Читать книгу «El bosque» онлайн полностью📖 — Харлана Кобена — MyBook.
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Título original: The Woods

© Harlan Coben, 2007

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF: OEBO308

ISBN: 978-84-9006-781-9

Conversión a libro electrónico: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Dedicatoria

PRÓLOGO

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EPÍLOGO

AGRADECIMIENTOS

Notas

Este libro está dedicado a

Alek Coben

Thomas Bradbeer

Annie van der Heide

Las tres alegrías a las que tengo la suerte de llamar ahijados.

PRÓLOGO

Veo a mi padre con aquella pala.

Las lágrimas le resbalan por las mejillas. Un sollozo horrible y gutural surge del fondo de sus pulmones y se escapa entre sus labios. Levanta la pala y la hunde en la tierra. La hoja desgarra la tierra como si se tratara de carne húmeda.

Tengo dieciocho años, y este es mi recuerdo más vivo de mi padre: él, en el bosque, con aquella pala. No sabe que estoy mirando. Me escondo tras un árbol mientras él cava. Lo hace con rabia, como si la tierra le hubiera enfurecido y buscara venganza.

Nunca había visto llorar a mi padre, ni cuando murió su padre, ni cuando mi madre se marchó y nos abandonó, ni cuando se enteró de lo de mi hermana, Camille. Pero ahora está llorando. Llora sin ninguna vergüenza. Las lágrimas le resbalan en cascada por la cara. Los sollozos resuenan entre los árboles.

Es la primera vez que le espío de esta manera. Casi todos los sábados finge que se va de pesca, pero yo nunca me lo he creído. Creo que siempre supe que este lugar, este horrible lugar, era su destino secreto.

Porque a veces también es el mío.

Me quedo detrás de los árboles observándolo. Lo haré ocho veces más. Nunca le interrumpo. Nunca me dejo ver. Creo que no sabe que estoy aquí. De hecho, estoy seguro. Y entonces un día, cuando se va a coger el coche, mi padre me mira con los ojos secos y dice:

—Hoy no, Paul. Hoy voy yo solo.

Le miro alejarse. Es la última vez que va al bosque.

Dos décadas después, en su lecho de muerte, mi padre coge mi mano. Está muy medicado. Tiene las manos ásperas y callosas. Ha trabajado con ellas toda la vida, incluso en los años más prósperos en un país que ya no existe. Tiene uno de esos exteriores endurecidos en los que toda la piel parece quemada y dura, casi como su propio caparazón de tortuga. Ha sufrido un dolor físico inmenso, pero no tiene lágrimas.

Sólo cierra los ojos y aguanta.

Mi padre siempre me ha hecho sentir seguro, incluso ahora, que ya soy un adulto con una hija. Hace tres meses fuimos a un bar, cuando él todavía tenía fuerzas para ello. Se montó una pelea. Mi padre se colocó frente a mí, dispuesto a detener a cualquiera que se me acercara. Todavía. Así es como es.

Le miro en la cama. Pienso en aquellos días en el bosque. Pienso en cómo cavaba, en cómo lo dejó por fin, en que pensé que se había rendido después de que mi madre se fuera.

—¿Paul?

Mi padre se agita de repente.

Quiero suplicarle que no se muera, pero no estaría bien. Ya he pasado por esto. Las cosas no mejoran, para nadie.

—Tranquilo, papá —digo—. Todo se arreglará.

No se tranquiliza. Intenta incorporarse. Quiero ayudarle, pero me aparta. Me mira fijamente a los ojos y veo claridad, o tal vez sea una de esas cosas que deseamos creer al final. Un último falso consuelo.

Se le escapa una lágrima. La veo resbalar lentamente por su mejilla.

—Paul —dice mi padre, todavía con un fuerte acento ruso—. Todavía necesitamos encontrarla.

—La encontraremos, papá.

Me mira fijamente otra vez. Asiento con la cabeza para calmarlo. Pero no creo que quiera que le tranquilice. Creo que, por primera vez, busca culpabilidad.

—¿Lo sabías? —pregunta, con una voz apenas audible.

Siento que todo mi cuerpo se estremece, pero no parpadeo, no aparto la mirada. Me pregunto qué ve, qué cree. Pero nunca lo sabré.

