Читать книгу «Te echo de menos» онлайн полностью📖 — Харлана Кобена — MyBook.

Título original: Missing You

© Harlan Coben, 2014.

© de la traducción: Jorge Rizzo Tortuero, 2017.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2017.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO044

ISBN: 9788490568187

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

DEDICATORIA

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AGRADECIMIENTOS

NOTAS

A RAY Y MAUREEN CLARKE

1

Kat Donovan acababa de bajarse del viejo taburete de su padre, dispuesta a dejar el O’Malley’s, cuando Stacy dijo:

—No te va a gustar lo que he hecho.

El tono de aquella frase hizo que Kat se detuviera de golpe.

—¿Qué?

El O’Malley’s había sido un bar de policías de los de toda la vida. El abuelo de Kat ya había pasado muchas tardes en él, igual que su padre y sus colegas del Departamento de Policía de Nueva York. Ahora lo habían convertido en un bar de yupis estirados, y estaba lleno de tipos engreídos con camisas blancas impecables, trajes negros y una barba de dos días cuidada al máximo para que pareciera descuidada. Eran unos tipos blandos que sonreían con petulancia y que llevaban hasta el último cabello esculpido con geles y espumas, y que bebían Ketel One en lugar de Grey Goose porque habrían visto algún anuncio en la tele donde decían que ese era el vodka que bebían los hombres de verdad.

Stacy paseó la mirada por el bar. Evitándola. A Kat eso no le gustó.

—¿Qué es lo que has hecho? —le preguntó.

—¡Vaya! —dijo Stacy.

—¿Qué?

—Capullo hostiable a las cinco en punto —dijo Stacy. Kat se giró hacia la derecha para echar un vistazo—. ¿Lo has visto?

—Sí, sí —respondió Kat.

En cuanto a decoración, el O’Malley’s no había cambiado tanto con el paso de los años. Sí, claro, los viejos televisores habían sido reemplazados por pantallas planas que mostraban una exagerada gama de partidos y deportes variados (¿a quién le importaba si los Edmonton Oilers ganaban o perdían?), pero, aparte de eso, conservaba aquel ambiente de bar de polis, y eso era lo que atraía a aquellos pretenciosos, que al invadir el bar estaban eliminando lo que le había dado ida, convirtiéndolo en una especie de versión Disney de lo que había sido en el pasado.

Kat era la única poli que aún iba al bar. Sus colegas se marchaban a casa al acabar el turno, o a sus reuniones de alcohólicos anónimos. Kat todavía seguía yendo a aquel lugar, y se sentaba en el viejo taburete de su padre con sus fantasmas, especialmente aquella noche, en que el asesinato de su padre volvía a rondarle la cabeza. Solo quería estar allí, sentir la presencia de su padre, que de algún modo —por ridículo que sonara— le diera fuerzas.

Pero aquellos idiotas no la dejarían en paz, no...

Aquel capullo hostiable en particular —expresión para llamar a cualquier tipo que se mereciera una hostia en los morros— había cometido un pecado clásico digno de hostia. Llevaba gafas de sol. A las once de la noche. En un bar mal iluminado. Otros detalles dignos de hostia incluían llevar la cartera cogida con una cadena, los pañuelos pirata, las camisas de seda desabotonadas, la profusión de tatuajes (con mención especial para los de símbolos tribales), las chapas militares (en los tíos que no habían servido en el ejército) y los relojes de pulsera blancos enormes.

Gafas de Sol sonrió con suficiencia y levantó la copa en dirección a Kat y Stacy.

—Le gustamos —dijo Stacy.

—Déjate de evasivas. ¿Qué es lo que no me iba a gustar?

Cuando Stacy se giró de nuevo hacia ella, Kat observó el gesto de decepción en el rostro hiperhidratado del capullo hostiable. Ya lo había visto muchas veces. Stacy gustaba a los hombres. No, más que eso: Stacy era un bombón, de esos que dejan a los hombres temblando, castañeteando y rabiando por dentro. Cuando se le acercaban, les fallaban las piernas y se volvían tontos. Muy tontos. Tontos de capirote.

Por eso quizá fuera un error salir por ahí con alguien con el aspecto de Stacy: los tipos llegaban a la conclusión de que no tenían ninguna posibilidad con una mujer así. Parecía inalcanzable.

Kat, en cambio, no.

