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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2016 Lori Foster

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Lucha contra el deseo, n.º 269 - febrero 2021

Título original: Fighting Dirty

Publicada originalmente por HQN™ Books

Traducido por Fernando Hernández Holgado

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, TOP NOVEL y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Harlequin Enterprises Limited e IStock.com.

Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-658-1

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Si te ha gustado este libro…

A la increíble lectora Kizzie Brown, que me autorizó a pedirle prestado su nombre para una de las más descaradas e insistentes mujeres del pasado de Armie. Kizzie, espero que disfrutes de tu pequeño papel en el libro. Y, por favor, acepta mi agradecimiento por tus estupendas críticas. ¡Espero que mis historias no te decepcionen nunca!

Capítulo 1

—Dios mío, Rápido. Eres un friqui de la naturaleza. Lo sabes, ¿verdad?

Armie Jacobson, conocido como Rápido por sus compañeros de lucha, ignoró la queja y lanzó unos cuantos golpes más seguidos de un gancho final, haciendo que Justice, un peso superpesado de un metro noventa, se doblara sobre sí mismo. Retrocediendo, Armie flexionó los dedos de las manos y esperó.

Por desgracia, lo único que hizo Justice fue apoyar las manos sobre las rodillas y tomar aire.

Con el ceño fruncido, Armie se quitó su protector dental.

—¿Estás de broma? Venga, hombre. Sigamos.

—Que te zurzan —Justice se arrastró hasta su esquina y agarró una botella de agua. Se regó con ella la cabeza y el pecho y se puso a resoplar.

Consciente de que los demás estaban mirando, Armie no dijo nada. Todo el mundo entrenaba y se ejercitaba en el gimnasio, concentrado cada uno en lo suyo. Pero últimamente, cada vez que lo hacía él, una decena o más se detenían para mirar. No le importaba tener público. Diablos: de haberle importado, no habría podido ser luchador. Durante la mayor parte del tiempo, no prestaba atención alguna a lo que lo rodeaba. Una vez que se metía en faena, se concentraba a tope y el mundo exterior desaparecía.

Pero aquella enloquecida manera que tenían de mirarlo, como si fuera una atracción de feria, le estaba sacando de quicio.

Una gota de sudor resbaló por debajo de su casco para deslizarse sien abajo. Se la enjugó con el antebrazo. Le ardían los músculos y más sudor le empapaba el pecho, los abdominales y la columna vertebral. Estaba pensando en algo que decirle a Justice para que retomara el combate cuando percibió su aroma. El leve perfume atravesó el aire del gimnasio, denso de olor a hombres sudorosos entrenando duro.

En un intento por aparentar indiferencia, Armie continuó mirando fijamente a Justice aunque, con su visión periférica, la detectó atravesando la sala. La amplia zancada de sus largas piernas, o su melena oscura aún más larga, no ofrecían lugar a sudas. Tragó saliva, paralizado.

—¿Qué pasa? —inquirió Justice con un tono entre desconfiado y ridículamente alarmado por la fijeza de la mirada de Armie.

Armie sacudió la cabeza… y afortunadamente Merissa desapareció en el pasillo que llevaba a las oficinas.

Soltando el aliento, desvió la mirada hacia el reloj de pared y frunció el ceño. Sí, llevaban combatiendo un buen rato, quizá más de lo que había pretendido. Su capacidad de resistencia era mayor que la media, sobre todo mayor que la de Justice, el gigantón. Se acercó a él.

—Necesitas meter más gasolina en ese tanque.

—Vete al diablo.

Cuando Armie se sonrió, Justice le advirtió:

—Para ya.

Dejó de sonreír para preguntarle, frunciendo el ceño:

—¿Qué te pasa? ¿Estás mosqueado?

Justice se dejó caer al suelo, contra la pared más cercana, y lo fulminó con la mirada.

—No deberías tener fuerzas ni para sonreír, capullo. Deberías estar tan cansado como yo.

Acostumbrado como estaba a entrenar a tope, Armie no pudo menos que apiadarse de él.

