Читать книгу «Amor traicionero» онлайн полностью📖 — Пенни Джордан — MyBook.



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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 1999 Penny Jordan Partnership

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Amor traicionero, n.º 1124- agosto 2020

Título original: A Treacherous Seduction

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.:978-84-1348-733-5

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

BETH dejó escapar un grito de incredulidad mientras observaba, cada vez más pálida, el contenido de la caja que acababa de abrir.

—¡Oh, no! —protestó desesperadamente mientras sacaba una copa de vino que acababa de desenvolver; una de las piezas de la cristalería que había encargado en el viaje que había hecho a Praga para comprar material.

De repente se sintió mareada.

Había invertido tanto en el pedido checo, y no solo estaba pensando en el dinero.

Tres horas después, con el suelo del almacén, situado detrás de la pequeña tienda que regentaba junto a su socia y mejor amiga Kelly Frobister, lleno de paquetes y piezas de la cristalería, su peor pesadilla se había hecho realidad.

Esas horrorosas piezas que tenía delante nada tenían que ver con la preciosa cristalería, reproducción de un modelo antiguo, que había escogido con tanta emoción y placer hacía ya varios meses en la República Checa. Ni pensarlo. El pedido que había recibido pero que jamás había hecho, quizá igualara en número de piezas al que ella había en realidad encargado, pero en el resto no se trataba más que de una horrenda parodia de la exquisita cristalería de la mejor calidad que había escogido y pagado personalmente.

Le resultaría totalmente imposible vender aquella monstruosidad. Sus clientes eran muy exigentes, y a Beth empezó a dolerle la tripa al pensar en el entusiasmo con el que había despertado el interés de algunos de sus mejores clientes al describirles el pedido y prometerles que convertiría sus cenas de Navidad en fabulosas imitaciones de una época pasada; una época de barroco veneciano y belleza bizantina.

¿Por aquel montón de basura era por lo que había puesto su pequeña tienda, sus finanzas y su reputación en peligro? La cristalería que le habían mostrado nada tenía que ver con la que tenía entre sus manos. ¡Nada en absoluto!

Febrilmente examinó otra de las piezas, esperando contra todo pronóstico que se hubiera equivocado al hacerlo. Pero no había habido ninguna equivocación. Todo lo que iba desempaquetando poseía las características de un trabajo mal hecho, de un cristal de calidad inferior y de un colorido burdo.

Debía haber habido un error. Beth se puso de pie. Tendría que llamar a sus proveedores y hacérselo saber.

Beth empezó a ponerse frenética al considerar la magnitud del problema que tenía entre manos. Tras la extrema tardanza que había acusado el pedido, había llegado justo a tiempo para las ventas navideñas.

En realidad, esa misma tarde había planeado vaciar las estanterías de sus existencias y sustituirlas por la cristalería checa.

¿Qué diantres iba a hacer?

Normalmente un problema de esa índole lo habría compartido inmediatamente con Kelly, pero las circunstancias en ese momento no eran normales. En primer lugar, cuando había decidido encargar la cristalería, había viajado sola a Praga. En segundo lugar, Kelly estaba, y con razón, mucho más preocupada con su nuevo marido y la relación que estaban construyendo que con la tienda, y ya se habían puesto de acuerdo para que de momento Kelly se colocara en un segundo plano en el negocio que habían montado juntas en la pequeña población de Rye on Averton, donde las chicas habían decidido trasladarse animadas por Anna Trewayne, la madrina de Beth.

Y en tercer lugar…

Beth cerró los ojos. Sabía que si tuviera que contarles a su madrina, a su mejor amiga, Kelly, o incluso a Dee Lawson, su casera, los problemas financieros y profesionales en los que se encontraba en esos momentos, sabía que las tres correrían en su ayuda, ofreciéndole toda su comprensión. Pero Beth era bien consciente que, de las cuatro, ella era la única que parecía siempre hacer las cosas mal, la que emitía juicios equivocados, la que acababa siempre siendo engañada, traicionada; la que siempre parecía una perdedora, una víctima…

Beth se estremeció con una mezcla de rabia y angustia. ¿Qué demonios le pasaba? ¿Por qué no hacía más que tratar con gente que finalmente le fallaba? Quizá fuera, como otras personas ya le habían dicho, un tanto tranquila y a lo mejor un poco complaciente; pero ello no significaba que no tuviera su amor propio, ni que no mereciera ser tratada con respeto.

Sin embargo, estaba segura que ninguna de las otras tres se habría metido en una situación así. Sabía a ciencia cierta que Dee, por ejemplo, no lo habría hecho. No, le resultaba imposible imaginar que alguien pudiera engañar a Dee, con sus modales confiados y profesionales, o a Kelly, con su personalidad fuerte y positiva, o ni siquiera a Anna, con su serena amabilidad.

