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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
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© 1998 Sara Craven
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Bajo sospecha, n.º 1053 - febrero 2021
Título original: Marriage Under Suspicion
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1375-108-5
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
ESTA», decidió Kate al cruzar el vestíbulo vacío del hotel, «ha sido definitivamente una mañana salida del infierno».
Se dejó caer en una silla junto a la ventana y se quitó los elegantes zapatos negros bajo el cobijo de la mesa; con discreción se masajeó el talón de un pie dolorido contra la pantorrilla de la otra pierna.
En el exterior, en el jardín iluminado por el sol, desmantelaban con rapidez y eficiencia la bonita tienda de rayas rosas y blancas.
Al recordar todas las horas y llamadas de teléfono que se habían necesitado para conseguirla, Kate observó la operación con auténtico pesar.
En el resto del hotel habían cesado todos los preparativos del menú cuidadosamente seleccionado para doscientas cincuenta personas; el champán se devolvía a la bodega, junto con el clarete y el chablis; y los teléfonos sonaban a medida que a los decepcionados invitados se les informaba de que, después de todo, su presencia no sería requerida.
Kate suspiró, abrió la carpeta que tenía ante sí y pasó un dedo por la lista redactada a toda velocidad. Preparar una boda era algo tedioso y complicado. Cancelarla el día mismo en que se iba a celebrar era casi igual de complejo, y probablemente el doble de caótico.
«Maldita sea Davina Brent», pensó con irritación, mirando las facturas de los subcontratistas. «¿Por qué no pudo decidir un mes o una semana antes, incluso ayer, que no quería pasar por ello?»
Aparte del drama y de las molestias de las últimas horas, también le habría ahorrado a su aturdida familia algunos gastos enormes, pero inevitables.
Era la primera vez desde que Kate y Louie, su amiga de los tiempos de la universidad, inauguraron Ocasiones Especiales que una novia se había negado a casarse la mañana de su boda. De hecho, en los tres años que llevaban funcionando, habían tenido muy pocos apuros en la organización de las fiestas, recepciones y acontecimientos especiales de otra gente.
Y ciertamente no hubo ninguna indicación de que la hermosa Davina iba a reaccionar de forma tan espectacular en el último minuto. Durante las charlas preliminares que Kate mantuvo con ella y con su desgraciado prometido, había parecido muy enamorada.
Pero, pensó con un encogimiento mental de hombros, ¿cómo podía saber qué pasaba por la vida o la cabeza de otras personas?
Durante un momento se quedó muy quieta, consciente de un extraño hormigueo por la espalda. «Un ganso caminando por mi tumba», pensó. «O un ángel que pasaba por encima».
Y se sobresaltó cuando delante de ella depositaron una copa. Si no se equivocaba, era un martini tal como le gustaba, muy seco, muy frío y con una pizca de limón. Sólo que no lo había pedido.
–Debe tratarse de algún error –comenzó, girando en la silla para mirar al camarero. Pero se encontró con el rostro serio de Peter Henderson, el padrino, que en ese momento vestía de manera informal con unos vaqueros y un jersey.
–Ningún error –indicó con sequedad–. Da la impresión de que necesitas una copa. Yo sé que la necesito –señaló el whisky que sostenía.
–Gracias por pensar en ello –le concedió una sonrisa fugaz y formal–. Pero tengo por norma no beber alcohol mientras trabajo.
–Pensé que en estas circunstancias ya estarías fuera de servicio.
–Aún quedan unos cabos sueltos que atar –Kate señaló la carpeta abierta.
–¿Puedo acompañarte o te estorbaré?
–Claro que no. Siéntate… por favor –bajo la mesa Kate buscó el zapato descartado.
–Permíteme –Peter Henderson se apoyó sobre una rodilla y con destreza le colocó el zapato antes de sentarse.
–Gracias –Kate fue consciente de un leve rubor en la cara.
