Título original inglés: Prague fatale
© thynKER Ltd, 2011.
© Traducción de Alberto Coscarelli, 2012.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
REF.: OEBO500
ISBN: 978-84-9056-009-9
Composición digital: Víctor Igual, S. L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Una vez más, para Jane
Lunes-martes, 8-9 de junio de 1942
Era un día cálido cuando llegué de regreso de Praga a la estación Anhalter de Berlín junto con el SS-Obergruppenführer Reinhard Tristan Eugen Heydrich, el Reichsprotektor de Bohemia y Moravia. Ambos llevábamos uniformes de la SD pero, a diferencia del general, yo sentía que andaba con el paso ligero, música en la cabeza y una sonrisa en mi corazón. Estaba contento de encontrarme de nuevo en la ciudad donde nací. Esperaba disfrutar de una velada tranquila con una buena botella de Mackenstedter y unos cuantos puros que había cogido de la reserva personal de Heydrich en su despacho del castillo de Hradschin. No me preocupaba en absoluto que él pudiese descubrir este pequeño hurto. No me preocupaba absolutamente nada. Yo era todo lo que Heydrich no podía ser ya. Estaba vivo.
Los periódicos de Berlín publicaban la noticia de que el desafortunado Reichsprotektor había sido asesinado por un grupo de terroristas provenientes de Inglaterra que se habían infiltrado en Bohemia lanzándose en paracaídas. La verdad era un poco más complicada, solo que yo no iba a decir nada al respecto. Todavía no. Al menos durante mucho tiempo. Quizá nunca.
Resulta difícil explicar qué le ha pasado al alma de Heydrich, suponiendo que alguna vez haya tenido una. Esperaba que Dante Alighieri pudiese indicarme una dirección aproximada si alguna vez sentía la inclinación de ir a buscarla, en algún lugar del Inframundo. Por otro lado, tenía una idea muy clara de lo que había sucedido con su cadáver.
Todo el mundo tiene derecho a disfrutar de un buen funeral, y los nazis desde luego no iban a ser menos. Obsequiaron a Heydrich con la mejor despedida que cualquier asesino psicópata pudiese desear. Montaron el acontecimiento a una escala tan gigantesca que daba la impresión de que algún sátrapa del Imperio persa hubiera muerto después de ganar una gran batalla; de hecho, parecía que no se hubieran dejado nada salvo el sacrificio ritual de unos centenares de esclavos, pero, tal como resultaron las cosas para un pequeño pueblo minero checo llamado Lidice, ni siquiera habían olvidado ese detalle.
Desde la estación de Anhalter, llevaron a Heydrich a la sala de actos del Cuartel General de la Gestapo, donde seis guardias de honor vestidos con uniformes negros vigilaban junto al féretro abierto. Para muchos berlineses era la oportunidad de cantar aquello de «¡Ding dong! ¡La bruja se murió!» mientras se acercaban de puntillas para echar una ojeada con desconfianza al interior del palacio de Prinz Albrecht. De la misma forma que otras actividades un tanto arriesgadas, como trepar a lo alto de la vieja torre de emisiones en Charlottenburg, o conducir por el arcén de la autopista Avus, resultaba gratificante poder decir «yo lo he hecho».
Aquella noche en la radio el Líder elogió al difunto Heydrich, describiéndolo como «un hombre con el corazón de hierro», una frase que supuse que él decía como cumplido. Claro que también es posible que nuestro malvado Mago de Oz simplemente hubiese confundido al Hombre de Hojalata con el León Cobarde.
Al día siguiente, vestido de paisano y sintiéndome mucho más humano, me uní a los miles de berlineses que habían acudido a la cancillería del nuevo Reich e intenté parecer adecuadamente triste mientras todo el hormiguero de los esbirros de Hitler salían de la Sala de los Mosaicos, para seguir a la resplandeciente cureña que transportaba el ataúd de Heydrich, cubierto apropiadamente con la bandera nazi. Avanzaron en dirección este a lo largo de Voss Strasse, y luego hacia el norte por Wilhelmstrasse, camino del último lugar de reposo del general en el cementerio de los Inválidos, junto a otros verdaderos héroes alemanes, como Von Scharnhorst, Ernst Udet y Manfred von Richthofen.
