Читать книгу «Años de mentiras» онлайн полностью📖 — Mayte Esteban — MyBook.


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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2020 Mayte Esteban

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Años de mentiras, n.º 266 - septiembre 2020

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, TOP NOVEL y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

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Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Shutterstock y Dreamstime.com.

I.S.B.N.: 978-84-1348-655-0

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Dedicatoria

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Epílogo

Agradecimientos

Si te ha gustado este libro…

Para Aitana, por regalarme el día más feliz de mi vida

Prólogo

«Un viaje de mil millas comienza con un solo paso».

Lao-Tse

Madrid, primavera de 2016

Los jueves deberían estar prohibidos. El jueves fue el día dedicado por los romanos a Júpiter, el encargado de las leyes y el orden social, pero para Daniel Durán un jueves era todo lo contrario. Si repasaba su vida, siempre había uno en el que su biografía tomaba un rumbo imprevisto, en el que todo se desordenaba hasta lo insoportable. Los jueves, desde hacía mucho tiempo, despuntaban para Daniel con el sello del desastre rubricado en la espuma del primer café tomado deprisa por la mañana en la cafetería que había bajo su casa. Para él, los jueves amanecían marcados.

Había aprendido de ellos que, por mucho que pusiera todo su empeño, no se podía esquivar al destino.

La redacción de Vimar bullía esa mañana. El tecleo constante en los ordenadores se mezclaba con el sonido del televisor, que siempre permanecía encendido en un canal de noticias, y el de los teléfonos que no paraban de sonar. En cada mesa, los empleados se afanaban en su trabajo. Algunos, corrigiendo los textos de los libros que tenían una fecha de publicación a la que debían llegar sin retraso. Otros, concentrados en los artículos que les habían asignado para las revistas que debían cerrar la edición esa misma mañana. El tiempo corría más que los dedos sobre las teclas, así que no convenía perderlo. La daga de la fecha de entrega pendía sobre cada cabeza y ese día nadie se podía permitir el breve descanso de un café. El murmullo constante de voces apresuradas completaba la banda sonora de esa mañana en la cuarta planta del edificio del Grupo Editorial Vimar, situado en el centro de Madrid, a dos calles de la Gran Vía.

Daniel, sentado en su silla, era la excepción.

Daniel Durán no tenía nada que hacer y permanecía ocioso y en silencio frente a la pantalla de su ordenador. Su labor era cubrir los huecos, «apagar fuegos» como llamaban a lo que hacía en el argot de la empresa, y ese día no se necesitaban sus labores de extinción de incendios. Entretenía las horas que le quedaban hasta la salida leyendo artículos de otros compañeros, analizando su manera de expresarse al milímetro. En realidad, eso era parte de su trabajo, empaparse de la forma, averiguar cómo construían las frases para, llegado el momento, hacerse pasar por ellos. Daniel era el imitador, el que nunca firmaba nada porque su tarea era cubrir a quienes, por la razón que fuera, no podían entregar sus artículos a tiempo al cierre de la edición. Daba igual el tema, Daniel era hábil con las palabras, tanto que era capaz de hacer creer que lo sabía todo de cualquier cosa que le encargasen. Una simple búsqueda en Google, las frases elegidas con tiento, y el milagro estaba servido.

Esa mañana, su objeto de estudio era el estilo florido y barroco de uno de los redactores más antiguos, a quien tendría que sustituir en breve porque se pasaba más tiempo en consultas médicas que sentado delante de su pantalla. No le gustaba su manera de redactar, pomposa y enrevesada, pero era de los más fáciles a imitar porque repetía hasta la saciedad varias palabras y las frases siempre las hilaba en una secuencia de subordinadas que de pronto cortaba con una más breve para enfatizar la idea en la que quería poner el foco.

Pan comido para alguien como Daniel.

—¡Durán!

Daniel levantó la vista cuando su apellido se impuso por encima del sonido del televisor, el murmullo y los teléfonos. El grito salió de la boca de la directora, que se había plantado a su lado sin que se diera cuenta. Media plantilla dejó de teclear, expectante, y las voces se fueron apagando. El tono de Beatriz Álvarez, una mujer menuda y nerviosa de unos cuarenta años, no auguraba nada bueno y provocó que tragase saliva en un gesto inconsciente.

—Tú eres imbécil, ¿verdad?