–De nada –observó con abierto aprecio el pelo rubio oscuro, echado hacia atrás, de ella y la esbelta figura que resaltaba el elegante traje color frambuesa y la blusa negra de seda. Estiró la mano e hizo sonar su copa con la de Kate–. ¿Por qué brindamos? ¿Por el amor y la felicidad?
–En estas circunstancias, podría ser un campo minado –indicó ella–. Ciñámonos a algo breve y no complicado, como «Salud» –hizo una pausa–. ¿Cómo está tu hermano?
–No está bien –apretó los labios–. Destrozado, de hecho.
–Me lo imagino –volvió a titubear–. Lo… lo siento tanto.
–Quizá sea lo mejor –se encogió de hombros–. Si alguien tiene recelos reales, es preferible una ruptura limpia ahora a un divorcio hostil más adelante, cuando podría haber hijos involucrados y se corre el riesgo de causar un daño verdadero.
–Supongo que sí –coincidió lentamente Kate–. Pero parecían tan compenetrados. ¿Él sospechaba algo de las dudas de ella?
–Imagino que cualquier problema se atribuirá a los nervios –contempló el destello de platino en el dedo anular de Kate–. Trampa que al parecer tú lograste evitar.
–Cielos, fue hace tanto tiempo que ya no puedo recordarlo –repuso con ligereza.
–Seguro que no hace tanto, o te habrías casado siendo una niña.
–Por favor –Kate le lanzó una mirada irónica, consciente de que había vuelto a ruborizarse–. Han pasado cinco años.
–Toda una vida –dijo divertido–. ¿Te arrepientes?
–En absoluto. Somos muy felices. Demasiado –añadió, preguntándose por qué necesitaba ese énfasis adicional.
–¿Hijos?
–Todavía no –de nuevo fue consciente de los ojos azules que evaluaban su figura–. Ambos estamos asentando nuestras carreras –alzó el martini y después de todo le dio un sorbo, deleitándose en la sensación de frío en su garganta–. En el caso de Ryan un cambio de carrera –indicó.
–¿Algo que no apruebas?
–Todo lo contrario –se puso rígida–. ¿Qué te hace pensar eso?
–El hecho de que tomaras un trago antes de mencionarlo.
–Me temo que has establecido una conexión equivocada –rió–. La verdad es que los martinis son mi debilidad.
–¿La única?
–Intento limitarlas.
–¿Llamarme Peter sería considerado una debilidad?
De pronto ella fue consciente de un cambio ínfimo en su lenguaje corporal; se había relajado, volviéndose hacia él. Se puso recta y lo miró con frialdad.
–Posiblemente un error de juicio –recogió la carpeta y ordenó algunos papeles–. Y no muy profesional –añadió con rigidez.
–Pero conmigo no mantienes tratos de negocios. Como tú, lo que intento es recoger las piezas.
–En ese caso, ¿no deberías estar con tu hermano en vez de conmigo?
–Andrew está con nuestros padres. Se lo llevan a casa a pasar unos días –miró la copa con el ceño fruncido–. No sé si es bueno o malo. Mi madre tiende a ser más bien emocional, y además nunca ha sido fan de Davina. Quizá dificulte el acercamiento.
–¿De verdad crees que eso podría pasar… a pesar de todo? –Kate enarcó las cejas.
–Tal vez… si los dejan pensárselo sin demasiadas interferencias –suspiró–. De hecho, no me sorprendería si algún día fueran a un juzgado y se casaran con unos testigos desconocidos. Ninguno de ellos quería tanto alboroto. Me pregunto si habrá sido tanta presión lo que impulsó a Davina a escapar.
–Espero que no –bebió el resto del martini y depositó la copa en la mesa–. O podría desarrollar un complejo de culpa.
–Culpa a los padres de ambos –indicó–. Fueron ellos los que no pararon de aumentar la lista de personas que debían ser invitadas.
–Por lo general eso es lo que sucede –coincidió Kate–. Y he de reconocer que yo también lo habría odiado.
