Читать книгу «La mano de Dios» онлайн полностью📖 — Philip Kerr — MyBook.

Título original: Hand of God

© thynKER Ltd, 2015.

© de la traducción: Víctor M. García de Isusi, 2016.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2016.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

CODI SAP: OEBO935

ISBN: 9788490567241

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

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Índice

Dedicatoria

Cita

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Notas

ESTA NOVELA ES PARA ADAM Y JOHN THYNNE

«Un poco con la cabeza y un poco con la mano de Dios».

DIEGO ARMANDO MARADONA, sobre su primer gol

contra Inglaterra en el Mundial de 1986

PRÓLOGO

Olvidaos de El Especial; según la prensa deportiva, yo soy El Afortunado.

Después de la —desafortunada— muerte de João Zarco, tuve la suerte de quedarme con su cargo de entrenador del London City y más suerte aún de conservarlo al final de la temporada 2013-2014. Se consideró un golpe de fortuna que el City acabara cuarto en la Premier League. También dijeron que nos había sonreído la fortuna por llegar a la final de la Capital One Cup y a la semifinal de la FA Cup, aunque perdimos las dos.

A mi entender, tuvimos la mala suerte de no ganar nada, pero el periódico The Times opinaba de otra manera:

Teniendo en cuenta todo lo que ha sucedido en Silvertown Dock en los últimos seis meses —el asesinato de un carismático entrenador, que la carrera de un talentoso portero acabara de golpe y de forma trágica, la investigación de Hacienda por el llamado Escándalo del 4F (gasolina gratis para futbolistas)—, no cabe duda de que el City fue muy afortunado por llegar hasta donde llegó. Gran parte de la buena suerte del club hay que atribuírsela al trabajo duro y la tenacidad de su entrenador, Scott Manson, cuyo excesivo y elocuente panegírico dedicado a su predecesor enseguida se convirtió en viral en internet e hizo que la revista Spectator lo comparase nada más y nada menos que con Marco Antonio. Si José Mourinho es El Especial, Scott Manson es, no cabe duda, El Inteligente; aunque también podría ser El Afortunado.

Nunca me he considerado afortunado, y menos teniendo en cuenta que pasé dieciocho meses en la prisión de Wandsworth acusado de un crimen que no cometí.

Solo tenía una superstición cuando era futbolista profesional: chutar el balón con tanta fuerza como podía cada vez que lanzaba un penalti.

No sé si, por norma general, la generación de futbolistas de hoy en día es más crédula de lo que lo fue la mía, pero si tenemos en cuenta sus tuits y comentarios en Facebook durante el Mundial de Brasil, la gente que juega en la actualidad cree tanto en la suerte como lo haría una convención de santeros en Las Vegas. Dado que pocos de ellos ponen el pie en una iglesia, mezquita o sinagoga, quizá no resulte sorprendente que tengan tantísimas supersticiones; de hecho, puede que la superstición sea la única religión que estas almas, a menudo ignorantes, son capaces de profesar. Como entrenador, he hecho cuanto he podido para evitar las supersticiones entre mis jugadores, pero es una batalla perdida de antemano. Ya se trate de un meticuloso —y siempre inconveniente— ritual previo al partido, un dorsal que consideran favorable, una barba de la suerte o una camiseta providencial con el careto del duque de Edimburgo —no, no es broma—, las supersticiones siguen siendo parte de este deporte, tanto o más que las apuestas, las camisetas de compresión y los vendajes neuromusculares.

Aunque buena parte del fútbol tiene que ver con las creencias, siempre hay un límite; y algunos actos de fe van más allá del simple tocar madera y se adentran en el reino de los crédulos y los locos de remate. A veces, tengo la sensación de que los únicos en el mundo del fútbol que tienen los pies en el suelo son los desgraciados que lo siguen. Desafortunadamente, creo que esos desgraciados empiezan a actuar de la misma manera.

Tomemos por ejemplo a Iñárritu, nuestro joven centrocampista dotado de un talento excepcional, y que ahora mismo está jugando con México en el Grupo A. Según lo que ha estado tuiteando a sus cien mil seguidores, es Dios quien le dice cómo marcar goles, pero, cuando todo falla, compra unas putas caléndulas y unos terrones de azúcar, y enciende una vela delante de una muñequita con forma de esqueleto y un vestido verde. Sí, claro, seguro que eso tiene que funcionar.

Luego tenemos a Ayrton Taylor, que está con la selección inglesa en Belo Horizonte. Por lo visto, la verdadera razón de que se rompiera uno de los huesos del metatarso en el partido contra Uruguay fue que se le olvidó poner en la maleta su bulldog de plata de la suerte y que no rezó a san Luigi Scrosoppi —santo de los jugadores de fútbol— con sus Nike Hypervenom en las manos, como hace siempre. Claro, seguro que la lesión tuvo poco que ver con el cabronazo que le pegó un pisotón descarado.

