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RICARDO SADA FERNÁNDEZ

CONSEJOS PARA EL PROGRESO ESPIRITUAL

EDICIONES RIALP

MADRID

© 2021 by RICARDO SADA FERNÁNDEZ

© 2021 by EDICIONES RIALP, S.A.,

Manuel Uribe 13-15, 28033 Madrid

(www.rialp.com)

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Realización ePub: produccioneditorial.com

ISBN (edición impresa): 978-84-321-6000-4

ISBN (edición digital): 978-84-321-6001-1

Cubierta: Hoja de manuscrito de Cristo en majestad (ca.1180). © Metropolitan Museum.

ÍNDICE

PORTADA

PORTADA INTERIOR

CRÉDITOS

PREÁMBULO

I. EL PROGRESO EN LA VIDA ESPIRITUAL

INFANCIA, ADOLESCENCIA, EDAD ADULTA

PRINCIPIANTES O INFANTES ESPIRITUALES

LA ETAPA DE LOS PROFICIENTES, O EL ADOLESCENTE ESPIRITUAL

LA PERFECCIÓN O EDAD ADULTA ESPIRITUAL

II. DOS ACENTOS DE LA VIDA INTERIOR

EL ACENTO ASCÉTICO

EL ACENTO MÍSTICO

PROS Y CONTRAS

III. LA ASCÉTICA COMO MEDIO

LA ASCÉTICA COMO MEDIO

EL PROTAGONISTA ES DIOS

EXPERIENCIAS DE VIDA: CUANDO LA ASCÉTICA SE CONVIERTE EN FIN

IV. ESCOLLOS PARA LOS PLANTEAMIENTOS MÍSTICOS

LA FALSA HUMILDAD

LA MÍSTICA COMO VOCABLO PEYORATIVO

LA CONFUSIÓN CON LOS CAMINOS EXTRAORDINARIOS

¿EXCLUSIVA PARA MONJES Y MONJAS?

DOS ESCOLLOS MÁS: LA ENVIDIA Y LA BURLA

LOS MALOS DIRECTORES ESPIRITUALES

ARDIDES SUTILES DEL DEMONIO

V. PREMISA: RECOGIMIENTO INTERIOR

UN DIOS ESCONDIDO

UNIFICARNOS EN LA DISPERSIÓN

INCURSIONAR EN UN ABISMO

VI. PREMISA: PUREZA DE CORAZÓN

NADA SINO TÚ, SEÑOR

¿CÓMO SABER SI MI CORAZÓN ES PURO?

OPORTUNIDADES DE DESPRENDIMIENTO: LA ENFERMEDAD CRÓNICA Y LA VEJEZ

VII. PREMISA: EL AMOR A LA CRUZ

LA CRUZ, PIEDRA DE TOQUE DEL AMOR

SER DE LA CRUZ

VIII. PREMISA: DOCILIDAD AL ESPÍRITU SANTO

MOVIDOS POR EL ESPÍRITU DE AMOR

ACCIÓN DISCRETA Y SILENCIOSA

IX. EL PUNTO DE INFLEXIÓN

¿EN QUÉ SITUACIÓN NOS ENCONTRAMOS?

PROCESO SIMULTÁNEO

LA SÍNTESIS DE SAN JUAN DE LA CRUZ

X. LA MÍSTICA Y LOS MODOS DE ORACIÓN

LA POLARIDAD EN LA ORACIÓN: ÉL O YO

FE Y CONTEMPLACIÓN

ALGO NUEVO SUCEDE CON LA MÍSTICA

XI. ACCIÓN MÁS INTENSA DE LOS DONES

¿QUÉ HACER PARA QUE ACTÚEN MÁS INTENSAMENTE LOS DONES?

RECEPTIVIDAD

XII. PERMANECER EN LA MÍSTICA ES PERMANECER EN EL AMOR

LOS CONSEJOS TIENEN QUE VER CON EL AMOR

AMOR PURO, DESINTERESADO, CRECIENTE

AMOR PERSONAL, DE INMEDIATEZ Y PERMANENCIA

SOLTAR A LAS ALMAS PARA QUE APRENDAN EL ARTE DEL AMOR

DIOS LO DESEA… PERO NO SIEMPRE LO DA

PEDIR LA CONTEMPLACIÓN

LOS VAIVENES Y LOS GRADOS EN LA MÍSTICA

A MODO DE SÍNTESIS

APÉNDICE I DECLIVE DE LA ORACIÓN CONTEMPLATIVA A PARTIR DEL SIGLO XVII

PATMOS, LIBROS DE ESPIRITUALIDAD

AUTOR

PREÁMBULO

«No es mi intención ni pensamiento que será tan acertado lo que yo dijere aquí que se tenga por regla infalible, que sería desatino en cosas tan dificultosas. Como hay muchos caminos en este camino del espíritu, podrá ser acierte a decir de alguno de ellos algún punto».

(SANTA TERESA DE JESÚS, Fundaciones c. 5, 1)

Con la santa de Ávila soy, pues, consciente, de tratar aquí cosas dificultosas. Pero me atrevo a hacerlo por si acierto a decir algo en algún punto. Si eso sucediera, daría por bien empleado mi trabajo.

