NICOLAS LE ROUX
las guerras
de religión
Traducción de Miguel Martín
EDICIONES RIALP S. A.
MADRID
Título original: Les Guerres de Religion
© Presses Universitaires de France, 2016, París
© de la versión española realizada por Miguel Martín
2017 by EDICIONES RIALP, S. A.
Colombia, 63. 28016 Madrid
(www.rialp.com)
Preimpresión: Jorge Alonso Andrades
ISBN: 978-84-321-4753-1
Depósito legal: M-1343-2017
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II. El reino en que el príncipe es un niño
V. En el corazón de las tinieblas
1 Portada
Introducción
El destino de la monarquía francesa del Antiguo Régimen se jugó en la segunda mitad del siglo XVI. Periodo de caos político y de violencias interconfesionales sin precedentes, las Guerras de Religión fueron analizadas por los contemporáneos más como luchas de facciones aristocráticas que como enfrentamientos “por la religión”. Aunque la crisis abierta estalló efectivamente tras la muerte por accidente de Enrique II, en 1559, que trajo consigo profundos cambios en el funcionamiento de la corte, es más bien el auge del protestantismo lo que rompió el ideal de unidad sobre el que descansaban la vida social y el sistema monárquico. Un sistema en el que el rey constituía la única cabeza del cuerpo político.
Durante casi cincuenta años, Francia se vio sumergida en una sucesión de conflictos entrecortados por precarios periodos de paz. Se considera tradicionalmente la masacre de Wassy, cometida el 1 de marzo de 1562 por los seguidores del duque de Guisa, como el desencadenante de las guerras, pero el reino se encontraba en un estado preinsurreccional desde hacía ya dos años. Se acostumbra a dividir el periodo en ocho conflictos –1562-1563, 1567-1568, 1568-1570, 1572-1573, 1574-1576, 1576-1577, 1579-1580 y 1585-1598– acabados por otros tantos edictos de pacificación que concedían a los reformados una libertad de culto limitada, a veces acompañada de garantías militares y judiciales. En realidad, las guerras segunda y tercera formaron prácticamente una sola, y el edicto de 1573, muy restrictivo, no llegó a aplicarse.
Las Guerras de Religión constituyeron un tiempo de violencia que dejó estupefactos a sus contemporáneos, pero fueron también un laboratorio político. La monarquía buscó sin tregua adaptarse a los avatares de los acontecimientos. Como la vía de la unidad dogmática parecía cerrada, se inventó el principio de tolerancia en enero de 1562, concediendo por primera vez oficialmente la libertad de culto a una minoría religiosa. En 1563, el primer edicto de pacificación estableció una libertad de culto limitada, que debía permitir a los protestantes practicar su religión allí donde ya lo hacían, y en un cierto número de ciudades subsidiarias, en las regiones donde eran muy minoritarios. Era preciso asegurar la convivencia a pesar de la diferencia religiosa.
La matanza de San Bartolomé (1572) constituyó a la vez el apogeo y el fin del movimiento de violencia exterminadora emprendido diez años antes.
A partir de 1574, las fronteras partidistas se confunden. La quinta guerra vio formarse una nebulosa interconfesional en lucha contra la autoridad monárquica: los Descontentos. En fin, la octava Guerra de Religión se explica por la crisis de la sucesión monárquica. En 1585, los de la Liga, católicos hostiles a la idea de que un protestante pudiese ceñir un día la corona, tomaron las armas contra el rey Enrique III, obligándolo a suprimir los edictos de pacificación.
Las guerras que desgarraron Francia eran también una pieza más en la conflagración internacional que se desarrollaba en Europa. Del lado católico, España y el papado se unieron en la lucha contra el protestantismo, mientras que Inglaterra, varios príncipes alemanes y Dinamarca financiaban o sostenían militarmente al partido hugonote. Los cantones suizos católicos proporcionaban tropas al rey. A partir de 1566, los Países Bajos vecinos fueron igualmente arrastrados por la espiral de la guerra civil, y los conflictos se desplegaron en adelante en una y otra parte de la frontera. La matanza de San Bartolomé y el levantamiento de la Liga no pueden comprenderse al margen de este contexto.