No cabía ninguna duda del valor de Heydrich: su impetuoso servicio activo en determinadas misiones de la Luftwaffe, mientras la mayoría de los jefazos estaban a resguardo como lobos en sus guaridas, en sus búnkeres forrados en piel, era el ejemplo más patente de ese coraje. Supongo que Hegel hubiera reconocido el heroísmo de Heydrich como la encarnación del espíritu de nuestros tiempos despóticos. Pero, en pro de mi bolsillo, los héroes necesitan tener una estrecha relación con los dioses, no con las fuerzas titánicas de la oscuridad y el caos. Sobre todo en Alemania. Por lo tanto, no lamentaba lo más mínimo verlo muerto. A causa de Heydrich, yo era un oficial de la SD. E impresos en la insignia de plata deslustrada de mi gorra, que era el símbolo detestable de mi larga relación con Heydrich, estaban los distintivos del odio, el miedo y, después de mi regreso de Minsk, también la culpa.
De aquello hacía nueve meses. Por lo general intentaba no pensar en ello pero, como había comentado una vez otro famoso lunático alemán, es difícil mirar por encima del borde del abismo sin que el abismo te mire a ti.
Septiembre de 1941
Pensar en el suicidio es para mí un verdadero alivio: algunas veces es la única manera en que puedo sobrellevar las noches de insomnio.
En esas noches —y eran muchas— solía desmontar mi pistola automática Walther y engrasaba meticulosamente ese rompecabezas de metal. He visto demasiados errores en el uso de armas por la falta de aceite, y demasiados suicidios fallidos porque la bala perforó el cráneo de un hombre en un ángulo demasiado pronunciado. Incluso vaciaba el cargador y pulía cada bala, una a una, para después alinearlas en fila como si fueran soldaditos de latón antes de seleccionar la más limpia, brillante y más dispuesta a complacerme y colocarla la primera de todas. Quería que solo la mejor de ellas abriese un agujero en la pared de la celda que era mi grueso cráneo, y luego taladrara un túnel a través de la espiral de desconsuelo de mi cerebro.
Bien mirado, todo esto podría aclarar por qué tantos suicidios se notifican erróneamente a la policía. «Estaba limpiando el arma y se disparó», decía la esposa del difunto.
Por supuesto las armas se disparan continuamente y algunas veces incluso matan a la persona que las sujeta; pero primero tienes que apoyar el cañón frío contra tu cabeza —la nuca es lo mejor— y apretar el maldito gatillo.
Una o dos veces incluso llegué a colocar un par de toallas dobladas debajo de la almohada y me acosté con la firme intención de hacerlo. Sale mucha sangre de una cabeza, incluso con un agujero tan diminuto. Me acostaba y observaba fijamente la nota de suicidio que había escrito en el mejor papel —comprado en París— y colocado con esmero en la repisa de la chimenea, dirigida a nadie en particular.
Nadie en particular y yo teníamos una relación muy cercana a finales del verano de 1941.
Después de un rato, algunas veces me dormía. Pero los sueños que tenía eran inadecuados para cualquier persona menor de veintiún años. Probablemente eran inadecuados incluso para Conrad Veidt o Max Schreck. Una vez me desperté de una de esas horribles y vívidas pesadillas que te paralizan el corazón, y llegué a disparar la pistola mientras me incorporaba en la cama. El reloj del dormitorio —el viejo reloj de pared vienés de mi madre— nunca volvió a ser el mismo.
Otras noches me quedaba acostado y esperaba a que la luz gris aumentase de intensidad en los bordes de las cortinas polvorientas y alumbrase el vacío total de otro día más.
Ni el coraje ni el esfuerzo servían ya de nada. El interminable interrogatorio de mi triste ser no producía arrepentimiento sino más desprecio por mí mismo. A los ojos de cualquier persona, yo seguía siendo el mismo hombre que siempre había sido: Bernie Gunther, comisario de homicidios del Alex; y sin embargo solo era una sombra de lo que fui. Un impostor. Un nudo de sentimientos experimentado con los dientes apretados, una presión en la garganta y un gran vacío retumbando en la boca de mi estómago.