Gafas de Sol fijó el objetivo en Kat e inició el ataque. Más que caminar hacia ella, se deslizó sobre su propia baba. Stacy contuvo una risita.

—Esto va a ser divertido —dijo.

Con la esperanza de desalentarlo, Kat miró al tipo de frente con expresión de desdén. Gafas de Sol no se achantó. Siguió avanzando, bamboleándose al ritmo de la música..., de alguna canción que debía de sonar solo en su cabeza.

—Hola, guapa —dijo Gafas de Sol—. ¿Te llamas wifi? —Kat esperó—. Porque siento una conexión especial...

Stacy explotó en una carcajada.

Kat siguió mirándolo. El tipo siguió adelante.

—Me gustan las mujeres menudas como tú, ¿sabes? Me pareces adorable. ¿Y sabes cómo estarías mejor aún? Conmigo.

—¿Alguna vez te funcionan esas frases tan tontas? —le preguntó Kat.

—Aún no he acabado. —Gafas de Sol tosió cubriéndose la boca con el puño, sacó su iPhone y se lo mostró a Kat—. Felicidades, cariño: acabas de pasar al primer puesto de mis tareas pendientes.

Stacy estaba disfrutando de lo lindo.

—¿Cómo te llamas? —dijo Kat.

El tipo arqueó una ceja.

—Como tú quieras que me llame, cariño.

—¿Qué tal Baboso? —Kat se abrió la americana, mostrándole el cinto con la pistola—. Voy a sacar la pistola, Baboso.

—Caray, chica, ¿eres mi nueva jefa? —dijo él señalándose la bragueta—. ¡Porque le acabas de dar un ascenso a mi compañero el calvo!

—Fuera de aquí.

—Mi amor por ti es como la diarrea —dijo Gafas de Sol—. Incontenible.

Kat se lo quedó mirando, horrorizada.

—¿Me he pasado? —preguntó él.

—¡Tío, eso es asqueroso!

—Ya, pero apuesto a que es la primera vez que lo oyes —dijo él. Aquella apuesta la habría ganado.

—Desaparece. Ya.

—¿De verdad? —insistió el tipo.

Stacy estaba casi por el suelo, partiéndose de la risa. Gafas de Sol empezó a retirarse.

—Un momento —continuó—. ¿Es una prueba? ¿Eso de Baboso no será... un cumplido o algo así?

—Lárgate.

Él se encogió de hombros, dio media vuelta, se fijó en Stacy y pensó: «¿Por qué no?». Repasó con la mirada su largo cuerpo y dijo:

—Bonitas piernas. ¿A qué hora abren?

Stacy se lo estaba pasando de cine.

—Poséeme, Baboso. Aquí mismo. Ahora mismo.

—¿De verdad?

—No.

Baboso volvió a mirar a Kat. Kat apoyó la mano en la culata de su pistola. Él levantó las manos y se apartó.

—¿Stacy? —dijo Kat.

—¿Hummm?

—¿Por qué creen estos tíos que tienen alguna oportunidad conmigo?

—Porque eres mona y tienes pinta de cachonda.

—Yo no soy cachonda.

—No, pero lo pareces.

—En serio, ¿tengo la misma pinta que ese perdedor?

—Tienes pinta de estar herida —dijo Stacy—. Odio decirlo. Pero ese sufrimiento... lo transmites, como una especie de feromona que a los capullos les resulta irresistible.

Ambas le dieron un sorbo a sus copas.

—Bueno, ¿y qué es eso que has hecho y que no me va a gustar? —preguntó Kat.

Stacy volvió a mirar hacia Baboso.

—Ahora me siento mal por él —dijo Stacy—. Quizá debería concederle un polvete rápido.

—No empieces.

—¿El qué?

Stacy cruzó sus largas piernas de modelo y le mostró una sonrisa a Baboso. El tipo puso una cara como de perro abandonado en un coche demasiado tiempo.

—¿Crees que esta falda es demasiado corta, Kat?

—¿Falda? —respondió Kat—. Yo pensaba que era un cinturón.

A Stacy le gustó la respuesta. Le encantaba que se fijaran en ella. Le encantaba ligar con tíos, porque estaba convencida de que con pasar una noche con ellos les cambiaba la vida. También era parte de su trabajo. Stacy era socia de una agencia de investigación privada junto con otras dos mujeres espléndidas. ¿Su especialidad? Pillar (atrapar, en realidad) a maridos infieles.

