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Editado por HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
Un lugar para soñar
Título original: Virgin River
© 2007, Robyn Carr
© 2021, para esta edición HarperCollins Ibérica, S.A.
Publicada originalmente por Mira Books, Ontario, Canadá.
© Traductor: Ana Peralta de Andrés
Publicada originalmente en español en 2009
Todos los derechos están reservados, incluidos los de reproducción total o parcial en cualquier formato o soporte.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos comerciales, hechos o situaciones son pura coincidencia.
Diseño de cubierta: Harlequin Enterprises, Ltd.
Imágenes de cubierta: iStock y Shutterstock
ISBN: 978-84-18623-27-1
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Mel aguzó la mirada a través de la lluvia y la oscuridad que envolvían la carretera estrecha y serpenteante por la que conducía y se preguntó, no por primera vez, si se habría vuelto loca. Justo en ese momento, sintió un golpe. Una de las ruedas traseras del BMW acababa de patinar en la carretera y se había hundido en la cuneta. El coche se detuvo bruscamente. Mel aceleró y oyó girar las ruedas, pero el coche se negaba a moverse.
Estaba perdida, fue lo siguiente que pensó.
Encendió la luz interior del coche y miró hacia el teléfono móvil. Se había quedado sin cobertura una hora atrás, en cuanto había dejado la autopista para dirigirse hacia las montañas. De hecho, estaba teniendo una animada conversación con su hermana cuando la acusada inclinación de las montañas y la altura de los árboles le habían dejado sin cobertura.
–No me puedo creer que estés haciendo una cosa así –le había dicho Joey–. Creía que habías recobrado la razón. Ésta no eres tú, Mel. Tú no estás acostumbrada a vivir en un pueblo tan pequeño.
–Pues me temo que voy a tener que acostumbrarme. He aceptado el trabajo y lo he vendido todo para no sentir la tentación de volver.
–¿Y no podrías haberte limitado a pedir una excedencia? También podrías haberte ido a alguna clínica privada más pequeña.
–Necesito cambiar completamente –había sido la respuesta de Mel–. No quiero volver a saber nada de hospitales de grandes ciudades. No sé si estaré en lo cierto, pero supongo que aquí, en medio del bosque, no voy a tener que ver a muchos niños que nacen adictos al crack por culpa de la adicción de sus madres. La mujer con la que hablé me dijo que Virgin River es un pueblo tranquilo y seguro.
–Y está metido en medio del bosque, a miles de kilómetros de cualquier Starbucks, y seguramente te pagarán con huevos y manitas de cerdo.
–Y ninguno de mis pacientes vendrá esposado y vigilado por un policía –se había echado a reír–. ¿Manitas de cerdo? Vaya, Joey, voy a pasar por otra zona rodeada de árboles. Es posible que pierda…
–Espera, Mel, te arrepentirás. Todo esto es una locura…
Justo en aquel momento, afortunadamente, se había interrumpido la comunicación. Pero Joey tenía razón, con cada kilómetro que recorría, aumentaban las dudas que tenía sobre sí misma y sobre su decisión de escapar al campo.
Y con cada curva se estrechaba la carretera y aumentaba la fuerza con la que arreciaba la lluvia. Eran sólo las seis de la tarde, pero aquello estaba oscuro como la boca del lobo. Los árboles eran tan densos y tan altos que no dejaban entrar ni un rayo de luz. Por supuesto, no había farola alguna en kilómetros a la redonda. Según la dirección que le habían dado, la casa en la que debería encontrarse con su nuevo jefe no estaba lejos, pero no se atrevía a salir del coche para continuar andando. Podría perderse entre el bosque.
De modo que lo que hizo fue sacar las fotografías de su maletín, en un intento de recordarse las razones por las que había aceptado aquel trabajo. Eran las fotografías de un pueblo pequeño, con casas con porche delantero y ventanas abuhardilladas, una vieja escuela, una iglesia, campanillas, rododendros y manzanos en flor. Contaba también con una cafetería y una biblioteca. Además, tenía la fotografía de una acogedora cabaña de madera que sería suya durante el año que durara el contrato.
El pueblo estaba situado tras un bosque impresionante de secuoyas que se extendía durante cientos de kilómetros sobre las cordilleras de Trinity y Shasta. El río Virgin, que daba su nombre al pueblo, era un río ancho, largo y profundo y en sus aguas abundaban los esturiones, los salmones y las truchas. Mel había encontrado en Internet las fotografías de aquel rincón y se había convencido a sí misma de que no había un lugar más hermoso en el mundo. Por supuesto, en aquel momento lo único que veía era barro, lluvia y oscuridad.
