Título original francés: À la recherche du temps perdu IV. Sodome et Gomorrhe.
© de la traducción: Carlos Manzano, 1999, 2013.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
REF.: OEBO629
ISBN: 978-84-9056-184-3
Composición digital: Víctor Igual, S. L.
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Primera aparición de los hombres-mujer, descendientes
de los habitantes de Sodoma que se libraron del fuego
del cielo.
Gomorra será de la mujer y Sodoma del hombre.
ALFRED DE VIGNY
Sabido es que, antes de ir aquel día — aquel en que se celebraba la velada de la princesa de Guermantes— a hacer la visita al duque y la duquesa que acabo de contar, había yo espiado su regreso y, mientras acechaba, había hecho un descubrimiento, relativo en particular al Sr. de Charlus, pero tan importante en sí mismo, que he aplazado hasta ahora — hasta el momento de poder concederle el lugar y el espacio deseados— su relato. Como he dicho, había abandonado el maravilloso punto de observación, tan confortablemente acondicionado en lo alto de la casa, desde el que se abarcan las accidentadas pendientes por las que se sube hasta el palacete de Bréquigny, alegremente decoradas a la italiana por el rosado campanario del cobertizo perteneciente al marqués de Frécourt. Cuando había pensado que el duque y la duquesa estaban a punto de regresar, me había parecido más práctico apostarme en la escalera. Añoraba un poco mi estancia en las alturas, pero a aquella hora, la de después de almorzar, tenía menos motivos para ello, pues no habría visto, como por la mañana, los minúsculos personajes de cuadros en que se convertían con la distancia los lacayos del palacete de Bréquigny y de Tresmes, haciendo el lento ascenso de la abrupta cuesta, con un plumero en la mano, entre las amplias hojas de mica transparentes que tan gratas destacaban sobre los contrafuertes rojos. A falta de la contemplación del geólogo, tenía al menos la del botánico y miraba por los postigos de la escalera el pequeño arbusto de la duquesa y la preciosa planta expuestos en el patio con la insistencia con la que se hace salir a los jóvenes casaderos y me preguntaba si el improbable insecto vendría — gracias a un azar providencial— a visitar el pistilo ofrecido y desamparado. Como la curiosidad me animaba cada vez más, bajé hasta la ventana de la planta baja, abierta también y cuyos postigos estaban entornados. Oía claramente a Jupien, que se preparaba para marcharse y no podía descubrirme, inmóvil como permanecí detrás de mi persiana, hasta el momento en que me hice a un lado bruscamente para que no me viera el Sr. de Charlus, quien cruzaba despacio — camino de la casa de la Sra. de Villeparisis— el patio, barrigudo, envejecido por la luz del día, canoso. Había sido necesaria una indisposición de la Sra. de Villeparisis, consecuencia de la enfermedad del marqués de Fierbois, con quien estaba enemistado a muerte, para que el Sr. de Charlus hiciese una visita, quizá por primera vez en su vida, a aquella hora, pues con aquella singularidad de los Guermantes — quienes, en lugar de ajustarse a la vida mundana, la modificaban conforme a sus costumbres personales (no mundanas, creían ellos, y dignas, por consiguiente, de que se humillara delante de ellos esa cosa sin valor, la mundanidad: así, la Sra. de Marsantes no recibía un día determinado de la semana, sino todas las mañanas, a sus amigas de diez a doce)— el barón, que reservaba ese tiempo para la lectura, la búsqueda de figuritas antiguas, etcétera, siempre hacía las visitas entre las cuatro y las seis de la tarde. A las seis iba al Jockey o a pasearse por el Bois. Al cabo de un instante, hice un nuevo movimiento de retroceso para no ser visto por Jupien; faltaba poco para que éste se marchara a su oficina, de la que no volvía hasta la hora de cenar e incluso no siempre desde que su sobrina se había ido, hacía una semana, con sus aprendizas al campo, a