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Editado por HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
Un nuevo comienzo
Título original: Shelter Mountain
© 2007, Robyn Carr
© 2021, para esta edición HarperCollins Ibérica, S.A.
Publicada originalmente por Mira Books, Ontario, Canadá.
© Traductor: Ana Peralta de Andrés
Publicada originalmente en español en 2009 con el título Un lugar para amar
Todos los derechos están reservados, incluidos los de reproducción total o parcial en cualquier formato o soporte.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos comerciales, hechos o situaciones son pura coincidencia.
Diseño de cubierta: Harlequin Enterprises, Ltd.
Imágenes de cubierta: Shutterstock
I.S.B.N.: 978-84-18623-28-8
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
A Karen Garris, otra preciosa hija, con amor.
Un violento e intempestivo viento de septiembre azotaba la lluvia contra las ventanas mientras Predicador limpiaba la barra del bar. Solo eran las siete y media, pero ya había anochecido. Ningún vecino de Virgin River saldría en una noche como aquella. Después de cenar, la gente solía quedarse en casa en las noches frías y húmedas del otoño. Los campistas y los pescadores también se habrían puesto a refugio de la tormenta. Estaban en temporada de caza, pero no era probable que con aquel tiempo se acercara ningún cazador a aquella hora. Jack, su compañero y el propietario del bar, sabiendo que no habría mucho trabajo había vuelto a la cabaña en la que vivía junto a su esposa, y Predicador también había enviado a casa a Rick, el joven de diecisiete años que los ayudaba en el bar. En cuanto comenzara a apagarse el fuego de la chimenea, pondría el cartel de «cerrado» en la puerta.
Se sirvió un whisky, se sentó a la mesa más próxima a la chimenea, colocó una silla frente a él y subió los pies. Aquellas noches tranquilas le gustaban. Siempre había sido un hombre solitario.
Pero la tranquilidad no duró mucho. Alguien empujó suavemente la puerta, haciéndole fruncir el ceño. El viento terminó de abrirla bruscamente y levantó a Predicador de un salto. Se volvió y vio que acababa de entrar una joven con un niño en brazos. Llevaba una gorra de béisbol en la cabeza y una bolsa al hombro. Predicador se dirigió inmediatamente hacia ella. La recién llegada se volvió, alzó la mirada hacia él y los dos parecieron asustarse.
Ella porque Predicador tenía un aspecto que resultaba intimidante: era un hombre alto y extremadamente fuerte, llevaba el pelo rapado y tenía unas cejas densamente pobladas.
Él, porque bajo aquella gorra de béisbol había visto un bonito rostro con un moratón en la mejilla y un corte en el labio.
–Eh, lo siento… he visto que estaba abierto y…
–Adelante, pasa. No esperaba a nadie esta noche.
–¿Ibas a cerrar? –preguntó ella mientras alzaba al niño en sus brazos.
El pequeño debía de tener más de tres años y dormía con la cabeza apoyada en su hombro.
–Pasa –respondió Predicador, retrocediendo para que pudiera entrar–. No hay otro lugar al que ir. Siéntate al lado del fuego.
–Gracias –contestó la recién llegada con docilidad–. ¿Pero no estabas tú allí sentado?
–No importa. Me estaba tomando una copa antes de cerrar, pero no tengo prisa. Normalmente no cerramos tan pronto, pero con esta lluvia…
–¿Estabas pensando en irte a tu casa?
Predicador sonrió.
–Vivo aquí. Eso me permite una mayor flexibilidad con los horarios.
–Bueno, si estás seguro de que no te importa…
–Claro que estoy seguro. Cuando hace buen tiempo, abrimos hasta las nueve.
La joven se sentó frente al fuego con el niño en el regazo. Dejó caer la bolsa al suelo, se colocó al niño de nuevo y lo abrazó con fuerza.
Predicador desapareció en la parte trasera del bar, dejando que entrara en calor. Regresó con un par de cojines y una manta. Colocó los cojines en una mesa y dijo:
–Puedes tumbar ahí al niño. Seguro que pesa mucho.
Ella lo miró con una expresión que indicaba que estaba a punto de llorar. Predicador deseó que no lo hiciera. Odiaba que las mujeres lloraran porque no sabía cómo reaccionar. Jack era capaz de manejar ese tipo de situaciones: era todo un caballero, sabía cómo tratar a una mujer en cualquier circunstancia. Pero él se sentía incómodo con las mujeres, por lo menos hasta que entraba en confianza. Entre otras cosas, porque no tenía mucha experiencia con ellas. Aunque no era esa su intención, su aspecto solía asustar tanto a mujeres como a niños. Pero lo que no sabían ellos era que, bajo aquel semblante muchas veces sombrío, se escondía un hombre tímido.
