Читать книгу «Informe Brennan» онлайн полностью📖 — Kathy Reichs — MyBook.

Título original: Fatal Voyage

© Temperance Brennan, L.P, 2001.

© de la traducción: Gerardo di Masso, 2002.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO354

ISBN: 9788491871743

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

16

17

18

19

20

21

22

23

24

25

26

27

28

29

3O

31

32

33

34

AGRADECIMIENTOS

KATHY REICHS

NOTAS

DEDICADO CON ENORME ORGULLO A

KERRY ELISABETH REICHS, DOCTORA EN DERECHO, M. P. P.,

UNIVERSIDAD DE DUKE, PROMOCIÓN DE 2000

COURTNEY ANNE REICHS, LICENCIADA EN ARTES, UNIVERSIDAD DE GEORGIA, PROMOCIÓN DE 2000

BRENDAN CHRISTOPHER REICHS, LICENCIADO EN ARTES

(CUM LAUDE), UNIVERSIDAD DE WAKE FOREST,

PROMOCIÓN DE 2000

¡BRAVO!

1

Miré a la mujer que había salido volando por entre los árboles. La cabeza por delante, la barbilla alzada, los brazos extendidos hacia atrás como la pequeña diosa de cromo del capó de un Rolls Royce. Pero la dama del árbol estaba desnuda, sin vida, con el torso que acababa en la cintura, aprisionado entre ramas y hojas ensangrentadas.

Bajé la mirada y eché un vistazo alrededor. Excepto por el estrecho camino de grava donde había aparcado, hasta donde alcanzaba la vista se extendía un bosque denso, poblado sobre todo de pinos, entre los que unos pocos robles señalaban, como festones, la muerte del verano con una gama de rojos, amarillos y anaranjados del follaje.

Aunque en Charlotte hacía calor, aquí arriba el clima de principios de octubre era muy agradable. Pero pronto empezaría el frío.

Cogí la cazadora del asiento trasero, me quedé en silencio y presté atención.

Trinos de pájaros. Viento. La huida precipitada de un pequeño animal. Luego, a lo lejos, un hombre que llamaba a otro. Una respuesta apagada.

Me amarré la cazadora alrededor de la cintura, cerré el coche y me dirigí hacia el lugar del que venían aquellas voces distantes, arrastrando los pies a través de un lecho de hojas muertas y pinaza.

Cuando hube recorrido una decena de metros por el interior del bosque, pasé junto a una figura recostada contra una piedra cubierta de musgo, las rodillas flexionadas contra el pecho y un ordenador portátil a un lado. Le faltaban ambos brazos y en la sien izquierda tenía un chichón.

La cara descansaba sobre el ordenador, en los dientes llevaba aparatos de ortodoncia, un delicado aro de oro le atravesaba una ceja. Tenía los ojos abiertos de par en par y las pupilas dilatadas le daban al rostro una expresión de alarma. Sentí un temblor en todo el cuerpo y apuré el paso.

Pocos metros más adelante vi una pierna, el pie aún calzado con bota de montaña. La pierna había sido cercenada a la altura de la cadera y me pregunté si pertenecería al torso del Rolls Royce.

Junto a la pierna dos hombres, sentados uno al lado del otro, con los cinturones de seguridad abrochados y los cuellos empapados de sangre. Uno de ellos sentado con las piernas cruzadas, como si estuviera leyendo algo.

Reanudé la marcha y me interné un poco más en el bosque, oía gritos y llamadas que el viento, caprichosamente, me enviaba por entre los árboles. Continué avanzando mientras apartaba las ramas bajas con los brazos, sorteando grandes piedras y troncos caídos.

Equipajes y trozos de metal se habían esparcido entre los árboles, marcando una amplia zona. La mayor parte de las maletas se había quemado, derramando su contenido al azar. Ropa, secadores de pelo y máquinas de afeitar se mezclaban con botes de crema para manos, champú, loción para después del afeitado y perfume. Una pequeña maleta había vomitado cientos de artículos de tocador robados de los hoteles. El olor a productos de perfumería y combustible de avión se mezclaba con el aroma de los pinos y el aire de la montaña. Y, a lo lejos, un rastro de humo.

Avanzaba a través de un profundo barranco de laderas empinadas cuya densa envoltura de ramas y hojas apenas permitía que la luz del sol alcanzara el suelo y acabase formando un dibujo moteado. Hacía frío en la sombra, pero tenía la frente perlada de sudor y sentía la ropa pegada a la piel. Tropecé con una mochila, caí y me rasgué la manga con una rama astillada por todos aquellos restos.

Permanecí unos momentos tendida en el suelo, con las manos temblando y la respiración agitada. Aunque me había acostumbrado durante años a ocultar las emociones, sentí claramente que me invadía la desesperación. Tanta muerte. Dios mío, ¿cuántas víctimas habría?

Cerré los ojos, hice un esfuerzo por centrarme y me levanté.

Eché a andar y salté un tronco putrefacto, rodeé un grupo de rododendros y, como no parecía encontrarme más cerca de las voces, me detuve para intentar orientarme. El sonido apagado de una sirena me confirmó que la operación de rescate se estaba desarrollando más allá de una colina que se alzaba hacia el este.

Excelente forma de encontrar el camino, Brennan.

Pero no había tenido tiempo de informarme. Los primeros en responder a los accidentes aéreos o desastres similares suelen ser personas bien intencionadas pero escasamente preparadas para tratar con gran cantidad de víctimas. Yo iba de Charlotte a Knoxville, cerca de la frontera estatal, cuando me pidieron que me dirigiera de inmediato hacia el lugar donde se había producido el accidente. Entonces giré en un cambio de sentido en la 1-40, tomé un atajo hacia el sur en dirección a Waynesville, luego al oeste a través de Bryson City, una pequeña población de Carolina del Norte situada a unos 280 km al oeste de Charlotte, 80 km al este de Tennessee y 80 km al norte de Georgia. Seguí por la autopista del condado hasta donde acababa el mantenimiento estatal y continué por un camino de grava del Servicio Forestal que serpeaba montaña arriba.