casa de una clienta, para acabarle un vestido. Después, al darme cuenta de que nadie podía verme, decidí no preocuparme más por miedo a perderme — de producirse el milagro— la llegada casi imposible de esperar — con tantos obstáculos de distancia, riesgos contrarios, peligros— del insecto enviado desde tan lejos como embajador a la virgen, quien desde hacía tanto tiempo prolongaba su espera. Yo sabía que ésta no era más pasiva que en la flor macho, cuyos estambres se habían vuelto espontáneamente para que el insecto pudiera recibirla con mayor facilidad; del mismo modo, la flor hembra que estaba allí, arquearía, coqueta, sus «estilos» — si llegaba el insecto— y, para que pudiera penetrarla mejor, recorrería imperceptiblemente — como una jovencita hipócrita, pero ardiente— la mitad del camino. Las leyes del mundo vegetal están regidas, a su vez, por leyes más altas. La visita de un insecto — es decir, la aportación de la semilla de otra flor — suele ser necesaria para fecundar una flor, porque la autofecundación, la fecundación de la flor por sí misma, como los matrimonios repetidos dentro de una misma familia, entrañaría la degeneración y la esterilidad, mientras que el cruce llevado a cabo por los insectos da a las generaciones siguientes de la misma especie un vigor desconocido por sus antepasados. Sin embargo, esa expansión puede ser excesiva, la especie puede desarrollarse desmesuradamente; entonces, así como una antitoxina defiende contra la enfermedad, el tiroides regula nuestro peso, la derrota acude a castigar el orgullo y la fatiga el placer y así como el sueño descansa, a su vez, de la fatiga, así también un acto excepcional de autofecundación acude en el momento más oportuno a aplicar su vuelta de tuerca, su frenazo, hace volver a la norma la flor que se había salido exageradamente de ella. Mis reflexiones habían seguido una pendiente que más adelante describiré y ya había sacado de la aparente astucia de las flores una consecuencia sobre toda una parte inconsciente de la obra literaria, cuando vi al Sr. de Charlus volver a salir de casa de la marquesa. Sólo habían pasado unos minutos desde su entrada. Tal vez se hubiera enterado — por su vieja pariente misma o por un simple sirviente— de la gran mejora o, mejor dicho, de la curación completa de lo que había sido un simple malestar para la Sra. de Villeparisis. En aquel momento, en el que no se creía observado por nadie, con los párpados bajados para protegerse del sol, el Sr. de Charlus había relajado en su rostro la tensión, había amortiguado la vitalidad facticia que alimentaban en él la animación de la charla y la fuerza de la voluntad. Pálido como un mármol y de nariz grande como era, sus facciones finas ya no recibían con una mirada voluntaria un significado diferente que alterara la belleza de su modelado; ya era tan sólo un Guermantes, parecía ya esculpido — él, Palamède XV— en la capilla de Combray, pero aquellos rasgos generales de toda una familia cobraban en el rostro del Sr. de Charlus una finura más espiritualizada, más dulce sobre todo. Yo lamentaba por él que habitualmente adulterara con tantas violencias, extravagancias desagradables, chismorreos, dureza, susceptibilidad y arrogancia, ocultase bajo una brutalidad artificial la bondad que en el momento en que salía de la casa de la Sra. de Villeparisis veía yo desplegarse, tan ingenua, en su rostro. Con los ojos entornados para protegerse del sol, casi parecía sonreír y aprecié en su rostro — visto así, en reposo y como al natural— una expresión tan afectuosa, tan desarmada, que no pude por menos de pensar en lo mucho que se habría enfadado el Sr. de Charlus, si hubiese sabido que era observado, pues a lo que me recordaba aquel hombre — que tan prendado estaba y tanto presumía de su virilidad, a quien todo el mundo le parecía odiosamente afeminado— era — por tener pasajeramente sus facciones, su sonrisa— a una mujer.