La media plantilla que no parecía haberse inmutado con el primer grito dejó de inmediato lo que estaba haciendo para no perderse el espectáculo que se avecinaba. Beatriz, enfurecida, tiró el ejemplar de una revista encima de la mesa de Daniel, que la miraba sin comprender.

—¿Se puede saber en qué estabas pensando?

Daniel la recogió. Era el número tres de una publicación infantil protagonizada por los personajes de una serie de dibujos animados de mucho éxito. Estaba abierta por la página en la que se explicaba cómo atarse los cordones, uno de los artículos que Daniel había entregado la semana anterior. No hizo falta mucho tiempo para que se diera cuenta de por qué le estaba gritando. Ahí, al lado del texto que explicaba con detalle los pasos a seguir —incluyendo una divertida disertación en la que los comparaba con las orejas de un conejito—, estaba el problema. En lugar de las fotos ilustrativas que había seleccionado para el artículo, aparecían una serie de gráficos con los datos de la venta de ebooks en el último año. Daniel empezó a ser consciente de lo que estaba pasando. La semana anterior había tenido que entregar los dos artículos, el de los cordones y el de la venta de libros electrónicos, y se había visto obligado a redactarlos casi de manera simultánea. En algún momento tuvo que intercambiar las imágenes de uno con el otro y el resultado de su despiste brillaba a todo color frente a sus ojos. La revista de niños había llegado a imprenta con las fotos equivocadas.

—¿Sabes el dineral que nos va a costar retirar toda esta mierda? —gritó Beatriz.

—Yo…

No fue capaz de decir ni una sola palabra. El poco más de metro sesenta de Beatriz pareció crecer de pronto, paralelo al volumen de sus quejas. Para cuando terminó de echarle la bronca, toda la redacción le estaba mirando, mientras aguantaba impertérrito la lluvia de palabras de ella, que más parecía una tormenta que una mujer.

—¡A mi despacho!

Los ojos azules de Daniel se abrieron en un gesto de sorpresa. ¿Para qué se lo llevaba a su despacho después del espectáculo al que le había sometido? En su mente solo cabía una opción: la de ser despedido. Se levantó despacio y siguió los rápidos pasos de Beatriz, intentando mantener una serenidad que se iba escapando de su cuerpo tras cada paso de ella. La humillación completaba la comitiva, siguiéndolo muy de cerca, y a ella se unió la mirada burlona de Darío Cifuentes, redactor de deportes.

Puto jueves.

Beatriz esperó a Daniel en la puerta y la cerró con un gran estrépito. Las estanterías de su despacho, en las que se acumulaban cientos de documentos y libros, temblaron casi tanto como Daniel, que solo podía pensar en que no le apetecía lo más mínimo volver a casa de sus padres. Sin trabajo, la posibilidad de seguir viviendo solo se esfumaba por segundos y se veía con treinta y seis años de vuelta a su habitación de niño. Beatriz caminó unos pasos para sentarse en su silla, mientras él seguía plantado en medio de la habitación, sin saber qué hacer.

—¿Te vas a sentar? —le ella preguntó, todavía con el gesto de ira que había lucido fuera.

No dijo nada ni hizo ninguna mueca. Se sentó, con la misma cara de quien está preparado para que le lean su sentencia de muerte, a esperar la segunda parte de aquella mañana que se había vuelto gris de pronto. Aunque estuvieran a mediados de marzo y la primavera se hubiera empeñado en hacer acto de presencia en las calles, Daniel sintió el frío del invierno dentro de él.

—¿Sabes lo que cuesta retirar una edición? —le preguntó desde su silla.

—Sí, y lo siento.

—Ya, ya sé que lo sientes, pero con sentirlo no se arregla nada. Deberías haber estado más atento a lo que hacías. Durán, es la tercera vez que cometes un error este año. Los dos anteriores logré detectarlos antes de que fuera un desastre, pero esta vez te has pasado.

Daniel la miró muy serio, dispuesto a ofrecerle una disculpa más antes de la salida más digna que se le ocurría: dimitir. Para él, aquellos no eran días fáciles y Beatriz llevaba razón, había cometido errores desde principio de año, pero también era verdad que siempre trabajaba a contrarreloj, haciendo malabares con las palabras. No era libre de poner lo que le viniera en gana, tenía que tener en cuenta el estilo de la persona a la que suplía, algo por lo que el resto de los trabajadores de aquella redacción no se veía condicionado. Una mierda se mirase por donde se mirase, pero era para lo que le habían contratado. Antes de que le diera tiempo a abrir la boca, Beatriz mutó el gesto y sonrió, componiendo uno poco acorde con el clima de tensión que se había creado.

