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Franz Kafka

El castillo

e-artnow, 2021

EAN 4064066498191

Índice

El castillo

I La llegada

2 Barnabás

3 Frieda

4 Conversación con la posadera

5 En casa del alcalde

6 Segunda conversación con la posadera

7 El maestro

8 Esperando a Klamm

9 La lucha contra el interrogatorio

10 En la calle

11 En la escuela

12 Los ayudantes

13 Hans

14 El reproche de Frieda

15 Con Amalia

16

17 El secreto de Amalia

18 El castigo de Amalia

19 Peregrinajes

20 Los planes de Olga

21

22

23

24

25

Variantes

1. Variante del inicio

7. Variante

9. Variante

10. Variante

11. Variante

12. Variante

13. Variante

14. Variantes

16. Variante

17. Variante

18. Variante

19. Variantes

20. Variante

21. Variante

22. Variante

23. Variante

24. Variante

25. Variante

26. Variante

27. Variante

29. Variante

30. Variante

31. Variante

32. Variante

33. Variante

34. Variante

35. Variante

36. Variante

37. Variante

38. Variante

39. Variantes

40. Variante

41. Variante

42. Variante

Franz Kafka
El castillo

Índice

I La llegada

Índice

Cuando K llegó era noche cerrada. El pueblo estaba cubierto por una espesa capa de nieve. Del castillo no se podía ver nada, la niebla y la oscuridad lo rodeaban, ni siquiera el más débil rayo de luz delataba su presencia. K permaneció largo tiempo en el puente de madera que conducía desde la carretera principal al pueblo elevando su mirada hacia un vacío aparente.

Se dedicó a buscar un alojamiento; en la posada aún estaban despiertos, el hostelero no tenía ninguna habitación para alquilar, pero permitió, sorprendido y confuso por el tardío huésped, que K durmiese en la sala sobre un jergón de paja. K se mostró conforme. Algunos campesinos aún estaban sentados delante de sus cervezas pero él no quería conversar con nadie, así que él mismo cogió el jergón del desván y lo situó cerca de la estufa. Hacía calor, los campesinos permanecían en silencio, aún los examinó un rato con los ojos cansados antes de dormirse.

Pero poco después le despertaron. Un hombre joven, vestido como si fuese de la ciudad, con un rostro de actor, ojos estrechos y cejas espesas permanecía a su lado junto al posadero. Los campesinos todavía seguían allí, algunos habían dado la vuelta a sus sillas para ver y escuchar mejor. El joven se disculpó muy amablemente por haber despertado a K, se presentó como el hijo del alcaide del castillo y después dijo:

—Este pueblo es propiedad del castillo, quien vive aquí o pernocta, vive en cierta manera en el castillo. Nadie puede hacerlo sin autorización del conde. Usted, sin embargo, o no posee esa autorización o al menos no la ha mostrado.

K, que se había incorporado algo, se alisó el pelo, miró desde abajo a la gente que le rodeaba y dijo:

—¿En qué pueblo me he perdido? ¿Acaso hay aquí un castillo?

—Así es —dijo lentamente el joven, mientras aquí y allá se sacudía alguna cabeza sobre K—, el castillo del Conde Westwest.

—¿Y hay que tener una autorización para pernoctar? —preguntó K como si quisiese convencerse de que no había soñado las informaciones aportadas con anterioridad.

—Hay que tener la autorización —fue la respuesta, y K captó un tono de burla cuando el joven preguntó al hostelero y a los huéspedes con el brazo extendido:

—¿O acaso no hay que tener una autorización?

—Entonces tendré que recoger la autorización —dijo K bostezando y se quitó la manta con la intención de levantarse.

—Sí, ¿y quién se la va a dar? —preguntó el joven.

—El señor conde —dijo K—, no me queda otro remedio.

—¿Solicitar ahora, a medianoche, una autorización del conde? —exclamó el joven, retrocediendo un paso.

—¿No es posible? —preguntó K con indiferencia—, entonces ¿por qué me ha despertado?

Pero el joven entró en cólera.

—¡Maneras de vagabundo! —exclamó—. ¡Exijo respeto para la autoridad condal! Precisamente le he despertado para comunicarle que debe abandonar en seguida el condado.