Porque entonces, justo entonces, mi padre cierra los ojos y muere.

1

Tres meses después

Estaba sentado en el gimnasio de una escuela elemental, observando a Cara, mi hija de seis años, que se desliza nerviosamente por una barra de equilibrio que está a unos diez centímetros del suelo, pero en menos de una hora estaré mirando la cara de un hombre que ha sido perversamente asesinado.

Eso no debería sorprender a nadie.

Con los años —y de las formas más horribles que se pueda imaginar— he aprendido que la pared que separa la vida de la muerte, la belleza extraordinaria de la fealdad apabullante, es tenue. Sólo se necesita un segundo para atravesarla. Durante un momento la vida parece idílica. Estás en un lugar tan casto como el gimnasio de una escuela elemental. Tu hijita está haciendo piruetas. Su voz es atolondrada. Tiene los ojos cerrados. Ves la cara de su madre en ella, su madre solía cerrar los ojos y sonreír así, y recuerdas lo endeble que es esa pared.

—¿Cope?

Era mi cuñada, Greta. Me volví a mirarla. Como siempre, Greta me miró con cariño. Le sonreí.

—¿En qué piensas? —susurró.

Ya lo sabía. Mentí de todos modos.

—En las cámaras de vídeo —dije.

—¿Qué?

Todas las sillas plegables estaban ocupadas por otros padres. Yo estaba de pie atrás, con los brazos cruzados, apoyado en la pared de cemento. Había reglamentos pegados en la puerta y esa clase de aforismos supuestamente estimulantes, pero tan irritantes, como «No me digas que el cielo es el límite cuando hay huellas en la luna» por todas partes. Las mesas del almuerzo estaban plegadas. Me apoyé en una, sintiendo el frío del acero y el metal. Nosotros envejecemos, pero los gimnasios de escuela elemental no cambian. Sólo parecen empequeñecer.

Hice un gesto hacia los padres.

—Hay más cámaras de vídeo que niños.

Greta asintió.

—Los padres lo filman todo. Absolutamente todo. ¿Qué harán con todo eso? ¿Es posible que alguien vuelva a mirarlo todo de principio a fin?

—¿Tú no?

—Preferiría parir.

Sonrió.

—No —dijo—, seguro que no.

—Vale, no, puede que no, pero ¿no crecimos todos con la generación MTV? Tomas cortas. Muchos ángulos. Pero filmar esto tal cual, someter a un inocente amigo o a un familiar a este…

Se abrió la puerta. En cuanto los dos hombres entraron en el gimnasio, supe que eran policías. Aunque no hubiera tenido mucha experiencia —soy fiscal del condado de Essex, que incluye la ciudad más violenta de Newark—, me habría dado cuenta. Al menos en esto la televisión acierta. La forma como se visten los policías, por ejemplo, no es la forma como se visten los padres de una urbanización de lujo como Ridgewood. No nos ponemos traje cuando vamos a ver a nuestros hijos haciendo gimnasia. Nos ponemos pantalones de pana o vaqueros con un jersey de cuello de pico o una camiseta. Esos dos hombres llevaban trajes de mala confección de un tono marrón que me recordó las astillas de madera después de una tormenta.

No sonreían. Sus ojos repasaron la habitación. Conozco a casi todos los policías de la zona, pero a esos dos no los conocía. Eso me preocupó. Algo me olía mal. Sabía que yo no había hecho nada, por supuesto, pero seguía sintiendo un hormigueo del tipo «soy inocente pero me siento culpable en el estómago».

Mi cuñada Greta y su marido Bob tienen tres hijos. La pequeña, Madison, tenía seis años e iba a la misma clase que Cara. Greta y Bob han sido una inmensa ayuda para mí. Tras la muerte de Jane, mi esposa y hermana de Greta, se mudaron a Ridgewood. Greta asegura que ya tenían pensado hacerlo. Lo dudo. Pero estoy tan agradecido que no me lo cuestiono. No puedo imaginar cómo sería mi vida sin ellos.

