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E-pack Bianca y Deseo, n.º 293 - marzo 2022
I.S.B.N.: 978-84-1105-609-0
Créditos
Si te ha gustado este libro…
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Abandonado.
El rey Lucca de San Calliano no soportaba esa palabra. Cada vez que la oía, apretaba los dientes con furia y se ponía tenso. Cada vez que la oía, su temperatura aumentaba de tal manera que todo le parecía de color rojo.
Habían pasado dieciocho meses desde que la prensa lo llamó el Príncipe Abandonado por primera vez. Y tras su esperada, espectacular y globalmente televisada ascensión al trono del Reino de San Calliano, los pocos que se creían inmunes a su ira le habían cambiado el apodo por el de el Rey Abandonado.
Por lo visto, sus éxitos les parecían irrelevantes. No importaba que fuera uno de los jefes de Estado más progresistas de su tiempo. No importaba que hubiera cerrado una serie de acuerdos financieros que habían devuelto la prosperidad económica a San Calliano. Ni siquiera importaba que el soltero más deseado del mundo hubiera salido con infinidad de mujeres bellas antes y después de tropezar con la mujer que había traicionado su confianza.
Una mujer que solo era bella por fuera.
–Maldita sea…
Pasara lo que pasara, siempre sería la que le había dejado plantado, la que había dado la espalda a la riqueza, la influencia y el poder. Y, por si eso fuera poco, las personas más románticas habían llegado a la conclusión de que le había partido el corazón, lo cual dañaba terriblemente su imagen de conquistador.
Sin embargo, él no tenía corazón. O por lo menos, no tenía el tipo de corazón que volvía débiles a hombres como su padre y los llevaba a cometer errores tremendos que tenían consecuencias catastróficas para sus seres más queridos, empezando por la reputación de su familia. Y él había aprendido la lección. Había decidido no comprometerse con nadie mucho antes de conocerla a ella.
Pero entonces, ¿por qué había trazado el camino de su propia desgracia?
Había permitido que el deseo nublara su juicio. Había permitido que la belleza y la inteligencia de aquella mujer le cegaran por completo. Se había dejado engatusar por su encantadora sonrisa y había olvidado todo lo que había aprendido sobre el decoro y la discreción, todo lo que le habían enseñado sus tutores de palacio y propio padre.
Durante los cuatro meses de su relación, Lucca había estado tan fuera de sí que casi no recordaba su propio nombre.
Estaba fascinado, hechizado.
Y, luego, lo abandonó.
No, definitivamente no había sido muy discreto con ella. Y lo fue aún menos cuando desapareció sin dejar rastro.
Su desconcierto se convirtió en preocupación cuando se dio cuenta de que le habían desconectado el teléfono, así que habló con sus investigadores de confianza y les ordenó que la encontraran, sin reparar en gastos. Pero la búsqueda fue un fracaso, y Lucca tomó medidas impropias del príncipe heredero de San Calliano.
En su desesperado intento por encontrarla, dispensó favores a amigos y enemigos por igual, y se colocó en una posición ridícula.
Aquella mujer había estado a punto de dejarle sin un ápice de dignidad. Pero, irónicamente, su último acto sanó esa herida: poco antes de la coronación, ella le devolvió el regalo más importante que él le había hecho, junto con una nota. Y Lucca recuperó su orgullo.
Libre al fin, se acordó del acero con el que se había forjado su Reino y lo convirtió en un país que se ganó la atención y el respeto de todos. Se acordó de que su posición implicaba deber y responsabilidades, un deber y unas responsabilidades que había olvidado en cuanto puso los ojos en ella, como si no hubiera aprendido nada de los errores de su padre.
Eso, y el propio hecho de que ahora fuera rey, era lo que había impedido que saltara del avión tres meses antes, cuando le dijeron que la habían localizado. Optó por tomarse las cosas con calma, por sopesarlas con tranquilizar y trazar un plan.
Sin embargo, las palabras de aquella nota seguían grabadas en su corazón: Lo nuestro ha terminado.
Al recordarlas, se puso furioso, pero refrenó rápidamente su ira. No debía olvidar quién era, así que relajó el ceño, respiró hondo y se giró hacia la ventana del despacho. Al fondo, las brillantes aguas turquesa del Mediterráneo rivalizaban en belleza con el despejado cielo azul.
Si Mónaco era famosa por los ricos, San Calliano lo era por poder e influencia política, una joya verdaderamente especial entre un montón de gemas normales y corrientes, un tesoro que muchos usurpadores habían intentado robar durante sus seiscientos años de historia.
Por desgracia, las tres décadas de Gobierno de su padre habían sido desastrosas para el país. Primero, por su discutibles decisiones económicas y después, por los temerarios actos de su esposa.
Hasta él había estado a punto de olvidar lo que implicaba el legado de San Calliano, hechizado por una mujer.
