Читать книгу «Causas mortales» онлайн полностью📖 — Ian Rankin — MyBook.

Título original: Mortal Causes

© John Rebus Ltd., 1994.

© de la traducción: Antonio Padilla Esteban, 2015.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2015.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO914

ISBN: 9788490566701

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

AGRADECIMIENTOS

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IAN RANKIN JOHN REBUS

IAN RANKIN MALCOLM FOX

NOTAS

AGRADECIMIENTOS

Son muchas las personas que me han ayudado en este libro. Me gustaría darle las gracias a la gente de Irlanda de Norte por su generosidad y por su vitalidad. Tengo que agradecer en particular la colaboración de unas cuantas personas cuyos nombres no puedo dar o a quienes no les gustaría que los diese. Vosotros sabéis quiénes sois.

Gracias también a: Colin y Liz Stevenson, por intentarlo; a Gerald Hammond, por su conocimiento de las armas; a los funcionarios de la policía de la ciudad de Edimburgo y de la Lothian y Borders, que nunca parecen molestarse por las historias que cuento de ellos; a David y a Pauline, por su ayuda con el Festival.

El mejor libro sobre la cuestión de los grupos paramilitares protestantes es el del profesor Steve Bruce, The Red Hand (Oxford University Press, 1992). Una cita de este libro: «No puede hablarse de un “problema de Irlanda del Norte” para el que existe una solución. Lo que hay es un conflicto en el que habrá ganadores y perdedores».

La acción de Causas mortales tiene lugar en un verano ficcionalizado, el de 1993, antes del atentado con bomba en Shankill Road y su sangrienta resaca.

¿Quizá la terrible incapacidad de Edimburgo para hablar a las claras,

el silencio de Edimburgo sobre lo que tendría que decir,

no es sino el silencio que precede a la tormenta,

ahora que el estallido liberador es tan opresivamente inmediato?

HUGH MCDIARMID

We’re gonna be just dirt in the ground.

TOM WAITS

Ya podía gritar todo lo que quisiera.

Se encontraban bajo tierra, en un lugar que no conocía, un lugar viejo y frío pero iluminado con electricidad. Y lo estaban sometiendo a un castigo. La sangre le corría por el cuerpo hasta caer en el suelo de tierra. Podía oír unos sonidos semejantes a voces lejanas, algo que estaba más allá de la respiración de los hombres que lo rodeaban. Unos fantasmas, se dijo. Gritos y risas, los sonidos propios de una buena noche de farra por la calle. Pero tenía que estar equivocado: la noche le estaba yendo muy mal.

Los desnudos dedos de los pies apenas alcanzaban a tocar el suelo. Los zapatos se le habían salido y quedado atrás cuando lo bajaron a rastras por las escaleras de piedra. Los calcetines no tardaron en correr la misma suerte. Era presa del dolor, pero el dolor podía remediarse. El dolor no era eterno. Se preguntó si podría volver a caminar. Se acordó del momento en que el cañón de la pistola le tocó la parte posterior de la rodilla, enviando ondas de energía pierna arriba y pierna abajo.

Tenía los ojos cerrados. Sabía que, en caso de abrirlos, vería las salpicaduras de su propia sangre en la pared encalada, la pared que daba la impresión de arquearse en su dirección. Los dedos de los pies seguían moviéndose contra el suelo, acariciando la sangre cálida. Cada vez que trataba de hablar sentía que la cara se le resquebrajaba, por efecto de las lágrimas saladas y el sudor reseco.

Qué rara era la forma que tu vida podía adoptar. De niño a lo mejor te querían, pero luego igual resultabas ser una mala persona. O tal vez tus padres eran unos monstruos, pero después crecías puro. Su vida no había sido ni lo uno ni lo otro. O, mejor dicho, había sido las dos cosas, pues le habían querido y le habían vuelto la espalda en igual medida. Tenía seis años y estaba estrechándole la mano a un hombre corpulento. Entre ambos debería haberse dado mayor afecto, pero no resultó ser el caso, por las razones que fueran. Tenía diez años y su madre parecía estar exhausta mientras lavaba los platos encorvada sobre el fregadero. Sin advertir que él estaba en el umbral, se detuvo para que sus manos descansaran sobre el borde del fregadero. Tenía trece años y lo estaban iniciando como miembro de la primera de las pandillas. Sacaron una baraja de naipes y le despellejaron los nudillos con el borde del mazo. Se turnaron a la hora de hacerlo, los once de la pandilla. Le dolió hasta que consideraron que ya era miembro de pleno derecho.

