Читать книгу «El heredero» онлайн полностью📖 — Sally Carleen — MyBook.



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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 1999 Sally B. Steward

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

El heredero, n.º 1516 - octubre 2020

Título original: The Prince’s Heir

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.:978-84-1348-875-2

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

MAMÁ, mamá, mamá!

La puerta se abrió de golpe y Joshua entró corriendo con toda la velocidad que le permitían sus piernas regordetas. Al mismo tiempo apareció un perro grande que parecía tener una parte de bassett, una parte de collie, una parte de caballo y todo él ser un chucho. Su ladrido profundo estaba sorprendentemente sincronizado con los gritos excitados de Josh.

Mandy Crawford corrió hacia el porche, tomando a Josh en sus brazos en el momento en que tropezaba como siempre en las escaleras y estaba a punto de caerse. Él se rio mientras ella lo elevaba por los aires y lo hacía dar vueltas.

–¿Cómo está mi chico? ¿Me das un beso?

Él le dio un beso descuidado en la mejilla y volvió a reírse. El perro bailó a su alrededor ladrando y moviendo la cola. Mandy se puso a su hijo en una cadera y se agachó a acariciar al perro, rascándole detrás de la oreja caída y de la que tenía siempre erecta.

–Buen chico, Príncipe –lo alabó, porque sabía que deseaba desesperadamente saltar sobre ella y no lo hacía porque llevaba la ropa de ir al trabajo.

–Benchico –repitió Josh y se inclinó a darle un beso en la cabeza.

–Tienes buen corazón, chiqui, poco sentido, pero buen corazón –habiendo tranquilizado temporalmente a Príncipe se llevó a Josh al interior de la casa– ¿Qué tal? ¿Te has portado bien? ¿Cuidaste de la abuela hoy?

–Lela –Josh se bajó y tomando a Mandy de un dedo se lanzó a un monólogo entusiasta pero prácticamente incomprensible mientras la llevaba hacia la cocina. «Lela, Nana y Tita» eran las únicas palabras reconocibles. Lela, la madre de Mandy; Nana, la abuela de Mandy; y Tita, la Tía Stacy, hermana de Mandy. El resto de las palabras eran innecesarias de todas formas, la familia era lo único que importaba.

–¡He llegado, mamá! ¿Eso que huele es pollo frito? Papá debe estar de camino. ¿Cierra pronto hoy la tienda? Debería, con el calor que hace.

–Estoy en la cocina, cariño –la voz de su madre sonaba extrañamente tensa y Mandy dudó por un momento, sintiendo un escalofrío en la espalda.

Josh le tiró del dedo y ella intentó zafarse de sus miedos infundados. Desde que murió su abuelo, hacía ya tres años, ella había estado nerviosa, temiendo encontrar problemas en todas partes. Tenía que dejar de hacerlo. La vida era buena e iba a seguir siéndolo.

Dejó que Josh la guiara hasta la cocina. Por las ventanas y por la puerta que llevaba al patio trasero entraba una luz dorada. Los armarios blancos reflejaban y amplificaban la luz y las cortinas amarillas ondeaban, movidas por el ventilador del techo. Era la habitación favorita de Mandy y el lugar donde se congregaba la numerosa familia.

De pie junto a la cocina, la madre de Mandy levantó la vista de la sartén donde se estaba friendo el pollo y la miró. Tenía una inconfundible expresión de ansiedad y a Mandy se le encogió el estómago, ¿estaría enferma su abuela?, ¿le habría sucedido algo al niño que esperaba su cuñada?

Como atraída por un poderoso imán, su mirada se dirigió hacia la mesa de roble que ocupaba un lado de la habitación. Había un desconocido sentado entre su hermana Stacy y su abuela.

Hacía calor en la habitación, a pesar de que el ventilador enviaba aire fresco, pero las expresiones serias que vio en todas las caras la hicieron sentir un escalofrío.

–Mandy, tenemos visita –la voz de su madre era tensa, como si pudiera estallar si aflojara su control.

Mandy miró con más atención al alto y elegante desconocido. Era guapo como un actor de cine, con la mandíbula cuadrada y los rasgos como cincelados. Tenía el pelo negro como el cielo de verano antes de amanecer y los ojos azules como el mismo cielo una hora más tarde. Por un breve instante le pareció que sus ojos eran tan profundos y llenos de promesas como el cielo de la mañana, pero debió ser un efecto de la luz. Al instante siguiente la mirada era glacial y distante, más parecida a un día de enero cuando el invierno se alargaba y no parecía que fuera a tener fin.

