BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 17
Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por LUIS ALBERTO DE CUENCA .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 1979.
PRIMERA EDICIÓN , 1979.
ISBN 9788424930509.
INTRODUCCIÓN GENERAL
Juliano (331-363) vive en el tercio central del siglo IV . Siglo decisivo en la polémica ideológica entre paganismo y cristianismo y que queda realmente enmarcado por dos fechas que simbolizan el gran cambio: 313 y 392, rescripto de Milán y prohibición oficial del paganismo por Teodosio, respectivamente. Todavía al principio de este siglo los cristianos habrán de sufrir las duras persecuciones de Diocleciano y Galerio; al final del mismo, y aun antes, ese papel les tocará a los paganos. A lo largo de todo el siglo se suceden emperadores cristianos y un progresivo deterioro del paganismo, con la única excepción del breve reinado de Juliano, que se convierte así en el último defensor de la religión politeísta y del helenismo, conceptos que en él son idénticos.
Por eso el siglo IV es ya el siglo del imperio cristiano —según el título del libro de Piganiol— y tras su reinado puede decirse que la visión del hombre antiguo cede paso a una nueva concepción cristiana claramente diferente de la que había imperado hasta entonces. Con Juliano culminan las últimas ilusiones de la reacción pagana, que desaparece con su muerte. Hombre de su tiempo, perfectamente lúcido y consciente de lo que está en juego, su lucha va a convertirse, a lo largo de la historia, en ejemplo de los que no están dispuestos a sacrificar el mundo antiguo al nuevo dios. Apóstata para los cristianos, piadoso para los paganos —e incluso para ellos excesivamente supersticioso—, inmerso al fin en esa lucha decisiva de su época, su perfil está profundamente influido por las dos corrientes en conflicto, tanto que Piganiol ha podido decir que más que muchos padres de la Iglesia contemporánea Juliano merece ser considerado un santo.
Se ha señalado con frecuencia el hecho de que Juliano, contra lo que él cree, no representa el ideal helénico antiguo, sino que sus ideas, mezcla de racionalismo, neoplatonismo y teurgia, con un severo ideal ético —¿estoico o cristiano?— impregnado de anhelos místicos, son más bien el testimonio de la evolución espiritual que se venía cumpliendo en el imperio ya desde el siglo II de la Era. La fe en el antiguo panteón helénico, tal cual, no existe ya; y, así, algún crítico ha podido subrayar la victoria ideológica final de Oriente sobre Occidente a partir de estas concepciones religiosas que, incluido el cristianismo, acaban por dominar totalmente el imperio.
En este sentido pudiera ser característica la escisión política del mismo y, por lo que se refiere al propio Juliano, la ausencia de lazos con el paganismo de los círculos intelectuales romanos sería una manifestación más, probablemente, del desprecio del oriente helenizado por la cultura latina, que hace exclamar a un Piganiol su lamento porque los gustos de nuestro personaje recayeran en un estrafalario como Jámblico, en lugar de continuar los caminos trazados por el humanismo romano de un Cicerón y un Séneca.
En el pensamiento, el dogmatismo de las escuelas filosóficas había abocado, ya desde el siglo II , o bien a un sectarismo infructuoso, o bien a un escepticismo lucianesco más o menos abierto, que acaso no estaba demasiado extendido, o a eclecticismos bastante generalizados. La invasión de lo irracional, según la expresión de Dodds, va a estar en gran parte monopolizada por la invasión de las formas religiosas orientales: cristianismo, religiones mistéricas —Isis, Cibeles o Mitra—, teurgia, magia y otras formas populares de superstición. La otra forma de cultura y educación, la más importante en realidad, la retórica, cae en el cultivo de la forma con un olvido sorprendente del contenido, convirtiéndose a menudo en algo perfectamente hueco, incapaz de llenar un corazón ardiente. No es casual, por ello, que a un Plotino, último pensador con fuerza del mundo griego, le sucedan una serie de personajes que en la figura de Jámblico acaban confundiendo el neoplatonismo con las prácticas teúrgicas, cuyo misticismo intenta captar el alma a la que el abstruso razonamiento no puede ya arrastrar.
Decadencia del pensamiento filosófico, del espíritu creador, una retórica preciosista y alejada de los problemas reales, la religión tradicional olvidada o confundida y mezclada con el más abigarrado mosaico de creencias de todo tipo desde el misticismo a la superstición, la nueva religión luchando fanáticamente por imponerse y, a su vez, dividida por diferentes herejías en una lucha que a menudo es a muerte, una guerra civil casi constante en la primera mitad del siglo con breves períodos de tregua, y la amenaza de los bárbaros por todo el norte del imperio y de los renacidos persas por la parte oriental, cuando no su silencioso pero continuo penetrar bajo bandera de aliados, en fin, la escisión ideológica y política entre Oriente y Occidente cuyo símbolo es la fundación de Constantinopla, marcan este siglo.