Normalmente, los otros padres se quedan atrás conmigo, pero como este acontecimiento era en horario diurno, había muy pocos. Las madres —excepto la que me estaba mirando furiosamente a través de su videocámara porque había oído mi diatriba antivideocámara— me adoran. No es por mí, evidentemente, sino por mi historial. Mi esposa murió hace cinco años, y estoy criando solo a mi hija. Hay otros progenitores solos en la ciudad, básicamente madres divorciadas, pero yo soy la estrella. Si me olvido de escribir una nota o me retraso para recoger a mi hija o me olvido su almuerzo en la cocina, las otras madres o el personal de la escuela intervienen y me echan una mano. Mi indefensión masculina les parece encantadora. Si alguna madre sola hace una de estas cosas, se la acusa de negligente y recibe todo el peso del sarcasmo de las demás madres.

Los niños seguían saltando o tropezando, dependiendo del punto de vista. Miré a Cara. Estaba muy concentrada y lo hacía bien, pero me dio la sensación de que había heredado la falta de coordinación de su padre. Había algunas chicas del equipo de gimnasia del instituto ayudando. Las chicas ya eran mayores, probablemente tenían diecisiete o dieciocho años. La que recogió a Cara durante su intento de salto mortal me recordaba a mi hermana. Mi hermana, Camille, murió cuando tenía más o menos la edad de esta chica, y los medios de comunicación nunca me permiten olvidarlo. Pero tal vez eso no sea tan malo.

Ahora mi hermana se acercaría a los cuarenta, la misma edad que cualquiera de estas madres. Es raro pensar en ella así. Yo siempre recordaré a Camille como una adolescente. Es difícil imaginar qué estaría haciendo ahora, dónde estaría, sentada en una de esas sillas, con esa sonrisa tonta-feliz-preocupada de «ante todo soy madre», filmando sin parar a su retoño. Me pregunto qué aspecto tendría ahora, pero lo que veo siempre es a la adolescente que murió.

Puede parecer que estoy obsesionado con la muerte, pero hay una diferencia enorme entre el asesinato de mi hermana y la muerte prematura de mi esposa. El primero, el de mi hermana, me empujó hacia el trabajo que hago ahora y a mi proyecto de carrera. Puedo luchar contra esa injusticia en los tribunales. Y lo hago. Intento que el mundo sea más seguro, intento meter entre rejas a las personas que podrían hacer daño a otras, intento que otras familias tengan lo que la mía nunca llegó a tener, una conclusión.

Frente a la segunda muerte, la de mi esposa, me sentí indefenso y estafado y, por mucho que me esfuerce, nunca llegaré a asumirla.

La directora de la escuela se colocó la sonrisa de falsa preocupación en su boca excesivamente pintada y se dirigió hacia los dos policías. Se puso a hablar con ellos, pero ninguno de los dos se molestó ni siquiera en mirarla. Observé sus ojos. Cuando el policía alto, sin duda el jefe, vio mi cara, se detuvo. Ninguno de los dos se movió durante un segundo. Ladeó muy ligeramente la cabeza, convocándome fuera de aquel paraíso seguro de risas y volteretas. Mi asentimiento fue igual de insignificante.

—¿A dónde vas? —preguntó Greta.

No quiero parecer desagradecido, pero Greta es la hermana fea. Ella y mi amada y difunta esposa se parecían. Saltaba a la vista que eran familia. Pero todo lo que funcionaba físicamente en Jane no lograba el mismo resultado en Greta. Mi esposa tenía una nariz prominente que la hacía parecer sexy. Greta tiene una nariz prominente que sólo parece eso, grande. Los ojos de mi esposa, bastante separados, le daban un atractivo exótico. En Greta, tanta separación la hace parecerse a un reptil.

—No estoy seguro —dije.

—¿Trabajo?

—Podría ser.

Echó un vistazo a los probables policías y después me miró.

—Iba a llevar a Madison a almorzar a Friendly’s. ¿Quieres que me lleve a Cara?

—Sí, le encantará.

—También puedo recogerla de la escuela.

—Sería de gran ayuda —contesté.