Mandy se sentía al mismo tiempo atraída e inquieta por aquel hombre. Su expresión era estoica y controlada, su postura muy erecta, con un porte que iba más allá de lo militar, como si formase parte de él y lo llevase en la sangre. Su actitud encajaba perfectamente con su traje oscuro, camisa blanca y corbata clásica.

Nadie vestía así a finales de junio en Texas.

La madre de Mandy apagó el fuego y se frotó las manos en el delantal.

–Mandy, te presento a Stephan Reynard. Señor Reynard, mi hija Mandy.

Stephan Reynard, Príncipe de Castile. El tío de su hijo adoptivo.

El olor a pollo frito se hizo pesado y empalagoso. La habitación se desdibujó y solo la cara de Stephan Reynard quedó netamente enfocada. Tomó a Josh y lo apretó fuertemente contra ella.

Tendría que haber reconocido el parecido con su hermano inmediatamente, los rasgos eran semejantes y tenía la misma postura rígida. Pero los ojos de Lawrence Reynard eran tristes y amables, los ojos de un poeta y un soñador. Stephan, evidentemente, no era ninguna de las dos cosas.

–Hola, Señorita Crawford –su acento era el mismo… vagamente inglés con algo de escocés o irlandés.

–¿Qué desea?

Su hermana de dieciséis años se puso de pie y alargó los brazos.

–Josh, ¿por qué no te vienes con la tía Stacy? Podíamos irnos fuera a jugar un poco con Príncipe.

Josh se acercó a ella y Mandy, a su pesar, lo dejó irse.

Reynard alzó una ceja.

–¿Príncipe?

–Nuestro perro –dijo Mandy con suficiencia–, él es la realeza de por aquí.

–Entiendo.

–Muy bien, ¿qué es lo que quiere? –repitió Mandy, con mayor insistencia esta vez.

–Mandy –dijo su madre con severidad–, ¿dónde están tus modales? El Señor Reynard es nuestro invitado.

–No se preocupe, Señora Crawford. No es una visita de cumplido.

–No pensé que lo fuera.

–Quizá podríamos ir a algún otro sitio para discutir este asunto en privado.

Mandy cruzó los brazos sobre su pecho.

–Esto es lo bastante privado. De hecho deberíamos esperar a que llegasen mi padre y mi hermano, Darryl y su mujer, Lynda, una especie de reunión de la asamblea real. Aquí en América la familia es la clase dirigente, por si no lo sabía.

–Mandy –su madre le pasó un brazo por los hombros–, ¿por qué no te llevas al señor Reynard al cuarto de estar? Se está mucho más fresco que aquí.

Mandy sacudió la cabeza.

–No. Esto nos afecta a todos, ¿verdad que sí, señor Reynard?

Él inclinó ligeramente la cabeza y le indicó la silla vacía al otro lado de la mesa.

–Muy bien. Entonces quizá quiera ocupar su asiento en la asamblea real.

–Mamá, ¿por qué no te sientas tú? Yo me quedaré de pie, ¿no es eso lo correcto en presencia de la realeza?

Reynard cruzó los brazos imitándola, aunque ella no tenía aquel aire altivo que realzaba el gesto de él. Levantaba una de las comisuras de su boca en un gesto que podría haber sido un esbozo de sonrisa en un rostro menos estoico, y por primera vez Mandy intuyó las razones de la fuerte e inexplicable atracción que Alena, su amiga de la infancia, debió haber sentido por Lawrence. Había algo cautivador en aquel hombre, a pesar de las circunstancias.

–Hace solo un momento tenía usted al heredero del trono en brazos, creo que deberíamos olvidarnos de las formalidades.

El heredero del trono. Sabía lo que iba a pasar desde el momento en que su madre le dijo el nombre de aquel hombre, pero al oírlo en palabras se le hizo un nudo en el estómago y su corazón empezó a latir desordenadamente.

No pasa nada, intentó tranquilizarse. La adopción había sido legal, punto por punto.

Pero Lawrence la había advertido de que la isla de Castile se regía por sus propias leyes, como aquel estúpido decreto según el cual un hijo ilegítimo podía ser el heredero del trono si no había herederos legítimos.

Pero eso no se podía aplicar allí.