—Eres demasiado grande —en tanto que peso mediopesado, él era unos diez centímetros más bajo que Justice y pesaba bastante menos.

—Pues yo no tengo ningún problema con eso.

Agachándose frente a él, Armie le aconsejó en voz baja:

—Nos están mirando, así que deja de gimotear.

Justice miró detrás de él y gruñó por lo bajo.

—Sí. Los peces gordos han vuelto — «malditos cotillas», añadió Armie para sus adentros. Desde que había firmado para la SBC, los capos de la misma lo habían estado analizando como si fuera su última rata de laboratorio—. Levántate, lucha conmigo durante otro par de minutos y lo dejaremos en tablas.

Resoplando, Justice se levantó trabajosamente.

—Friqui de la naturaleza —masculló de nuevo, pero siguió a Armie hasta el centro del ring, y, una vez allí, hizo lo que pudo.

Que fue más bien poco, pensó Armie. Aunque lo cierto era que luchaban por motivos bien diferentes.

Veinte minutos después, recién duchado, Armie estaba listo para marcharse. El tiempo de mediados de febrero era muy frío, así que se caló un gorro en la cabeza todavía húmeda y se puso una gruesa sudadera con capucha. Portando su bolsa de gimnasio, salió con paso precavido a la zona central. A hora tan avanzada del día, los tatamis estaban vacíos. Miles y Brand se turnaban para fregar. La mayor parte de las luces estaban apagadas y solamente seguía allí el núcleo central de amigos, conversando.

Los mandamases de la SBC se habían marchado y, lo que era aún mejor, a Merissa no se la veía por ninguna parte. Probablemente estaría haciendo papeles para su hermano Cannon, el propietario del gimnasio.

Aliviado, se dirigió hacia la puerta. Con un poco de suerte, conseguiría escaparse antes de que alguien lo interceptara y…

—Hola, Armie.

Maldijo para sus adentros. Tras una ligera vacilación, se volvió para enfrentarse al grupo formado por Denver, Stack y Cannon.

—¿Qué pasa? Parecéis los tres mosqueteros. Los tres casados, por cierto.

Stack, que solo llevaba casado un mes, apestaba a satisfacción.

—Claro: está celoso.

Vaya. Dado que moriría antes que admitirlo, Armie replicó:

—Ni hablar.

Denver, otro recién casado, sonrió.

—Y probablemente también se sentirá solo, pobrecito.

Admiradoras, orgías y aventuras de una sola noche no daban como para aburrirse. Tenía reputación de donjuán, y eso era lo que las damas esperaban y querían de él. Eso, y nada más. Miró su reloj.

—Ahora mismo podría sentirme solo con tres estupendas damas si os dignaseis dejarme en paz, palurdos.

Al contrario que los demás, Cannon no se rio.

—¿En serio? ¿Otra vez?

¿Por qué diablos su mejor amigo tenía que mirarlo con aquella cara de decepción? Y, si sabía por qué Armie había hecho aquellos planes, probablemente se mostraría tan enfadado como desaprobador, porque la culpa la tenían sus constantes esfuerzos por dejar de pensar en la hermanita de Cannon. Por lo demás, un cuarteto de aquella clase iba a servir de muy poco. Su obsesión con Merissa parecía acentuarse día a día.

Armie se encogió de hombros.

—Sí, en serio. A no ser que tú tengas un mejor plan que proponerme…

—De hecho, era precisamente por eso por lo que quería hablar contigo.

Vaya, diablos. Eso no se lo había esperado. Se pasó una mano por el pelo.

—Oigámoslo entonces.

—Yvette ha invitado a todo el mundo a pasarse por casa esta noche.

Armie adoraba a Yvette. Era perfecta para Cannon y un encanto de mujer. Pero…

—¿Quién es «todo el mundo»?

—Pues todos los importantes —respondió Cannon con una sonrisa de inteligencia—. Todos los que nos importan a nosotros. Así que no te lo pierdas.

Armie volvió a maldecir para sus adentros. Definitivamente, Merissa contaba entre los importantes. No quería, pero, dada la manera en que los muchachos lo estaban taladrando con los ojos, ¿cómo podría negarse?