Greta me besó suavemente en la mejilla, algo que hace muy pocas veces. Me marché. Las carcajadas infantiles salieron conmigo. Abrí la puerta y salí al pasillo. Los dos policías me siguieron. Los pasillos de las escuelas tampoco cambian nunca. Tienen una especie de eco de casa encantada, un extraño semisilencio y un vago pero perceptible olor que al mismo tiempo calma y enerva.

—¿Es usted Paul Copeland? —preguntó el alto.

—Sí.

Miró a su compañero, más bajo, que era robusto y no tenía cuello. Tenía una cabeza en forma de ladrillo. Su piel también era curtida, lo que redondeaba el conjunto. Una clase que podía ser de cuarto dobló una esquina. Estaban todos rojos de hacer ejercicio. Probablemente venían del patio. Pasaron junto a nosotros, seguidos por la agobiada maestra que nos dirigió una sonrisa forzada.

—Quizá sea mejor que hablemos fuera —dijo el alto.

Me encogí de hombros. No tenía ni idea de sobre qué quería hablar. Tenía de mi parte la inocencia, pero la experiencia me decía que con la policía nada es lo que parece. No querían hablar del gran caso en el que trabajaba, que ocupaba los titulares. De haber sido eso, me habrían llamado a la oficina. Me habrían avisado al móvil o la BlackBerry.

No, estaban allí por otra cosa, por algo personal.

Insisto en que era consciente de no haber hecho nada malo. Pero he visto a toda clase de sospechosos y toda clase de reacciones. Les sorprendería. Por ejemplo, cuando la policía tiene bajo custodia a alguien que considera un sospechoso razonable, a menudo lo dejan horas encerrado en la sala de interrogatorios. Sería de esperar que los culpables se subieran por las paredes, pero en general sucede precisamente lo contrario. Son los inocentes los que se ponen más nerviosos y se angustian. No tienen ni idea de por qué están allí o qué cree erróneamente la policía que han hecho. Los culpables a menudo se duermen.

Salimos fuera. El sol caía de lleno. El alto entornó los ojos y levantó una mano a modo de pantalla. Ladrillo no pensaba dar esa satisfacción a nadie.

—Soy el detective Tucker York —dijo el alto. Sacó la placa y después señaló a Ladrillo—. Él es el detective Don Dillon.

Dillon también sacó su identificación. Me las mostraron. No sé por qué lo hacen. ¿Cuánto puede costar conseguir identificaciones falsas?

—¿En qué puedo ayudarles? —pregunté.

—¿Le importaría decirnos dónde estuvo anoche? —preguntó York.

Ante una pregunta como ésta deberían haber sonado sirenas. Debería haberles recordado inmediatamente quien era yo y que no respondería a ninguna pregunta sin un abogado presente. Pero yo soy abogado. Un abogado muy bueno. Y evidentemente eso hace que hagas más el tonto cuando te representas a ti mismo. También era humano. Cuando la policía te acosa, lo sé por experiencia, tu reacción es desear complacerlos. No lo puedes evitar.

—Estaba en casa.

—¿Puede confirmarlo alguien?

—Mi hija.

York y Dillon miraron hacia la escuela.

—¿La niña que daba volteretas ahí dentro?

—Sí.

—¿Alguien más?

—No lo creo. ¿De qué se trata?

York era el que llevaba la voz cantante. Ignoró mi pregunta.

—¿Conoce a un hombre llamado Manolo Santiago?

—No.

—¿Está seguro?

—Bastante seguro.

—¿Por qué sólo bastante seguro?

—¿Sabe quién soy?

—Sí —dijo York. Tosió tapándose la boca con el puño—. ¿Quiere que nos arrodillemos o le besemos el anillo?

—No quería decir eso.

—Bien, entonces estamos en la misma onda. —No me gustó su actitud, pero lo dejé pasar—. ¿Por qué está sólo bastante seguro de no conocer a Manolo Santiago?

—El nombre no me suena. Creo que no le conozco. Pero podría ser alguien a quien he procesado o un testigo en uno de mis casos, o yo qué sé, puedo haberlo conocido en alguna asociación benéfica hace diez años.

York asintió, animándome a seguir hablando. No lo hice.

—¿Le importa acompañarnos?

—¿A dónde?

—No tardaremos mucho.

—No tardaremos mucho —repetí—. No parece un sitio.

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