Pero después de mi regreso de Ucrania, no era solo yo quien se sentía diferente, también Berlín. Estábamos a casi dos mil kilómetros del frente, pero la guerra se dejaba notar, y mucho, en el ambiente. Nada que ver con la Real Fuerza Aérea británica (RAF), que, a pesar de las promesas vacías del gordo Hermann de que ninguna bomba inglesa caería jamás sobre la capital alemana, había conseguido llevar a cabo irregulares pero muy destructivas apariciones en nuestros cielos nocturnos. Pero para el verano de 1941 apenas si nos visitaban. No, era Rusia la que ahora determinaba todos y cada uno de los aspectos de nuestras vidas, desde lo que había en las tiendas hasta cómo ocupabas tu tiempo libre —durante una época habían prohibido bailar— o hasta cómo te movías por la ciudad.
«Los judíos son nuestra desgracia», proclamaban los periódicos nazis. Pero para el otoño de 1941 nadie se creía de verdad el eslogan de Von Treitschke; y menos aún cuando existía un desastre mucho más obvio y autoinfligido con el que compararlo como el de Rusia. La campaña en el Este ya empezaba a perder impulso, y a causa de Rusia y de las imperantes necesidades de nuestro ejército, Berlín tenía todo el aspecto de ser la capital de una república bananera que se había quedado sin bananas, o de casi cualquier otra cosa que se te pudiera ocurrir.
Escaseaba la cerveza, y a menudo se acababan las existencias. Las tabernas y los bares empezaron a cerrar un día a la semana, luego dos, en ocasiones toda la semana, y después de un tiempo solo había cuatro bares en la ciudad donde pudieras conseguir de forma regular una jarra. Además, cuando conseguías dar con algo de beber distaba mucho de parecerse al conocido sabor de la cerveza. El agua agria, marrón y salobre que te servían en el vaso me recordaba sobre todo a los agujeros de los obuses llenos de agua y las charcas inmóviles de la tierra de nadie donde, algunas veces, nos habíamos visto obligados a buscar refugio. Para un berlinés aquello era una auténtica desgracia. Era imposible encontrar bebidas alcohólicas, y todo eso significaba que era casi imposible emborracharse y escapar de uno mismo, cosa que, al llegar la madrugada, me obligaba a menudo a limpiar mi pistola.
El racionamiento de la carne no era menos decepcionante para una población para quien las salchichas, en todas sus variadas formas, eran una forma de vivir. Se suponía que todos teníamos derecho a quinientos gramos a la semana, pero incluso cuando había carne, lo más probable era que recibieses solo cincuenta gramos por un cupón de cien.
Después de una mala cosecha, las patatas habían desaparecido. Y también los caballos que tiraban de los carros lecheros, aunque no es que eso importase mucho porque no había leche en las lecherías. Solo había leche y huevos en polvo, y ambos tenían el sabor de la polvareda de yeso que caía de los techos por culpa de las bombas de la RAF. El pan tenía gusto a serrín y muchos juraban que no era otra cosa. Los cupones de ropa servían para pagar unas pocas prendas y poco más. No podías comprar un par de zapatos nuevos y era casi imposible encontrar un zapatero que te reparase los viejos. Como casi todos los artesanos, la mayoría de los zapateros de Berlín estaban en el ejército.
Los productos de menor calidad o sucedáneos estaban por todas partes. El cordel se partía cuando intentabas apretarlo. Los botones nuevos se te quebraban en los dedos cuando intentabas coserlos. La pasta dentífrica era solo yeso y agua con un poco de sabor a menta, y de poco valía la diminuta pastilla de jabón del tamaño de una galletita que te suministraban, porque ni siquiera daba para limpiar toda la suciedad que cogías haciendo la cola para obtenerla. Y era para todo un mes. Incluso aquellos que no éramos miembros del Partido comenzábamos a oler un poco.
Con todos los técnicos en el ejército, no había nadie que se ocupara del mantenimiento de los tranvías y autobuses; el resultado era que líneas enteras —como la número uno, que recorría Unter den Linden— habían sido suprimidas sin más, mientras que la mitad de los trenes de Berlín se los habían llevado para colaborar en la campaña rusa transportando al frente los suministros de carne, patatas, cerveza, jabón y pasta de dientes que nos faltaban en casa.