–¿Quieres decir que no tuviste el vestido blanco con cola, la flota de coches y el reparto interminable… cuando estás metida en este mundo?
–Pero entonces no trabajaba en esto –sonrió–. Hicimos lo que acabas de recomendar para Davina y Andrew. Un juzgado a primera hora de la mañana, con dos testigos.
–¿Seguido de una felicidad constante?
–Jamás me atrevería a esperar eso –frunció el ceño–. Ni siquiera lo desearía. Suena muy aburrido.
–¿Así que el señor Dunstan y tú tenéis encontronazos esporádicos?
–Por supuesto –se encogió de hombros–. Ambos somos individuos en una relación que presupone un buen grado de unión y todo tipo de ajustes –hizo una pausa–. Y no es el señor Dunstan. Ese es mi apellido. El de mi esposo es Lassiter.
–¿Quieres decir que estás casada con Ryan Lassiter… el escritor?
–Sí –sonrió–. ¿Eres uno de sus fans?
–En realidad, sí –Peter Henderson pareció momentáneamente confuso–. Yo mismo empecé como corredor de bolsa, así que leí Riesgo Justificado en cuanto se editó. Me pareció asombroso… la combinación de altas finanzas y absoluta frialdad. Y el segundo libro fue igual de bueno, lo que no siempre es el caso.
–Se lo diré –indicó Kate–. Por suerte mucha gente comparte tu opinión.
–¿Trabaja en un tercer libro?
–En un cuarto –corrigió–. El tercero ya ha sido entregado y se publicará este otoño.
–No puedo esperar. ¿Y mientras él trabaja ante el teclado tú te dedicas a esto? –alargó la mano y recogió una de las tarjetas de visita que se había deslizado fuera de la carpeta–. Y con tu nombre de soltera –añadió despacio.
–Podría habernos ido mal –volvió a encogerse de hombros–. Pareció una buena idea mantener nuestras actividades individuales completamente separadas.
–Pero ahora vuelas alto, ¿no?
–Digamos que mantenemos el tipo en tiempos comercialmente difíciles –cerró la carpeta–. Por favor, guarda la tarjeta, por si uno de estos días planeas alguna celebración propia –le lanzó una mirada pícara–. Quizá incluso una recepción de boda.
–Dios no lo permita –tembló.
–¿Estás en contra del matrimonio?
–No para otras personas –la miró pensativo–. Aunque también ahí debería hacer excepciones.
Sus ojos se encontraron, se desafiaron, y para sorpresa de Kate ella fue la primera en apartarlos.
«¿Qué me pasa?», pensó, tragando saliva. «Soy una mujer adulta. Ya me habían intentado seducir antes, en muchas ocasiones. ¿Por qué ésta sería diferente?»
Con lo que reconoció como un esfuerzo deliberado, recogió el maletín negro del suelo, lo abrió y guardó la carpeta. Al ponerse de pie, le dirigió una sonrisa breve y distante a Peter Henderson.
–Bueno, gracias por la copa. Ya debo irme.
–¿Sí? –él echó hacia atrás su silla y se incorporó–. Esperaba que en cuanto quedaras libre de tus ocupaciones profesionales pudiéramos cenar juntos –hizo una pausa–. He decidido quedarme a pasar la noche aquí.
–Y yo he decidido regresar a Londres lo antes posible –el tono de voz de Kate salió más seco que lo que había pretendido.
–¿Huyendo, señorita Dunstan? –su sonrisa fue cautivadora y desenfadada. Bajó la vista a la tarjeta que sostenía–. ¿O puedo llamarte Kate?
На этой странице вы можете прочитать онлайн книгу «BAJO SOSPECHA», автора Сары Крейвен. Данная книга относится к жанрам: «Эротические романы», «Короткие любовные романы».. Книга «BAJO SOSPECHA» была издана в 2021 году. Приятного чтения!
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