Aunque había recibido unas instrucciones bastante precisas, sospechaba que debía haber una ruta mejor, tal vez un sendero estrecho pero que al menos me permitiera un mejor acceso al valle contiguo.

Por un momento consideré la posibilidad de regresar nuevamente al coche, pero luego decidí seguir andando. Tal vez quienes se encontraban en el lugar del accidente habían atravesado el bosque a pie igual que yo. La carretera del Servicio Forestal no parecía continuar hacia ninguna parte más allá del punto donde había dejado el coche.

Después de una agotadora ascensión, me aferré al tronco de un pino, apoyé un pie con fuerza y conseguí izarme hasta un saliente rocoso. Al incorporarme me topé de golpe con los ojos de una muñeca de trapo, una Raggedy Ann. La muñeca colgaba boca abajo con el vestido enganchado en las ramas bajas del voluminoso pino.

Una imagen de la muñeca de mi hija cruzó por mi cabeza y extendí la mano.

¡No lo hagas!

Bajé el brazo, consciente de que había que clasificar y registrar todos y cada uno de los objetos antes de recogerlos. Solo entonces alguien podría reclamar el triste recuerdo.

Desde mi posición del saliente tenía una excelente visión del lugar donde debía de haberse estrellado el avión. Distinguí un motor, medio enterrado entre la hojarasca junto a otros restos, y lo que parecían ser piezas de un ala. Una sección del fuselaje tenía la parte inferior arrancada, y parecía un diagrama de manual de instrucciones para maquetas de aviones. A través de las ventanillas se veían los asientos. Había algunos ocupados, pero en su mayor parte iban vacíos.

Trozos de cuerpo y restos del aparato cubrían el paisaje como si fuesen desechos en un vertedero. Desde donde me encontraba, los trozos de cuerpos humanos cubiertos de piel parecían asombrosamente pálidos, contrastando con el fondo compuesto por arbustos, vísceras y partes del avión. Diversos objetos colgaban de los árboles o se esparcían enredados en ramas y hojas. Tela. Alambre. Planchas de metal. Material aislante. Plástico.

Los efectivos de la policía local y los voluntarios ya habían llegado y estaban acordonando el lugar y buscando supervivientes. Algunos escudriñaban entre los árboles, otros señalaban con cinta amarilla el perímetro del terreno donde se hallaban los restos del aparato. Llevaban chaquetas amarillas que indicaban «Departamento del Sheriff del Condado de Swain» en la espalda. Otros solo vagaban por el lugar o estaban reunidos en pequeños grupos, fumando, hablando o mirando el desolador espectáculo que tenían ante los ojos.

Más allá, entre los árboles, se veían destellos de luces rojas, azules y amarillas que indicaban la ruta de acceso que yo no había sido capaz de encontrar. Imaginé los coches patrulla, los camiones de bomberos, las ambulancias, los furgones de los equipos de rescate y los vehículos de los voluntarios que al día siguiente obstruirían la carretera.

En ese momento el viento cambió de dirección y el olor a humo se hizo más intenso. Me volví y descubrí una delgada columna de humo negro que ascendía un poco más allá de la siguiente colina. Sentí que se me formaba un nudo en el estómago; estaba lo bastante cerca para detectar otro olor que se mezclaba con el olor ácido y penetrante del humo.

Como antropóloga forense, mi trabajo consiste en investigar las muertes violentas. He examinado centenares de víctimas del fuego para jueces y forenses y conozco muy bien el olor de la carne carbonizada. En el siguiente barranco todavía ardían algunos cadáveres.

Hice un esfuerzo por tragar saliva y volví a concentrarme en la operación de rescate. Algunos de los que habían permanecido inactivas se movían ahora por la zona del desastre. Vi que uno de los ayudantes del sheriff se inclinaba para inspeccionar unos restos que se hallaban a sus pies. Se irguió y lanzó unos destellos con un objeto que elevaba en la mano izquierda. Otro de los ayudantes había comenzado a hacer una pila con restos.

— ¡Mierda!

Comencé a descender la colina, aferrándome a las ramas bajas y zigzagueando entre los árboles y el suelo rocoso para mantener el equilibrio. El terreno era muy empinado y un tropezón podía convertirse en una peligrosa zambullida de cabeza.

A pocos metros del pie de la colina tropecé con una plancha de metal que se deslizó y me lanzó por los aires como si fuese uno de esos críos que se tiran en sus tablas entre dos toboganes. Caí a tierra como un peso muerto y comencé a rodar colina abajo, arrastrando conmigo una avalancha de piedras, ramas, hojas y pinaza.

Para frenar la caída busqué desesperadamente algún punto donde asirme, me desgarré las palmas de las manos y me rompí algunas uñas hasta que choqué con la mano izquierda contra algo sólido y conseguí aferrarme con los dedos a ello. Sentí un dolor agudo en la muñeca que tuvo que soportar todo el peso de mi cuerpo y parar el movimiento descendente.

Me quedé colgada un momento, luego giré sobre un costado, me apoyé en ambas manos y conseguí sentarme. Alcé la vista sin soltarme de mi providencial punto de apoyo.

На этой странице вы можете прочитать онлайн книгу «Informe Brennan», автора Kathy Reichs. Данная книга относится к жанру «Зарубежные детективы».. Книга «Informe Brennan» была издана в 2022 году. Приятного чтения!