—Basta de comedias —dijo K con un tono llamativamente bajo, volvió a echarse y se cubrió con la manta—. Joven, ha llegado demasiado lejos y mañana volveré a ocuparme de su conducta. El posadero y estos señores serán testigos, en el caso de que necesite testigos. Por ahora conténtese con saber que soy el agrimensor solicitado por el conde. Mis ayudantes vendrán mañana en coche con los aparatos. No quise perderme un paseo por la nieve, pero por desgracia me he desviado algunas veces del camino y por eso he llegado tan tarde. Que era muy tarde para presentarme en el castillo es algo que ya sabía yo mismo antes de su lección. Por esta razón me he conformado con este albergue nocturno que usted, dicho con indulgencia, ha tenido la descortesía de perturbar. Con esto he concluido mis explicaciones. Buenas noches, señores.

Y K se volvió hacia la estufa.

—¿Agrimensor? —oyó aún que preguntaban dubitativamente a sus espaldas, luego se hizo el silencio. Pero el joven se recobró de la sorpresa y le dijo al posadero en un tono lo suficientemente apagado para interpretarse como una actitud de respeto hacia el sueño de K, pero lo suficientemente elevado como para que le fuese comprensible:

—Me informaré por teléfono.

¡Cómo! ¿Hasta un teléfono había en esa posada de pueblo? Estaban perfectamente establecidos. Ese detalle sorprendió a K, aunque en verdad lo había esperado. Resultó que el teléfono estaba situado casi encima de su cabeza, su somnolencia lo había pasado por alto. Pero si el joven quería telefonear no podría impedir, ni con toda su buena voluntad, perturbar el sueño de K. Se trataba de si K debía dejarle llamar, y decidió permitirlo. Pero entonces ya no tenía sentido simular que estaba dormido, así que volvió a ponerse boca arriba. Vio a los campesinos arrimarse tímidamente y hablar entre ellos: la llegada de un agrimensor no era algo baladí. La puerta de la cocina se había abierto, ocupando todo el umbral se encontraba la poderosa figura de la posadera; el posadero se acercó a ella de puntillas para informarla de lo sucedido. Y entonces comenzó la conversación telefónica. El alcaide dormía, pero un subalcaide, uno de los subordinados, un tal Fritz, estaba allí. El joven, que se presentó como Schwarzer, explicó que había encontrado a K, un hombre en la treintena, bastante andrajoso, durmiendo tranquilamente en un jergón de paja con una minúscula mochila como almohada y con un bastón nudoso al alcance de la mano. Era evidente qué le había resultado sospechoso, y como el posadero había descuidado ostensiblemente su deber, la obligación de Schwarzer consistía en llegar al fondo del asunto. El hecho de despertarle, el interrogatorio, la amenaza derivada del deber de expulsarlo del condado, habían sido tomados con indignación por parte de K, por lo demás, según había resultado al final, con razón, pues afirmaba ser un agrimensor solicitado por el conde. Naturalmente que suponía al menos un deber formal comprobar esa afirmación, y Schwarzer le pedía por ese motivo al señor Fritz que averiguase en la secretaría central si realmente se esperaba a un agrimensor de ese tipo y que telefonease la respuesta en seguida.

Entonces volvió el silencio. Fritz averiguaba por su cuenta y allí se esperaba la respuesta. K permaneció como hasta entonces, ni siquiera se dio la vuelta, no pareció mostrar curiosidad alguna, se limitaba a mirar ante sí. El relato de Schwarzer, en su mezcla de maldad y cautela, le dio una idea de la formación diplomática de la que disponía en el castillo gente inferior como Schwarzer. Y tampoco carecían de diligencia, la secretaría general tenía servicio nocturno. Por añadidura, daba visiblemente una rápida respuesta, ya sonaba la llamada de Fritz. Ese informe pareció muy corto, pues Schwarzer, furioso, colgó en seguida el auricular.

—¡Ya lo había dicho! —gritó—. Ninguna huella de un agrimensor, un vulgar vagabundo mentiroso, tal vez algo peor.

Por un momento K pensó que todos, Schwarzer, los campesinos, el posadero y la posadera, se iban a arrojar sobre él; para al menos evitar la primera acometida se acurrucó debajo de la manta, desde allí volvió a sacar lentamente la cabeza y oyó cómo sonaba el teléfono, pareciéndole que lo hacía con una fuerza inusitada. Pese a que era muy improbable que volviese á referirse a K, todos se quedaron estáticos y Schwarzer regresó al aparato. Allí escuchó una larga aclaración y luego dijo en voz baja:

—¿Así que un error? Esto me resulta muy desagradable. ¿El mismo jefe de oficina ha telefoneado? Extraño, muy extraño. ¿Cómo se lo voy a explicar ahora al señor agrimensor?

