Читать книгу «Resurrección» онлайн полностью📖 — Ian Rankin — MyBook.

Título original: Resurrection Men

© Ian Rankin, 2001.

© de la traducción: Francisco Martín Arribas, 2004.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO374

ISBN: 9788491872023

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

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Eneida, I, 207

1

—Entonces, ¿por qué está usted aquí?

—Depende. ¿A qué se refiere? —contestó Rebus.

—¿A qué me refiero...? —replicó la mujer tras las gafas frunciendo el entrecejo.

—A qué se refiere con «aquí» —añadió él—. ¿Aquí, en esta habitación? ¿Aquí, en esta profesión? ¿Aquí, en el planeta?

Ella sonrió. Se llamaba Andrea Thomson y en la primera entrevista había dejado claro que no era doctora. No era tampoco «psiquiatra» ni «terapeuta»: «análisis profesional», rezaba en la agenda de Rebus.

«14:30-15:15: análisis profesional, sala 3.16.»

La señora Thomson se había convertido en Andrea al hacer su presentación; ésta había tenido lugar la víspera, el martes, en una sesión «para conocerse», como lo llamó ella.

Andaría cerca de los cuarenta y era baja y ancha de caderas. Tenía una melena rubia con reflejos oscuros y dientes un poco grandes, y trabajaba por cuenta propia y no a jornada completa para la policía.

—¿Acaso hay alguien que lo haga? —le había preguntado Rebus en la primera entrevista; ella le miró con cierta sorpresa—. Quiero decir, si hay entre nosotros quien trabaje a jornada completa... Por eso estamos aquí, ¿no es cierto? —añadió señalando con un gesto vago la puerta cerrada—. No rendimos y tienen que darnos un tirón de orejas.

—¿Es eso lo que cree que necesita, inspector Rebus?

—Si sigue dándome ese tratamiento —replicó él alzando un dedo—, yo continuaré llamándola «doctora».

—No soy médico. Ni psiquiatra, ni terapeuta; ni ninguna otra palabra que haya podido usted pensar —arguyó ella.

—Pues, ¿qué es, entonces?

—Me ocupo del análisis profesional.

—Pues debería llevar cinturón de seguridad —replicó Rebus con sorna.

—¿Me espera un viaje agitado? —añadió ella mirándole fijamente.

—Podría decirse que sí, visto el derrotero que ha tomado mi «profesión», como usted la llama.

Aquello había sido la víspera.

En la segunda entrevista, ella quería conocer sus sentimientos. ¿Cómo se sentía siendo policía?

—Disfruto.

—¿Con qué partes?

—Con todo mi cuerpo —contestó él con una mirada sonriente.

—Me refiero... —ella le devolvió la sonrisa.

—Sé a qué se refiere —la interrumpió Rebus mirando el cuarto.

Era un despacho pequeño, práctico; un par de sillas cromadas a ambos lados de una mesa chapada con teca. El tapizado de las sillas era verde lima y sobre la mesa no había más que un cuaderno de rayas tamaño folio y su bolígrafo. Rebus advirtió en un rincón una voluminosa cartera y se preguntó si dentro estaría su expediente. Un reloj en la pared, y debajo un calendario del cuerpo de bomberos. Cubría la ventana un visillo.

No era el despacho de la mujer, sino el que le asignaban cuando requerían sus servicios. Lo cual cambiaba mucho.

—Disfruto con mi trabajo —añadió él al fin cruzando los brazos, pero al pensar que a lo mejor ella lo interpretaba como un gesto defensivo, volvió a desplegarlos y no se le ocurrió otra cosa que meter las manos en los bolsillos de la chaqueta—. Me gusta en todos sus aspectos, hasta la burocracia extra que supone cada petición de recargas para la grapadora.

—Entonces, ¿por qué le tiró una taza a la comisaria Templer?

—No lo sé.

—Ella opina que quizá tenga algo que ver con celos profesionales.

—¿Eso ha dicho? —replicó Rebus con una carcajada.

—¿No está de acuerdo?

—Claro que no.

—Hace años que la conoce, ¿no es cierto?

—Tantos, que ni me acuerdo.

—¿Y siempre ha sido su superior?

—Eso nunca me ha importado, si está pensando en eso.

—Hace poco que ella ha ascendido al cargo de comisaria.

—¿Y?