Resonaron unas pisadas que se arrastraban. Y el cañón de la pistola se cernió sobre su nuca, y envió nuevas ondas por su cuerpo. ¿Cómo era posible que algo pudiera ser tan frío? Respiró con fuerza; sentía el esfuerzo en los omóplatos. No podía haber un dolor más intenso que el que sentía en ese momento. Notó una respiración trabajosa junto a su oído y, a continuación, las palabras resonaron otra vez:

—Nemo me impune lacessit.

Abrió los ojos y vio a los fantasmas. Estaban en una taberna llena de humo, sentados a una larga mesa rectangular, levantando las copas de vino o cerveza. Una mujer joven estaba repantigada en el regazo de un hombre con una sola pierna. Las copas tenían tallo, pero no base; era imposible dejarlas en la mesa sin haberlas apurado antes. Estaban haciendo un brindis. Los elegantes se entremezclaban con los mendigos. No había divisiones, no en la penumbra de la taberna. En ese momento todos le miraron e hizo lo posible por sonreír.

Sintió —pero no oyó— el estallido final.

1

Tal vez se tratase de la peor noche de sábado del año entero, y por esa razón al inspector John Rebus le había tocado el turno de guardia. Dios estaba en su cielo, vigilándolo todo. Esa tarde se había jugado el derbi futbolístico, los Hibs contra los Hearts en el estadio de Easter Road. Los hinchas que volvían hacia el barrio oeste y más allá habían hecho parada en el centro de la ciudad para beber en exceso y disfrutar de algunas de las imágenes y sonidos del Festival.

El Festival de Edimburgo era la cruz con que Rebus tenía que cargar. Se había pasado años haciéndole frente, tratando de evitarlo, maldiciéndolo y viéndose atrapado por él. Había quienes decían que el Festival no terminaba de encajar con el carácter de Edimburgo, una ciudad que durante la mayor parte del año daba la impresión de ser un tanto mortecina, moderada y refrenada. Eran tonterías; la historia de Edimburgo estaba preñada de comportamientos licenciosos y escandalosos. Pero el Festival, y el Festival Fringe, eran otra cosa. El Festival y el Fringe se nutrían del turismo, y con los turistas siempre llegaban los problemas. Los carteristas y los ladrones especializados en el robo con escalo acudían a la ciudad como si en ella estuviera celebrádose una convención de su gremio, mientras que los hinchas futbolísticos, que por lo general se mantenían alejados del centro urbano, de pronto se convertían en sus más apasionados defensores y les buscaban las cosquillas a los invasores forasteros sentados en las terrazas de los cafés muy a la moda diseminados a lo largo de High Street.

Cabía la posibilidad de que esa noche estallaran enfrentamientos entre unos y otros.

—En la calle hay un follón de mil demonios —acababa de comentar un agente, mientras descansaba un momento en la cantina.

Rebus no lo dudaba ni lo más mínimo. Los inspectores de paisano del Departamento de Investigación Criminal se presentaban con nuevos detenidos cada dos por tres, y las celdas estaban llenándose de manera sostenida. Harta de su marido borracho, una mujer le había metido los dedos en la picadora de carne de la cocina. Alguien estaba dedicándose a taponar con pegamento extrafuerte las ranuras de salidas de billetes de los cajeros automáticos; luego regresaba, las desatascaba con un martillo y un cincel y se quedaba con el dinero. En la zona de Princes Street se habían producido varios tirones de bolsos. Y la Banda de la Lata estaba volviendo a las andadas.