–Gracias –volvió a decirle la joven.
Dejó al niño sobre los cojines y este se acurrucó inmediatamente y se metió el pulgar en la boca. Predicador permaneció frente a él, sosteniendo torpemente la manta. Ella no se la quitó, así que fue él quien terminó arropando al niño. Mientras lo hacía, se fijó en las mejillas sonrojadas del pequeño.
La madre del niño volvió a sentarse y miró a su alrededor. Al ver la cabeza de ciervo que colgaba sobre la puerta de la entrada pareció encogerse. Continuó recorriendo el bar con la mirada, prestando especial atención a la piel de oso y al esturión disecado que decoraban la pared de detrás de la barra.
–¿Esto es un refugio de cazadores o algo parecido?
–En realidad no, pero la verdad es que vienen muchos pescadores y cazadores por aquí. Mi socio mató ese oso en defensa propia, pero el esturión lo pescó intencionadamente. Es uno de los más grandes que se han pescado en el río. El ciervo lo cacé yo, pero prefiero la pesca. Me gusta la tranquilidad –se encogió de hombros–. Soy el cocinero del bar. Si mato algo, es para que podamos comérnoslo. A lo mejor deberías tomar una copa –sugirió, procurando que su tono no pareciera amenazador.
–Antes tengo que encontrar un lugar para dormir. Por cierto, ¿dónde estoy exactamente?
–En Virgin River, un pueblo bastante apartado. ¿Cómo has llegado hasta aquí?
–Yo… –soltó una risa nerviosa–. He salido de la autopista para buscar un pueblo en el que hubiera un hotel…
–Estamos muy lejos de la autopista.
–Y tampoco hay muchos pueblos por los alrededores. El caso es que he visto el bar y también que estaba abierto. Mi hijo… creo que tiene fiebre, así que no debería seguir conduciendo.
Predicador sabía que no era posible encontrar ningún hotel por la zona. Y también que aquella era una mujer con problemas; no hacía falta mucha imaginación para intuirlo.
–Ya te encontraré algo –le dijo–. Pero antes, ¿no quieres tomar nada? Esta noche he preparado una sopa exquisita. Y tengo también judías con jamón y pan recién hecho. Me gusta hacer pan cuando llueve. ¿Pero quieres antes un brandy para entrar en calor?
–¿Un brandy?
–O lo que te apetezca.
–Sí, un brandy estaría bien. Y un plato de sopa. Hace horas que no como nada, gracias.
Predicador se metió detrás de la barra y le sirvió el brandy en una de sus mejores copas. Apenas las usaba con sus clientes habituales, pero quería hacer algo por aquella mujer que, estaba seguro, se encontraba en una situación difícil. Le llevó la copa y regresó después a la cocina.
Sacó la sopa del frigorífico, sirvió un cuenco y lo metió en el microondas. Mientras se calentaba, llevó la servilleta y los cubiertos. Para cuando volvió a la cocina, la sopa ya estaba lista. Tomó un trozo de pan y lo calentó durante unos segundos. Lo colocó después con un poco de mantequilla en un plato. Al salir de la cocina, vio que la recién llegada estaba quitándose la cazadora; por los gestos que hacía, parecía estar dolorida. Su manera de actuar lo hizo detenerse un instante con el ceño fruncido; la mujer miraba por encima del hombro, como si temiera que la sorprendieran haciendo algo malo.
Mientras le dejaba la sopa en la mesa, Predicador pensaba a toda velocidad. Aquella joven debía de medir un metro sesenta y era muy delgada. El pelo, oscuro y rizado, lo llevaba recogido en una cola de caballo debajo de la gorra. Parecía una niña, pero se imaginó que debía de tener más de veinte años. A lo mejor había tenido un accidente de coche, pero era más probable que alguien le hubiera pegado. La mera idea lo hizo temblar por dentro de rabia.
–Tiene muy buen aspecto –comentó agradecida.
Mientras ella comía, Predicador permaneció detrás de la barra. La vio remover la sopa, untar la mantequilla en el pan y comerlo con hambre. Cuando ya había dado cuenta de la mitad de la cena, lo miró con una sonrisa casi de disculpa. A Predicador le desgarraba el corazón ver su rostro herido, verla tan hambrienta.
Cuando advirtió que estaba terminando la sopa con el último trozo de pan, regresó a la mesa.
–Te serviré un poco más.
–No, no hace falta. Creo que ahora sí me tomaré ese brandy que me has ofrecido. Me sentará bien. Después continuaré buscando…
–Relájate –la interrumpió Predicador, e inmediatamente deseó no haber parecido excesivamente duro. A la gente le costaba acostumbrarse a él. Llevó los platos a la barra y limpió la mesa–. Por aquí no hay ningún lugar en el que puedas conseguir habitación. Y las carreteras no son muy buenas, sobre todo con esta lluvia. La verdad es que me temo que no vas a poder ir a ninguna parte.
