Читать книгу «Factor de riesgo» онлайн полностью📖 — Харлана Кобена — MyBook.
image

HARLAN

COBEN

FACTOR

DE RIESGO

Traducción de

Fernando González Corrugedo


Título original inglés: Miracle Cure.

Autor: Harlan Coben.

© Harlan Coben, 1991, 1992.

© de la traducción: Fernando González Corrugedo, 2019.

© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2019.

Av. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona

rbalibros.com

Primera edición: abril de 2019.

REF.: OAFI865

ISBN: 978-84-9187-411-9

GAMA, SL • PREIMPRESIÓN

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito

del editor cualquier forma de reproducción, distribución,

comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida

a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro

(Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org)

si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra

(www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Todos los derechos reservados.

CONTENIDO

NOTA DEL AUTOR

PRÓLOGO

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

16

17

18

19

20

21

22

23

24

25

EPÍLOGO

PARA CORKY,

LA MEJOR MAMI DEL MUNDO

Bueno, si este es el primero de mis libros que vas a leer, para. Devuélvelo. Coge otro. No pasa nada. Puedo esperar.

Si sigues ahí, que sepas que no he leído Factor de riesgo en al menos veinte años. Es la segunda novela que publiqué; la escribí cuando tenía poco más de veinte años y aún era un chaval algo simplón que trabajaba en el sector turístico, preguntándome si debía seguir los pasos de mi padre y mi hermano e ingresar —qué escalofrío— en la facultad de Derecho.

Soy muy crítico con esta obra, pero supongo que todos lo somos con nuestros primeros trabajos. Piensa en esa redacción que escribiste en el colegio, por la que te dieron un sobresaliente, la que el profesor te dijo que mostraba una gran «inspiración»... y que un día, rebuscando por un cajón, leíste y, al hacerlo, se te encogió el corazón y dijiste: «Tío, ¿en qué estaría pensando?». ¿Te suena de algo? Pues así es como uno se siente a veces con sus primeras novelas.

Esta es en ocasiones algo moralizante, y otras veces parece un poco antigua (aunque lo cierto es que me habría gustado que los conceptos sobre medicina fueran algo más anticuados, pero eso es otro asunto). Quizá pienses que basé parte de la historia en una situación real. No lo hice. Este libro se adelantó a lo que ocurrió después. Y no voy a decir más, porque podría arruinarte la lectura.

De todos modos, con todos sus defectos, es un libro que me encanta. Factor de riesgo tiene una energía y una capacidad de afrontar peligros que no estoy muy seguro de conservar después de todo este tiempo. Yo ya no soy aquel tipo, pero no pasa nada. Nadie se queda estancado en sus pasiones y en su trabajo. Y eso es bueno.

Disfrútalo.

HARLAN COBEN

VIERNES, 30 DE AGOSTO

El doctor Bruce Grey intentaba no andar demasiado deprisa. Redujo el paso y reprimió la tentación de echar a correr por el suelo sucio de la terminal de llegadas internacionales del aeropuerto Kennedy, dejar atrás a los funcionarios de aduanas e inmigración y salir al aire húmedo de la noche. Sus ojos iban de un lado a otro. Cada pocos pasos fingía una molestia en el cuello para poder mirar a sus espaldas y asegurarse de que no lo seguían.

«¡Para ya! —se dijo—. Déjate de estar al acecho como una versión cutre de James Bond. Estás temblando como si estuvieras enfermo de malaria, por Dios. Solo te falta llevar una pancarta».

Pasó por al lado de la cinta transportadora de maletas y saludó cortésmente a la ancianita que se había sentado junto a él en el vuelo. La buena mujer no había cerrado la boca en todo el viaje; le había estado hablando sobre su familia, sobre lo que le gustaba volar, sobre su último viaje transcontinental. La verdad es que era una dulzura, como la abuelita de cualquiera, pero aun así Bruce había cerrado los ojos y había fingido estar dormido en un intento por lograr un poco de paz y de silencio. Pero, naturalmente, el sueño no llegaba. Y tardaría un tiempo en hacerlo.

