Читать книгу «La verdad más profunda» онлайн полностью📖 — Michael Koryta — MyBook.
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Título original: How It Happened

© Michael Koryta, 2018.

© de la traducción: Montserrat Triviño González, 2019.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2019.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO115

ISBN: 9788491875741

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

PRIMERA PARTE. A DAR UNA VUELTA

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SEGUNDA PARTE. CUENTISTAS

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TERCERA PARTE. UNA TRAGEDIA LIMPIA

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AGRADECIMIENTOS

NOTAS

PARA CHRISTINE

PRIMERA PARTE
A DAR UNA VUELTA

And it would make a great story

If I ever could remember it right.

JASON ISBELL,

Super 8

1

No lo había visto nunca antes del día en que lo matamos.

Pero a Jackie sí que la conocía. La conozco de toda la vida, en realidad. Nunca fuimos amigas ni nada de eso, pero este es un pueblo pequeño, todas las chicas nos conocemos. Íbamos a la misma clase, por lo menos hasta el instituto. Luego a ella la pusieron en la clase de los listos. Jackie no salía mucho de fiesta. Lo que más recuerdo de ella es que su madre murió cuando estábamos en quinto. Pero... ¿por qué me preguntas esas cosas? Fue hace mucho tiempo y no tiene nada que ver con todo esto. Pero hasta el día en que la matamos, sí, eso es lo que más recuerdo de ella.

Su madre murió en un accidente de coche. Creo que se salió del carril por culpa de la nieve o algo así. Jackie faltó unos cuantos días al colegio y todos tuvimos que hacerle tarjetas, ya sabes, con dibujitos y notas para decirle que estábamos muy tristes por lo que le había pasado. Volvió al cole la semana siguiente y su padre la acompañó hasta la clase. Él le cogía la mano muy fuerte, como si no quisiera dejarla marchar. Me fijé en eso y me puse a pensar en todas las tarjetas que le habíamos escrito y... vale, ya sé que esto me hace parecer mala persona, pero la verdad es que me cabreó un poco. Porque, vale, sí, era muy triste que su madre hubiera muerto, pero aún le quedaba su padre, ¿no? Yo vivía con mi abuela y ni mi padre ni mi madre estaban muertos, pero para el caso es como si lo hubieran estado. Vamos, que mi padre nunca me había cogido la mano como Howard Pelletier le cogía aquel día la mano a Jackie. En realidad, nunca lo había hecho nadie. O sea que, vale, estaba triste por ella, pero... ¿acaso alguien le había pedido a la clase que me escribiera tarjetas también a mí? No. A nadie le importaba una mierda lo que pasaba en mi vida. Yo no era una de esas niñas por las que todo el mundo se preocupa. A mí simplemente... me ignoraban.

No me puedo creer que guardara la tarjeta. ¿Las guardó todas? Bueno, en el fondo qué más da. Ya no importa. No sé por qué has sacado ese tema, Barrett. No tiene nada que ver con lo que ocurrió el verano pasado.

Vale, el día que sí importa fue, de hecho, el último día caluroso del verano. A principios de septiembre hacía más calor que en pleno agosto. Creo que eso tuvo algo que ver. Ya, ya, no estoy buscando excusas, pero sigo pensando en cómo empezó todo y adónde fuimos, y sí, vale, tengo clarísimo que jamás nos habríamos descontrolado tanto de no haber sido por el calor. Y por la forma en que el calor hacía que todo el mundo se sintiera, especialmente Mathias. ¿Se supone que tengo que decir su nombre completo ahora, como si no lo supiéramos ya todos? Mathias Burke. ¿Quieres saber una cosa graciosa? Que cuando oyes su nombre completo, entornas un poco los ojos. Es muy raro. Cada vez que lo digo, te pones tenso. Como si te estuvieras preparando para recibir un puñetazo. O para arrearlo tú. ¿Qué es, lo uno o lo otro? Eh, me has pedido que lo contara con mis propias palabras, ¿no? Cuidado con lo que deseas, Barrett.

Vale... Era el primer fin de semana después de que se marcharan todos los turistas, o casi todos; los que tenían niños ya se habían ido y estaba todo bastante más tranquilo, y Mathias, no sé, se había vuelto medio loco o algo parecido. Aquella noche —viernes— estaba muy acelerado, histérico. Como si estuviera a punto de estallar. Como si algo le corriera bajo la piel y estuviera buscando la forma de salir. Y no hacía más que quejarse del calor.Y Cass lo mismo, se quejaba del calor, pero era porque no quería sudar, no quería que se le estropeara el maquillaje. Cuando se maquillaba, siempre parecía una puta. Vamos, que no sabía hacer las cosas sutilmente, ¿me entiendes? Siempre se ponía un montón de potingues, cuando con maquillarse un poquito habría sido suficiente. Sí, sí, ya sé que no tendría que hablar mal de ella porque está muerta, pero es que es la verdad.

