Читать книгу «En fuga» онлайн полностью📖 — Харлана Кобена — MyBook.


Título original: Run Away

© Harlan Coben, 2019.

© de la traducción: Jorge Rizzo Tortuero, 2020.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2020.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO776

ISBN: 9788491877578

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Portada

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

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Epílogo

Agradecimientos

Harlan Coben – Myron Bolitar

Otros títulos de Harlan Coben en RBA

A LISA ERBACH VANCE,

«AGENT EXTRAORDINAIRE»,

CON CARIÑO Y GRATITUD

1

Simon estaba sentado en un banco de Central Park —en Strawberry Fields, para ser más precisos— y sintió que el corazón se le rompía a pedazos. No se dio cuenta nadie, por supuesto, al menos al principio, no hasta que empezaron a volar los puños y dos turistas nada menos que finlandeses se pusieron a chillar mientras otros nueve visitantes del parque, de muy variadas procedencias, grababan el horrible incidente con sus teléfonos móviles.

Pero para eso aún faltaba una hora.

En Strawberry Fields no había fresas, y pese a lo de fields tampoco podría decirse que aquella hectárea de parque fuera un campo —menos aún, más de uno—. El nombre procedía de la canción de los Beatles, sin más. Strawberry Fields era una extensión triangular entre la calle Setenta y dos y Central Park West dedicada a la memoria de John Lennon, que fue asesinado allí delante de un disparo. El elemento central de este lugar conmemorativo es un mosaico redondo con piedras incrustadas en él y un sencillo recordatorio en el centro:

IMAGINE

Simon miró al frente, parpadeando, devastado. Los turistas no paraban de llegar ni de hacerse fotos con el famoso mosaico: fotos en grupo, selfies en solitario, algunos de rodillas sobre las piedras incrustadas, otros tendidos encima. Esa jornada, como la mayoría de días, alguien había decorado la palabra IMAGINE con flores frescas, formando un signo de la paz con pétalos de rosas rojas que, por algún motivo, no salían volando. Los visitantes, quizá precisamente porque era un lugar de homenaje, tenían paciencia unos con otros, y esperaban su turno para acercarse al mosaico y tomar esa foto especial que colgarían en su Snapchat o en Instagram o en la plataforma social que usaran, acompañada por alguna cita de John Lennon, quizás un verso de los Beatles o algo de la famosa canción sobre toda la gente que vive en paz.

Simon llevaba traje y corbata. No se había molestado en aflojarse la corbata después de salir de su oficina en Vesey Street, en el World Financial Center. Delante de él, también sentado junto al famoso mosaico, una... —¿cómo se los llama ahora?: ¿sintecho?, ¿transeúnte?, ¿consumidora de sustancias?, ¿desfavorecida?, ¿marginal?, ¿qué?— tocaba canciones de los Beatles por unas monedas. La música callejera —un nombre quizá más amable con que definirla— tocaba una guitarra desafinada y cantaba con voz rota, a través de unos dientes amarillentos, que Penny Lane estaba en sus oídos y en sus ojos.

Un recuerdo particular o al menos curioso: Simon solía pasar por aquel mosaico constantemente cuando sus hijos eran pequeños. Cuando Paige tenía quizá nueve años, Sam seis y Anya tres, se dirigían desde su apartamento, apenas cinco manzanas al sur de este punto, en la calle Sesenta y siete entre Columbus y Central Park West, pasando por Strawberry Fields camino de la estatua de Alicia en el País de las Maravillas, junto al estanque de los barquitos, en el lado este del parque. A diferencia de prácticamente cualquier otra estatua del mundo, allí los niños podían trepar y subirse a las figuras de bronce de unos tres metros de altura de Alicia, el Sombrerero Loco y el Conejo Blanco, y a las setas gigantes (que muchos calificarían de «inapropiadas»). A Sam y Anya les encantaba hacer eso precisamente, subirse a las estatuas, aunque Sam siempre acabara metiéndole dos dedos en la nariz a Alicia y gritándole a Simon: «¡Papá, papá, mira! ¡Le estoy metiendo los dedos en la nariz a Alicia!», lo que provocaba, inevitablemente, que Ingrid, la madre de Sam, soltara un suspiro y les regañara.

Pero Paige, la mayor, era más tranquila ya entonces. Ella se sentaba en un banco con un libro de colorear y sus ceras casi intactas —no le gustaba cuando un lápiz de cera se rompía o perdía el papel— y, curiosamente, pintaba sin salirse nunca de la raya. Cuando creció —a los quince, dieciséis, diecisiete— Paige solía sentarse en un banco, al igual que hacía ahora Simon, y escribía historias y letras de canciones en un cuaderno que le había comprado su padre en el Papyrus de Columbus Avenue. Pero Paige no se sentaba en cualquier banco. Unos cuatro mil bancos de Central Park habían sido «adoptados» a través de generosas donaciones. Se habían instalado placas personalizadas en ellos, la mayoría convertidos en simples monumentos conmemorativos, como el banco en el que estaba sentado ahora Simon, que decía: EN RECUERDO DE CARL Y CORKY. Otros, a los que solía ir Paige, contaban pequeñas historias:

«Para C y B, que sobrevivieron al Holocausto e iniciaron una nueva vida en esta ciudad...».

