Agradecimientos
V.1: febrero de 2021
© Inma Rubiales, 2021
© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2021
Todos los derechos reservados.
Diseño de cubierta: Taller de los Libros
Publicado por Wonderbooks
C/ Aragó, 287, 2.º 1.ª
08009, Barcelona
www.wonderbooks.es
ISBN: 978-84-18509-14-8
THEMA: YFM
Conversión a ebook: Taller de los Libros
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.
Holland es una de las chicas más populares e inteligentes del instituto y su vida parece perfecta. Alex es un chico tímido y solitario que ama la música, pero renunció a su pasión hace tiempo tras sufrir una trágica pérdida. Cuando ambos coinciden por casualidad en el cuarto del conserje, no saben que sus vidas están a punto de cambiar.
Acompañado de un variopinto y divertido grupo de amigos, Alex forma una banda de pop rock en la que cada miembro brilla con luz propia y con la que, junto a Holland, aprenderá que la música y la confianza en uno mismo pueden sanar incluso los corazones más rotos.
De la autora de Un amigo gratis y Mi conquista tiene una lista
«Inma se supera con cada historia que escribe. Tiene un don y crea personajes especiales que te marcan y a los que es imposible no adorar desde el primer minuto.»
Books and cauldrons
«Lectura ágil, entretenida y bien escrita. Inma Rubiales es una joven escritora que, con tan solo dieciocho años, tiene una gran proyección en las letras.»
Laura Rodríguez, FanFan
«Decir que la pluma de Inma Rubiales me ha dejado maravillada se queda corto.»
Diario de una pelorricen
«Inma Rubiales me ha conquistado. Con una pluma sencilla, fresca, amena y dinámica, ha conseguido una bonita obra digna de tener en cuenta.»
Leo la lluvia caer
#wonderlove
A quienes hayan renunciado a un sueño que creían imposible,
id a por él. Este libro también lo era antes.
A mi hermana, Laura,
que me contagió su amor por la música.
Siempre serás mi compañera de aventuras.
Y a ti, lector,
gracias por acoger a mis chicos con los brazos abiertos.
Creo que estoy empezando a perderme
y todavía me quedan mil y una veces por delante.
No sabía que estaba perdido hasta que me encontraste.
¿Vendrás a por mí cuando no vea el camino de vuelta a casa?
«Mil y una veces» – 3 A. M.
El murmullo de una canción que todavía no existe resuena en mi interior. Tamborileo con el lápiz sobre el cuaderno y sigo el ritmo con la cabeza. He llenado dos pentagramas torcidos de notas mal dibujadas y pienso en cómo me sentiría al tocarlas con el piano. Me muerdo el interior de la mejilla y sacudo la cabeza.
Cierro el cuaderno con tanta fuerza que resuena en toda la habitación. Suspiro mientras me apoyo contra la pared. Cierro los ojos e intento olvidarme de la melodía. Necesito sacármela de la cabeza. Me he obsesionado con algo que no me llevará a ningún sitio; algo que no podré tener. Al menos, ya no.
No obstante, el silencio me complica las cosas. Echo un vistazo al armario y al montón de cajas que hay al fondo. Hace frío en este lugar. Estoy sentado en el suelo y se me está congelando el trasero. Me gustaría tener otro sitio, pero no hay sillas ni mesas; Barney, el conserje, solo utiliza esta habitación para guardar sus útiles de limpieza.
Me gusta estar aquí. De hecho, paso bastante tiempo refugiado entre estas paredes. En mi defensa diré que lo que hay ahí fuera me da muchísimo miedo. El instituto está lleno de abusones que eligen a sus víctimas a principio de curso. Puede que los deportistas sean idiotas, pero se pasan la vida entrenando, tienen unos brazos el triple de anchos que los míos y, sinceramente, prefiero no correr el riesgo.