Los miembros de la Banda de la Lata utilizaban una fórmula muy sencilla. Se apostaban en las paradas de autobús y ofrecían un trago de su lata de cerveza o refresco. Todos eran hombretones de aspecto amenazador, de forma que la víctima siempre aceptaba el ofrecimiento de beber, sin saber que en la cerveza o refresco había pastillas machacadas de Mogadon u otros sedantes de efecto rápido. Cuando la víctima perdía el conocimiento, los pandilleros se hacían con su dinero y pertenencias de valor. Uno se despertaba con la cabeza como un bombo o, en el caso más grave, sometido a un lavado de estómago en el hospital. Y también se despertaba con los bolsillos vacíos.

A todo esto, se había producido una nueva amenaza de bomba, pero con la particularidad de que en aquella ocasión no se la habían comunicado a la emisora Lowland Radio, sino a un periódico. Rebus se había pasado por la redacción para tomarle declaración al periodista que había atendido la llamada. La redacción era un pandemonio de críticos encargados de cubrir el Festival y el Fringe y ocupados en escribir sus reseñas. El periodista leyó sus notas y explicó:

—El que llamó se limitó a decir que o suspendíamos el Festival o lo lamentaríamos.

—¿Le parece que hablaba en serio?

—Sí. Ya lo creo que sí.

—¿Tenía acento irlandés?

—Es la impresión que tuve.

—¿No era un acento irlandés de pega?

El periodista se encogió de hombros. Le corría prisa redactar algún artículo, de forma que Rebus le dejó que se ocupara de lo suyo. Era la tercera llamada en una semana y todas ellas amenazaban con una bomba o con perturbar el desarrollo del Festival de alguna otra manera. La policía se estaba tomando en serio la amenaza. ¿Acaso podía permitirse otra cosa? Por el momento no se había informado a los turistas, pero sí que se había recomendado a los diferentes locales y recintos que hicieran comprobaciones de seguridad antes y después de cada actuación.

De vuelta en St Leonard’s, Rebus informó de lo sucedido al comisario jefe y se puso a acabar el papeleo pendiente. Masoquista como era, disfrutaba bastante con el turno de los sábados. Uno veía las muchas caras de la ciudad. Y podía asomarse a atisbar el alma gris de Edimburgo. El pecado y el mal no eran negros —asunto sobre el que en cierta ocasión había debatido con un sacerdote—, sino de un impersonal tono gris. Uno lo veía a lo largo de toda la noche, en los grisáceos rostros inquisitivos de los malhechores y de los resentidos, de los maridos que les pegaban a sus mujeres, de los adolescentes que tiraban de cuchillo. Miradas vacías, desprovistas de toda inquietud que no tuviera que ver con la propia persona. Y uno rezaba, si era John Rebus, rezaba por que el menor número posible de personas tuviera que conocer tan de cerca esa gigantesca mediocridad grisácea.

Y uno luego iba a la cantina y bromeaba con los compañeros, con una sonrisa postiza en el rostro, estuviera escuchando o no.

—Inspector, ¿conoce el chiste del calamar con bigote que entra en un restaurante y...?

Rebus dejó de oír el chiste del agente y se volvió hacia su teléfono, que estaba sonando.

—Inspector Rebus.

Escuchó un momento y la sonrisa se esfumó de su cara. Colgó y echó mano a la chaqueta colgada del respaldo de la silla.

—¿Malas noticias? —preguntó el agente.

—No lo sabes bien, hijo mío.

High Street estaba atestada de gente, sobre todo de mirones y curiosos. Por todas partes surgían jóvenes que trataban de insuflar entusiasmo por las producciones del Fringe en las que estaban colaborando. ¿Colaborando? Lo más probable era que fuesen los protagonistas de dichas obras. No hacían más que poner folletos en unas manos ya de por sí llenas de papeles semejantes.

—Solo por dos libras. ¡Lo mejor que se puede ver en el Fringe!

—¡No verá otro espectáculo igual!

Había malabaristas, así como personas con las caras pintadas y una cacofonía de disonancias musicales. ¿En qué otro punto del globo podía darse una infernal barahúnda de músicos ambulantes pertrechados con gaitas, banjos y mirlitones?

Los lugareños decían que aquella edición del Festival estaba resultando más tranquila que la anterior. Decían lo mismo todos los años. Rebus se preguntó si alguna vez se habría producido algún momento culminante de verdad. Por su parte, lo encontraba más que suficientemente animado.

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