Decidida a abandonar Los Ángeles, había llevado su currículum al registro de enfermeras y una de las encargadas del registro le había tramitado la oferta de Virgin River. El médico del pueblo, le había dicho, estaba envejeciendo y necesitaba ayuda. Una mujer de allí, Hope McCrea, ofrecía la casa y el primer año de salario. El condado se encargaba de pagar un año de seguro médico para la enfermera, que también debía hacer las veces de comadrona.
–Envié un fax a la señora McCrea con su currículum y la carta de recomendación –le había dicho–, y quiere ofrecerle el puesto de trabajo. Pero quizá debería ir antes por allí para conocer el pueblo.
Mel había anotado el teléfono de la señora McCrea y había llamado esa misma noche. Virgin River era mucho más pequeño de lo que ella en un principio quería, pero tras una conversación telefónica de al menos una hora, había decidido abandonar Los Ángeles. Todo eso había ocurrido dos semanas atrás.
Lo que no sabían ni en el registro ni en Virgin River era que Mel estaba desesperada por salir de Los Ángeles. Llevaba meses soñando con una nueva vida; una vida tranquila y sin sobresaltos. No podía recordar la última vez que había dormido plácidamente durante toda una noche. Los peligros de la gran ciudad habían comenzado a devorarla. Le bastaba con ir al banco o a la tienda de ultramarinos para que la dominara la ansiedad; el peligro parecía estar acechando en cualquier parte. Su trabajo en el hospital del condado y en el centro de traumatología le obligaba a ocuparse de las víctimas de muchos delitos, por no hablar de los propios delincuentes. Todo aquello había hecho mella en su espíritu. Y eso no tenía nada que ver con la soledad de su cama.
Sus amigos le decían que no cediera al impulso de huir hacia un lugar desconocido, pero en los últimos nueve meses, Mel había estado asistiendo a una terapia de grupo, se había tratado con una psicóloga y había visitado más iglesias que en los últimos diez años de su vida, y nada de eso la estaba ayudando. Lo único que le proporcionaba alguna paz mental era fantasear sobre la posibilidad de refugiarse en un lugar en el que la gente no tuviera que cerrar las puertas de su casa con llave y en el que lo único que hubiera que temer fueran las malas hierbas del jardín. Por eso Virgin River le había parecido un auténtico paraíso.
Pero en aquel momento, sentada en el interior de su coche y contemplando las fotografías, comprendió lo ridícula que había sido. La señora McCrea le había recomendado que se llevara solamente ropa fuerte, como vaqueros y botas. Y sí, eran botas las que llevaba en la maleta, y también vaqueros, pero todos de marca y a la última moda. Después de haber estado ahorrando durante años para poder pagarse la universidad y los cursos de postgrado, en cuanto había conseguido un puesto de trabajo por el que le pagaban un buen salario, había descubierto que le gustaban las cosas bonitas. Podía trabajar rodeada de miseria, pero cuando salía del trabajo, quería sentirse atractiva.
Aunque no creía que los peces o los ciervos fueran a dejarse impresionar por su aspecto.
Durante la última media hora, sólo se había cruzado con una vieja camioneta. La señora McCrea no le había advertido de lo peligroso de aquellas carreteras, llenas de curvas y empinadas cuestas, tan estrechas en algunos lugares que era casi imposible que se cruzaran dos coches por ellas.
Y allí continuaba, perdida en medio de un bosque. Con un suspiro, dio media vuelta y sacó su abrigo de una de las cajas que llevaba en el asiento de atrás. Esperaba que la señora McCrea tuviera que pasar por aquella carretera para ir o para regresar de la casa en la que iban a encontrarse, porque de otro modo, era probable que terminara durmiendo en el coche. Todavía le quedaban un par de manzanas, unas galletas y un poco de queso. Pero los refrescos de cola se le habían terminado, y al día siguiente por la mañana, la falta de cafeína se traduciría en un dolor de cabeza.
Apagó el motor, pero dejó las luces encendidas por si aparecía alguien por la carretera. En el caso de que no la rescataran, terminaría quedándose sin batería. Se reclinó en el asiento y cerró los ojos. Un rostro muy familiar asomó a su mente: Mark. A veces, la necesidad de volver a verle una vez más, de tener una conversación con él, era sobrecogedora. Más allá de la tristeza, le echaba de menos. Echaba de menos tener una pareja de la que depender, a la que esperar, con la que despertarse en la cama.
Mark le había dicho en una ocasión que lo suyo, su relación, era para siempre. Y «para siempre» había durado cuatro años. Ella sólo tenía treinta y dos años y durante el resto de su vida estaría sola. Mark estaba muerto. Y ella estaba muerta por dentro.
Una firme llamada en la ventanilla del coche le hizo abrir los ojos. No sabía si se había quedado dormida o sólo estaba pensando. Vio el haz de luz de la linterna con la que habían golpeado la ventanilla y se fijó en el anciano que la sostenía. Su ceño era tan pronunciado que por un momento, Mel pensó que el fin que durante tanto tiempo había temido estaba a punto de producirse.