—¿Me vas a despedir? —preguntó Daniel, con el miedo atenazándole el estómago y la confusión por su sonrisa prendida en la mente.

El semblante de Daniel, a pesar de todo, permaneció tan neutro como el tono de su voz.

—¿Despedirte? Tú eres idiota. Nadie en esta maldita redacción sabe hacer lo que haces tú. Nadie es capaz de imitar a otro sin que se note, no quiero deshacerme de ti porque me salvas el culo más veces de las que estoy dispuesta a admitir.

—¿Y entonces? ¿A qué ha venido todo esto?

—Ahora, cuando salgas ahí, actuarás como si la hubieras cagado. Te voy a mandar a casa con unos días libres para que reflexiones.

Daniel no entendía nada. La actitud de Beatriz se había relajado y no parecía, ni de lejos, tan enfadada como minutos antes. Sus palabras añadían un extra de confusión a la que ya había sentido al entrar. La directora de Vimar se levantó y cerró las persianas venecianas, para darle privacidad al cubículo que tenía como despacho. Muchos de los redactores, a pesar de las prisas, no dejaban de mirar lo que estaba sucediendo allí.

—Tenemos que hablar de algo, pero no quiero que nadie ahí fuera ni siquiera sospeche de qué se trata —dijo, volviendo a sentarse en su sillón ergonómico.

Mientras se movía hacia los lados en su cómoda silla de trabajo, le lanzó otro ejemplar de la revista infantil que estaba encima de su mesa. Daniel la recogió, sin saber muy bien dónde quería ir a parar su jefa. A una indicación de ella, la abrió y buscó el artículo de los cordones. Allí, junto al texto que había escrito unos días antes, las coloridas ilustraciones de unas zapatillas apoyaban las explicaciones. Tal y como él creía que las había mandado.

—Cometiste el error, pero me di cuenta al revisar tu trabajo. Esa revista es la que se pondrá mañana a la venta, no la que te he enseñado. Esa he mandado que la impriman aparte porque la necesitaba para traerte aquí.

—¿Y no hubiera sido más sencillo sin darme el susto que me has dado? ¿O sin humillarme delante de todo el mundo? —preguntó.

Estaba enfadado con ella, pero no dejó que lo viera en su tono. Si algo hacía Daniel bien, además de imitar a otros escribiendo, era no mostrar lo que sentía frente a nadie.

—No, no lo hubiera sido porque lo que tengo que pedirte tiene que mantenerse en secreto y para ello necesito que los demás piensen que la has cagado y que por eso vas a irte a casa unos días. ¿Me puedes explicar esto?

Beatriz giró la pantalla de su ordenador para que Daniel pudiera verla. Allí, un correo electrónico ocupaba toda la superficie.

—Lee —le animó.

Daniel leyó las dos líneas que componían aquel correo dos o tres veces antes de atreverse a separar los ojos de la pantalla:

Cita a Daniel Durán en casa de Elsa dentro de unos días, necesito hablar con él. Muchas gracias, Beatriz.

Alejo Novoa

—¿Cómo has conseguido ponerte en contacto con él? —preguntó la directora.

—Pues… le mandé un correo electrónico al email que tiene para que le escriban sus admiradores.

A la directora de Vimar la explicación le resultó insuficiente.

—Alejo Novoa no ha contestado a nadie en toda su vida. ¡Daniel, no me contesta ni a mí! Llevo años suplicándole una entrevista para una de nuestras revistas y siempre he recibido lo mismo: silencio. ¿Se puede saber cómo te las has arreglado para que quiera hablar precisamente contigo?

El redactor se encogió de hombros. No le parecía que hubiera hecho nada excepcional.

—He escrito a ese correo incontables veces, pero a mí tampoco me ha contestado, si te sirve de consuelo. De hecho, esta vez, si no me equivoco, te ha contestado a ti.