—¿Stacy?

—¿Hummm?

—¿Qué es eso que no me va a gustar?

—Esto.

Sin dejar de mirar a Baboso, Stacy le dio un trozo de papel a Kat. Kat miró el papel y frunció el ceño: «KD8115 SexoaTope».

—¿Qué es esto?

—KD8115 es tu nombre de usuaria. —Sus iniciales y su número de placa—. SexoaTope es tu contraseña. Ah, y distingue mayúsculas de minúsculas.

—¿Y esto para qué es?

—Para un sitio web..., EresMiTipo.com.

—¿Cómo?

—Es un servicio de citas por internet.

—Por favor, dime que es una broma —dijo Kat haciendo una mueca.

—Es un sitio exclusivo.

—Eso es lo que dicen de los clubes de estriptis.

—Te he pagado la inscripción —dijo Stacy—. Es para un año.

—Estás de broma, ¿verdad?

—No bromeo. He trabajado para esta empresa. Son buenos. Y no nos engañemos: necesitas un hombre. Quieres un hombre. Y aquí no vas a encontrarlo.

Kat suspiró, se puso en pie y le hizo un gesto al camarero, un tipo llamado Pete que parecía un personaje secundario que siempre hiciera de camarero irlandés —que era en realidad lo que era—. Pete le devolvió el gesto, indicándole que le había apuntado las copas a su cuenta.

—¿Quién sabe? —dijo Stacy—. A lo mejor encuentras a tu príncipe azul.

Kat se dirigió hacia la puerta.

—Sí, o un nuevo filón de babosos.

Kat escribió «EresMiTipo.com», apretó la tecla Enter e introdujo su nuevo nombre de usuaria y su embarazosa contraseña. Frunció el ceño cuando vio el lema que había escogido Stacy para su perfil: ¡MONA Y CACHONDA!

—Se ha dejado «y herida» —murmuró.

Era más de medianoche, pero Kat no tenía costumbre de dormir demasiado. Vivía en un barrio demasiado elegante para ella —en la calle Sesenta y siete, al oeste de Central Park, en el Atelier—. Cien años atrás, aquel edificio y los contiguos, incluido el famoso Hotel des Artistes, acogían a escritores, pintores, intelectuales..., artistas. Los amplios apartamentos de estilo europeo daban a la calle, y los estudios de artistas, más pequeños, atrás. Con el tiempo, los antiguos estudios fueron convirtiéndose en apartamentos de un dormitorio. El padre de Kat, un poli que había visto hacerse ricos a sus amigos sin hacer nada más que comprar fincas, quiso probar suerte. Un tipo al que le había salvado la vida le vendió aquel piso muy barato.

Kat se había trasladado allí en su época de estudiante en la Universidad de Columbia. Se había pagado los estudios universitarios con una beca de la policía. Según el proyecto de vida que se había trazado, se suponía que tenía que estudiar derecho y luego entrar en un gran bufete de Nueva York, renunciando por fin al maldito legado familiar de servicio en la policía.

Solo que no había ido así la cosa.

Junto al teclado tenía una copa de vino tinto. Kat bebía demasiado. Sabía que aquello era un cliché —el poli que bebe demasiado—, pero a veces los clichés tienen una razón de ser. Funcionaba bien. No bebía en el trabajo. Realmente no afectaba a su vida de un modo ostensible, pero si hacía una llamada o si tomaba decisiones a última hora de la noche, solían ser... algo torpes. Con los años había aprendido a apagar el teléfono móvil y a no responder el correo electrónico a partir de las diez de la noche.

Y, sin embargo, ahí estaba, echando un vistazo a los perfiles de unos tipos desconocidos en una página de citas.

Stacy había subido cuatro fotografías a la página de Kat. La fotografía del perfil de Kat, un primer plano de la cara, la había recortado de una foto de grupo de las damas de honor de una boda del año anterior. Kat intentó ver su propia imagen objetivamente, pero le resultó imposible. Odiaba aquella foto. La mujer de la foto parecía insegura, con una sonrisa débil, casi como si esperara que le dieran un bofetón o algo así. Cuando se decidió a afrontar el doloroso ritual de ver el resto de las fotos, vio que todas estaban recortadas a partir de fotografías de grupo, y que en todas parecía casi como si estuviera sufriendo.

Vale, ya estaba bien de mirar su perfil.

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