–Señorita –le dijo el anciano–. Señorita, se ha quedado atascada en el barro.
Mel bajó la ventanilla y sintió la niebla humedeciendo su rostro.
–Sí, ya lo sé.
–Esa porquería de coche no le va a servir de mucho por esta zona.
¡Esa porquería de coche! Era un BMW descapotable, uno de los caprichos que se había consentido para intentar borrar el dolor de la soledad.
–Bueno, la verdad es que nadie me lo dijo, pero gracias por el consejo.
El ralo pelo blanco del anciano se le pegaba a la cabeza y las gotas de lluvia se deslizaban por su enorme nariz.
–Agárrese fuerte, voy a enganchar su coche a una cadena y la sacaré de ahí. ¿Iba hacia la casa de McCrea?
Vaya, eso era exactamente lo que quería, un lugar donde todo el mundo se conocía. Quería advertirle que no le arañara el parachoques, pero apenas fue capaz de farfullar un «sí».
–No está muy lejos. Cuando la saque, puede seguirme hasta allí.
–Gracias.
Por lo menos iba a dormir en una cama. Y si la señora McCrea tenía un buen corazón, también podría comer y beber algo. Comenzó a imaginar el fuego de la chimenea y el sonido de la lluvia contra los cristales mientras ella se hundía en una cama mullida, con sábanas de lino y montones de mantas, sintiéndose segura, a salvo.
Entre chirridos y tirones, el coche salió de la cuneta. El anciano tiró durante varios metros para dejarlo completamente a salvo en la carretera, salió de la camioneta para desenganchar la cadena y le hizo un gesto, indicándole que le siguiera. Allí no había discusión posible.
Al cabo de unos cinco minutos, Mel vio que la camioneta encendía el intermitente y giraba hacia la derecha. El camino de la casa estaba lleno de baches, pero, afortunadamente, no tardó en abrirse a un claro. La camioneta giró en el claro para marcharse y dejó a Mel justo delante de… ¡una cabaña que parecía a punto de derrumbarse!
Aquélla no era la adorable casita que había imaginado. Tenía porche, sí, pero medio alero prácticamente hundido. El viento, la lluvia y los años habían oscurecido los tablones que cubrían las ventanas. No había luz ni en el interior ni en el exterior de la casa. Y no había ningún humo acogedor saliendo de la chimenea.
Mel hizo sonar la bocina, salió del coche, agarró las fotografías y se puso la chaqueta de lana encima de la cabeza. Corrió hacia la camioneta y cuando el anciano bajó la ventanilla, le preguntó:
–¿Está seguro de que ésta es la casa de la señora McCrea?
–Sí.
Mel le enseñó entonces la fotografía de una bonita casa con mecedoras en el porche y macetas llenas de flores.
–Mmm. Esa fotografía debe de tener muchos años.
–Pues no fue eso lo que me dijeron. La señora McCrea me dijo que podría quedarme viviendo en la casa durante todo un año. Se supone que tengo que ayudar al médico del pueblo. ¿Pero cómo es posible que esto…?
–No sabía que el médico necesitara ayuda. No fue él el que la contrató, ¿verdad?
–No. Me dijeron que era demasiado anciano como para satisfacer las demandas del pueblo y que necesitaban otro médico, pero que yo podría prestar alguna ayuda hasta entonces.
–¿Para hacer qué?
Mel elevó la voz por encima de la lluvia.
–Soy enfermera de práctica clínica avanzada. Y también comadrona.
Aquello pareció divertirle.
–¿De verdad?
–¿Conoce al médico? –preguntó Mel.
–Aquí todo el mundo se conoce. Pero creo que debería haberse pasado por aquí y haber hablado con el médico antes de tomar una decisión como ésa.
–Sí, a mí también me lo parece –dijo Mel–. Déjeme buscar mi bolso para darle algo de dinero por haberme sacado de… –pero su interlocutor ya lo estaba rechazando con un gesto.
–No quiero que me dé dinero. La gente de por aquí no cobra por ayudar a sus vecinos. Así que –dijo con humor, arqueando una de sus pobladas cejas–, parece que se han quedado con usted. Esta casa lleva años vacía –se echó a reír.
En ese momento vieron los faros de un nuevo vehículo que acababa de llegar al camino de la casa. Cuando llegó a donde estaban ellos, el anciano dijo:
–Aquí está McCrea. Buena suerte –y soltó una carcajada antes de marcharse.
Mel guardó la fotografía debajo de la chaqueta y permaneció bajo la lluvia, al lado de su coche, mientras la recién llegada aparcaba. Podría haberse acercado al porche para protegerse de la lluvia, pero no le parecía suficientemente seguro.