Estos años constituyeron igualmente un momento de intensa reflexión en torno a la cuestión del buen gobierno. Los “monarcómacos” reformados y los “políticos” católicos tomaban caminos divergentes, pero los pensadores acabaron por reunirse en torno a la idea de que era preciso mantener el orden público a toda costa. Como la unión religiosa no podía ser condición de la paz, fue la paz, y por tanto la obediencia al rey, la que iba a permitir apaciguar la cólera divina y reconciliar a los cristianos.
Atacada al principio por los protestantes, la figura real concentró después el furor militante de los católicos que culminó con el asesinato de Enrique III por Jacques Clément (1589), y más tarde, cola de cometa de las guerras civiles, con el de Enrique IV por Ravaillac (1610).
I. Dios y los suyos
1. La llamada del Evangelio
El mensaje luterano comenzó a difundirse en Francia hacia 1520. Religiosos seducidos por la llamada del monje de Wittenberg predicaban la vuelta a la pureza original del cristianismo y denunciaban las perversiones de la Iglesia romana. Según ellos, esta no podía pretender el monopolio de la difusión de la palabra divina, pues todos los hombres eran sacerdotes.
En esta época, existía ya en el reino una corriente evangélica que buscaba revivificar la fe despojándola de las obligaciones rituales. Los escritos de Erasmo encontraban gran éxito entre los letrados. El humanismo neerlandés preconizaba una “filosofía de Cristo” rechazando intermediarios entre los hombres y Dios. El culto de la Virgen y de los santos no tenía para ellos sentido, pues el único verdadero intercesor era Cristo. Completamente interior, la fe consistía en la unión con Jesús por el conocimiento íntimo de la palabra divina.
El acceso directo al Libro se imponía. La Biblia fue traducida al francés por Jacques Lefèvre d’Étaples a partir de 1523. Este gran helenista, renovador de los estudios aristotélicos, pertenecía al mundo intelectual de los humanistas que protegía Margarita de Navarra, la hermana mayor de Francisco I, que aspiraba ella misma a una piedad muy personal, vivificada por el conocimiento íntimo del mensaje cristiano. Esa era también la posición de Rabelais quien, en su Gargantua (1534), imaginaba un refugio ideal donde los espíritus evangélicos podrían reunirse: la abadía de Thélène.
La imprenta jugó un papel esencial en el auge de las ideas nuevas. Sin este nuevo medio, no hubiese habido crisis religiosa. En la noche del 17 al 18 de octubre de 1534, unos tableros, es decir, carteles, que denunciaban el misterio de la transubstanciación, aparecieron en varias ciudades, sobre todo en París, y en el castillo de Amboise, donde residía el rey. Este agresivo texto, escrito por un pastor de Neuchâtel llamado Antoine Marcourt, reducía la eucaristía a un rito pagano. Se inspiraba en las ideas del reformador de Zurich, Ulrich Zwingli, que consideraba la eucaristía como una ceremonia de recuerdo de la última comida de Cristo con sus discípulos, la Cena, y no como un sacrificio que actualizase la Pasión. No reconocía presencia real de Cristo en el pan y el vino, contrariamente a lo que afirmaba la doctrina de la transubstanciación. Así que se burlaba de la la adoración de los católicos a lo que él llamaba “Jean le Blanc”, el dios de masa de la hostia consagrada.
Los ataques contra el Santísimo Sacramento eran considerados por los católicos como particularmente ofensivos, pues el dogma de la presencia real constituía una imagen de la unidad del pueblo cristiano. Para la mayoría de los fieles, Dios estaba cercano y visible, y no lejano e incognoscible por los sentidos como el Dios de los reformados. Cristo era adorado y los santos venerados con ocasión de ritos colectivos que unían a la comunidad.
Por su parte, los protestantes vivían una religión de la palabra y del texto, y no de la imagen o el objeto. Rechazaban las representaciones, y especialmente las imágenes de la Virgen, de los santos y de Cristo. Jesús no era cognoscible más que por el corazón, alimentado por la palabra bíblica, y no por el sentido engañoso de la vista. Las reliquias de los santos no eran para ellos sino objetos de idolatría.