«Pero igual no era una dulce ancianita cualquiera, Bruce, muchacho. Igual es que venía siguiéndote...».

Rechazó la voz interior con una sacudida nerviosa de la cabeza. Todo aquello lo estaba trastornando. Primero estuvo seguro de que lo seguía el tipo con barba del avión. Después se fijó en el grandote con el pelo repeinado para atrás y el traje de Armani de la cabina de teléfono. Y no olvidemos la rubia guapa a la salida de la terminal. También había estado siguiéndolo.

Y ahora, la ancianita.

«Echa el freno, Bruce. Lo que menos falta nos hace ahora es andar con paranoias. Mente clara, colega... Eso es lo que buscamos».

Bruce dejó atrás la cinta transportadora de equipajes y se acercó al funcionario de aduanas.

—Pasaporte, por favor.

Bruce le tendió el pasaporte.

—¿No lleva equipaje, señor?

Negó con la cabeza.

—Solo de mano —respondió.

El funcionario miró el pasaporte y luego a Bruce.

—Está usted muy distinto de la fotografía.

Bruce esbozó una sonrisa cansada, que se desvaneció al instante. La humedad era casi insoportable. Tenía la camisa del traje pegada a la piel, la corbata tan suelta que el nudo prácticamente había desaparecido. La frente perlada de gotas de sudor.

—Sí..., he cambiado un poquito.

—¿Un poquito? En esta foto tiene el pelo oscuro y lleva barba.

—Ya lo sé...

—Ahora tiene el pelo rubio y va afeitado.

—Ya le he dicho que he cambiado un poco...

«Por suerte, en la foto del pasaporte no se distingue el color de los ojos, porque también querría saber por qué me cambiaron de castaños a azules».

El funcionario de aduanas no parecía muy convencido.

—¿Viaje de placer o de negocios?

—De placer.

—¿Siempre lleva tan poco equipaje?

Bruce tragó saliva y se encogió de hombros.

—No soporto tener que esperar a que salgan las maletas.

El funcionario dirigió la mirada a la fotografía del pasaporte y luego otra vez al rostro de Bruce, y de nuevo a la foto.

—¿Quiere abrir la maleta, por favor?

Bruce apenas podía mantener las manos lo bastante firmes para marcar la combinación. Necesitó tres intentos para que la maleta se abriera, por fin, con un chasquido.

—Aquí la tiene.

El funcionario rebuscó entre el contenido con los ojos entrecerrados.

—¿Qué es esto? —preguntó.

—Unas carpetas.

—Eso ya lo veo —replicó el hombre—. ¿Para qué son?

—Soy médico —le explicó Bruce con la voz entrecortada—. Quería revisar los historiales de unos pacientes mientras estaba fuera.

—¿Siempre hace eso cuando se va de vacaciones?

—No siempre.

—¿Cuál es su especialidad?

—Soy internista en el Columbia Presbyterian —respondió Bruce con una media verdad. Decidió omitir el detalle de que también era experto en salud pública y epidemiología.

—Entiendo —dijo el funcionario—. Ojalá mi médico fuera tan entregado como usted.

De nuevo Bruce intentó sonreír. Y otra vez fracasó en el intento.

—¿Y este sobre tan bien cerrado?

Bruce sintió que se le estremecía todo el cuerpo.

—¿Disculpe?

—¿Qué es este sobre marrón?

Intentó poner una expresión despreocupada.

—¡Oh! Solo es una información médica para enviársela a un colega —logró decir.

El funcionario mantuvo la mirada fija en los ojos rojos de Bruce durante un buen rato.

—Entiendo —dijo mientras volvía a meter el sobre en la maleta con toda la calma. Luego, una vez que hubo revisado el resto del contenido de la maleta, firmó la declaración de aduanas de Bruce y le devolvió el pasaporte—. Entréguele la tarjeta a aquella mujer al salir.

Bruce recogió la maleta.

—Gracias —dijo.

—¡Ah, doctor!

Bruce levantó la vista.

—Tal vez debiera ir a visitar a algún colega —le sugirió el funcionario—. Si no le importa que un lego le dé una opinión médica, tiene usted muy mal aspecto.

—Lo haré.