El coche, aunque bien cuidado, era un modelo antiguo. La conductora iluminó la casa con los faros y los dejó encendidos mientras abría la puerta. Del todoterreno salió una anciana de pelo blanco con unas gafas de montura negra que resultaban excesivamente grandes para su rostro. Llevaba unas botas de goma y un impermeable y debía de medir alrededor de un metro cincuenta. Tiró un cigarrillo al barro y se acercó a Mel con una enorme sonrisa.
–¡Bienvenida! –la saludó con una voz ronca que Mel reconoció al instante.
Aquélla era la mujer con la que había hablado por teléfono.
–¿Bienvenida? –repitió. Sacó la fotografía del bolsillo interior de la chaqueta y se la mostró a la mujer–.¡Esto no se parece nada a lo que aparece en la fotografía!
Sin alterarse lo más mínimo, la mujer contestó:
–Sí, la casa podría haber estado un poco más arreglada. Pretendía haber venido ayer a limpiar, pero al final no tuve tiempo.
–¿Un poco más arreglada? Señora McCrea, esta casa se está cayendo. ¡Usted me dijo que era un lugar adorable! ¡Me dijo que era preciosa!
–Dios mío –fue la respuesta de la señora McCrea–. En el registro no me dijeron que era tan melodramática.
–Y a mí tampoco me dijeron que usted me iba a engañar.
–Bueno, bueno, esta conversación no nos va a llevar a ninguna parte. ¿Quiere continuar debajo de la lluvia o prefiere que vayamos dentro a ver lo que nos encontramos?
–Francamente, ahora mismo, lo que preferiría es marcharme inmediatamente de aquí, pero no creo que pueda llegar muy lejos sin un coche con tracción a las cuatro ruedas, algo que, por cierto, también podría haber mencionado.
Sin hacer ningún comentario, la señora McCrea subió los tres escalones de la entrada y llegó al porche. Para abrir la puerta de la cabaña, no utilizó la llave, sino que la empujó con el hombro.
–La madera se ha hinchado con la humedad –le dijo, y desapareció en el interior.
Mel la siguió, pero no subió al porche con la misma seguridad que su anfitriona, sino que tanteó los escalones vacilante. Aunque había una ligera pendiente delante de la puerta, la madera parecía sólida, por lo menos, en aquella zona. Justo en el momento en el que acababa de llegar a la puerta, se encendió una luz en el interior. Al tenue resplandor, le siguió inmediatamente una nube de polvo, levantada por la señora McCrea al sacudir un mantel. Mel retrocedió de nuevo hasta el porche, presa de un ataque de tos. Cuando se recuperó, tomó una bocanada de aire y se aventuró de nuevo al interior de la cabaña.
La señora McCrea parecía estar muy ocupada intentando poner orden en la casa. Se dedicó a bajar las sillas de encima de la mesa, a quitar el polvo de las pantallas de las lámparas y a enderezar los libros de las estanterías. Mel se obligó a mirar a su alrededor, aunque sólo fuera para saber hasta qué punto podía ser sórdido aquel lugar, porque no tenía ninguna intención de quedarse. Había un sofá tapizado con un desgastado diseño floral, una butaca a juego y una alfombra. Un arcón antiguo hacía las veces de mesita de café y a la estantería, hecha a base de ladrillos y tablas de madera, le faltaban algunos tablones. Unos metros más allá y dividida por un mostrador, estaba la cocina, diminuta, por cierto, y que no debían de haber limpiado desde la última vez que alguien había cocinado en ella, presumiblemente años atrás.
La puerta de la nevera estaba abierta, al igual que las de la mayoría de los armarios. El fregadero estaba lleno de tazas y platos y los que estaban en los armarios, tenían tal capa de polvo encima que sería imposible utilizarlos.
–Lo siento, pero esto me parece inaceptable –dijo Mel.
–Sí, bueno, está un poco sucia, pero eso es todo.
–¡Y hay un nido en el horno! –exclamó Mel, completamente atónita.
La señora McCrea entró en la cocina con las botas llenas de barro, abrió la puerta del horno y sacó el nido. Se dirigió después a la puerta y lo dejó en el jardín. Mientras se volvía hacia Mel, se colocó las gafas.
–Se acabaron los nidos de pájaros –dijo en un tono que sugería que Mel estaba haciéndole perder la paciencia.
–Mire, he estado a punto de no llegar. El anciano de la camioneta ha tenido que sacarme el coche del barro. No puedo quedarme aquí, señora McCrea, de eso no hay ninguna duda. Además, estoy hambrienta –se rió con ironía–. Usted me dijo que tendría una casa preparada para mí, así que yo di por sentado que se trataría de una casa limpia y con comida suficiente como para pasar un par de días hasta que pudiera hacer mi propia compra. Pero esto es…
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