—Usted lleva en su puesto de inspector bastante tiempo. ¿No le gustaría mejorar? Tal vez «mejorar» no sea la palabra adecuada —añadió al captar la mirada de Rebus—. ¿No tiene deseos de ascender?

—No.

—¿Por qué no?

—Quizá por temor a las responsabilidades.

—Eso me huele a respuesta preparada —replicó ella mirándole.

—Ése es mi lema: estar preparado.

—Ah, ¿fue usted un boy scout?

—No —contestó Rebus; ella seguía inmóvil mirando pensativa el bolígrafo, un Bic naranja—. Mire —continuó él—, no tengo nada contra Gill Templer. Le deseo buena suerte en su nuevo cargo, pero yo no podría desempeñarlo. Me gusta estar donde estoy —y continuó alzando la vista—: No me refiero a estar aquí, en este cuarto; quiero decir, en la calle resolviendo delitos. El motivo de que perdiera los nervios es..., bueno, la manera en que estaba llevándose la investigación.

—¿Ha sentido lo mismo en otros casos? —inquirió ella quitándose las gafas y frotándose la piel enrojecida del puente de la nariz.

—Muchas veces —respondió Rebus.

—Pero ¿esta es la primera vez que le arroja usted una taza? —la mujer deslizó las gafas de nuevo a su lugar.

—No estaba apuntando con ella a Gill —se disculpó Rebus.

—Tuvo que esquivarla. Además, la taza estaba llena.

—¿Ha probado usted el té de la comisaría?

—¿Así que no le da usted importancia? —añadió ella sonriendo.

—Pues no —respondió él cruzando los brazos en un pretendido gesto de confianza.

—Entonces, ¿por qué está usted aquí?

Al final de la sesión, Rebus cruzó el pasillo hasta los servicios; se echó agua en la cara, se secó con una toalla de papel y se miró al espejo del lavabo mientras sacaba un cigarrillo, lo encendía y expulsaba el humo hacia el techo.

Oyó el agua de descarga de una cisterna, se descorrió un pestillo y de una cabina salió Jazz McCullough.

—Me imaginé que eras tú —dijo abriendo el grifo.

—¿Cómo lo sabías?

—Tan largo suspiro seguido del chasquido del mechero sólo podía corresponder al final de la sesión con la psiquiatra.

—No es psiquiatra.

—Un retaco es lo que es —añadió McCullough cogiendo una toalla que arrojó a la papelera para ajustarse la corbata.

Se llamaba James, pero sus amigos solían llamarle Jamesy y más a menudo Jazz. Era un cuarentón alto y delgado, de pelo negro corto con algunas canas en las sienes. Se dio unas palmadas por encima del cinturón como alardeando de la ausencia de barriga, en contraste con Rebus, que a duras penas era capaz de verse el cinturón ni reflejado en el espejo.

Jazz no fumaba y su tema de conversación casi exclusivo era su mujer y los dos hijos que tenía en Broughty Ferry. Se miró al espejo y se atusó tras la oreja un mechón rebelde.

—¿Qué demonios hacemos aquí, John?

—Eso mismo acaba de preguntarme Andrea.

—Claro, porque sabe que es una pérdida de tiempo; la cosa es que estamos pagando su sueldo.

—En tal caso, algo bueno hacemos.

—¡Cabronazo! —dijo Jazz mirándole—. Tú piensas ligártela.

—Oye, oye, que yo sólo quería decir... —replicó Rebus con una mueca, pero Jazz ya se echaba a reír dándole una palmada en el hombro.

—A la lucha —añadió abriendo la puerta—. Son las tres y media: «trato con el público».

Era su tercer día en Tulliallan, la academia de la policía escocesa, un centro que albergaba en su mayoría a jóvenes reclutas que seguían cursos de formación antes de poder salir a la calle. Pero allí había también otros agentes mayores y experimentados para hacer cursos de reciclaje, y aprender nuevas técnicas.

Y estaban los del curso de rehabilitación.

La academia tenía su sede en el castillo de Tulliallan, que no era tal sino un remedo de mansión señorial con construcciones modernas anexas unidas por corredores. El complejo se alzaba en unos vastos y frondosos terrenos de las afueras de Kincardine, al norte del estuario del Forth, casi a la misma distancia de Glasgow que de Edimburgo. En cierto modo, parecía un campus universitario, y ésa era su función, pues allí se iba a aprender.