Y a Juliano hay que entenderlo no en una perspectiva lineal, sino como cúmulo y ejemplo de las cóntradicciones de su época: amante del estudio, pasará casi toda su vida en los negocios públicos; su afición a la filosofía desembocará en continuas prácticas supersticiosas; su ascetismo ético está mucho más próximo al de los monjes cristianos que a la vida de los habitantes de Antioquía; primero cristiano, después pagano, su conservadurismo religioso se hace revolucionario al adoptar para el paganismo las formas benéficas del cristianismo, al pedir el ejemplo de vida a sus sacerdotes y al intentar erigir una iglesia pagana; su conservadurismo político, al intentar volver a una especie de federación de ciudades, al querer enlazar con las formas republicanas y al rechazar el título de «dominus», es también revolucionario, porque Juliano no intenta conservar lo que es, sino resucitar lo que fue —que a menudo era mucho mejor que lo que su tiempo le ofrecía— con un nuevo estilo, y, sin reparar en los riesgos de su anacrónica idealización del pasado y en la irreversible distancia entre los condicionamientos políticos de su tiempo y los modelos del viejo helenismo, se lanza a la aventura de una restauración quimérica.
1.
Biografía de Juliano
INFANCIA .—Flauius Claudius Iulianus , hijo de Julio Constancio y de Basilina, nace 1 en Constantinopla, recién inaugurada por Constantino el 11 de mayo del 330, en una fecha indeterminada, probablemente del año 331 2 . Su padre, Julio Constancio, era hijo del emperador Constancio Cloro, fundador de la dinastía de los segundos Flavios 3 , y de la emperatriz Teodora, y hermano paterno de Constantino, hijo bastardo de Constancio Cloro y de Helena. Cuando en el año 306 Constantino heredó el poder de su difunto padre, Helena persiguió con su rencor a los hijos de su antigua rival Teodora y así Julio Constancio estuvo, alejado de la corte, en Toulouse, en Toscana, donde nació Galo 4 , último de los tres hijos de su primer matrimonio, en 325-6, en Corinto 5 y, finalmente, a partir de 330, en Constantinopla, donde se casará en segundas nupcias con Basilina. Era ésta hija de un alto funcionario, Julio Juliano, en la corte de Licinio, bajo cuyo gobierno fue prefecto del pretorio (316-324) y gobernador de Egipto 6 y cuya hermana Constancia estaba casada con el propio Licinio, que ostentó el poder en la zona oriental del imperio durante largos años hasta ser sometido por Constantino. Julio Juliano educó en la religión cristiana a sus dos hijos, Basilina y Juliano, tío homónimo del emperador, bajo la tutela del influyente obispo arriano Eusebio de Nicomedia.
Según el propio Juliano 7 , su madre murió pocos meses después de su nacimiento, lo que no fue obstáculo para que honrara su memoria posteriormente dando su nombre, Basilinópolis, a una ciudad por él fundada cerca de Nicea.
Parece que en los últimos años de su reinado Constantino intentó asociarse, junto a sus hijos, a los demás miembros de su familia: en 333 Dalmacio, primogénito de Teodora, fue cónsul y su hijo Dalmacio fue nombrado César y se le confió la zona del Danubio; un hermano de este último, Hanibaliano, recibió el gobierno del Ponto y de Armenia. La alianza fue reforzada con los acostumbrados enlaces matrimoniales: una hija del primer matrimonio de Julio Constancio se casó con Constantino II y una hija de Constantino, Constancia, que después sería esposa de Galo, se casó con Hanibaliano.
