Читать книгу «Asuntos internos» онлайн полностью📖 — Ian Rankin — MyBook.

Título original inglés: The Complaints

© John Rebus ltd, 2009

© de la traducción: Francisco Martín Arribas, 2010

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO760

ISBN: 9788490563571

Composición digital: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Viernes, 6 de febrero de 2009

1

Lunes, 9 de febrero de 2009

2

3

Martes, 10 de febrero de 2009

4

5

Miércoles, 11 de febrero de 2009

6

7

8

Jueves, 12 de febrero de 2009

9

10

Viernes, 13 de febrero de 2009

11

12

Sábado, 14 de febrero de 2009

13

Domingo, 15 de febrero de 2009

14

Lunes, 16 de febrero de 2009

15

16

17

Martes, 17 de febrero de 2009

18

19

20

Miércoles, 18 de febrero de 2009

21

Jueves, 19 de febrero de 2009

22

23

Viernes, 20 de febrero de 2009

24

25

26

Sábado, 21 de febrero de 2009

27

Domingo, 22 de febrero de 2009

28

Lunes, 23 de febrero de 2009

29

30

Martes, 24 de febrero de 2009

31

32

VIERNES, 6 DE FEBRERO DE 2009

1

Hubo un amago de aplauso cuando Malcolm Fox entró en el despacho.

—No os esforcéis —dijo, dejando su avejentada cartera sobre la mesa junto a la puerta. En la oficina había otros dos agentes de Asuntos Internos, que volvieron a concentrarse en su trabajo mientras Malcolm se quitaba el abrigo. Aquella noche habían caído diez centímetros de nieve sobre Edimburgo, la misma cantidad que había colapsado Londres la semana anterior; pero, al parecer, Fox y todos los demás habían conseguido llegar al trabajo. De momento el mundo exterior se había limpiado; en su jardín se veían unas huellas de una familia de zorros que Fox había visto merodear por la zona de casas cuya parte trasera daba a un campo de golf municipal. En Jefatura le llamaban «Foxy», aunque él no se veía como tal. Uno de sus antiguos jefes lo había calificado de «auténtico oso»: lento pero firme, y temible sólo en ocasiones.

Tony Kaye, con una gruesa carpeta bajo el brazo, pasó junto a su mesa y le dio un apretón en el hombro sin dejar caer nada.

—Has estado muy bien —dijo.

—Gracias, Tony —contestó Fox.

La Jefatura de policía de Lothian y Borders estaba en Fettes Avenue. Desde algunas ventanas se veía la Academia de policía de Fettes. Algún que otro policía de Asuntos Internos había estudiado en colegios privados, pero sin pasar por la Academia; el propio Fox había cursado estudios en centros públicos, Boroughmuir y luego en Heriot Watt. Era seguidor del Hearts FC, aunque en la actualidad apenas si veía algún partido en casa, y el rugby no le interesaba mucho; Edimburgo iba a ser la sede del torneo de las Seis Naciones que se celebraba en febrero, por lo que aquel fin de semana llegarían hordas de galeses vestidos de dragones y haciendo el tonto con gigantescos apios hinchables. Fox vería el partido en la tele y tal vez se animara a acercarse al pub. Hacía cinco años que había dejado la bebida, pero en los dos últimos se había permitido alguna que otra incursión, pero sólo si estaba en plena forma mental, cuando tenía una gran fuerza de voluntad.

Colgó el abrigo y pensó que también podía quitarse la chaqueta. Había colegas en Jefatura que pensaban que los tirantes eran un signo de afectación, pero había perdido casi seis kilos y no le gustaba llevar cinturón. No eran unos tirantes llamativos: azul oscuro, sobre una camisa azul claro, y se había puesto una corbata rojo oscuro. Dejó la chaqueta en el respaldo de la silla, la alisó en los hombros, se sentó, abrió los cierres de la cartera y sacó los papeles sobre Glen Heaton. Heaton era la razón del conciso aplauso. El caso Heaton había sido un éxito. Él y su equipo habían tardado casi un año en instruirlo y la oficina del fiscal acababa de aceptarlo: tras ser amonestado e interrogado, Heaton iría a juicio.

Glen Heaton: quince años en el Cuerpo como agente, once de ellos en el DIC, y la mayor parte de éstos infringiendo las reglas en provecho propio. Pero se había pasado demasiado de la raya, filtrando información no sólo a sus amigos de los medios de comunicación, sino también a los delincuentes. Y eso le había acercado cada vez más a la órbita de atención de Asuntos Internos.