O, como en el caso de Rebus, a cumplir una sanción.

Había otros cuatro policías en el aula cuando entraron Rebus y McCullough. «El grupo salvaje», así los había calificado el inspector Francis Gray el primer día que se reunieron. En él, Rebus reconoció un par de caras: el sargento Sutherland de Livingston, y el inspector Tam Barclay, de Falkirk. Gray era de Glasgow, McCullough pertenecía a Dundee, y el último invitado a la fiesta, el agente Allan Ward, estaba destinado en Dumfries. «Las Naciones Unidas», había comentado Gray. Pero a Rebus le parecían más portavoces de sus respectivas tribus con idéntico lenguaje y distinto físico. Estaban hartos unos de otros y lo más problemático eran los agentes de una misma demarcación. Rebus y Sutherland eran de Lothian y Borders, pero la ciudad de Livingston era la División F, que en Edimburgo todos llamaban «Tropa F». Sutherland tenía el aspecto de un hombre acorralado; parecía estar esperando que Rebus dijera algo a los demás, algo despectivo.

Compartían los seis una característica común: encontrarse en Tulliallan por haber cometido alguna falta, en general era un asunto relacionado con la autoridad. Los dos días anteriores habían pasado la mayor parte del tiempo libre contándose sus batallitas particulares. La historia de Rebus era la más suave. A decir verdad, si un policía joven, recién incorporado al cuerpo, hubiera cometido aquel tipo de faltas, lo más probable es que no le hubieran enviado a la tabla de salvación de Tulliallan. Pero ellos eran veteranos, agentes que llevaban en el cuerpo un promedio de veinte años y casi todos a punto de jubilarse con el cien por cien del sueldo. Tulliallan era su última oportunidad y allí los habían enviado, a expiar su culpa, para poder rehabilitarlos.

En el momento en que Rebus y McCullough ocupaban sus respectivos asientos entró un agente de uniforme que se dirigió muy decidido hacia la cabecera de la mesa oval. Era un hombre de cincuenta y tantos años cuyo cometido docente era recordarles sus obligaciones con el público en general para que tuvieran cuidado en todo momento de no meter la pata.

Al cabo de cinco minutos de discurso, Rebus dejó de prestar atención para regresar en pensamiento al caso Marber.

Edward Marber era un galerista y anticuario de Edimburgo. «Era», porque había muerto de un golpe en la puerta de su casa a manos de un atacante o atacantes no identificados. No había aparecido todavía el arma y la conjetura del patólogo, el profesor Gates, convocado al escenario del crimen para extender el certificado de defunción, era que la causa de la hemorragia cerebral que había puesto fin a la vida de Marber llaves en mano en la escalinata de su casa en Duddingston Village, debió de ser una piedra o un ladrillo. Marber había vuelto a su domicilio en taxi ya tarde después de la inauguración privada de su última exposición, «Nuevos coloristas escoceses». Era propietario de dos pequeñas galerías selectas en la Ciudad Nueva de Edimburgo y de tiendas de antigüedades en Dundas Street, Glasgow y Perth. Rebus había preguntado a alguien por qué en Perth y no en la próspera localidad petrolífera de Aberdeen.

«Porque en Perthshire es donde se gastan el dinero los ricos.»

Habían interrogado al taxista. Marber no conducía, pero daba acceso a la casa un camino de ochenta metros y, al ver abierta la verja de entrada, el taxi había llegado hasta la puerta principal, activando con ello una luz halógena del lateral de la escalinata. Marber pagó al hombre, le dio una propina, le pidió un recibo y el taxista giró en redondo para marcharse sin molestarse en mirar por el retrovisor.

—Yo no vi nada —dijo a la policía.

En el bolsillo de Marber encontraron el recibo y una lista de las ventas de la tarde por un total superior a 16.000 libras. A Rebus le dijeron que la comisión del veinte por ciento del galerista ascendía a 3.200. No estaba nada mal por una sola tarde de trabajo.

Fue el cartero quien encontró el cadáver por la mañana. El profesor Gates había situado la hora aproximada de la muerte entre las nueve y las once de la noche. El taxi había recogido a Marber en su galería a las ocho y media y debió de dejarle en casa hacia las nueve menos cuarto, hipótesis que el taxista aceptó encogiendo los hombros.