No era solo la maquinaria la que se descuidaba. Allí donde mirases, la pintura se desconchaba de las paredes y la madera. Los pomos de las puertas se te quedaban en las manos. Las tuberías y las calefacciones se rompían. Los andamios en los edificios dañados por las bombas no se retiraban nunca porque no quedaban albañiles para terminar las reparaciones. Por supuesto, las balas funcionaban a la perfección, como siempre habían hecho. La munición alemana siempre era buena: soy testigo de la continuada excelencia de la munición y las armas que la disparaban. Pero todo lo demás estaba roto, era de baja calidad o un mero sucedáneo, estaba cerrado, o no disponible, o la oferta era insuficiente. Y la paciencia, al igual que las raciones, iba muy escasa. El oso negro de mirada amenazadora del escudo de armas de la ciudad comenzaba a parecerse de verdad al típico berlinés, que gruñía a los otros pasajeros en el metro, que rugía al carnicero indiferente que te servía solo la mitad del beicon al que tenías derecho según la cartilla de racionamiento, o que amenazaba a los vecinos de su edificio con traer a algún jefazo del Partido para ponerlos en su sitio.
Pero posiblemente era en las colas para comprar tabaco, cada vez más largas, donde encontrabas los temperamentos más exaltados. La ración era solo de tres cigarrillos al día, pero cuando eras lo bastante extravagante como para fumarte uno resultaba fácil comprender por qué Hitler no fumaba: tenían el sabor de las tostadas quemadas. En ocasiones la gente fumaba té, siempre que pudieran conseguirlo, pero si era el caso, siempre resultaba mejor echarle agua hirviendo y bebértelo.
En la jefatura de policía de Alexanderplatz —zona que se había convertido en el centro del mercado negro de Berlín, que, a pesar de las severas penas que aplicaban a los que pillaban, era la única cosa en la ciudad que se podía describir como próspera—, la escasez de gasolina nos afectó a todos tanto como la escasez de tabaco y alcohol. Íbamos en tren y autobús a las escenas del crimen, y cuando estos no funcionaban, caminábamos, a menudo durante los largos períodos de apagón general debidos a los bombardeos, lo cual no dejaba de tener su riesgo. Casi una tercera parte de las muertes accidentales en Berlín eran resultado de esa oscuridad. Ninguno de mis colegas en la Kripo estaba interesado en ir a los escenarios de los crímenes, sino más bien en resolver el constante problema de dónde encontrar una nueva fuente de salchichas, cerveza y cigarrillos. Algunas veces bromeábamos sobre el hecho de que el crimen estaba disminuyendo: nadie robaba dinero por la simple razón de que no había nada en las tiendas donde gastarlo. Como la mayoría de los chistes que corrían en Berlín en otoño de 1941, eran más divertidos cuando describían la realidad.
Por supuesto, aún había muchos robos: cupones, ropa, gasolina, muebles —los ladrones los convertían en leña—, cortinas —la gente las utilizaba para hacerse prendas—, conejos y cobayas que la gente criaba en los balcones para tener carne fresca; lo que fuese, los berlineses robaban todo lo que podían. Con esa total oscuridad había crímenes de verdad, crímenes violentos, si estabas dispuesto a buscarlos. La falta de luz es fantástica si eres un violador.
Durante un tiempo regresé a Homicidios. Los berlineses aún continuaban matándose los unos a los otros, y no pasaba un día que yo no encontrara ridículo el hecho de seguir preocupándome de estas cosas, sabiendo como sabía lo que estaba pasando en el Este. No había día que no recordase la visión de los hombres y mujeres judíos que eran llevados hacia las fosas de ejecución, donde eran despachados por pelotones de fusilamiento de SS borrachos que se reían. Sin embargo, seguía actuando como un detective de verdad, si bien a menudo tenía la sensación de estar apagando un fuego en un cenicero cuando, un poco más allá, toda la ciudad era el escenario de un incendio gigantesco.
На этой странице вы можете прочитать онлайн книгу «Praga mortal», автора Philip Kerr. Данная книга относится к жанру «Зарубежные детективы».. Книга «Praga mortal» была издана в 2022 году. Приятного чтения!
О проекте
О подписке
Другие проекты