Departamento de Investigación de Conducta, nombre completo que recibía su oficina, integraba a los polis que investigaban a otros polis. Eran la «Brigada silenciosa», los «Tacones de goma», en cuyo seno había otro grupo aún más reducido: la unidad de Ética Profesional. Asuntos Internos se hacía cargo de asuntos corrientes —denuncias de coches patrulla mal aparcados o policías que ponían la música a un volumen excesivo en su vecindario—, y los de la unidad de Ética Profesional se ocupaban del lado oscuro, indagaban sobre racismo y corrupción, sobornos y hacer la vista gorda. Eran discretos, serios y decididos, y no tenían limitación de poderes para llevar a cabo su tarea. Fox y su equipo pertenecían a EP y su oficina estaba en una planta distinta de la de Asuntos Internos y Conducta, con un espacio cuatro veces menor. Habían vigilado a Heaton durante varios meses, le habían intervenido el teléfono, habían revisado las grabaciones de su móvil y escudriñado varias veces el ordenador sin que él lo supiera. Lo habían seguido y fotografiado tantas veces que Fox sabía más cosas sobre él que su propia esposa, incluso lo de la bailarina de lap dance con la que salía y lo del hijo de una relación previa.

Muchos policías planteaban a los de Asuntos Internos las mismas preguntas: ¿cómo podéis hacer ese trabajo?, ¿cómo podéis escupir a los vuestros, a oficiales con los que habéis trabajado o con quienes podríais haber formado equipo? En muchas ocasiones, además, se decía que eran «buenos policías». Pero ahí estaba el problema, ¿qué significaba ese «buenos»? Fox había estado dándole vueltas al asunto, mirándose en el espejo de detrás de la barra mientras se tomaba un refresco.

«Se trata de ellos —los delincuentes— o nosotros, Foxy... a veces hay que tomar atajos por las buenas para lograr el objetivo... ¿No lo has hecho nunca? ¿Eres un tipo inmaculado? ¿Irreprochable?»

Irreprochable no. A veces se sentía arrastrado por Ética Profesional con desgana. Arrastrado a entablar relaciones... y de nuevo liberado poco después. Aquella mañana había descorrido las cortinas del dormitorio para mirar la nieve, pensando en llamar y decir que no podía salir; pero vio el coche de un vecino arrancar despacio y la mentira se esfumó. Había acudido a la oficina, a su labor de investigar a policías porque era su obligación. Heaton estaba ahora suspendido de servicio pero con el sueldo íntegro. El expediente había pasado al procurador fiscal.

—¿Así que ya está? —El colega de Fox estaba delante de su mesa, con las manos en los bolsillos del pantalón, como de costumbre, balanceándose sobre los talones. Joe Naysmith llevaba seis meses en el departamento y no había perdido un ápice de su entusiasmo inicial. Tenía veintiocho años, joven para un departamento como el suyo. Según Tony Kaye, aquel trabajo era para Naysmith una vía rápida de ascenso. El joven sacudió la cabeza para apartarse aquel flequillo que siempre suscitaba bromas.

—De momento, sí —dijo Malcolm Fox. Se sacó el pañuelo del bolsillo del pantalón y se sonó.

—Entonces, ¿las copas corren de tu cuenta esta noche?

Desde su mesa, Tony Kaye, que había estado escuchando, inclinó la silla hacia atrás y miró a Fox.

—Ten en cuenta que en cuanto les das un batido a los peques, luego en seguida piden los pantalones largos.

Naysmith se volvió y sacó la mano del bolsillo lo justo para estirar el índice hacia Kaye. Éste hizo un puchero con los labios y volvió a su lectura.

—No estáis en el jodido recreo —se oyó refunfuñar desde la puerta, donde el inspector jefe Bob McEwan los observaba. Entró pausadamente y rozó con los nudillos la frente de Naysmith.

—Un corte de pelo, joven. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo?

—Sí, señor —musitó Naysmith, volviendo a su mesa. McEwan miró su reloj de pulsera.

—Dos putas horas me he tirado en la reunión.

—Seguro que ha sido fructífera, Bob.

McEwan miró a Fox.

—El jefe piensa que algo huele mal en Aberdeen —dijo.

—¿Sabemos algo?

—Aún no. No creas que me entusiasma que el asunto llegue a mi bandeja de entrada.

—¿Tiene amigos en Grampian?

—Yo no tengo amigos en ningún sitio, Foxy, ni quiero tenerlos. —El inspector jefe hizo una pausa como recordando algo—. ¿Heaton? —inquirió, y vio que Fox asentía con la cabeza—. Muy bien, muy bien.

