Читать книгу «El libro de la esperanza» онлайн полностью📖 — Jane Goodall — MyBook.


Para mamá, Rusty, Louis Leakey y David Barbagris JANE GOODALL

Para mis padres, para Hassan Edward Carroll y para todos los que buscan la esperanza DOUG ABRAMS


(Instituto Jane Goodall / Bill Wallauer)

Una invitación para la esperanza

Vivimos tiempos difíciles.

En muchas regiones del mundo están ocurriendo conflictos armados, discriminación racial y religiosa, crímenes de odio, ataques terroristas y un giro político hacia la extrema derecha que alimenta manifestaciones y protestas que con demasiada frecuencia se tornan violentas. La brecha entre los ricos y los pobres se ensancha cada vez más, y fomenta el enojo y la agitación. La democracia se encuentra bajo ataque en diversos países. Encima de todo, la pandemia de covid-19 ha provocado una gran cantidad de sufrimiento y muertes, pérdida de empleos y caos económico por todo el planeta. Y la crisis climática, relegada temporalmente a un segundo plano, es una amenaza aún mayor para nuestro futuro y, de hecho, para toda la vida en la Tierra como la conocemos.

El cambio climático no es una idea abstracta que podría afectarnos en el futuro: ya lo estamos padeciendo ahora mismo, en forma del desajuste de los patrones climáticos del planeta, el deshielo, el aumento en los niveles del mar y los huracanes, tornados y tifones de magnitudes catastróficas. En todo el mundo, vemos inundaciones más potentes, sequías más prolongadas e incendios más devastadores. Por primera vez en la historia se han registrado incendios en el Círculo Polar Ártico.

Tal vez pienses algo así como: “Pero Jane tiene casi noventa años. ¿Cómo puede escribir sobre la esperanza si sabe las cosas que pasan en el mundo? Seguramente lo suyo es un optimismo insensato. No ve las cosas como son”.

Pero sí veo las cosas como son. Y admito que hay muchos días en los que me siento deprimida, en los que parece que los esfuerzos y los sacrificios de todas las personas que luchan por la justicia social y ambiental, que combaten el prejuicio, el racismo y la avaricia, son batallas perdidas. Lo que sería insensato es pensar que podemos superar las fuerzas destructivas que nos rodean: la avaricia, la corrupción, el odio, los prejuicios ciegos. Es comprensible que haya días en los que nos sentimos condenados a sentarnos a contemplar cómo acaba el mundo “no con un estallido, sino con un quejido” (como dijo T. S. Eliot). A lo largo de las últimas ocho décadas he conocido tragedias como la del 9/11, tiroteos en escuelas, atentados suicidas y otras tantas, y he experimentado en carne propia la desesperanza que pueden producir estos terribles acontecimientos. Crecí durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el mundo estaba en peligro de ser invadido por Hitler y los nazis. Viví durante la carrera armamentista de la Guerra Fría, cuando el planeta se encontraba bajo la amenaza del holocausto nuclear, y los horrores de los muchos conflictos que han condenado a millones a la tortura y la muerte a lo largo del planeta. Como todas las personas que viven lo suficiente, he pasado por muchos periodos sombríos y he sido testigo de mucho sufrimiento.

Pero cada vez que me deprimo recuerdo todas las extraordinarias historias de valor, tenacidad y perseverancia de quienes luchan contra las “fuerzas del mal”. Porque sí, en efecto, creo que el mal vive entre nosotros. Pero las voces de quienes se enfrentan a él son mucho más poderosas e inspiradoras. E incluso cuando estas personas pierden la vida, sus voces siguen resonando por mucho tiempo y nos dan esperanza: esperanza en la bondad primordial de este extraño y conflictuado animal humano que evolucionó a partir de unos seres simiescos hace seis millones de años.