De entrada, el instinto policíaco apuntaba a un robo, pero en seguida surgieron peros e interrogantes. ¿Quién iba a aporrear a la víctima con el taxi a la vista y la escena iluminada con luz halógena? No parecía probable; además, mientras el taxi daba la vuelta, Marber habría tenido tiempo de sobra para estar a salvo dentro de su casa. Por otro lado, a pesar de que Marber tenía los bolsillos vueltos del revés y faltaba el dinero y las tarjetas de crédito, el agresor no había aprovechado las llaves para abrir y robar en la casa. Tal vez le había dado miedo; pero no cuadraba.

Los atracos solían ser actos espontáneos, ataques en plena calle, en muchas ocasiones al haber retirado dinero de un cajero automático, y los ladrones no aguardan a la puerta de una casa el regreso de sus víctimas. Marber vivía relativamente apartado de Edimburgo; Duddingston Village era una zona semirrural de las afueras de gente acomodada, próxima al macizo del Arthur’s Seat, con casas rodeadas de tapias, tranquilas y seguras. Cualquiera que se hubiese acercado a pie a la casa de Marber habría provocado el disparo de la luz halógena de seguridad y se habría visto obligado a esconderse tras un seto o un árbol, por ejemplo. Y, aunque al cabo de cinco minutos el mecanismo automático desconectara la lámpara, cualquier movimiento habría vuelto a provocar el disparo del sensor.

Los agentes que acudieron al lugar del crimen buscaron posibles escondites y hallaron varios, pero sin rastro de huellas ni restos de fibras.

La comisaria Gill Templer planteó otro posible escenario:

—Supongamos que el agresor se hallaba dentro de la casa y al oír que abrían la puerta corrió hacia ella, golpeó a la víctima en la cabeza y huyó.

Pero aquella casa estaba provista de tecnología punta con alarmas y sensores por doquier y no había señales de allanamiento ni indicio de que faltaran objetos. La mejor amiga de Marber, otra galerista llamada Cynthia Bessant, la recorrió de arriba abajo y aseguró que no echaba nada de menos, con excepción de que gran parte de la colección de pintura del muerto estaba descolgada de las paredes y perfectamente embalada en plástico de burbujas, arrimada a la pared del comedor. Era un hecho al que Bessant no encontraba explicación.

—Tal vez pensaba poner marcos nuevos o distribuirla por otras habitaciones. La gente se cansa a veces de tener los cuadros en el mismo sitio.

La mujer examinó las habitaciones una por una y en particular el dormitorio de Marber, que ella no conocía, el sanctasanctórum, como dijo.

Por ser soltero el muerto, la policía llegó rápidamente a la hipótesis de que era homosexual.

—Nada en este caso tiene que ver con la sexualidad de Eddie —comentó Cynthia Bessant.

Pero aquel particular se aclararía con la investigación.

Rebus se había sentido marginado durante las pesquisas porque fundamentalmente le habían asignado la tarea de hacer llamadas telefónicas de sondeo a amigos y socios, con un cuestionario idéntico, que suscitaba respuestas idénticas. Habían inspeccionado los cuadros embalados con plástico de burbujas para detectar huellas y parecía evidente que era el propio Marber quien los había empaquetado, sin embargo ni su secretaria ni sus amigos acababan de entender aquello.

Luego, hacia el final de una reunión conjunta del equipo investigador, Rebus había cogido una taza —la taza de otra persona llena de té gris con mucha leche— y se la había tirado a Gill Templer.

Aquella reunión había comenzado como cualquier otra; Rebus se tomó sus tres aspirinas con el vaso de leche matutino. El café se lo llevaba a la comisaría en una taza alta de cartón, privilegio personal del quiosco de la esquina de The Meadows, y casi siempre, además, era su primer y único café decente del día.

—¿Demasiada bebida anoche? —espetó la sargento Siobhan Clarke mirándole de hito en hito.

Rebus llevaba el mismo traje, y la camisa y la corbata de la víspera, y ella se debía de preguntar si habría dormido con la ropa puesta. Iba afeitado de cualquier manera, como si se hubiese dado una simple pasada con la maquinilla eléctrica. Eso, aparte de que necesitaba un buen corte de pelo.

No. Clarke sólo había visto lo que Rebus quería que viera.

—Y buenos días a ti también, Siobhan —murmuró para el cuello de su camisa estrujando la taza de cartón vacía.

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