Este es mi último año de instituto y me he propuesto tener un curso tranquilo. Nada de problemas, nada de distracciones, nada de perder el tiempo.
Nada de música.
Si quiero empezar el curso con buen pie no debería faltar a clase. Creo que me he perdido la clase de matemáticas. Suspiro y busco mi mochila para guardar el cuaderno. Sin embargo, en cuanto la cojo del asa algo empieza a moverse dentro. La suelto sin pensármelo dos veces y cae al suelo con un chillido estrangulado.
Pero, ¿qué…?
Parece que a mi mochila la ha poseído el diablo. Me ayudo del lápiz para abrirla un poco y distingo dos ojos saltones que resaltan en la oscuridad del cuarto del conserje. El animalillo, que parece una bola de pelo, se reacomoda, molesto. Se me ralentiza el corazón.
Gracias al cielo, lo que hay en mi mochila no es un demonio.
Sino una rata.
—Petunia, algún día me matarás del susto.
La miro mientras olisquea mis cuadernos como si nada. Pongo los ojos en blanco y enrollo la mochila, sin cerrarla, para que no se escape. No tengo ni idea de cómo ha llegado ahí, pero seguro que ha sido cosa de Blake.
Voy a matarla.
Honestamente, siempre he odiado a este bicho. Todavía recuerdo cómo chillé en el momento en que lo vi por primera vez. Cuando Blake me dijo que quería una mascota, pensé que adoptaría un perro. O un gato, si nos ponemos exquisitos. Pero al final se decantó por algo mucho menos convencional y me presentó a Petunia.
Desde entonces, ella y su asquerosa cola de rata forman parte de nuestras vidas.
Me encantaría dejarla aquí a su suerte, pero mi hermana me mataría si le pasara algo. Solo por eso, decido ser buena persona. Vale, y también porque no me gustaría que la encontrara el profesor de biología y la diseccionaran en el laboratorio.
Eso sería un poco sádico.
Así que le envío un mensaje a Blake y me echo la mochila al hombro. No cierro la cremallera del todo para que Petunia no se asfixie, básicamente porque no quiero que mis cuadernos apesten a muerto. En cuanto mi hermana responde que está en el aula de literatura me pongo de pie. Me niego a cuidar de este bicho durante todo el día.
Mientras me sacudo el polvo de los vaqueros, me preparo mentalmente para enfrentarme a lo que me espera ahí fuera. No puedo quedarme aquí dentro para siempre, ¿verdad? Tengo que ser valiente, hacer frente a mis miedos y todas esas chorradas. La alternativa es que me castiguen y no necesito pasar más horas en este infierno.
De forma que me aferro a la poca valentía que me queda y cruzo la habitación. Estoy preparado para empezar oficialmente mi último año de instituto.
Pero todo se tuerce antes de que toque el pomo de la puerta. Porque se está girando.
Alguien quiere entrar.
Mierda, mierda, mierda.
Entro en pánico y retrocedo hasta que me tropiezo con la estantería, que se tambalea peligrosamente. Intento que no caiga, mientras Petunia se mueve nerviosa en mi mochila. El corazón me late a toda prisa y no puedo dejar de mirar la puerta. Quién quiera que esté al otro lado, seguro que no le gustará encontrarme aquí.
Reviso la habitación a toda prisa. En cuanto localizo un armario que me supera en estatura, no me lo pienso dos veces. Lo separo un poco de la pared y me escondo detrás. Dejo la mochila fuera, en el suelo, para no aplastar a Petunia. Bajo mis pies, las baldosas están pegajosas y huele a podrido.
Carraspeo. Me lloran los ojos. Joder, qué asco. Pienso seriamente en cambiar de escondite, pero ya es demasiado tarde. La puerta se abre.
«Por favor, que no sean el señor Barney y su fregona…».
«Por favor, que no sean el señor Barney y su fregona…».
«Por favor, y por el bien de mi cara bonita, que no sean el señor Barney y su fregona…».
