Título original inglés: King Blood
© Jim Thompson, 1954.
© de la traducción: Damià Alou Ramis, 2014.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
CÓDIGO SAP: OEBO773
ISBN: 9788490563762
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
a
Justo antes de la primera luz, justo antes de que el alba pintara sus colores veteados sobre la pradera del Territorio de Oklahoma, Critch salió a la plataforma descubierta del tren y se quedó esperando a la novia del soldado. La chica había ido al servicio (¡menuda novedad!), así que tenía tiempo de prepararse mentalmente para lo que tendría que hacer si la actitud de ella lo exigía; para visualizar la escena final de un drama de robo y violación.
Si la señorita le ponía las cosas difíciles, la sacaría del andén de un golpe. La mandaría entre los dos vagones y las chirriantes ruedas del tren. Había siete vagones detrás de ese. Cuando hubieran acabado con ella, la señorita se habría convertido en carne picada. Una no existencia que sería menos que nada cuando el alba llegara acompañada de los coyotes y los buitres.
Riendo en voz baja, Critch encendió un purito, pensando en cómo le habría elogiado Ray de haber seguido con vida y poder dedicar elogios. Oh, Ray, ya lo creo que lo hubiera puesto por las nubes. Quizá con alguna reserva de poca importancia.
«No pierdas de vista el objetivo, muchacho. El punto vital. El cual, permíteme añadir, nunca está en el útero. A no ser que... ja, ja..., a no ser que estés mucho mejor equipado que yo».
¡Ah, Ray, Ray! Pero todas las reglas tenían excepciones; y a veces el alumno supera a su maestro. Ella llevaba el dinero bajo la ropa, por lo que ¿cómo podía alcanzarlo a no ser que fuera bajo la guisa del amor? Y conseguir el dinero donde lo había conseguido había sido su seguro de vida. A no ser que la chica fuera idiota, ahora no podía hablar. A no ser que fuera idiota, ella no intentaría tomar ninguna represalia. Por lo demás, a pesar de su inocencia a la hora de quitarse la ropa, ella tendría que explicar lo que no podía explicarse. No a su marido. Ni a ningún futuro marido. No aquel día ni en aquella época.
Critch dio unas caladas a su purito, pensando con insólita nostalgia en Ray, el hombre que había sido su guía y guardián durante tantos años. Le costaba imaginar a Ray como un hombre envejecido, un hombre que había perdido esa astucia que le había sacado de tantos momentos de apuro. Sin embargo, a pesar de su cuerpo juvenil y esbelto, y de su cara increíblemente joven, había envejecido. Ray se había vuelto viejo, y su edad la delataban su tendencia a vacilar cuando se imponía tomar una decisión, su obsesión por los peros y nimiedades, y una mirada y una actitud furtivas incipientemente fatales.
Tal como lo veía Critch, solo se podía hacer una cosa. La misma que habría hecho Ray de haberse invertido los papeles. Tras haberla hecho, la supervivencia requería poner tierra de por medio entre él y la víctima de su traición. La puso, borrando sus huellas mientras huía.
Ray se había quedado en Texas. Critch acabaría en las lejanas Dakotas. Así pues, felizmente, no había presenciado el final, y solo había podido verlo de manera indirecta a través de los ojos de un dibujante de periódico.
Critch esperaba sinceramente que ese dibujante no estuviera muy bien de la vista. Le habría dolido creer —al menos durante un tiempo no muy largo— que el hermoso cuello de Ray había acabado siendo tan largo como la longitud de su cuerpo.
(Critch arrojó el purito, impaciente. ¿Por qué tardaba tanto la mujer? ¿Acaso la muy idiota se había caído dentro del retrete?)
b
Tulsa lochopocas. El lugar donde se reunían los clanes de los osages.
Se encontraba en la bifurcación del río Arkansas, cerca de la confluencia del Verdigris; un enclave comercial (en la medida en que había algo de comercio) y un lugar de encuentro mucho antes de que el hombre blanco llegara a poner el pie en el continente americano.
Tulsa lochopocas. Ciudad de Tulsa. Tulsa.
A Critch le había gustado su aspecto desde el momento en que se bajó del tren procedente de Kansas City. Era un lugar caótico, donde las calles discurrían de cualquier manera y por donde les daba la gana, y los edificios se desparramaban y se arrastraban por todas partes igual que en la época del dinero fácil.
Era ese tipo de ciudad, se dijo. Una ciudad de dinero fácil. Una ciudad de río y ferrocarril, de algodón y ganado. Pieles, madera, comestibles. Todo llegaba a Tulsa, todo pasaba por Tulsa, un infinito flujo de incremento. Y ahora incluso había petróleo, pues unos prospectores, perforando con el primitivo método de percusión, habían agujereado el suelo de arcilla roja hasta conseguir un respetable chorro. En aquel entorno, y sin instalaciones para refinar el producto, todavía tenía poco valor comercial, casi tan poco como esos minerales de los que oías hablar solo en libros, como por ejemplo el uranio. Pero daba igual. Había mucho dinero sin necesidad de petróleo, y el lugar prácticamente anunciaba que uno podía ser lo que quisiera, siempre y cuando tuviera lo que hay que tener.
Así era como Critch veía Tulsa. Y no se equivocaba al verla así. Lo que no veía era algo indefinible, algo que hombres más inteligentes y mejores tampoco habían visto al posar sus ojos por primera vez sobre Tulsa (la población de Tulsa, tulsa lochopocas). Hombres que solo de palabra tenían lo que hay que tener.