Bueno, a ver, retrocedo un poco: yo tenía el turno de día en la tienda de licores. Salía a las seis. Cass tenía que venir a pie para recogerme y luego queríamos ir las dos al pueblo o hacer algo. A lo mejor volver a su caravana, o salir por ahí. La verdad es que no teníamos planes. Si hubiéramos quedado para ir a algún sitio, aquella noche no habríamos terminado con él. Pero estábamos libres.

Mathias llegó a las..., no sé, serían las cinco y media. Un poco antes de que yo terminara mi turno. Lo conocía desde hacía años, pero nunca habíamos salido juntos. Ni siquiera de fiesta ni por ahí. Por eso me sorprendió que me preguntara qué hacía aquella noche. Estaba convencida de que Mathias no salía mucho de fiesta. Por lo que yo sé, siempre estaba trabajando. Si alguna vez lo veía por ahí bebiendo, era siempre en invierno. En verano trabajaba como veinticuatro horas al día. Le dije que Cass y yo habíamos quedado para ir de copas y pareció un poco decepcionado. Por un momento me pregunté si me estaba entrando o algo así. Pero entonces llegó Cass y él cambió de rollo.

Nos empezó a hablar de la casa de un cliente y nos dijo que podía usarla. Era de no sé qué zorra pija, alguien que iba a la casa solo dos semanas al año o algo así, pero dijo que era un sitio muy especial y que le apetecía ir allí a tomar unas copas y bañarnos. Me pareció interesante, pero entonces Mathias dijo que también podía pillar y eso me echó un poco para atrás, porque yo estaba intentando dejarlo. Pero a Cass le moló la idea.

Salimos al aparcamiento porque yo ya había terminado mi turno. Bebimos un poco, creo que unas seis latas de cerveza Twisted Tea, un par de litronas y Cass un poco de vodka. De ese de sabores, creo que era de manzana o de frambuesa o no sé qué. Nos sentamos en el portón trasero de su camioneta a fumar y a beber. Ah, esa camioneta era la del curro. No era la que llevábamos cuando los matamos.

Hablamos sobre todo del calor y por eso recuerdo lo mucho que parecía agobiar a Mathias. Porque no hacía más que mirar hacia el sol y hablar del calor como si fuera algo personal, ¿vale? Como si ese día el sol calentara solo para él, como si fuera alguien que busca pelea.

Estuvimos un rato tranquilos y luego dijo que conocía un buen sitio para ir de fiesta, que había pillado y que lo compartiría con nosotras si yo lo llevaba hasta su camioneta. Y yo va y le dije: «Estás sentado en tu camioneta, listillo». Pero entonces dijo que la camioneta que quería estaba en la casa de un cliente y que necesitaba que alguien lo llevara hasta allí. Ya sabes que se dedica al mantenimiento y trabaja en un montón de casas de veraneo.

Bueno, yo no me había metido gran cosa durante el verano, aparte de alcohol. Vale, un poco de hierba, pero ya está. Y a lo mejor unas cuantas pastillas, sí, pero nada importante, porque no sé si sabes que el verano pasado murió un montón de peña, antes que Cass. Salió en las noticias. Heroína chunga que alguien había traído de Washington D. C. Un tío negro, creo. O a lo mejor era mexicano. Pero sé que era de D. C., porque la gente la llamaba así. Aquel verano corría como una epidemia. La peña la palmaba sin meterse siquiera una sobredosis por culpa de la mierda que habían usado para cortarla, no sé qué rollo químico que no llegué a entender. Lo único que sabía era que aquella mierda era mala y que la gente la estaba palmando: murió más gente aquel verano que en todo el año anterior en Maine por culpa de las drogas, creo. Bueno, a lo mejor no es verdad, pero es lo que se decía por ahí.

Total, que yo intentaba seguir limpia, como te he dicho antes, pero si Cass y Mathias se largaban juntos, me habría quedado yo sola, ¿no? Yo y un puto pack de seis latas de Twisted Tea un viernes por la noche. ¿Quién quiere eso? Así que..., bueno, ya sabes cómo son estas cosas. Aceptas. Nunca piensas que vaya a pasar algo malo. Les dije que iría con ellos, pero que no quería meterme nada. Y Mathias me guiñó un ojo y dijo: «Ya veremos».

Nos largamos y conducía yo, y él iba en el asiento del pasajero. Cass tendría que haberse sentado detrás, pero se metió entre los dos y, bueno, iba casi sentada encima de Mathias. Me fastidiaba, pero, en fin, Cass es así. Lo único que me sorprendió es que a Mathias no parecía importarle mucho. Siempre había pensado que era un tío, no sé cómo decirlo... No sé, un tío más serio, ¿vale? Que siempre estaba como muy metido en sus cosas, así que me pareció raro verlo actuar de aquella manera.

Y entonces pensé que se había tomado algo más que unas cuantas birras.

Total, que yo conducía y seguía las indicaciones que él me daba, porque no quería que me parara la poli. Nos estaba diciendo que cuando llegáramos a su camioneta nos llevaría a la casa esa de veraneo, la casa que había dicho que podía usar, y nos empezó a decir lo guay que era, en plan un poco chulo y tal, así que yo me esperaba algo diferente al sitio en el que acabamos, me esperaba algo más elegante.