—¿A qué hora?

—Ahora.

—¿Qué quieres decir con «ahora»? —frunció el ceño.

—Ahora, así que olvídate de cualquier otro plan. De todas formas, no te iba a dar tiempo.

Justice apareció arrastrando los pies, con su pelo rubio teñido todavía mojado, su perilla necesitada de un buen recorte y sus orejas de coliflor en peor estado que nunca. Golpeó con su hombro el de Armie cuando pasó a su lado.

—Si no hubieras puesto tanta pasión en lisiarme, quizá habrías salido antes y hubieras dispuesto de algo de tiempo para retozar un poco.

—Nenaza —lo acusó Armie con una sonrisa.

—Él tiene razón —intervino Brand mientras empujaba el cubo de la fregona hacia ellos.

Lo secundó Matt, que acababa de sacudir el último tatami.

—Tú sigue combatiendo tan duro y acabarás lesionando a alguien antes de que empiece el torneo.

—Todavía me quedan dos meses —dos meses de libertad que emplearía como quisiera. Armie sabía que existían normas de entrenamiento, pero ese tipo de cosas no eran para él. Nunca lo habían sido y nunca lo serían, al margen de las razones que tuviera para luchar.

—Los combates locales se han acabado. Estamos en otra liga —le recordó Denver.

Como si lo hubiera olvidado…

—Carter Fletcher no es ningún flojo —añadió Miles—. Puede que no te resulte tan fácil batirlo como a los colegas.

—Lo he visto luchar y es imprevisible —comentó Brand, frunciendo el ceño.

Así que su primer rival iba a ser un pez gordo… Estupendo. Armie se encogió de hombros como para aparentar que no le importaba lo más mínimo. Hacía poco que la SBC, la organización más prestigiosa de artes marciales mixtas, prácticamente lo había coaccionado para que firmara con ellos. Cannon había colaborado en la tarea, empujándolo para que diera ese paso una vez que pulverizó todos los récords en los torneos locales.

Y era un paso bien grande, algo para lo que los demás muchachos habían trabajado sin cesar. La SBC pagaba mucho más y proporcionaba un prestigio y una fama enormes. Sus luchadores viajaban por todo el mundo de competición en competición.

Pero a Armie prefería no llamar la atención, lo cual era muchísimo más seguro por múltiples razones. Si no hubiera sido por Cannon…

—Lo hará muy bien contra Carter —afirmó Cannon—. Y que no os preocupe su manera de entrenar. Armie se motiva de manera diferente, eso es todo.

Siempre, de manera incondicional, podía contar con Cannon. Como la única persona que sabía por qué había rehuido fama y fortuna, Cannon lo entendía. No estaban emparentados, pero en la práctica funcionaban como verdaderos hermanos.

Lo cual constituía la segunda y fundamental razón por la que no podía, no debía, desear a Merissa como la deseaba. Cannon protegía a la gente que quería. Y a su hermana la quería muchísimo.

—Se está haciendo tarde —añadió Cannon—. No querrás hacer esperar a Yvette.

Contento del cambio de tema, Armie sacó su móvil.

—Será mejor que haga un par de llamadas para informar a las damas de que no me reuniré con ellas después de todo.

Stack miró a Denver.

—Si eso lo hubiera dicho cualquier otra persona, habría pensado que era un farol.

—El solitario… —ironizó Denver.

Armie se alejó sabiendo que tenían razón.

Merissa Colter se apoyó en el mostrador de la cocina con una copa de vino en la mano, viendo cómo Yvette preparaba una bandeja de carnes frías y quesos.

—¿Seguro que no quieres que te ayude?

Yvette le lanzó una sonrisa alegre.

—No hay tanto que hacer. Además, te has acicalado tanto esta noche que no quiero que corras el riesgo de mancharte.

Mirándose, Merissa replicó:

—Menudo cambio, ¿no?

Yvette asintió con una sonrisa astuta y se limpió las manos en el delantal.

—Es bueno para una chica cambiar de aspecto de cuando en cuando. Y con esas piernas tan largas que tienes, el conjunto que llevas te queda fenomenal.