No. Ella era la vulnerable, la tonta, la idiota que parecía ir pidiendo a gritos que la engañaran.

Tenía que ser culpa suya. Por poner un ejemplo, solo tenía que recordar cómo se había tragado las mentiras de Julian Cox. Qué inocente había sido al creer que la amaba cuando lo único que le había movido todo el tiempo era el dinero que pensó que ella heredaría.

Se había sentido tremendamente avergonzada cuando Julian la abandonó, diciendo que jamás le había dicho que quisiera casarse con ella, acusándola de ir detrás de él, de imaginar que alguna vez había sentido algo por ella.

Beth se puso colorada. Pero no porque siguiera amándolo, que desde luego no era así, e incluso había llegado a pensar que nunca lo había sido; simplemente se había dejado embaucar por sus constantes halagos, por sus frecuentes declaraciones de amor, por su insistencia en que eran almas gemelas. Bien, desde luego había aprendido esa lección. Nunca jamás volvería a confiar en ningún hombre que la tratara así, y se había aferrado a esa particular promesa incluso cuando… Al menos no había cometido dos veces la misma equivocación. No, se dijo para sus adentros, pero había cometido otras distintas.

Su fallido romance con Julian y la humillación que había sentido al enterarse la gente, a pesar de ser muy doloroso todo ello, al menos solo le había afectado a ella. Pero lo que acababa de ocurrirle podría humillarla no solo a ella, sino también a Kelly.

Se habían ganado una estupenda reputación en la ciudad desde que abrieran la tienda de porcelana y cristal. Y su éxito se basaba en ser un pequeño punto de venta que se centraba en satisfacer las necesidades de los clientes más exigentes y, mientras pudieran, anticiparse a ellas con nuevas ideas.

Kelly ya le había dicho muy contenta que tenían varios buenos clientes, con distintas celebraciones durante esas fechas y también más adelante, a quienes les había comentado que la compra de una cristalería muy especial y original podría ser una idea excelente.

Tan solo la semana anterior, un cliente en particular le había estado explicando a Beth la ilusión que le hacía comprar tres docenas de copas de champán rojas de cristal de Bohemia.

—La víspera de Navidad celebraremos nuestras bodas de plata, nos vamos a reunir toda la familia y sería maravilloso poder disponer de las copas para ese día —le había dicho.

No era posible que Candida Lewis-Benton quisiera comprar lo que Beth acababa de desembalar. De ninguna manera.

Valientemente, Beth se resistió a la tentación de romper a llorar. Era una mujer, no una niña y, tal y como había creído demostrar cuando estaba en Praga, también podía ser una persona decidida e independiente, además de orgullosa. Era capaz de aprender a respetarse a sí misma y no le importaba lo que pensara cierta persona arrogante y mentirosa, que creía haberla conocido mejor de lo que se conocía ella misma. Una persona que había pretendido controlarle la vida, que había pensado que podía mentirle y hacer que consintiera a todo lo que quisiera diciéndole que la amaba. Y se había dado cuenta, por supuesto, de lo que a él le interesaba.

—Beth, sé que quizá sea demasiado pronto para decirte esto pero… me he enamorado de ti —le había dicho esa tarde bajo una lluvia torrencial en el Puente Charles.

—No, eso no es posible —ella le había contestado con dureza.

—¿Si esto no es amor, entonces qué es exactamente? —le había preguntado en otra ocasión, mientras le rozaba los labios con la punta de los dedos, aún inflamados después de besarse apasionadamente.

Ella le había contestado con resolución.

—Simplemente lujuria… sexo; eso es todo —y había seguido demostrándoselo.

—No te dejes engañar por las promesas que te hagan los vendedores ambulantes —la había aconsejado en más de una ocasión—. No son más que títeres al servicio del crimen organizado para engañar a los turistas.

Ella sabía muy bien detrás de qué estaba él. Lo que él pretendía era lo mismo que Julian había pretendido antes… ¡Su dinero! Con la diferencia de que Alex Andrews también había deseado su cuerpo.

Al menos en lo tocante al terreno sexual, Julian se había comportado correctamente.

—No quiero que seamos amantes… hasta que lleves mi anillo de compromiso —Julian le había susurrado apasionadamente la noche en que le había declarado su amor; un amor que no había sentido hacia ella, como más tarde se averiguaría.

En esos momentos, después de haber sufrido tremendamente por culpa de su maldad, le parecía casi gracioso. Quizá el odio exacerbado que había experimentado tras su engaño había estado más relacionado con la humillación que le había hecho sentir que con un corazón roto.

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