–Lawrence cumplió con su deber. Volvió a casa después de la muerte de Alena y se casó con Lady Barbara. Tendrá un heredero legítimo. Dadle un poco de tiempo y dejad a Josh en paz.

–¿No se ha enterado de la muerte de Lawrence?

¿La muerte de Lawrence? Mandy sintió que se quedaba pálida.

–¿Está bien, señorita Crawford? –la voz parecía venir de muy lejos, formando parte del remolino de miedo y confusión que ocupó la cabeza de Mandy. Si Lawrence había muerto sin dejar heredero legítimo eso significaba…

Stephan maldijo interiormente su falta de tacto y se acercó rápidamente a Mandy, alcanzando a sostenerla antes de que se desmayara. Sin embargo, cuando él la sujetó por los delgados hombros, el color volvió a sus mejillas; respiró hondo y lo miró fijamente con unos ojos que tenían el mismo tono verde oscuro de los árboles y la hierba sobre la que habían volado, en el último trayecto desde Dallas.

Él apartó las manos.

–¿Está usted bien? –repitió, sorprendido al darse cuenta de que casi hubiera deseado que dijera que no, lo que le hubiera dado una excusa para tocarla y sostener su cuerpo cimbreante entre sus brazos, separar aquella mata de pelo cobrizo de su cuello, pasar los dedos por sus rizos, comprobar si realmente estaban hechos de fuego. La combinación del cambio de horario y el calor de Texas estaba produciendo extraños efectos sobre él.

–Estoy bien –se apartó de él y se acercó a la mesa, sentándose en la silla que él le había indicado.

Mejor así. Él tenía cosas más importantes que hacer que desear a una mujer atractiva… especialmente a una mujer que sin duda le iba a causar todo tipo de problemas antes de terminar el asunto.

La abuela de Mandy le tomó la mano y se la apretó en un gesto de consuelo y protección e, inexplicablemente, Stephan sintió un aguijonazo de envidia. Ridículo. Él estaba cansado por el largo viaje, agotado ya aunque las negociaciones apenas habían comenzado. Era miembro de la familia regente de Castile. Ni tenían ni podían permitirse tener emociones inútiles.

–Lo siento. Creí que se habría enterado de la muerte de Lawrence. Fue una presunción por mi parte. Lo que es una noticia importante en mi país apenas merece una mención en la última página del periódico del suyo.

–¿Cómo murió? –preguntó Mandy, con una voz mucho más suave que la que tenía cuando se había apartado de él unos minutos antes.

–En un accidente de automóvil. Hace dos meses.

–Lo siento. Parecía una buena persona.

–Lo era. Hubiera sido un buen rey.

–Pero ahora no está y usted ha venido a llevarse a su hijo –sacudió la cabeza–; no puedo creer que le hablara de Josh. Se tomó tantas molestias para asegurarse de que su familia no lo sabría nunca.

–Lawrence no nos lo dijo. Los Taggarts estaban viajando por Europa y se enteraron de la historia. Ellos entraron en contacto conmigo.

–¿Los padres de Alena? ¿Por qué harían eso? –sus ojos se endurecieron y apretó los labios–. Da igual, puedo imaginármelo. Vieron la foto y se dieron cuenta de quién era Lawrence. Descubrieron que el padre del hijo ilegítimo de su hija era un príncipe y eso lo hizo de repente socialmente aceptable, incluso deseable.

Stephan consideró las palabras de Mandy. Él siempre había sospechado que los Taggarts podían tener intenciones ocultas al decírselo… que no había sido por «cumplir con su deber». No le había gustado su actitud aduladora y había deseado que su historia del hijo de Lawrence hubiera sido una invención, pero no lo era.

Rita Crawford puso un vaso de té helado al lado de Mandy y se sentó en un extremo de la mesa. Era más baja que su hija y su cabello era rubio y suave en vez de rojo e indómito, sus ojos eran azul claro y sin embargo de una ojeada se podía adivinar que eran parientes. Ambas mantenían la cabeza en el mismo ángulo orgulloso sin ser arrogante. Los ojos de Rita tenían las mismas llamas que los de su hija, aunque las de Rita estaban contenidas, una lección aprendida probablemente de experiencias que Mandy no había tenido que pasar aún.

Vera Crawford, la abuela de Mandy, era una mujer menuda con el cabello blanco como la nieve y una actitud regia que la hacía parecer más alta. Sus ojos eran de un verde más pálido que los de Mandy y tenía una tranquila y digna belleza que trascendía a los años.

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