«A mi dulce Anne: te quiero, te adoro, te venero. ¿Quieres casarte conmigo?».

«Aquí es donde empezó nuestra historia de amor, el 12 de abril de 1942...».

El banco que más le gustaba a Paige, en el que podía pasarse varias horas seguidas con su último cuaderno —quizás aquello ya fuera en sí una primera señal— recordaba una misteriosa tragedia:

«A mi preciosa Meryl, de diecinueve años. Te merecías mucho más y moriste demasiado joven. Habría hecho cualquier cosa por salvarte».

Paige solía ir de banco en banco, leía las inscripciones hasta que encontraba una que pudiera usar como base para una historia. Simon, en su intento por estrechar la relación con su hija, intentaba hacer lo mismo, pero él no tenía la imaginación de Paige. Aun así, se sentaba con el periódico o jugueteaba con su teléfono, comprobando las cotizaciones de bolsa o leyendo las noticias económicas, mientras el bolígrafo de Paige se movía a toda velocidad.

¿Qué habría sido de aquellos viejos cuadernos? ¿Dónde estarían ahora?

Simon no tenía ni idea.

Gracias a Dios Penny Lane llegó a su fin, y la cantantevagabunda pasó de inmediato a All You Need Is Love. Había una joven pareja sentada en el banco junto al de Simon. El hombre murmuró, medio en broma: «¿No puedo darle dinero para que se calle?», a lo que su compañera se rio disimuladamente. «Es como si estuvieran matando otra vez a John Lennon». Unas cuantas personas dejaron caer unas monedas en la funda de la guitarra de la mujer, si bien la mayoría se mantuvo a cierta distancia, con una cara que indicaba que aquello era algo de lo que no quería formar parte.

Pero Simon escuchó, y lo hizo atentamente, esperando encontrar algún rastro de belleza en la melodía, en la canción, en los textos, en la actuación. Apenas observó a los turistas o a los guías turísticos, ni al hombre que iba sin camiseta (aunque debería llevarla) y que vendía botellas de agua a un dólar, ni al flacucho de la mosca en la barbilla que contaba chistes por un dólar («¡Oferta: seis chistes por cinco dólares!»), ni a la anciana asiática que quemaba incienso como homenaje a John Lennon, ni a los corredores del parque, a los paseadores de perros, ni a los que tomaban el sol.

Pero no había ninguna belleza en aquella música. Ninguna.

Simon tenía la mirada fija en la chica que pedía dinero a cambio de destrozar el legado de John Lennon. Tenía el cabello estropajoso. Las mejillas hundidas. La chica estaba flaca, desastrada, sucia, deteriorada, abandonada, perdida.

La chica era la hija de Simon, Paige.

Simon no había visto a Paige en seis meses, no desde que ella había hecho lo imperdonable.

Para Ingrid había sido el golpe definitivo.

—Ya no insistas más. Déjala que haga lo que quiera —le había dicho Ingrid, después de que Paige se fuera.

—Y eso ¿qué significa?

Y entonces Ingrid, una mujer fantástica, una pediatra entregada que había dedicado su vida a ayudar a niños necesitados, dijo:

—No quiero verla más en esta casa.

—No lo dices en serio.

—Sí, Simon. Que Dios me ayude. Hablo en serio.

Durante meses, sin que Ingrid lo supiera, había buscado a Paige. En ocasiones, con ahínco, como cuando contrató a un detective. La mayor parte de las veces, de forma más aleatoria, sin pensar, paseándose por zonas llenas de drogadictos, enseñando su foto a tipos colocados de dudoso aspecto.

No había encontrado nada.

Simon se había preguntado si Paige, que había celebrado recientemente su cumpleaños —¿cómo?, se preguntaba Simon: ¿con una fiesta?, ¿con tarta?, ¿con drogas? ¿Sería consciente siquiera del día que era?—, se habría ido de Manhattan para volver a la ciudad universitaria donde todo había empezado a torcerse. Dos fines de semana seguidos, mientras Ingrid estaba de guardia en el hospital, por lo que no podría hacer demasiadas preguntas, Simon había cogido el coche y se había alojado en la Craftboro Inn, junto al campus. Recorrió el recinto, recordando el entusiasmo con que habían llegado los cinco —Simon, Ingrid, Paige, a punto de iniciar su primer año, Sam y Anya— y cómo la habían ayudado a instalarse, el optimismo de Ingrid y de él mismo pensando en lo bien que le iría en aquel lugar, con todo aquel césped y aquellos bosques, algo estupendo para la hija que habían criado en Manhattan, y en cómo había ido menguando y muriendo todo aquel optimismo, claro.