Bruce cogió la maleta y miró para atrás. La viejecita seguía esperando el equipaje. Al hombre de la barba y a la rubia guapa no se los veía por ninguna parte. El tipo grandote del traje de Armani seguía hablando por teléfono.

Bruce se apartó del mostrador de la aduana. Con la mano derecha agarraba demasiado fuerte la maleta, con la izquierda se frotó la cara. Alargó la declaración de aduanas a la mujer y atravesó las puertas correderas de cristal para salir a la zona de espera. Fue recibido por una multitud de rostros expectantes. Gente que se ponía de puntillas, que atisbaba desde todas partes a cada apertura de las puertas de cristal para luego bajar la cabeza, decepcionada, al ver que quien se acercaba al umbral era una cara desconocida.

Bruce avanzó con paso firme entre los amigos y familiares que esperaban, entre los chóferes de vehículos de alquiler con nombres escritos en letreros que sujetaban contra el pecho. Se acercó al mostrador de billetes de Japan Airlines, a su derecha.

—¿Hay algún buzón por aquí? —preguntó.

—A su derecha —respondió la mujer—. Junto al mostrador de Air France.

—Gracias.

Pasó junto a un cubo de basura y dejó caer despreocupadamente en su interior la tarjeta de embarque hecha trocitos. Se había creído muy listo por haber reservado el billete con un nombre falso. Muy listo, sí, hasta que llegó al aeropuerto y le informaron de que no podía obtener un billete internacional emitido a un nombre distinto del que figura en el pasaporte.

Vaya, pues.

Por suerte, en el avión había mucho espacio libre. Y aunque tuvo que comprar otro billete a su nombre, lo de reservar uno a un nombre ficticio no había sido una idea tan estúpida. Antes de la hora real de salida, nadie podía descubrir en qué vuelo tenía su reserva porque su nombre no figuraba en el ordenador. Una pura genialidad por su parte.

«Sí, señor Bruce. Eres un auténtico genio».

Sí, claro. Un genio. Menuda idiotez.

Localizó el buzón de correos junto al mostrador de Air France. Unos pasajeros hablaban con el empleado de la aerolínea. Nadie le prestó la menor atención. Recorrió rápidamente la sala con la mirada. La anciana, el barbudo y la rubia guapa o bien se habían marchado, o bien estaban todavía en los trámites de aduana. El único «espía» que tenía a la vista era el tipo grandote del traje de Armani que en ese momento cruzaba a toda prisa las puertas de cristal y salía del edificio de la terminal.

Bruce soltó un suspiro de alivio. Ya nadie lo miraba. Se fijó de nuevo en la ranura del correo. Metió la mano en la bolsa y rápidamente deslizó por ella el sobre marrón lacrado. Su póliza de seguro había iniciado su viaje con total garantía.

¿Y ahora qué?

Desde luego, no podía irse a casa. Si alguien lo estaba buscando, el apartamento de Upper West Side sería el primer sitio donde mirarían. Y a aquellas horas de la noche tampoco la clínica era buena idea. Allí sería igual de fácil pescarlo.

«La verdad es que no soy muy bueno para estas cosas. No soy más que el típico médico normal y corriente que fue a la universidad; luego, a la facultad de medicina; se casó; tuvo un hijo; aprobó los cursos de residente; se divorció; perdió la custodia del niño y ahora trabaja más de la cuenta. No estoy para jugar a los espías».

Pero ¿tenía otra elección? Podía acudir a la policía, pero ¿quién iba a creerle? Todavía no tenía ninguna prueba tangible. Diantre, si ni siquiera estaba seguro de lo que ocurría. ¿Qué podía decirle a la policía?

«Prueba con esto para empezar, querido Bruce: “¡Socorro! ¡Protéjanme! Ya han asesinado a dos personas y muchísimas más pueden seguir la misma suerte, ¡yo incluido!”».

На этой странице вы можете прочитать онлайн книгу «Factor de riesgo», автора Харлана Кобена. Данная книга относится к жанрам: «Зарубежные детективы», «Мистика».. Книга «Factor de riesgo» была издана в 2022 году. Приятного чтения!