Aproximadamente dos siglos antes, un hombre llamado Auguste Choteau comandó un pequeño ejército de paisanos hasta Arkansas: cazadores y tramperos profesionales que le habían seguido de manera provechosa y sin percances desde Francia; que habían amarrado sus botes en la bifurcación del río —tan obviamente perfecta era para sus fines— y se habían puesto a la labor de enriquecerse rápidamente.
No fueron codiciosos. Ni por un momento se habrían enriquecido si eso hubiera supuesto el empobrecimiento de los indios. La política francesa siempre había consistido en mantener la amistad con los indios y Choteau, un buen hombre y un caballero, habría seguido esa política de todos modos. Él y sus hombres pretendían fundar allí un asentamiento permanente; incluso había llegado a escoger un nombre, el nombre de su santo patrón. Construirían allí una ciudad en la que los franceses y los osages fueran iguales. Y, siendo hombres razonables, y para que estos grandes sucesos fueran posibles, ¿cómo y por qué iban los osages a poner objeción alguna a la hora de compartir una fracción de su pródiga riqueza, cuando disponían de una abundancia que jamás se acabarían?
Los osages admitieron ser hombres razonables. Y al ser razonables, sugirieron que no había ninguna razón válida para compartir lo que ya poseían y que era su prerrogativa, no la de los franceses, decidir si lo necesitaban o no.
El grupo de Choteau se irritó. Se mostraron muy firmes con los ciudadanos de tulsa lochopocas. Y no fueron los últimos que lo hicieron. A pesar de la emergente independencia de Tulsey Town, la idea de que trataría con el mundo estrictamente imponiendo sus propias condiciones se hacía más fuerte a cada día de su bravucona historia.
Más de doscientos años después de darles repentinamente calabazas a los camperos y cazadores franceses, Tulsa le decía a Wall Street que recogiera sus finanzas y sus reaseguros y se largara (o utilizó unas palabras similares). J. P. Morgan & Co., et al., se lo tomaron a broma en lugar de enfadarse. La idea de que la advenediza población de Oklahoma pudiera recaudar los miles de millones necesarios para la adecuada explotación de sus recursos petrolíferos simplemente daba risa. Y sin embargo... aquella población advenediza recaudó aquellos miles de millones. No solo para sí misma, sino también para otras. Y al final, Wall Street se vio obligado a admitir que tenía un rival. Aún siguió siendo el principal centro financiero de la industria petrolífera en las capitales del mundo donde estaba la pasta de verdad. Pero la pequeña Tulsa —o, más bien, la no ya tan pequeña Tulsa— ahora ocupaba el segundo lugar.
Así pues, ahí es donde estabas. Ahí estaba Tulsa. Una ciudad amistosa, una afable ciudad de vive y deja vivir. Una ciudad orgullosa, a la que le gustaba hacer las cosas a su manera y sabía exactamente qué hacer con aquellos que opinaban lo contrario.
No fue hasta los primeros años del siglo XX cuando hubo tráfico fluvial al norte de las Dakotas. Fue tan relativamente abundante, en comparación con el comercio ferroviario, que algunos llegaron a imaginar que el Medio Oeste sería el futuro centro de la población del país, y hubo una campaña para trasladar la capital de la nación desde su sede oriental a algún lugar más conveniente del Territorio de Nebraska.
A causa de su ubicación, Tulsa albergó a no pocos viajeros fluviales y les proporcionó lo que necesitaban. Para algunos, tumbas. Para otros, alquitrán y plumas. Para otros —aquellos cuyas ideas coincidían con las de la ciudad—, un hogar y felicidad, y a menudo riqueza.
De manera parecida, cuando la Franja Cherokee quedó abierta para la colonización y los grandes ranchos se dividieron en propiedades de casi sesenta y cinco hectáreas, Tulsa alimentó a estos vaqueros ahora sin trabajo, a los aventureros y forajidos que antaño habían vagado por la Franja; se encargó de ellos... de una u otra manera. Y cuando los nuevos colonos, a menudo sin financiación, fueron expulsados por la sequía o por cualquier otro desastre en su primer año, Tulsa de nuevo les dio lo que necesitaban... a su manera.
Tulsa supo exactamente qué hacer con la rebelión de Serpiente Loca, el último de los alzamientos indios. Supo exactamente qué hacer, y lo hizo, cuando los alborotos raciales amenazaban con destruir la población. La ciudad...
Pero eso sería adelantarnos. Retrocedamos un par de cientos de años, hasta Auguste Choteau y sus hombres:
La «firmeza» de estos con los residentes de tulsa lochopocas fue devuelta con intereses. De hecho, los franceses se vieron obligados a huir para salvar la vida; se subieron a sus botes alargados y remontaron el Arkansas, y después el Mississippi, en cuyas orillas, en una zona de marismas muy poco atractiva, se establecieron al final de manera permanente, dándole al asentamiento, como corresponde, el nombre de su santo patrón.
Se convirtió en una ciudad grande y próspera, tal como ellos habían predicho. Una ciudad que Critch visitaba a menudo para su provecho. Ahora, al final de su segundo día en Tulsa, con la cartera vacía y el lugar donde la llevaba dolorido por culpa de la patada de un tulsano, Critch maldijo el estúpido destino que lo había guiado hasta allí en lugar de a la amistosa metrópoli fundada por Auguste Choteau, la ciudad de St. Louis.
На этой странице вы можете прочитать онлайн книгу «La sangre de los King», автора Jim Thompson. Данная книга относится к жанру «Контркультура».. Книга «La sangre de los King» была издана в 2022 году. Приятного чтения!
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