Desde 1986, cuando comencé a viajar por el mundo para crear conciencia sobre los daños sociales y ambientales que hemos producido los humanos, he conocido a muchas personas que perdieron la esperanza en el futuro. Los jóvenes, en particular, se sienten enfadados, deprimidos o simplemente apáticos porque, me dicen, pusimos en juego su futuro y sienten que no pueden hacer nada al respecto. Pero si bien es verdad que no sólo pusimos en peligro su futuro, sino que se los robamos con el incesante saqueo de los recursos finitos de nuestro planeta, sin preocuparnos por las generaciones futuras, no creo que sea demasiado tarde para contribuir a solucionar las cosas.

Creo que la pregunta que más me hacen es: ¿en verdad crees que existe esperanza para nuestro mundo? ¿Para el futuro de nuestros hijos y nuestros nietos?

Y yo respondo, con toda honestidad, que sí. Creo que aún tenemos un margen de tiempo para comenzar a reparar el daño que le hemos infligido al planeta. Pero ese margen se está acortando. Si nos preocupa el futuro de nuestros hijos, y de sus hijos después de ellos, si nos interesa la salud del mundo natural, debemos unirnos y actuar. Ahora, antes de que sea demasiado tarde.

¿Qué es esta “esperanza” que aún albergo y que me mantiene motivada para seguir adelante, luchando por lo que creo correcto? ¿A qué me refiero en realidad cuando hablo de “esperanza”?

La esperanza es una idea que suele malinterpretarse. La gente tiende a pensar que no es más que un optimismo pasivo: espero que ocurra tal cosa, pero no voy a hacer nada al respecto. De hecho, eso es lo contrario a la esperanza genuina, que requiere acción y compromiso. Muchas personas entienden la desesperada situación en la que se encuentra el planeta, pero no hacen nada porque se sienten impotentes y desesperanzadas. Por eso es importante este libro, que (espero) ayudará a la gente a darse cuenta de que sus acciones, por más pequeñas que parezcan, marcarán una diferencia real. El efecto acumulado de miles de acciones éticas puede ayudar a salvar y conservar nuestro mundo para las generaciones futuras. Porque ¿para qué molestarse en entrar en acción si uno no está convencido de que puede marcar una diferencia?

Mis razones para conservar la esperanza en estos tiempos funestos se irán revelando a lo largo de este libro, pero por el momento déjame decirte que sin esperanza todo está perdido. Es un atributo esencial para la supervivencia que ha sustentado a nuestra especie desde la Edad de Piedra. Tengo claro que mi propio viaje, extraño como fue, habría sido imposible de haber carecido de esperanza.

En las páginas de este libro discuto sobre esto y mucho más con mi coautor, Doug Abrams. Doug propuso que el libro tuviera forma de diálogo, algo como lo que hizo con El libro de la alegría, que escribió con el Dálai Lama y el arzobispo Desmond Tutu. En los capítulos que siguen, Doug tiene la función de un narrador que comparte las conversaciones que sostuvimos entre África y Europa. Con ayuda de Doug, puedo compartir contigo lo que aprendí sobre la esperanza durante mi larga vida y a partir de mis estudios del mundo natural.

La esperanza es contagiosa. Tus acciones inspirarán a otros. Deseo con todo el corazón que este libro te ayude a encontrar consuelo en una época de angustia, sentido en una época de incertidumbre y valor en una época de temor.

Te invito a que te unas a nosotros en este viaje hacia la esperanza.

DOCTORA JANE GOODALL,

Dama del Imperio Británico, Mensajera de la Paz de la ONU


Cruzando las barreras inexistentes que alguna vez pensamos que nos separaban del resto del reino animal (Instituto Jane Goodall / Hugo Van Lawick).

I

¿Qué es la esperanza?