K escuchó. Así que el castillo le había nombrado agrimensor. Eso era por una parte desfavorable, pues mostraba que el castillo sabía todo lo necesario acerca de él, que había equilibrado las fuerzas y que emprendía la lucha sonriendo. Por otra parte también era favorable, pues eso demostraba, según su opinión, que se le menospreciaba y que gozaría de más libertad de la que había pensado desde un principio. Y si creían que se le podría mantener en un estado de continuo terror mediante ese reconocimiento de su condición de agrimensor, que, ciertamente, les otorgaba cierta superioridad moral, se equivocaban, sólo le causaba un ligero escalofrío, nada más.

K hizo una señal negativa a Schwarzer cuando intentó acercarse a él con actitud sumisa; se negó a trasladarse al dormitorio del posadero, sobre lo que se le insistió, se limitó a aceptar del hostelero una bebida para favorecer el sueño, de la hostelera una jofaina con jabón y una toalla y ni siquiera tuvo que solicitar que se vaciase la sala, pues todos se apresuraron a salir escondiendo el rostro para que no se les pudiese reconocer al día siguiente; apagaron la lámpara y finalmente tuvo tranquilidad. Durmió profundamente, sólo molestado una o dos veces por las ratas que se deslizaban por la habitación, hasta que llegó la mañana.

Después del desayuno, que, como toda la manutención, según indicaciones del posadero, corría a cargo del castillo, quería dirigirse inmediatamente al pueblo. Pero como el posadero, con quien sólo había hablado hasta ese momento lo necesario en recuerdo de su conducta del día anterior, no paraba de vagar a su alrededor con un semblante de muda súplica, sintió compasión de él y le invitó a sentarse un rato a su lado.

—Aún no conozco al conde —dijo K—, al parecer paga con generosidad el trabajo bien hecho, ¿es cierto? Cuando alguien como yo viaja tan lejos de su mujer e hijo, siempre quiere llevar algo a casa.

—A ese respecto el señor no debe preocuparse, nadie se queja aquí de salarios bajos.

—Bien —dijo K—, no soy una persona tímida y también le puedo dar mi opinión a un conde, pero siempre resulta mucho mejor resolver todos los problemas de forma pacífica.

El posadero se había sentado frente a K en el borde de la repisa de la ventana, no se atrevía a sentarse con más comodidad, y contempló a K todo el tiempo con unos grandes y temerosos ojos castaños. Al principio había hecho esfuerzos por acercarse a K, ahora parecía como si prefiriese huir de él. ¿Temía que le preguntara sobre el conde? ¿Temía la desconfianza del «señor» por el que ahora tomaba a K? K tuvo que cambiar de conversación. Miró la hora y dijo:

—Pronto llegarán mis ayudantes, ¿podrás ofrecerles aquí alojamiento?

—Por supuesto, señor —dijo—, pero, ¿no vivirán contigo en el castillo?

¿Acaso renunciaba tan fácilmente y encantado a sus huéspedes que los quería relegar a toda costa al castillo?

—Eso aún no es seguro —dijo K—, antes tengo que conocer qué trabajo quieren que realice. Si tuviera, por ejemplo, que trabajar aquí abajo, entonces sería razonable vivir aquí abajo. También temo no adaptarme a la vida arriba en el castillo. Siempre quiero ser libre.

—No conoces el castillo —dijo el posadero en voz baja.

—Es cierto —dijo K—, no se debe de juzgar con anticipación. Por el momento, del castillo no sé más que allí saben elegir al agrimensor adecuado. Tal vez haya otras ventajas.

Dicho esto, se levantó para liberarse del posadero que, intranquilo, no cesaba de morderse los labios. Desde luego no se podía ganar fácilmente la confianza de ese hombre.

Mientras K se alejaba le llamó la atención un retrato oscuro en un marco también oscuro. Ya se había fijado en él desde su lecho, pero no había podido apreciar los detalles desde esa distancia y creía que el cuadro había sido retirado quedando sólo una mancha negra. Pero, como podía comprobar ahora, se trataba de un cuadro, el busto de un hombre de unos cincuenta años. Mantenía la cabeza tan inclinada sobre el pecho que apenas se podían distinguir los ojos; esa inclinación parecía causada por la elevada y pesada frente y una nariz grande y aguileña. La barba, a causa de la posición de la cabeza, permanecía aplastada contra el mentón, pero volvía a recobrar su amplitud más abajo. La mano izquierda se hundía abierta en los cabellos, como si quisiese levantar la cabeza sin conseguirlo.