Una parte de Simon —una parte que nunca dejaría asomar al exterior y cuya existencia ni siquiera reconocería— quería abandonar la búsqueda. No podía decir que su vida hubiera mejorado desde la huida de Paige, pero sin duda se había vuelto más tranquila. Sam, que se había graduado en el prestigioso instituto Horace Mann en primavera, apenas mencionaba a su hermana mayor. Su principal interés eran los amigos, la graduación y las fiestas, y ahora su única obsesión consistía en prepararse para su primer año en el Amherst College. En cuanto a Anya, bueno... Simon ignoraba qué pensaba acerca de muchas cosas. No le hablaba de Paige, pero tampoco le hablaba apenas de nada. En sus intentos por entablar conversación con su hija, por lo común obtenía solo respuestas de una palabra y raramente de más de una sílaba. Siempre eran «bien», «vale» o «sí».

Pero un día a Simon le llegó una extraña pista.

Una mañana, tres semanas atrás, Simon se había encontrado en el ascensor con su vecino de arriba, Charlie Crowley, oftalmólogo de profesión en Downtown. Tras el típico intercambio de saludos, Charlie, situado frente a la puerta del ascensor, como suele ponerse la gente, mirando la señal luminosa que indicaba las plantas que iban pasando, le dijo a Simon, con cierta timidez y como si le supiera mal, que le parecía que había visto a Paige.

Simon, también de cara a los números de los pisos e intentando mostrarse tranquilo, le pidió más detalles.

—Me ha parecido verla... esto... en el parque —dijo Charlie.

—¿Qué quieres decir? ¿Paseando?

—No, no exactamente. —Llegaron a la planta baja. Las puertas se abrieron. Charlie respiró hondo—. Paige... tocaba la guitarra en Strawberry Fields.

Charlie debió de ver el gesto de asombro en el rostro de Simon.

—Ya sabes, como... por unas monedas.

Simon sintió que algo se desgajaba en su interior.

—¿Monedas? Como una...

—Iba a darle dinero, pero...

Simon asintió para indicarle que no pasaba nada, que podía seguir.

—... pero Paige estaba como ausente; no sabía quién era yo. Me preocupó que reaccionara mal...

Charlie no tuvo que acabar de contarle la escena.

—Lo siento, Simon. De verdad.

Aquello fue todo. Simon dudó sobre si debía hablarle a Ingrid de aquel encuentro, pero no quería afrontar los posibles efectos colaterales. Así que empezó a pasarse por Strawberry Fields en su tiempo libre.

No encontró a Paige.

Preguntó a algunos de los vagabundos que tocaban por el parque si la reconocían, mostrándoles una fotografía en su teléfono, para luego dejarles un par de dólares en la funda de la guitarra. Unos cuantos le dijeron que sí y que le darían más detalles si Simon hacía una contribución a la causa más sustanciosa. Lo hizo y no obtuvo nada a cambio. La mayoría admitió que no la reconocía, pero ahora, al ver a Paige en carne y hueso, Simon entendió por qué. Su hija de antes, tan encantadora, no guardaba ningún parecido con aquella toxicómana convertida en una bolsa de huesos y pellejo.

Con todo, en los ratos que había pasado allí sentado, en Strawberry Fields, normalmente frente a un cartel casi cómico que decía ZONA TRANQUILA: PROHIBIDOS LOS AMPLIFICADORES Y LOS INSTRUMENTOS MUSICALES, observó algo curioso. Los músicos, la mayoría de ellos de tipo vagabundo-roñoso-escuálido, nunca tocaban juntos ni solapándose. Las transiciones entre un músico callejero y otro se hacían de forma notablemente ordenada. Iban cambiando prácticamente a cada hora, de un modo muy civilizado.

Como si hubiera un horario.

Ya llevaba gastados cincuenta dólares cuando encontró a un hombre llamado Dave, uno de los músicos callejeros más mugrientos, con una enorme mata de cabello gris, una barba espesa con zonas prácticamente sólidas y una trenza que le caía hasta el medio de la espalda. Dave, que podía tener cincuenta años mal llevados o setenta bien sobrellevados, le explicó cómo funcionaba aquello.

—En los viejos tiempos, un tipo llamado Gary dos Santos... ¿lo conoces?

—El nombre me suena —dijo Simon.

—Sí, si pasabas por aquí en aquellos años, chico, desde luego que te acordarás de él. Gary se había autoproclamado «alcalde de Strawberry Fields». Un grandullón. Durante veinte años mantuvo la paz en este lugar. Y por mantener la paz, quiero decir que acojonaba a todo el que se acercara. El tipo estaba como una regadera. ¿Sabes a qué me refiero?

Simon asintió.

—Luego, sería en 2013, Gary muere. Leucemia. Solo tenía cuarenta y nueve años. Este sitio —Dave señaló con sus guantes sin dedos— se vuelve una locura. Sin nuestro fascista al mando, se impone la anarquía total. ¿Has leído a Maquiavelo? Pues algo así. Hay peleas de músicos a diario. Luchando por el territorio, ¿sabes a qué me refiero?

—Sé a lo que te refieres.

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