[1] En 1938 el director de la escuela de Oficiales del Estado Mayor le pidió a Antonio Machado un lema para la institución. Le sugirió este.

[2] REGINALDO GARRIGOU-LAGRANGE, Las tres edades de la vida interior, tomo I, pp. 531ss. Por almas retardadas designa el teólogo dominico a quienes, pasado el tiempo, no progresan en su vida espiritual. Como el niño que no atraviesa con normalidad el punto de inflexión para la adolescencia. Continúa su crecimiento biológico, pero no el psicológico, y resulta entonces enano perpetuo. Algo análogo ocurre en la vida espiritual.

I.

EL PROGRESO EN LA VIDA ESPIRITUAL

«Si dices: ¡ya basta!, estás perdido».

(SAN AGUSTÍN, Sermón 169, 18)

De este progreso, y de los riesgos de menguar por descuido o confusión, intentamos hablar en estas páginas.

Pero, ¿qué caracteriza cada etapa? De manera simplificada —en realidad, muy simplificada—, diremos que la infancia es la etapa de la obligación. La juventud, la de las virtudes. Y en la edad adulta, lo que rige es el amor. Pero apresurémonos a decir que la clasificación no es rígida: el incipiente o el proficiente se mueve también por el amor, y en el perfecto debe continuar, y con mayor exigencia, el ejercicio de las virtudes.

Incluso en estos últimos podrían resurgir burdas tentaciones, como si de principiantes recién salidos del pecado se tratara. O un principiante puede experimentar de pronto elevaciones místicas. Los esquemas rígidos no empatan con la soberana actuación del Espíritu de Dios. Ni con las pruebas que Él envía.

Pero, sin duda, el esquema ayuda: presenta la vida interior como algo progresivo, tendiente a la plenitud: la del amor a Dios.

Abundemos algo más sobre cada etapa de la vida interior.

PRINCIPIANTES O INFANTES ESPIRITUALES

La etapa es, pues, prevalentemente negativa: se trata de mantenerse en pie, evitando el pecado mortal. Luego el venial, para continuar la batalla contra las imperfecciones voluntarias. El principiante se mueve más en parámetros humanos que en divinos. Sus movimientos espontáneos proceden básicamente de objetos exteriores y algo, poco, del influjo del Espíritu de Dios, ya presente en él, pero en ciernes. Vive el Evangelio más como temor que como amor. Intentará cumplir las leyes, pero no como espacios de crecimiento sino como sistema de obligaciones. Sus oraciones serán escasas y laboriosas, y en ellas apenas tendrá conciencia de estar con Dios. Su vida transcurrirá normalmente sin acoger la presencia del Señor.

El infante en la vida espiritual experimenta vivamente tendencias contrarias al Espíritu. Carece de celo apostólico y tampoco está en condiciones de ejercitarlo. Sufre esporádicamente considerables desórdenes interiores. Enzarzado en sangrientas batallas, experimenta la vida en Cristo como ejercicio duro y fatigoso.

Superar esas dificultades requiere —según la terminología de san Juan de la Cruz— adentrarse en las purificaciones activas, especialmente las de los sentidos externos: la represión de apetitos desordenados que podrían acercarlo al peligro. Ha de mortificar —mortem-facere, dar muerte— el sentido de la vista, del oído, del tacto, del gusto, cuando le presentan algún objeto pecaminoso. Pero también cuando no, cuando se trata de algo lícito pero que lo aparta de la línea que se ha trazado. Con la purificación activa o mortificación irá logrando que el peligro de retornar a su situación primera sea más remoto. Esa purificación activa incluirá no solo la penitencia corporal, sino también la de los sentidos internos: memoria e imaginación, cuando se ven acechados por cualquier género de tentaciones, o simplemente cuando llevan al sujeto a vagar por espacios fútiles.

El progreso para el principiante vendrá dado, pues, por esa parte negativa a que nos hemos referido. Si desea seguir adelante, intentará liberarse de cuanto le resulta rémora para su avance: desprenderse de objetos o entretenimientos vacuos, huir de la complacencia en logros personales, rectificar metas egoístas, romper la esclavitud del materialismo, de la sensualidad, de las aficiones desordenadas… así va integrando su existencia en dirección al crecimiento de la gracia —principalmente con la frecuente recepción de la Eucaristía y la Confesión—, al tiempo que programa su día con prácticas de piedad, convenientemente distribuidas. Si es fiel, pronto habrá desarraigado sus defectos principales e irá, insensiblemente, transitando hacia la siguiente etapa.

El principiante, atento a evitar los asaltos de la concupiscencia y a practicar la piedad cristiana, va consolidándose en la gracia habitual o santificante. Evita decididamente no solo el pecado mortal y las ocasiones que a él pueden orillarlo, sino también el venial deliberado y las imperfecciones que advierte cada vez más claramente. Iluminado por el asiduo trato con Dios, otea en su horizonte diversas posibilidades de avance a través de sucesivas conversiones, de mejoras, de metas. Parece ir superando la mera obligatoriedad de la ley y va logrando la consolidación de virtudes, a través de lo que se suele llamar lucha ascética (del griego asketés: el que practica una profesión, el que se ejercita, el atleta).

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