Jean Calvin [Calvino], un joven picardo que marchó a refugiarse en Suiza para escapar a las persecuciones, compuso el texto que debía servir de fundamento a las creencias de los reformados franceses. Su Institución de la religión cristiana, amplio tratado publicado en latín en 1536, luego en francés en 1541, y aumentado después, propone una presentación completa del dogma conforme a la palabra de Cristo. Según él, la sola fe puede guiar a los fieles a la salvación, y esta descansa únicamente en el conocimiento de la Biblia. La tradición eclesiástica, los escritos de los Padres de la Iglesia se consideran añadidos inútiles a un texto que se basta por sí mismo. Las obras realizadas por los fieles no tienen ninguna fuerza de salvación, pues el ser humano, por naturaleza indigno de la gracia divina, no es más que tinieblas, vanidad y mentira. Solo le rescata el sacrificio de Cristo. Por lo demás, Dios escogió como le plugo a los elegidos destinados a la vida eterna y a los condenados a la muerte eterna. El verdadero cristiano no intenta entrar en el misterio de la predestinación: sería sucumbir al diablo y perderse en las tinieblas intentar «entrar en los secretos incomprensibles de la sabiduría divina». El hecho mismo de tener la fe es ya una señal de elección. Finalmente, la fe y el Evangelio son una sola y misma cosa, pues la justicia divina, ofrecida por la palabra de Dios, no es efecto de un juicio que se fundamente en un examen de los méritos y de los pecados: «En lugar de tener un juez en el cielo para condenarnos, tenemos allí un padre muy clemente». El verdadero cristiano vive sin pecado porque es justo, y no al revés. La fe se sostiene mediante dos ceremonias inspiradas en el texto bíblico, los sacramentos del bautismo y de la cena. Esta última, celebrada solamente cuatro veces al año, permite unirse espiritualmente a Cristo por la consumición colectiva de las dos especies del pan y del vino. La misa católica se ve como una ceremonia satánica que pone en tela de juicio la virtud perpetua y perfecta del sacrificio de Jesús.
Calvino apeló al rey Francisco I, a quien aseguraba no solo que los protestantes fuesen cristianos ejemplares, sino que serían siempre súbditos leales y obedientes. La epístola que puso al principio de la Institución terminaba con la esperanza de que el monarca se abriese muy pronto a la verdad del Evangelio: «El Señor Rey de los reyes quiera establecer tu trono en justicia, y tu sede en equidad, muy fuerte e ilustrísimo rey». Pero esa oración podía parecer también una amenaza.
Después de Basilea, Calvino se instaló en Ginebra, luego en Estrasburgo, antes de regresar a Ginebra, donde vivió desde 1541 hasta su muerte en 1564. Trabajó en la edificación de una Iglesia ordenada según un principio consistorial (un consistorio constituido por un pastor, ancianos y diáconos) que iba a servir de modelo a las comunidades reformadas de Francia. Con Théodore de Bèze, formó igualmente pastores encargados de llevar la palabra de Dios. El predicador, ministro con frecuencia itinerante, aparecía a los ojos de la Iglesia católica y del poder monárquico no solo como un hereje, sino como un agitador y un agente del extranjero.
2. Hogueras y mártires
Los protestantes experimentaban el sentimiento de pertenecer a un pueblo elegido, víctima de persecuciones que recordaban a la vez las de los hebreos del Antiguo Testamento y las de los primeros cristianos de la antigüedad. De 1523 a 1560, en torno a 500 personas fueron ejecutadas en Francia (sobre un total de 3.000 en Europa) por herejía o perturbación del orden público relacionada con la cuestión religiosa. En los años 1520, los suplicios eran aún muy raros y se referían sobre todo a religiosos acusados de blasfemar. Fue la publicación de los carteles (placards) lo que arrastró la primera oleada importante de ejecuciones (24 entre noviembre de 1534 y diciembre de 1535). En virtud de los edictos de Fontainebleau (1540), de Châteaubriant (1551) y de Écouen (1559), es la justicia real la que se encarga de la represión, y no ya las autoridades religiosas. La comunidad reformada de Meaux, una de las más antiguas del reino, fue diezmada en 1546: hubo 70 arrestos que dieron lugar a 14 ejecuciones. La represión fue luego particularmente severa de 1547 a 1550, periodo de actividad del tribunal extraordinario de la Cámara permanente del Parlamento de París. Como media, hubo al menos 28 ejecuciones al año de 1545 a 1549, luego 16 de 1550 a 1559, pero hay que subrayar que la mayor parte de los procesos desembocaban en penas de multa honorable, y no en condenas a muerte.
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