–¡Oh, no! Escucha, solo tienes que decirme el lugar más cercano en el que puedo… Dios mío, tengo que encontrar algo…
–Tranquilízate. Yo tengo una habitación de sobra. Puedes quedarte aquí. Hace una noche terrible –como era de prever, la chica lo miró con los ojos abiertos como platos–. No te va a pasar nada, y la habitación tiene cerrojo.
–No pretendía…
–No te preocupes. Ya sé que tengo un aspecto que suele asustar a la gente.
–No, es solo que…
–Tranquila, de verdad. Sé cómo soy. Funciona estupendamente con los hombres. Puedo espantar a cualquiera –sonrió.
–No tienes por qué hacer esto. Tengo un coche…
–Dios mío, ¡no sería capaz de dejarte dormir en un coche! –exclamó, e inmediatamente se arrepintió–. Lo siento, a veces hablo en un tono tan amenazador como mi aspecto. Pero lo digo en serio, es mejor que te quedes si el niño no se encuentra bien…
–No puedo. No te conozco.
–Sí, lo sé, y probablemente te genero muchas dudas. Pero soy mucho menos peligroso de lo que parezco. Estarás bien en mi casa, mejor que en cualquier hotel de la autopista, de eso puedes estar segura. Y mucho mejor que intentando conducir por estas carreteras en medio de una tormenta.
La joven se lo quedó mirando durante un largo minuto.
–No. Tengo que marcharme. Si me dices cuánto te…
–Tienes una buena herida –la interrumpió Predicador–. ¿No quieres que te traiga nada para el labio? Tengo un botiquín en la cocina.
–Estoy bien –respondió ella, sacudiendo la cabeza–. ¿Por qué no me dices lo que te debo y…?
–No tengo nada para la fiebre del niño, salvo una habitación con un cerrojo en la que te podrás sentir segura. No puedes rechazar un ofrecimiento así con un niño con fiebre. Sé que doy miedo, pero te aseguro que conmigo estarás completamente segura –le sonrió.
–No me das miedo –respondió con timidez.
–Hay muchas mujeres y niños que se ponen nerviosos al verme, y te aseguro que es algo que odio. ¿Estás huyendo? –le preguntó de pronto.
Su interlocutora bajó la mirada.
–¿Qué crees? ¿Que voy a llamar a la policía? ¿Quién te ha hecho eso?
La chica comenzó a llorar.
–Eh, no, no llores –le suplicó.
Pero ella cruzó los brazos sobre la mesa, apoyó en ellos la cabeza y continuó sollozando.
–No, por favor, no hagas eso. Nunca sé qué hacer cuando llora una mujer –comenzó a acariciarle la espalda y ella se irguió bruscamente. Predicador alargó entonces la mano hacia la suya para rozársela levemente–. Vamos, no llores. A lo mejor puedo ayudarte.
–No, no puedes.
–Eso nunca se sabe.
–Lo siento –se disculpó ella mientras se secaba la cara–. Supongo que estoy agotada. Ha sido un accidente. Te parecerá una estupidez, pero estaba intentando meter a Chris… –se interrumpió de golpe y miró nerviosa a su alrededor, como si temiera que pudiera haberla oído alguien. Se humedeció los labios–. Estaba intentando meter a Christopher en el coche y he chocado con la puerta. Hay cosas que es mejor hacerlas con calma, ¿verdad? Solo ha sido un accidente, estoy bien.
–Sí, claro. Pero seguro que te duele.
–Me pondré bien.
–Claro que sí. ¿Cómo te llamas? –al comprender que no estaba dispuesta a contestar, añadió–: No tienes por qué tener miedo, no voy a decírselo a nadie. Si alguien viene preguntando por ti, ni siquiera le diré que te he visto –ella lo miraba boquiabierta–. Maldita sea, no debería haber dicho eso, ¿verdad? Bueno, lo único que pretendía decirte es que si estás huyendo de algo o escondiéndote, no pasa nada. Puedes esconderte aquí. No te delataré. ¿Cómo te llamas?
La joven alargó la mano lentamente para acariciarle la cabeza a su hijo. Y continuó en silencio.
Predicador se levantó, quitó el cartel de la puerta y echó el cerrojo.
–Ya está –se sentó al lado de la chica–. Intenta tranquilizarte –le dijo suavemente–. Nadie va a hacerte daño. Puedo ser tu amigo. Y te aseguro que no me da ningún miedo el cobarde que ha sido capaz de hacerle eso a una mujer.
Ella bajó la mirada, como si quisiera evitar cualquier contacto visual.
–Me lo he hecho con la puerta del coche…
–Tampoco me dan miedo los coches viejos –la interrumpió.