Beatriz le miró muy seria. Dio la vuelta a la pantalla y volvió a leer el escueto correo de Alejo Novoa. Daniel estaba en lo cierto, no le había escrito a él, sino a ella. No se había puesto en contacto con él, sino con la directora del grupo para el que él trabajaba.

—Bueno, ahora eso es lo de menos —le dijo—, lo que quiero saber es qué has hecho en concreto para conseguir llamar su atención hasta este punto.

Él volvió a negar con la cabeza.

—Llevo meses mandándole correos. Le consulto dudas, le hago preguntas que me acabo contestando yo solo, porque nunca me ha respondido. Hace mucho que estoy escribiendo un ensayo sobre él. Quería que participara de alguna manera en este proyecto. Ya sé que parece de locos, pero escribirle, aunque a él le resbalase lo que yo le contaba, se convirtió en un estímulo para mí.

Beatriz tamborileó los dedos contra la pulida superficie de su mesa. El que ella estuviera en medio de la petición de Alejo era algo que le había parecido caído del cielo. No era mujer de desaprovechar oportunidades, así que decidió sacar alguna ventaja de aquello. Abrió ligeramente el cajón de su mesa y se quedó mirando un pequeño objeto que llevaba unos días guardado allí. Esperaba no tener que llegar a usarlo.

Cerró el cajón.

—Vamos a hacer una cosa —le dijo a Daniel, apoyando los codos en la mesa y aproximándose a él—. Como Alejo ha querido que sea yo quien te ponga en contacto con él, tengo un encargo que hacerte. Un justo quid pro quo.

—¿Un encargo?

—Por supuesto. Quiero que le hagas una entrevista para mí y, de paso, que le convenzas para que nos dé la publicación de una novela.

Daniel estuvo a punto de entrar en shock por segunda vez aquella mañana. Alejo Novoa era un escritor de culto que llevaba casi treinta años retirado del mundo editorial. No había concedido nada más que media docena de entrevistas en su vida, a principios de los ochenta, y en ninguna apareció ni siquiera una foto. Desde hacía muchos años era público que había decidido no escribir nada más. No entendía por qué Beatriz pensaba que entrevistarlo y convencerlo de que les diera la publicación de una novela era algo que podría hacer él, por mucho que el escritor quisiera verlo y hubiera sentido curiosidad por sus preguntas.

—No ha querido saber nunca nada de periodistas de renombre, pero por alguna razón tú le has caído bien. Eres el hombre perfecto para conseguirlo. Por supuesto, le dirás que todo lo que sepas de él, su dirección, su vida personal, todo, te lo guardarás para ti. Oficialmente seguirá desaparecido, como siempre ha querido estar.

—Me has dicho que, además, quieres que le convenza para que nos venda una novela. Eso… eso es imposible y los dos lo sabemos —alegó Daniel.

—En esta vida solo es imposible lo que queremos que lo sea. Irás a esa cita y me traerás ese libro. Tienes seis meses para lograrlo.

—¿Y si no quiero?

—¿Por qué no ibas a querer?

Beatriz se temía aquello. Daniel Durán no se caracterizaba precisamente por ser un hombre ambicioso.

—No tengo ninguna necesidad de tener relevancia alguna. No te niego que me apetecería conocer a Alejo Novoa y hablar con él, pero no tengo interés en esa entrevista. Si él quiere seguir desaparecido, yo lo respeto. No a todo el mundo le gustan los focos.

Daniel se levantó de la silla, dando por finalizada la entrevista con Beatriz. Ella emitió un suspiro profundo. Al final iba a tener que hacer uso de sus recursos.

—Si no lo haces, te irás. Tú decides si quieres seguir trabajando o te buscas otro empleo, pero ya sabes cómo están las cosas. Creo que tienes una hipoteca que pagar que además compromete la casa de tus padres. ¿Vas a dejarlos también a ellos en la calle?

Abrió la boca para replicar a Beatriz, pero no fue capaz. No entendía cómo había averiguado lo de la hipoteca, pues estaba seguro de que no había compartido esa información con nadie. Era algo que en su momento no le pareció mala idea, pero a medida que la crisis había hecho mella en su economía le quitaba el sueño por las noches. Si no pagaba, no solo perdería su piso, sino la casa que sus padres habían logrado tener en propiedad después de toda una vida de sacrificios.

No era algo con lo que se pudiera jugar a la ligera.

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