Whisky y salsa suajili de frijoles

Era la noche previa a que comenzáramos nuestros diálogos. Estaba nervioso, porque había mucho en juego. El mundo parecía necesitar la esperanza más que nunca, y en los meses que transcurrieron desde que me puse en contacto con Jane por primera vez para preguntarle si quería compartir en un libro sus razones para conservar la esperanza, el tema predominaba en mis pensamientos. ¿Qué es la esperanza? ¿Por qué la tenemos? ¿Es real? ¿Puede cultivarse? ¿En verdad hay esperanza para nuestra especie? Sabía que mi papel era formular todas las preguntas que nos hacemos cuando enfrentamos adversidades e incluso cuando nos sentimos desesperados.

Jane es una heroína mundial que lleva décadas viajando por el mundo como abanderada de la esperanza, y yo estaba ansioso por entender de dónde viene su confianza en el futuro. También quería saber cómo ha conservado la esperanza durante los desafíos que ha enfrentado en su propia vida como pionera.

Mientras preparaba mis preguntas lleno de entusiasmo y un poco de ansiedad, sonó el teléfono.

—¿Te gustaría venir a cenar con la familia? —preguntó Jane. Yo acababa de aterrizar en Dar es Salaam, y le respondí que estaría encantado de acompañarla y de conocer a su familia. Era una oportunidad no sólo de estar frente a este ícono, sino también de verla en su papel de madre y abuela, de compartir con ella el pan y, sospechaba, unos tragos de whisky.

No es fácil encontrar la casa de Jane, porque no tiene nada que pueda considerarse realmente una dirección; se encuentra al final de varios caminos de tierra, junto a la amplia residencia de Julius Nyerere, el primer presidente de Tanzania. El taxi no lograba encontrar la entrada correcta en el vecindario tapizado de árboles, y temí llegar tarde. El rojo disco del sol se ocultaba rápidamente y no había postes de luz para guiarnos.

Cuando dimos con la casa, Jane me recibió en la puerta con una sonrisa cálida y ojos grandes y penetrantes. Llevaba el pelo canoso atado en una cola de caballo y usaba una camisa verde de botones y pantalones color caqui, casi como el uniforme de un guardia forestal. En la camisa llevaba el logo del Instituto Jane Goodall (JGI, por sus siglas en inglés) con los símbolos de la organización: un perfil de Jane, un chimpancé parado en cuatro patas, una hoja que representa el medio ambiente y una mano que simboliza a los humanos que, ahora lo sabe, también necesitan protección.

Jane tiene ochenta y seis años, pero inexplicablemente parece no haber envejecido mucho desde la primera vez que fue a Gombe y adornó la portada de National Geographic. Me pregunté si la esperanza y el sentido de propósito tienen como efecto mantenerte joven por siempre.

Pero lo que más destaca de Jane es su determinación. Irradia de sus ojos color avellana como una fuerza de la naturaleza. Es la misma determinación que la llevó a mudarse a medio mundo de distancia para estudiar animales en África y que la ha hecho viajar sin pausa durante los últimos treinta años. Antes de la pandemia pasaba más de trescientos días al año dando conferencias sobre los peligros de la destrucción ambiental y la pérdida de hábitats. El mundo por fin ha comenzado a escucharla.

Sabía que a Jane le gusta tomarse un whisky vespertino, así que le llevé una botella de su favorito, Johnnie Walker Etiqueta Verde. Lo aceptó con elegancia, pero más tarde me dijo que debí haber comprado el Etiqueta Roja, más barato, y donar el resto a su organización ambiental, el Instituto Jane Goodall.

En la cocina, Maria, su nuera, había preparado un platillo vegetariano típico de Tanzania: arroz con coco servido con una cremosa salsa suajili de frijoles, lentejas y guisantes con un toque de maní triturado, curry y cilantro, y espinacas salteadas. Jane dice que a ella la comida le da igual, pero a mí no, y se me hacía agua la boca.