Iba yo a moverme una vez más para que no pudiera verme, pero no tuve tiempo ni lo necesité. ¿Qué vi? Frente a frente, en aquel patio en el que no se habían encontrado, seguro, nunca, pues el Sr. de Charlus sólo acudía al palacete de Guermantes por la tarde, en las horas en que Jupien estaba en su oficina, el barón, tras haber abierto de par en par sus ojos entornados, miraba con una atención extraordinaria al antiguo chalequero en el umbral de su tienda, mientras éste, clavado de súbito al suelo delante del Sr. de Charlus, arraigado como una planta, contemplaba con expresión maravillada la opulencia del envejecido barón, pero, al haber cambiado la actitud del Sr. de Charlus, la de Jupien cobró — cosa más asombrosa aún— armonía, como conforme a las leyes de un arte secreto, con ella. El barón, quien ahora intentaba disimular la impresión que había sentido, pero, pese a su indiferencia afectada, parecía alejarse con pesar, iba, venía, ponía la mirada perdida del modo que, a su juicio, mejor hacía resaltar la belleza de sus pupilas, adoptaba una expresión fatua, descuidada, ridícula. Ahora bien, Jupien, tras perder al instante la expresión humilde y bondadosa que yo había visto siempre en él, había alzado — en perfecta simetría con el barón— la cabeza, infundía a su talla un porte favorecedor, se apoyaba con impertinencia grotesca el puño en la cadera, hacía sobresalir su trasero, adoptaba poses con la coquetería propia de la orquídea ante un abejorro que hubiera llegado providencialmente. No sabía yo que pudiera tener un aspecto tan antipático, pero también ignoraba que fuese capaz de desempeñar de improviso su papel en aquella escena como de los dos mudos, que parecía — pese a encontrarse por primera vez delante del Sr. de Charlus— haber ensayado mucho: sólo alcanzamos espontáneamente esa perfección cuando nos encontramos en el extranjero a un compatriota, con el cual el entendimiento es automático, pues el trujamán es idéntico, aun sin haberlo visto nunca.
Por lo demás, aquella escena no era positivamente cómica, estaba marcada por una rareza o, si se quiere, una naturalidad cuya belleza iba en aumento. En vano adoptaba el Sr. de Charlus una expresión indiferente, bajaba, discreto, los párpados, de vez en cuando volvía a alzarlos y lanzaba entonces a Jupien una mirada atenta, pero, siempre que el Sr. de Charlus miraba a Jupien (seguramente porque pensaba que semejante escena no podía prolongarse indefinidamente en aquel lugar, ya fuera por razones que se entenderán más adelante o por ese sentimiento de la brevedad de todas las cosas en virtud del cual queremos que todo disparo dé en el blanco y que vuelve tan emocionante el espectáculo de cualquier amor), se las arreglaba para que su mirada fuera acompañada de una palabra, por lo que resultaba infinitamente desemejante de las miradas habitualmente dirigidas a una persona conocida o que desconocemos; miraba a Jupien con la fijeza particular de quien va a decirnos: «Perdone mi indiscreción, pero lleva usted un largo hilo blanco colgando de la espalda», o: «No creo equivocarme, debe de ser usted también de Zúrich: me parece haberlo visto a menudo en el mercado de antigüedades». Tal parecía, cada dos minutos, la misma pregunta intensamente formulada a Jupien en la mirada del Sr. de Charlus, como esas frases interrogativas de Beethoven, indefinidamente repetidas, a intervalos iguales, y destinadas a introducir — con un lujo exagerado de preparaciones— un nuevo motivo, un cambio de tono, un «retorno», pero precisamente la belleza de las miradas del Sr. de Charlus y de Jupien se debía, al contrario, a que su fin no parecía ser, al menos provisionalmente, el de conducir a algo. Era la primera vez que yo veía manifestar aquella belleza al barón y a Jupien. En los ojos de uno y otro, el que acababa de alzarse no era el cielo de Zúrich, sino el de alguna ciudadela oriental, cuyo