Bekim Develi, nuestro centrocampista ruso, que también está en Brasil, cuenta en Facebook que tiene un bolígrafo de la suerte con el que viaja a todas partes. Cuando lo entrevistó Jim White para el Daily Telegraph, le preguntó por el bebé que acababa de tener, Peter, y el jugador le confesó que le había prohibido a Alex, su novia, mostrar al niño a ningún extraño durante cuarenta días porque «estaban esperando a que llegara el alma del crío» y no quería que, bajo ningún concepto, otra alma o energía se apoderara de él durante un periodo tan crucial.

Por si todo esto no fuera ya bastante ridículo, uno de los africanos del City, el ghanés John Ayensu, le contó a un periodista de la radio que solo jugaba bien cuando llevaba un pedazo de piel de leopardo de la suerte en los calzoncillos; una confesión imprudente que le valió una tormenta de críticas por parte de la WWF y los activistas defensores de los animales comprometidos con la conservación de las especies.

En esa misma entrevista, Ayensu anunció su intención de dejar el City en verano, una de las malas noticias que recibí en Londres. Otra fue lo que le ha pasado a nuestro delantero alemán, Christoph Bündchen, al que han sacado en Instagram en una sauna gay de la ciudad brasileña de Fortaleza. Christoph sigue estando oficialmente dentro del armario y ha declarado que había ido al gimnasio Dragón por error, aunque no es eso lo que corre por Twitter, claro está. Y dado que los periódicos —en especial el puto Guardian— están desesperados porque al menos un jugador profesional en activo declare su homosexualidad —yo diría que Thomas Hitzlsperger fue muy inteligente al esperar hasta retirarse—, el pobre Christoph debe de estar sufriendo una presión insoportable.

Al mismo tiempo, uno de los dos jugadores españoles del City que están en Brasil, Juan Luis Dominguín, acaba de enviarme por correo electrónico una fotografía de Xavier Pepe, nuestro mejor defensa, cenando en un restaurante de Río con algunos de los jeques dueños del Manchester City después del partido de España contra Chile. Si tenemos en cuenta que esa gente tiene más pasta que el mismísimo Dios —y, desde luego, más que Viktor Sokolnikov, el propietario de nuestro club—, la foto también es motivo de preocupación. Hoy en día se mueve tantísimo dinero en el mundo del fútbol que es fácil conseguir que los jugadores cambien de opinión; de hecho, con la cifra adecuada en un contrato, no hay ni uno solo al que, si se quiere, no se le pueda hacer representar a Linda Blair en El exorcista.

Tal y como he dicho, no soy supersticioso, pero cuando, en enero, vi aquellas fotografías en los periódicos, las del rayo que había caído en la mano de la famosa estatua del Cristo Redentor, la que protege Río de Janeiro desde las alturas, debería haberme dado cuenta de que durante el Mundial de Brasil iba a acontecer algún que otro desastre. Poco después, claro está, hubo disturbios en las calles de São Paulo, dado que las manifestaciones para protestar por todo el dinero que se había gastado el país en el Mundial se salieron de madre. Los manifestantes incendiaron coches, saquearon tiendas y rompieron los ventanales de bancos, y hubo varios heridos de bala. No les puedo culpar. Resulta increíble que se gastaran catorce mil millones de dólares en ser anfitriones del Mundial —datos estimados de Bloomberg— cuando en Río de Janeiro no hay servicio de recogida de basuras. Como le ocurría a mi predecesor, João Zarco, el Mundial es una competición que nunca me ha gustado mucho y no solo por los sobornos, la corrupción, los chanchullos políticos y el puto Sepp Blatter..., por no mencionar la mano de Dios en 1986. No puedo evitar pensar que ese hombrecito al que nombraron mejor jugador del Mundial de México fue un tramposo y que el hecho de que la FIFA lo nominase siquiera para el premio lo dice todo de su torneo principal.

Yo diría que la única razón por la que me gusta el Mundial es porque el equipo de Estados Unidos es tan malo que es el único deporte en el que Ghana o Portugal le pegan palizas. Por lo demás, a decir verdad, es una competición que odio.

Y la odio porque el fútbol que se ve en ella en la actualidad es casi siempre una mierda, porque los árbitros son siempre una basura y las canciones son aún peores; por las putas mascotas —como Fuleco el Armadillo, la mascota oficial del Mundial de 2014, cuyo nombre es una palabra compuesta por futebol y ecologia... ¡vamos, no me jodas!—; por todos los piscineros profesionales de Argentina y Paraguay y, sí, por qué no decirlo, los de Brasil también; por todo ese bombo de «Vamos, Inglaterra, esta vez podemos»; y por todo ese montón de gilipollas que no saben nada de fútbol pero que, de repente, tienen opiniones de mierda acerca de este deporte que tienes que escuchar. Pero, sobre todo, odio a los políticos que se suben al carro y empiezan a agitar una bufanda de Inglaterra mientras siguen soltando sus memeces habituales.

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