este–. Porque Luke es mío.

Luke y Danica se sonrieron con adoración. A pesar de que ya llevaban más de un año casados, a Grayson todavía le sorprendía ver cómo Luke, que era una persona taciturna, mostraba tan abiertamente sus sentimientos. Si bien era cierto que Danica era una buena compañera para su amigo: inteligente, altamente cualificada y atractiva. Estaban hechos el uno para el otro.

Luke había tenido mucha suerte al encontrarla. Grayson dudaba que él fuese a tenerla también. Y no buscaba relaciones poco duraderas, las aventuras de una noche no eran para él.

Aunque, en esos momentos, tampoco estaba buscando una relación seria.

–Luke te ha felicitado por ser el centro de las conversaciones esta noche –intervino Evan Fletcher, socio de Luke en Medevco.

Le tendió un vaso de agua a Danica y conservó una copa de vino tinto para él.

–Casi no he podido llegar hasta aquí –continuó–. Todo el mundo quería comentar la noticia que acabas de dar. Prepárate para que se abalancen sobre ti en cuanto salgas de aquí.

Grayson clavó la vista en el fondo de la copa. ¿Por qué no había inventado nadie una copa que se rellenase sola? A él le parecía una buena inversión.

–Aquí empieza.

Evan dio un sorbo a su copa de vino e hizo una mueca.

–¿El qué empieza? ¿Tu jubilación a los treinta y cinco años? Dime que vas a comprar una isla con espacio para invitados. Y que me vas a invitar a mí.

Grayson negó con la cabeza.

–No me voy a retirar.

–Entonces, ¿por qué has hecho todo este…?

Evan movió la mano en la que tenía la copa y unas gotas de vino tinto cayeron al suelo.

Grayson lo miró fijamente.

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