—Me lo compré con Vanity —Vanity, la mejor amiga de Yvette y en aquel momento la mujer de Stack, era una fanática de la moda—. Fue ella la que insistió en las botas.

—Con tacones —precisó Yvette, animada, ya que Merissa siempre llevaba calzado plano—. Me gusta.

—Lo malo es que soy tan condenadamente alta…

—Como una modelo.

—No sé —dijo, porque más bien solía sentirse desgarbada, no una modelo.

—Confía en mí —le aseguró Yvette mientras colocaba las últimas lonchas de queso en la bandeja—. Causarás sensación. Dejarás a todo el mundo con la boca abierta. Eres muy alta, sí, pero con una figura estupenda.

Merissa casi se atragantó al oír aquello.

—Pues mi talla de sujetador es bastante pequeña….

Un sonido llegó hasta ellas desde el umbral de la cocina y Merissa alzó la mirada para descubrir a Brand, Miles y a Leese mirándola con una sonrisa. Los tres fantásticos, musculosos, muy atractivos.

Pero ninguno de ellos era Armie.

Lo que sentía por ellos, y viceversa, no era en absoluto romántico. Aun así, un rubor se extendió por su rostro. Al fin y al cabo, acababan de oírla hacer un comentario sobre su busto…

Mirando a su alrededor en busca de un arma, Merissa agarró una bayeta y se la lanzó.

—¡Fingid que no habéis oído nada!

—Demasiado tarde —Leese atrapó la bayeta y la dejó sobre el fregadero—. No sé qué es lo que echas de menos, pero yo te aseguro que no te falta de nada —se volvió hacia los otros dos luchadores—. ¿Estoy o no en lo cierto?

—Por supuesto.

—Definitivamente.

Avergonzada, pero agradecida al mismo tiempo por el comentario, Merissa se echó a reír.

—Sois mis amigos. Estáis obligados a decir eso.

—Es la verdad. Te lo juro —insistió Leese antes de sacar tres cervezas de la nevera y lanzar una a Brand y la otra a Miles.

Recorriéndola con una pecaminosa mirada, Brand se alejó hasta el otro extremo de la cocina.

—¿Y ese conjunto? —arqueó una ceja—. Es muy sexy.

De repente se sintió muy expuesta con su suéter ancho de escote de pico, el pantalón ceñido y las botas de tacón.

—¿Lo ves? —intervino Yvette—. Estás despampanante. ¿A quién le importa que no tengas una talla grande de sujetador?

A ella, sí.

—Insisto en que no te falta nada —remachó Miles. Tanto Brand como él eran morenos de pelo, pero Miles tenía los ojos de un verde claro, siempre estaba sonriendo… y flirteaba con cada mujer que se le ponía a tiro—. Confía en mí.

Leese se pasó una mano por su pelo negro azabache, con un brillo juguetón en sus ojos azules.

—Yo soy más bien de traseros —le guiñó un ojo, como indicándole que el suyo satisfacía sus requisitos.

Era un milagro que pudiera pensar en algo rodeada como estaba por tipos tan atractivos. Su vida habría resultado mucho más fácil si hubiera sentido por alguno de ellos lo mismo que sentía por Armie.

Yvette empezó a echarlos entonces a todos de la cocina.

—La estáis avergonzando. Fuera de aquí.

—Solo estábamos reforzando su autoestima —protestó Brand.

Los hombres se marcharon a regañadientes. Una vez que volvieron a quedarse solas, Yvette seguía sonriendo con un cálido brillo de alegría en los ojos.

Merissa supo entonces que estaba pasando algo. Tanto su hermano como Yvette estaban demasiado alegres. Dejando a un lado su copa, preguntó:

—¿Se puede saber qué os pasa a Cannon y a ti?

Tarareando por lo bajo, Yvette sacó un cuenco y lo llenó de patatas fritas.

—No sé qué quieres decir.

—Oh… oh.

Justo en aquel momento, Armie asomó la cabeza por la cocina.

—Hey, Yvette… —se interrumpió en seco cuando descubrió a Merissa.

...
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