La chica emitió un sonido parecido a una risa, pero continuaba evitando su mirada. Alzó la copa de brandy con la mano ligeramente temblorosa y se la llevó a los labios.
–Además, si crees que el niño necesita un médico, tienes uno justo enfrente. Podemos llamarlo, o puedo acompañarte a verlo.
–Creo que solo tiene un catarro.
–Pero si necesita algún medicamento o cualquier otra cosa…
–Creo que está bien, de verdad.
–Mi amigo, el propietario del bar, está casado con una enfermera. Una enfermera especializada. Está capacitada para examinar pacientes, recetar medicinas… Es comadrona y se ocupa de las mujeres de la zona. Podría estar aquí en menos de diez minutos. Si hay una mujer que realmente puede atenderte en estas circunstancias es…
–¿Qué circunstancias? –lo interrumpió ella. El pánico se reflejaba en todas y cada una de sus facciones.
–Me refiero a lo de la puerta del coche y todo lo demás…
–No, de verdad. No hace falta que venga. Mi único problema es que he tenido un día muy largo.
–Sí, me lo imagino. Y la última hora que has pasado conduciendo fuera de la autopista tiene que haber sido horrible si no estás acostumbrada a estas carreteras.
–La verdad es que estaba un poco asustada –admitió suavemente–. Y al no saber siquiera dónde estaba…
–Ahora estás en Virgin River y eso es lo único que importa. Las carreteras son terribles, pero la gente de por aquí es buena. Nos ayudamos en todo lo que podemos, ¿sabes?
Su interlocutora esbozó una sonrisa, pero continuaba sin mirarlo a los ojos.
–¿Cómo te llamas? –insistió Predicador. Ella apretó los labios y sacudió la cabeza–. No te va a pasar nada –añadió suavemente–, de verdad.
–Paige –susurró. Una lágrima se deslizó por su mejilla–. Paige –repitió con un hilo de voz.
–Tienes un nombre muy bonito. Y aquí puedes decirlo sin miedo.
–¿Y tú cómo te llamas?
–John –contestó él, e inmediatamente se preguntó por qué–, John Middleton. Pero nadie me llama así. Todo el mundo me llama «Predicador».
–¿Eres predicador?
–No –replicó él medio riendo–. Para nada. Creo que la última persona que me llamó John fue mi madre.
–¿Y cómo te llamaba tu padre?
–Chaval –contestó con una sonrisa–. «Eh, chaval», solía decirme.
–¿Y por qué todo el mundo te llama «Predicador»?
–Bueno –inclinó la cabeza avergonzado–, no lo sé. Me pusieron ese apodo hace años, cuando estaba en los marines. Mis compañeros decían que era un puritano.
–¿Y lo eras?
–No, qué va. Pero no me gustaba ser un malhablado e iba a misa cuando se celebraba. Crecí rodeado de curas y monjas. Mi madre era una mujer muy devota. Ninguno de los otros soldados iba nunca a misa, por lo menos que yo recuerde. Y cuando iban a emborracharse o en busca de mujeres, yo no los acompañaba. No sé, nunca me he sentido cómodo haciendo ese tipo de cosas. Y las mujeres no se me dan bien –sonrió de pronto–. Aunque supongo que eso es bastante obvio, ¿verdad? Y lo de emborracharme nunca me ha parecido especialmente apetecible.
–Pero tienes un bar.
–El bar es de Jack, pero él cuida de todo el mundo. No deja que nadie salga del establecimiento si no está en perfectas condiciones, ¿sabes? A mí me gusta tomarme una copa al final del día, pero no entiendo qué placer puede encontrar nadie en despertarse con resaca –le sonrió.
–¿Cómo quieres que te llame, «John» o «Predicador»?
–Llámame como quieras.
–John –contestó ella–, ¿te parece bien?
–Sí, si tú quieres… Sí, claro que me gusta. Además, hacía mucho tiempo que nadie me llamaba así.
Paige bajó la mirada un instante antes de volver a alzarla hacia él.
–Te agradezco mucho lo que estás haciendo por mí. Que hayas dejado el bar abierto y todo lo demás.
–No es para tanto. La mayor parte de las noches el bar está abierto hasta más tarde –inclinó la cabeza hacia el niño–. ¿No se despertará con hambre?
–A lo mejor. Tenía un poco de mantequilla de cacahuete y mermelada en el coche y se lo ha comido casi todo.
–Muy bien. La habitación que te ofrezco está justo encima de la cocina. Puedes bajar para lo que quieras, te dejaré la luz encendida. En la nevera hay leche y zumo de naranja. Y también tienes cereales, pan, mantequilla de cacahuete y sopa, ¿de acuerdo?
–Eres muy amable, pero….
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