Pero no volvería a tropezar en la misma piedra.
Lucca respiró hondo por segunda vez y miró a su ministro de Turismo y a sus ayudantes, que estaban esperando a hablar con él. Y no era de extrañar, porque no había pronunciado ni una sola palabra desde que le habían enseñado una fotografía de la mujer que tanto daño le había hecho.
–¿Señor?
Lucca se puso tenso al instante, pero no fue por el tratamiento elegido. Puestos a elegir entre señor y majestad, prefería lo primero; sobre todo, porque majestad le recordaba a la mujer por la que había perdido la cabeza, el motivo de su tensión.
¿Cómo olvidar su primer encuentro? Le había mirado con sus irónicos ojos marrones y le había llamado majestad aunque sabía que era incorrecto, porque en aquella época no era rey, sino príncipe. Y se lo llamó mil veces durante su constante ejercicio de seducción, hasta que lo soltó en un suspiro cuando la penetró por primera vez.
Naturalmente, Lucca también la despreciaba por eso. Era otro de sus muchos pecados.
Pero, por mucho que la despreciara, había personas que estaban convencidas de que ya no significaba nada para él; personas como su ministro de Turismo, quien acababa de proponer su nombre para el inminente Festival de Cine, Arte y Cultura de San Calliano. ¿Y por qué no se lo iba a proponer? Desde su punto de vista, tenía sentido. Le había visto con varias mujeres desde entonces, a cual más impresionantes. Todo parecía indicar que lo había superado.
Y no era así.
De hecho, Lucca ardía en deseos de castigarla por su traición. Era un diplomático consumado, y sabía cuándo debía olvidar un asunto, cuándo debía mostrarse magnánimo y cuándo debía demostrar toda la fuerza de su poder. Si la dejaba sin castigo, no se libraría nunca de los cuchicheos que sonaban a sus espaldas. Si la dejaba sin castigo, sería tan débil como lo había sido su padre.
Sin embargo, su ministro le había ofrecido la forma perfecta de vengarse y de limpiar su nombre y su reputación, así que se levantó del sillón y alcanzó la fotografía que le acababa de dejar en la mesa.
La fotografía de su antigua amante.
De la traicionera Delphine Alexander.
De la mujer que se había burlado de él como si estuviera imitando los pasos de su propia madre, cuyos escándalos habían llevado la desgracia al Reino y habían convertido a su padre en un amargado.
Pero había una diferencia entre las dos. Que él no hubiera podido hacer nada en lo tocante a su madre no significaba que no pudiera hacer nada con ella.
Podía hacerlo, y lo iba a hacer.
Lucca alcanzó el informe que acompañaba a la foto y lo leyó. Conocía casi todo su contenido, y lo que no conocía aumentó su determinación de llevar a cabo su plan. Aquella mujer había dañado gravemente su reputación, y la seguiría dañando si no tomaba cartas en el asunto.
Decidido, miró al grupo de personas que estaban ante él, clavó la vista en el ministro de Turismo y dijo:
–¿Debo entender que es su candidata favorita?
El ministro asintió.
–Sí, señor. Si podemos convencerla, claro.
Lucca pensó que convencerla no sería un problema. Ya se encargaría él.
–¿Por qué se han decantado por ella?
–Bueno, las otras candidatas son ciertamente atractivas, pero la señorita Alexander tiene un aire de misterio que, en nuestra opinión, refleja la esencia de la familia real.
Lucca estuvo de acuerdo con el ministro, aunque habría preferido no estarlo. Era tan seductora que hasta su negra e impecable piel competía en brillo con los legendarios diamantes de San Calliano, que tendría que exhibir durante el festival: un acontecimiento de primera línea, con exposiciones de pintores renacentistas, purasangres árabes, coches de lujo y, por supuesto, piedras preciosas.
–Aún no han hablado con ella, ¿verdad? –preguntó, consciente de que todo el Reino estaba esperando el festival.
–No, señor. Queríamos consultárselo antes –respondió el ministro–. A fin de cuentas, la muestra incluye los diamantes de San Calliano y, por si eso fuera poco, ustedes son viejos conocidos.
Lucca apartó la vista de la fotografía de Delphine e intentó mirar las fotos del resto de las candidatas, pero le interesaron tan poco que volvió a ella. Por lo visto, le seguía gustando tanto como la primera vez, cuando le hechizó en una abarrotada sala de Nueva York.
Había un vínculo entre ellos. Y lo iba a romper.
–Tienen razón. Es la candidata adecuada –afirmó–. Pero no quiero que se pongan en contacto con ella. Seré yo quien le haga la oferta.
Un mes después
Delphie Alexander miró con asombro al rubio que estaba sentado a su lado. Parecía resacoso, pero eso no le llamó la atención. Había perfeccionado sus resacas con el paso de los años.