Puso mi regalito sobre el mostrador, junto a una gigantesca botella de cuatro litros y medio de whisky Famous Grouse. Era una sorpresa de los nietos adultos de Jane, que explicaron que era mucho más barato comprar a granel, y que seguramente le duraría todo el tiempo que pasara con ellos. Sus nietos viven en la casa de Dar es Salaam a la que Jane se mudó cuando se casó con su segundo esposo, aunque por esos días pasaba la mayor parte de su tiempo en Gombe. Hoy en día, Jane sólo va a la casa durante sus cortas visitas semestrales a Tanzania, apenas por unos pocos días a la vez, y también vuelve ocasionalmente a Gombe y a otros pueblos de Tanzania.

Para ella, un vasito de whisky en la noche es un ritual y una oportunidad para relajarse y, cuando es posible, brindar con amigos.

—Todo empezó —me explica— porque mamá y yo siempre compartíamos “una copita” en las noches cuando estaba en casa. Así que nos acostumbramos a alzar el vaso para brindar juntas a las siete de la noche, en cualquier parte del mundo en que me hallara.

También descubrió que cuando se le cansa mucho la voz de tantas entrevistas y conferencias, un pequeño sorbo de whisky tensa las cuerdas vocales y le permite proseguir.

—Además —explica Jane—, cuatro cantantes de ópera y un famoso cantante de rock me han dicho que esto también les funciona.

Me senté junto a Jane al aire libre, en la mesa del pórtico en la que ella y su familia reían y compartían anécdotas. Las frondosas bugambilias a nuestro alrededor nos hacían sentir como si estuviéramos bajo el dosel del bosque, a la luz de las velas.


Con mi familia en Dar es Salaam. De izquierda a derecha: mi nieto Merlin; su medio hermano Kiki, hijo de Maria; mi nieto Nick, medio hermano de Merlin; mi nieta Angely mi hijo Grub (Instituto Jane Goodall / Cortesía de la familia Goodall).

Merlin, su nieto mayor, tenía veinticinco años. Años atrás, cuando tenía dieciocho, tras una noche loca con amigos, se echó un clavado en una alberca vacía y se rompió el cuello. La lesión lo llevó a cambiar su vida: dejó la juerga y, como su hermana Angel, siguió a su abuela en el camino de la conservación de la naturaleza. Jane, la discreta matriarca, se sentó a la cabecera, evidentemente orgullosa de su familia.

Jane se untó repelente de mosquitos en los tobillos, y bromeamos sobre la falta de vocación vegetariana de estos animales.

—Sólo las hembras chupan sangre —señaló Jane—. Los machos viven de néctar.

A los ojos de la naturalista, los mosquitos chupadores de sangre no eran más que madres tratando de obtener alimento para sus crías, aunque su explicación no me reconcilió para nada con estos históricos enemigos de la humanidad.


Angel trabaja en nuestro programa Raíces y Brotes, y Merlin ayuda a desarrollar un centro educativo en antiguos remanentes de bosques cerca de Dar es Salaam (K 15 Photos / Femina Hip).

Cuando se abrió una pausa en la conversación y en las anécdotas familiares, quise hacerle a Jane las preguntas que me habían estado consumiendo desde que decidimos colaborar en un libro sobre la esperanza.

Debo admitir que, como típico neoyorquino escéptico, el tema de la esperanza me provocaba un poco de recelo. Me parecía una respuesta débil, una aceptación pasiva: “esperemos que todo salga bien”. Sonaba a panacea o a fantasía. Una negación deliberada o una fe ciega a la cual aferrarse, a pesar de lo inequívoco de los hechos y la sombría realidad de la vida. Temía albergar falsas esperanzas, esas impostoras engañosas. De cierta forma, hasta el cinismo parecía más seguro que arriesgarse a tener esperanza. El miedo y la rabia se sentían como respuestas más útiles, listas para hacer sonar las alarmas, en especial durante épocas de crisis como la nuestra.

También quería saber cuál era la diferencia entre esperanza y optimismo, si Jane alguna vez había perdido la esperanza y cómo hacer para conservarla en tiempos aciagos. Pero estas preguntas tendrían que esperar a la mañana siguiente, porque se hacía tarde y todos se iban a la cama.

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