nombre no había yo adivinado aún. Fuera cual fuese el motivo que contuviera todavía al Sr. de Charlus y al chalequero, su acuerdo parecía hecho y aquellas miradas inútiles no ser sino preludios rituales, semejantes a las fiestas que se celebran antes de una boda ya decidida. Parecían, más cerca aún de la naturaleza — y la multiplicidad de esas comparaciones es, a su vez, tanto más natural cuanto que un mismo hombre, si lo examinamos durante unos minutos, parece sucesivamente un hombre, un hombre-pájaro o un hombre-insecto, etcétera— , dos pájaros, el macho y la hembra, el primero de los cuales intentaba aproximarse, mientras que la segunda — Jupien— ya no respondía con señal alguna a aquella maniobra, sino que miraba a su nuevo amigo sin asombro, con una fijeza distraída — considerada seguramente más turbadora y la única útil, en vista de que el macho había dado los primeros pasos— y se contentaba con alisarse las plumas. Al final, ya no pareció bastarle la indiferencia de Jupien; de aquella certidumbre de haber conquistado a hacerse perseguir y desear sólo había un paso y Jupien, tras decidirse a marcharse a su trabajo, salió por la puerta cochera. Sin embargo, hasta después de haber vuelto dos o tres veces la cabeza no se escapó a la calle, adonde el barón, temblando ante la posibilidad de perderle la pista ( silbando ligeramente con expresión fanfarrona, no sin gritar un «adiós» al portero, que, medio borracho y entretenido con unos invitados en su trascocina, ni siquiera lo oyó) , se lanzó con ímpetu para alcanzarlo. En el mismo instante en que el Sr. de Charlus había cruzado la puerta silbando como un gran abejorro, otro, uno de verdad, entraba en el patio. A saber si no sería el esperado desde hacía tanto por la orquídea, que acudía a llevarle el polen, tan escaso y sin el cual permanecería virgen, pero me distraje y dejé de seguir los retozos del insecto, pues, al cabo de unos minutos, Jupien, al volver — tal vez para coger un paquete que después se llevó consigo y que, con la emoción que le había causado la aparición del Sr. de Charlus, había olvidado, tal vez simplemente por una razón más natural— , seguido del barón, solicitó más mi atención. Éste, decidido a precipitar un desenlace, pidió fuego al chalequero, pero observó al instante: «Le pido fuego, pero veo que he olvidado los puros». Las leyes de la hospitalidad pudieron más que las normas de la coquetería. «Entre, se le dará todo lo que desee», dijo el chalequero, en cuyo rostro el desdén dejó paso a la alegría. La puerta de la tienda volvió a cerrarse tras ellos y ya no pude oír nada más. Había yo perdido de vista al abejorro, no sabía si era el insecto que necesitaba la orquídea, pero ya no dudaba de la milagrosa posibilidad — para un insecto muy escaso y una flor cautiva— de conjugarse, mientras que el Sr. de Charlus, que llevaba años acudiendo a aquella casa sólo a las horas en que Jupien no estaba en ella, se había encontrado — en virtud del azar de una indisposición de la Sra. de Villeparisis, simple comparación de los azares providenciales, sean cuales fueren, y sin la menor pretensión científica de equiparar ciertas leyes de la botánica con lo que a veces recibe el más que inadecuado nombre de homosexualidad— al chalequero y con él la buena fortuna reservada a los hombres del tipo del barón por una de esas personas que pueden ser incluso — como veremos— infinitamente más jóvenes que Jupien y más hermosas, el hombre predestinado para que aquéllos disfruten de la voluptuosidad que les corresponde en esta Tierra: aquel a quien sólo gustan los señores mayores.
На этой странице вы можете прочитать онлайн книгу «Sodoma y Gomorra», автора Marcel Proust. Данная книга относится к жанрам: «Контркультура», «Юмористическое фэнтези».. Книга «Sodoma y Gomorra» была издана в 2022 году. Приятного чтения!
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