Estas medidas para restablecer la concordia entre las dos ramas de los Flavios, la que provenía de Teodora y la de Helena, se revelaron en seguida inútiles. En el año 337 Constantino, que se dirigía al frente persa al mando de su ejército, cae enfermo en Bitinia y, trasladado a su villa de Acyron, cerca de Nicomedia, fallece durante las fiestas de Pentecostés. Sus restos, trasladados a Constantinopla, fueron objeto de una interminable exposición a la espera de la llegada de sus hijos. El 9 de septiembre sus tres hijos, Constantino II, Constante y Constancio II fueron proclamados Augustos y, poco después, un oscuro complot, permitido si no instigado por Constancio, basado en la fábula de que Constantino, al morir, tenía en su mano el testamento en el que dejaba el imperio a sus hijos y, al tiempo, acusaba a sus hermanos de haberle envenenado 8 , hizo que los soldados, muy compenetrados con el desaparecido emperador, dieran muerte salvajemente a casi todos los miembros colaterales de la familia: Dalmacio, sus hijos Dalmacio y Hanibaliano, el padre de Juliano, Julio Constancio, y el primogénito de su primer matrimonio más otra persona no bien determinada, fueron las víctimas de las antiguas discordias familiares unidas a la ambición de poder. Sólo se salvaron su hermano Galo, al parecer por estar enfermo, y el propio Juliano, bien por su corta edad, bien, como quieren los historiadores cristianos, por la piadosa intervención de algunos sacerdotes que se lo llevaron protegiéndole junto a un altar, bien, como más tarde dirá el protagonista, por la actuación protectora del dios Helios que le salvó de aquella carnicería 9 . Pese a sus pocos años, el recuerdo de este terrible día gravitará en la mente de Juliano 10 y enturbiará, como es lógico, sus relaciones con el emperador Constancio, a quien más tarde va a acusar directamente de la matanza 11 .
Por orden de Constancio, Juliano fue trasladado a la cercana Nicomedia y su educación le fue encomendada al obispo de aquella ciudad, Eusebio 12 . Allí vivía también la madre de Basilina y allí debió de conocer a su tío homónimo que, al correr del tiempo, sería también apóstata 13 . Pero Eusebio fue nombrado obispo de Constantinopla muy pronto, en 338, y la educación del príncipe quedó a cargo de un viejo escita, el eunuco Mardonio, firmemente ligado a la familia puesto que ya había sido pedagogo de su madre Basilina. La veneración de Juliano por Mardonio fue tan grande como la influencia que recibió: es seguro que fue su pedagogo quien despertó en Juliano ese gran entusiasmo por el helenismos que caracteriza su vida, el gusto por la lectura desde esta temprana edad, haciéndole descubrir las bellezas de Hesíodo y Homero, su poeta favorito, e iniciándole en sus primeras lecturas filosóficas, su renuncia a las diversiones mundanas, el sentido de autodisciplina y ese su modo de vida austero que tanto le reprocharán más tarde los alegres habitantes de Antioquía 14 . Aquí, en Nicomedia, comenzó a frecuentar la escuela de la mano de Mardonio 15 . Durante el verano solía pasar sus vacaciones en una villa que le había regalado su abuela cerca de Constantinopla, junto al mar. El propio Juliano nos describe esta villa, así como su afición por ciertos trabajos agrícolas y su gusto por la soledad contemplativa a orillas del mar, con un libro de algunos de sus poetas preferidos entre las manos 16 . Parece la imagen de un romántico, o de uno de los primeros hombres del Renacimiento, la de este muchacho solitario, ávido lector y enamorado de Homero bajo la sola guía de su fiel Mardonio.
MACELLUM .—Eusebio de Nicomedia murió hacia 341-2 y Constancio decidió recluir a Juliano, junto con su hermano Galo, a quien no había vuelto a ver y que quizá había pasado este tiempo en Éfeso 17 , en la residencia imperial de Macellum, en Capadocia, no lejos de Cesarea, lugar apartado en el fondo del Asia Menor. Todo parece indicar que el espíritu temeroso de Constancio recelaba de las posibles ambiciones de los dos hermanos. Juliano fue, pues, separado de Mardonio y sabemos por el propio emperador 18 que este hecho le causó el mismo profundo dolor que el posterior alejamiento, también obligado por Constancio, de su fiel amigo y colaborador Salustio cuando era ya César en la Galia.
Con su hermano Galo las relaciones no debieron de ser excesivamente estrechas, puesto que su carácter difería profundamente 19 : el de Galo, un tanto violento y primitivo, aficionado a las armas y a la caza, ambicioso y cruel, según tendría ocasión de demostrar, no congeniaba con el de Juliano, que achacará, más tarde, sus defectos a la educación recibida 20 . Sin embargo, tenían en común el recuerdo de la desgracia familiar, recuerdo que los servidores de Constancio en Macellum se esforzaban, sin duda, en corregir, ya que Juliano nos habla con sorna de las «canciones» que les cantaban a ambos hermanos intentando hacerles creer que Constancio, en aquella malhadada noche, había sido engañado y obligado a ceder ante la indisciplina de los soldados y ahora estaba arrepentido. Juliano recordará estos años de Macellum con profundo rencor, sintiéndose prisionero —no se les permitían visitas— y alejado de la educación digna de un príncipe, pues no podía jugar sino con los esclavos y siempre bajo la vigilante mirada de los eunucos de turno 21 .