—Para, me haces cosquillas. —Se oyen risas—. Gale, espera. Déjame… déjame cerrar la puerta.
Frunzo el ceño. Definitivamente, eso no ha sonado como el señor Barney.
Hay una ventana minúscula que da a la calle. Gracias a la luz que entra por ella puedo ver qué ocurre cuando me asomo. Solo me hace falta sacar la cabeza para que el olor a podrido sea sustituido por un agradable aroma femenino.
Distingo dos siluetas. Una pertenece a una chica alta con el pelo largo. Tiene los brazos en torno al cuello del chico, que parece un gorila con la luz apagada. La sujeta por la cintura y se besan con ganas, como si el mundo estuviera a punto de acabarse y no soportaran tener que despedirse.
Me da un vuelco el corazón. Tiene que ser una broma. ¡Están dándose el lote en el cuarto del conserje! ¡Conmigo dentro!
Me entran náuseas. De pronto, algo choca contra el armario y casi se me cae encima. Me agacho y me trago un grito. No tardo en descubrir que ha sido culpa de la pareja y su pasión desenfrenada, y empiezo a temer que, en lugar de traumatizado, pueda salir muerto de este sitio.
Por el amor de Dios, parecen babosas. Tengo que salir de aquí.
No quiero arriesgarme a recibir otro golpe, así que decido cambiar de escondite. Me muevo entre las sombras, como un ninja, y me agacho tras el montón de cajas que hay junto al armario. Vale, quizá no haya sido lo más sensato, pero aquí tampoco pueden verme y al menos ya no huele a podrido.
Mientras ellos se succionan como aspiradoras, me agazapo contra las cajas e intento pasar desapercibido. «Piensa como un mueble y serás un mueble», considero. No creo que tenga sentido, pero la situación es surrealista y estoy desesperado.
Mi única opción es esconderme aquí hasta que se marchen. No puedo salir ahí sin más y pedirles que se vayan. Conozco a este chico. Gale Fullman. Es el capitán del equipo del instituto. Un chico popular. Y grande. Tiene unos músculos enormes y no me apetece correr el riesgo. Me gustaría mantener la cara intacta hasta la universidad, gracias. Seguro que intentaría meterme la cabeza dentro del váter o algo así.
¿He mencionado ya que me gustaría empezar el curso fuera del retrete?
Hasta que, de pronto, ocurre un milagro. Los astros se alinean y, después de la tormenta, veo un rayo de sol justo cuando la campana que da comienzo a la segunda hora de clase resuena por todo el instituto.
Mi pecho se llena de alivio. Cierro los ojos y doy gracias al cielo, a Dios, a las monjas, a todos los santos, a mi canario Pop, que murió, y a mi gato llamado Gato, que desapareció hace años, por ponerle fin a esta tortura.
—Deberíamos irnos —dice la chica. Toma aire, como si le faltara el oxígeno—. Voy a llegar tarde a clase.
¡Al fin se marchan! Estoy eufórico. No obstante, prefiero celebrar mi pequeña victoria a solas, cuando ya no corra el riesgo de que me descubran.
—Podríamos quedarnos un rato más —insiste él, y en mi cabeza se repite la misma palabra cientos de veces: «No, no, no, no…».
—Gale… —Ella suspira, derrotada.
—Vamos, no seas aburrida.
—Tengo clase de literatura.
—Solo será un rato. Llegarás a tiempo.
—Sabes que no puedo arriesgarme. Mis padres se enterarían. —Quizá debería sonar triste, pero su voz es firme. No piensa ceder.
Su novio debe saberlo, porque resopla.
На этой странице вы можете прочитать онлайн книгу «Cántame al oído», автора Инма Рубиалес. Данная книга относится к жанрам: «Внеклассное чтение», «Короткие любовные романы».. Книга «Cántame al oído» была издана в 2021 году. Приятного чтения!
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