Tenía la camioneta en una casa de Archer’s Mill Road. La verdad es que no recuerdo muy bien dónde. Me dijo que aparcara en el camino de entrada y lo hice. Su camioneta estaba al final del camino y desde la carretera no se veía. El capó estaba tapado con una lona y le pregunté por qué y entonces él me dedicó una gran sonrisa y me dijo: «Mira qué pasada». Y entonces quitó la lona.

Había pintado el capó de un blanco muy brillante y justo en el centro había un gato negro, pero mal dibujado, no sé, como si fuera el dibujo que haría un niño de un gato de Halloween, ¿sabes? Con el pelo de punta, el lomo arqueado y la cola tiesa. Como un montón de garabatos negros.

Para entonces ya estaba oscureciendo y él lo iluminaba con el teléfono para que lo viéramos. Cuando me acerqué, vi que había pintado los ojos del gato de color rojo. El dibujo era como muy raro, pero había en los ojos algo que no encajaba con lo demás. Ya sé que parece una tontería, pero aquellos ojos me ponían nerviosa, no sé por qué.

No entendí por qué estaba tan orgulloso de aquella camioneta. Era una... chorrada. Aquel gato negro que parecía sacado de una tira cómica, con los ojos rojos, pintado en mitad del puto capó, tan blanco que brillaba y costaba mirarlo. El dibujo era una chorrada y la camioneta me pareció una mierda.

Fue entonces cuando sacó las drogas. La primera vez que alguien se pinchó fue allí, donde había dejado la camioneta, pero fueron solo Cass y él. Yo dije que no, gracias, que ya estaba bien con la birra. Ellos se chutaron y bebieron y yo me fumé un par de cigarrillos y me bebí un par de birras. Y puede que algún traguito de vodka. Pero aún estaba sobria cuando Mathias dijo que fuéramos al estanque, que nos llevaba en su estúpida camioneta.

No tenía asientos traseros, solo uno de tres plazas delante. A mí siempre me ponen en medio porque soy pequeña, ¿vale? Pero aquella noche Cass se sentó en el medio. Quería estar cerca de Mathias.

Pero, oye, antes de seguir quiero dejar una cosa clara, ¿vale?

Yo solo iba a dar una vuelta.

Ya sabes cómo es Archer’s Mill Road, tiene un montón de curvas. Mathias estaba borracho y colocado y conducía demasiado deprisa, y yo tenía la sensación de que en cualquier momento iba a pasar algo. Mathias había puesto una música country bastante cutre. No tan cutre como Nickelback, pero bastante mala. Me volví hacia ellos y vi que Cass le había apoyado la mano en la bragueta y entonces deseé no haberlos acompañado. Es mejor estar sola que hacer de sujetavelas en una camioneta mientras los otros dos se lo montan a tu lado. Pero Cass siempre se ponía así cuando se había metido algo. Cuando Cass estaba colocada, se volvía una chica fácil. No hace falta que me creas, solo tienes que preguntar por ahí.

Cuando llegamos a la casa de veraneo, me empecé a sentir mejor. Era justo como él había dicho: había un embarcadero y una plataforma, y no hacía frío y había un millón de estrellas en el cielo. Recuerdo muy bien las estrellas, porque después de que Mathias y Cass se metieran en el agua y fueran nadando hasta la plataforma, yo me tendí de espaldas en el embarcadero para no tener que oír lo que hacían allí. Esa fue la primera vez que me metí un poco de heroína, pero solo lo hice porque no quería oír lo que fuera que estuvieran haciendo allí y era... era muy bonito estar allí fuera. Con todas aquellas estrellas.

Supongo que debí de quedarme frita. Sí, eso fue lo que debió de pasar, porque no recuerdo nada entre las estrellas y el sol. Cass y Mathias ya habían salido del agua y estaban vestidos otra vez. Ella bajó al embarcadero y se tomó una cerveza conmigo —para entonces, las cervezas ya estaban calientes—, y le dije que algún día me gustaría tener un sitio como aquella casa de veraneo. Tampoco es que fuera gran cosa, ¿sabes?, pero era muy bonito y tranquilo y yo nunca había tenido la sensación de que necesitara todo aquello. Había mucho espacio para mis animales. A mis perros, Sparky y Bama, les habría encantado aquel sitio. Creo que Cass quería que le preguntara por ella y Mathias, pero no pensaba hacerlo. Me importaba una mierda lo que hubieran hecho. Supuse que tarde o temprano lo descubriría cuando tuviera que acompañarla a la clínica.

Se estaba muy tranquilo allí, pero, de repente, a Mathias le entraron las prisas y no encontraba las llaves. Dijo que se le debían de haber caído cuando él y Cass habían ido nadando hasta la plataforma. Total, que empezó a soltar un montón de tacos y a echarle la culpa a ella, y se puso a chapotear en el agua, como si así pudiera encontrarlas. Y entonces ella también le empezó a gritar, y yo lo único que quería era largarme de allí, así que fui a sentarme en la camioneta.Y fue entonces cuando vi que las llaves aún estaban puestas en el contacto.

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