En Macellum se educó cristianamente a ambos hermanos iniciándoles en el estudio de la Biblia, que Juliano llegó a conocer bastante bien 22 , tal y como muestra su tratado Contra los Galileos . En estos menesteres intervino Jorge de Capadocia, obispo arriano, y aunque Juliano no le tuvo una especial amistad por su carácter turbulento e intrigante, cuando Jorge, que había sustituido breve tiempo al exiliado Atanasio en la sede de Alejandría, pereció el 24 de diciembre del 361 a manos del populacho alejandrino, Juliano, incansable bibliófilo, mandó que se enviara a Antioquía su biblioteca, de la que, según sus propias palabras 23 , había leído y copiado varios volúmenes cuando estaba en Capadocia. También en Macellum debió de seguir los ritos propios de la iniciación cristiana y seguramente fue bautizado 24 . Incluso parece que participó en las ceremonias de la iglesia como lector de textos sagrados 25 .
La influencia de esta etapa en la vida de Juliano fue muy grande, y cuando intenta llevar a cabo su obra de regeneración del paganismo son tantos los datos de organización que toma de la iglesia cristiana que se ha podido hablar, con razón, del intento de construcción de una auténtica Iglesia pagana comparando la figura de Juliano con la de un papa 26 . El celo que fue característico de todos sus actos es muy probable que también le acompañara en esta primera experiencia religiosa, y como símbolo podemos recordar una anécdota que nos transmiten los historiadores eclesiásticos 27 , inventada posteriormente sin duda en cuanto a su desenlace, pero quizá real en su base. Según dicha anécdota, Juliano y Galo, en su fervor religioso, habrían intentado edificar con sus propias manos una capilla que guardara los restos de un mártir de aquella zona especialmente venerado, Mamas, pero, mientras la obra de su hermano progresaba con normalidad, la que salía de las manos del apóstata se venía abajo una y otra vez como un aviso del cielo de que sus obras no le eran gratas.
En el año 347 Constancio, en el curso de un viaje, se detuvo en su residencia de Macellum y debió de dar una partida de caza a la que Juliano asistió 28 , seguramente sin mucho entusiasmo. Era la primera vez que Juliano veía a Constancio 29 , que, sin duda, quería supervisar la educación de sus jóvenes primos y hacerse una idea de sus talentos y ambiciones. Poco después de esta visita, probablemente en 348, terminó el encierro en Macellum: Galo fue llamado a la corte, al parecer para asegurar la continuación del poder en manos de la familia, ya que Constancio no tenía hijos e, incluso, sentía remordimientos y pensaba que la falta de descendencia era un castigo divino a su anterior comportamiento. A Juliano debió de permitirle continuar sus estudios sin ninguna indicación concreta, pues al ser acusado más tarde de haber abandonado Macellum sin permiso, logrará demostrar que no contravino orden alguna 30 .
FORMACIÓN INTELECTUAL Y CONVERSIÓN AL PAGANISMO .—Desde Macellum marchó Juliano a Constantinopla, donde continuó su educación asistiendo a las clases del gramático Nicocles 31 y del retórico Hecebolio, un perfecto camaleón religioso típico de épocas ideológicamente turbulentas, puesto que Juliano lo conoció cristiano, pero, tras su edicto sobre los profesores y para no perder su puesto, se pasó a las filas del paganismo y, al morir el emperador, se retractó públicamente de su error 32 . Juliano estaba feliz de poder dedicarse por primera vez en su vida a su incansable afición al estudio, pero su sencillez en el trato con los camaradas, sus brillantes progresos y su simpatía personal —Juliano era un terrible charlatán, demostrando hasta en eso ser un auténtico griego— hicieron crecer demasiado aprisa el número de sus admiradores, y su incipiente fama llegó hasta los oídos del siempre receloso Constancio. Éste, para evitar males mayores, decidió retirar a su primo a una ciudad menos populosa y más tranquila como era la cercana Nicomedia, donde ya había pasado algunos años antes de su exilio en Macellum. En Nicomedia profesaba sus cursos, desde 344 aproximadamente, el famoso rétor pagano Libanio y, pese a la prohibición expresa de asistir a sus clases, Juliano se las ingenió para conseguir una copia diaria de las mismas sin transgredir las órdenes recibidas 33 y sin dejar de satisfacer su deseo de instrucción junto al que, ya entonces, era, con Temistio, el sofista de mayor prestigio de la época.
На этой странице вы можете прочитать онлайн книгу «Discursos I-V», автора Juliano. Данная книга относится к жанру «Старинная литература».. Книга «Discursos I-V» была издана в 2022 году. Приятного чтения!
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