–¿Estás hablando en serio? ¿Has vendido tu participación en el equipo?
Hunter Buckman se encogió indolentemente de hombros y siguió disfrutando del sol de Qatar. Se habían conocido años atrás, y su actitud despreocupada había atraído a Delphie desde el principio; pero, últimamente, esa misma actitud le había empezado a desesperar.
Nunca se tomaba nada en serio.
Heredero único de un imperio petrolífero texano, era tan rico que no había trabajado en toda su vida. Casi todo el tiempo, estaba de brazos cruzados. No hacía nada en absoluto, no tenía más intereses que su hedonista estilo de vida y, por si eso fuera poco, su atención dejaba bastante que desear.
Sin embargo, Delphie había albergado la esperanza de que fuera algo más serio en esa ocasión. Pero no lo había sido.
–Lo siento, Delly. La oferta era demasiado buena. No la podía rechazar.
Ella apretó los puños, refrenando el deseo de gritar.
–Ni siquiera me has dado la oportunidad de hacerte una contraoferta –protestó.
–No te la he dado porque sabía que intentarías convencerme de que no vendiera mis acciones. O peor aún…
–¿Peor aún?
–Que intentarías comprarlas.
–¿Y qué tenía eso de malo?
Delphie no entendía nada. Ella no era como él. Estaba acostumbrada a trabajar duro. Se había tenido que esforzar a fondo desde la adolescencia, cuando se dio cuenta de que solo contaba con sus propios medios.
Hunter apartó la mirada e hizo un gesto a una criada. Los miembros del servicio conocían bien a su jefe, y la joven reapareció treinta segundos después con una botella helada de su cerveza preferida. Delphie tuvo que morderse la lengua para no informarle de que eran las nueve de la mañana.
–Sabía que harías verdaderas locuras con tal de conseguir el dinero necesario para comprarme las acciones. Y no lo podía permitir. Has sufrido demasiado.
–¿Estás diciendo que lo has hecho por mí?
Delphie se quedó horrorizada, aunque no podía negar que Hunter la había visto en sus peores días. Había estado a su lado, oyéndola llorar desconsoladamente. Primero, porque le habían partido el corazón y después, por la pérdida de su bebé.
Y, cuando por fin salió del pozo en el que había caído, Hunter no la incomodó con un sinfín de preguntas. La ayudó por el sencillo procedimiento de ser él mismo.
–¿Cuántas veces tengo que decirte que estoy bien? –prosiguió Delphie–. Ya he superado lo que pasó.
–Maldita sea… sabía que reaccionarías así –dijo él, antes de suspirar–. Mira, me han ofrecido ciento veinte millones de dólares. Una suma demasiado grande para ti.
Ella se estremeció, sorprendida. Efectivamente, era una cantidad demasiado elevada. Habría tardado varios meses, o quizá años, en conseguir los inversores necesarios para comprar las acciones. Y trabajar con demasiados inversores era un problema, porque todos tenían exigencias de lo más frustrantes.
A decir verdad, habría dado cualquier cosa por volver a la situación anterior. Le gustaba ser socia única de Hunter, aunque él tuviera el 90 por ciento de las acciones de Hunter Racing y ella, solo el 10. Le gustaba tanto que se había dedicado a la escudería en cuerpo y alma, y hasta había invertido en ella la totalidad de sus ahorros. Pero en secreto, porque no había salido de su pozo emocional hasta unos meses antes, cuando vio algo que la despertó.
Una noche, dando uno de sus paseos por Qatar, se fijó en un niño al que se le acababa de estropear la bicicleta. Estaba desconsolado, y la cara de aquel pequeño la sacó del páramo en el que vivía y le dio una nueva dirección. Una causa que no solo la ayudó a afrontar el dolor por el niño que había perdido, sino que también revivió el recuerdo de su padre, que adoraba las carreras.
Sus días como modelo habían terminado. La dirección de la escudería se convirtió en su pasión. Y ahora, esa misma escudería estaba en peligro por las decisiones de Hunter.
Frustrada, tragó saliva y dijo:
–Llegué al equipo en el segundo trimestre del año pasado. Llevo poco tiempo en él. ¿No podías haber esperado a que me adaptara? Cambiar súbitamente de socio puede ser un problema para mí.
–Oh, vamos, no me vengas con esas. Te adaptaste al equipo el primer día. Llevábamos cuatro años al final de la clasificación y, en solo seis meses, conseguiste que acabáramos quintos. Hasta hicimos tres terceros puestos en seis de las carreras.
Delphie se frotó las sienes, intentando aliviar su tensión.
–Y, sin embargo, nos abandonas.
Hunter se volvió a encoger de hombros.
–Ya no me hace feliz, Delly. No tanto como a ti.
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