Por la manera de decirlo, Fox sabía que el jefe tenía sus reservas y que años atrás había trabajado con Glen Heaton, que, según él, trabajaba bien y se había merecido los ascensos. Un buen oficial, en principio...

—Muy bien —repitió McEwan, aún con menos entusiasmo, encogiéndose de hombros—. ¿Qué más tenemos hoy?

—Poca cosa —dijo Fox, sonándose de nuevo.

—¿Aún no te has desecho de ese catarro?

—Por lo visto le he gustado.

McEwan volvió a mirar el reloj.

—Ya ha pasado la hora del almuerzo. ¿Y si nos vamos antes de la hora?

—¿Señor?

—Es viernes por la tarde, Foxy. Es posible que el lunes tengamos algo nuevo. Así que es preferible que recargues pilas. —McEwan se dio cuenta de lo que pensaba Fox—. No me refiero a Aberdeen —añadió.

—¿A qué, entonces?

—Podría salir algo este fin de semana —dijo McEwan encogiéndose de hombros—. Ya hablaremos el lunes —añadió mostrando intención de marcharse pero deteniéndose—. ¿Qué dijo Heaton?

—Se limitó a dirigirme una mirada de las suyas.

—He visto gente echar a correr cuando mira así.

—Yo no, Bob.

—No, tú no —dijo McEwan con una sonrisa dirigiéndose a su mesa al fondo de la oficina.

Tony Kaye había vuelto a inclinar la silla. Tenía un oído tan sensible como un dispositivo electrónico.

—Si te vas a casa, dame diez libras.

—¿Para qué?

—Para las copas que nos debes... Un par de pintas para mí y un batido para el niño.

Joe Naysmith comprobó que el jefe no miraba y volvió a dirigir un dedo enhiesto hacia Kaye.

Malcolm Fox no fue directamente a casa. Tenía a su padre en una residencia de ancianos cerca de Portobello, al este de Edimburgo. Portobello había conocido mejores tiempos cuando era un lugar de veraneo donde se iba a jugar en la playa y a caminar por el paseo marítimo; helados, máquinas tragaperras, pescado y patatas fritas, castillos al borde del agua, donde la arena era húmeda y moldeable. La gente hacía volar cometas y jugaba con el perro, tirándole un palo para que lo recogiera; el agua estaba tan fría que cortaba la respiración los primeros segundos, pero después ya no querías salir. Los padres se acomodaban en tumbonas de tela a rayas, a veces con una sombrilla clavada en la arena. El almuerzo que había traído mamá, con el sabor arenoso de la pasta de carne untada en rebanadas de pan blanco..., botellas de cola Barr caliente; sonrisas y gafas de sol, y papá con los pantalones remangados.

Hacía un par de años que Malcolm no llevaba a su padre al paseo marítimo. Unas semanas atrás se le ocurrió la idea, pero no pasó de esa fase. El viejo no tenía muy firmes las piernas, como él mismo decía; Fox quería desechar la idea de que fuese porque no le gustaba la imagen que darían ante la gente: un viejo al que se le escurría el helado del cucurucho por el dorso de la mano, mientras su hijo lo llevaba del brazo hacia un banco. Se sentarían y Malcolm Fox le limpiaría con el pañuelo el helado de la barbilla sin afeitar y luego el de los zapatos.

No, no iba a llevarlo. Hacía demasiado frío.

Fox pagaba por la residencia más que por la hipoteca. Había pedido a su hermana que compartieran el gasto, pero ella le dijo que lo haría cuando pudiera. Era una residencia privada; había mirado un par de ellas del ayuntamiento, pero le habían parecido grises y malolientes. Lauder Lodge era mejor. Parte del dinero que había desembolsado habría ido a parar al papel de decoración con dibujos en relieve y al ambientador de pino. Que oliera siempre a polvos de talco y no hubiera malos olores de cocina era prueba de la buena ventilación. Encontró aparcamiento cerca de la esquina del edificio y dio su nombre en la puerta. Era una casa victoriana aislada que habría valido una cantidad de siete cifras antes de la reciente crisis. Tenía una sala de espera al pie de la escalera, pero en recepción le dijeron que podía pasar a la habitación de su padre.

На этой странице вы можете прочитать онлайн книгу «Asuntos internos», автора Ian Rankin. Данная книга относится к жанру «Зарубежные детективы».. Книга «Asuntos internos» была издана в 2022 году. Приятного чтения!