—¿Quién es? —preguntó K—. ¿El conde?

K permanecía ante el cuadro y ni siquiera se volvió hacia el posadero.

—No —dijo el posadero—, el alcaide.

—Buen aspecto tiene el alcaide del castillo —dijo K—, lástima que tenga un hijo que no le llegue a los talones.

—No —dijo el posadero, atrajo un poco a K hacia sí y le susurró en el oído:

—Ayer Schwarzer exageró, su padre no es más que un subalcaide e incluso uno de los últimos.

En ese momento el posadero le pareció a K un niño.

—¡El muy granuja! —dijo K sonriendo, pero el posadero no sonrió con él, sino que se limitó a decir:

—También su padre es poderoso.

—¡Vete! —dijo K—. Consideras a todos poderosos. ¿Acaso a mí también?

A ti —dijo con timidez y seriedad— no te considero poderoso.

—Compruebo que tienes una gran capacidad de observación —dijo K—. Dicho en confianza, no soy realmente poderoso. En consecuencia no tengo menos respeto que tú frente a los poderosos, sólo que no soy tan sincero como tú y no siempre quiero reconocerlo.

Y K dio unas palmadas en la mejilla del posadero para consolarle y ganar su favor. Entonces sonrió un poco. En realidad parecía un adolescente con su rostro suave y casi barbilampiño. ¿Cómo era posible que se hubiese podido casar con esa mujer tan gruesa y de edad tan avanzada, a la que en ese momento se podía ver a través de una ventana cómo trabajaba en la cocina con los codos bien separados del cuerpo? K, sin embargo, no quería seguir sondeando a ese hombre y terminar borrando la sonrisa que tanto le había costado obtener de él, así que le hizo una señal para que le abriese la puerta y salió a la hermosa mañana invernal.

Ahora pudo ver el castillo nítidamente destacado en el aire luminoso, con su contorno aún más realzado por la ligera capa de nieve que lo cubría todo imitando todas las formas. Además, en la montaña donde estaba situado el castillo parecía haber menos nieve que en el pueblo, donde K se desplazaba con no menos esfuerzo que el día anterior en la carretera principal. Allí alcanzaba la nieve hasta las ventanas de las casas y se acumulaba pesada sobre los bajos tejados, pero arriba, en la montaña, todo se elevaba libre y ligero, al menos eso parecía desde allí abajo.

En general, el castillo, como se mostraba desde la lejanía, correspondía a lo que K había esperado. No era ni un viejo castillo medieval ni un nuevo edificio suntuoso, sino una extensa construcción consistente en unos pocos edificios de dos pisos situados muy próximos unos de otros. Si no se hubiera sabido que era un castillo, se habría tenido por una pequeña ciudad. K sólo pudo ver una torre, si pertenecía a una vivienda o a una iglesia era algo que no se podía saber. Bandadas de cornejas la rodeaban.

Con la mirada fija en el castillo, K siguió su camino, sin que le inquietase nada más. Pero al aproximarse, el castillo le decepcionó: en realidad sí que se trataba de un miserable villorrio, compuesto de casas de pueblo, y sólo se distinguía porque tal vez todo estaba construido de piedra, pero la pintura hacía tiempo que se había caído y la piedra parecía desmenuzarse. K se acordó fugazmente de su pueblo natal: apenas tenía nada que envidiarle a ese supuesto castillo; si K hubiese venido sólo para visitarlo, la larga marcha no habría merecido la pena y habría sido más razonable haber vuelto a visitar una vez más su lugar de nacimiento, donde hacía tiempo que no había estado. Y comparó en su mente el campanario de su pueblo natal con la torre de arriba. El campanario, es cierto, no podía dudarse, se erguía recto, rejuveneciéndose en la parte superior, y coronado por un techo ancho de tejas rojas, un edificio terrenal —¿qué otra cosa podíamos construir?—, pero con una finalidad muy superior a la del achaparrado villorrio y con una expresión más luminosa que la otorgada por el sombrío día laboral. La torre de allá arriba —era lo único visible— era la torre de una vivienda, como ahora se mostraba, quizá la del castillo principal, un edificio redondo y uniforme, en parte cubierto piadosamente por la hiedra, con pequeñas ventanas que destellaban por la luz del sol —su aspecto tenía algo de descabellado—, y acababa en una especie de azotea, cuyas almenas, inseguras, irregulares, rotas, mordían el cielo azul y parecían haber sido diseñadas por un niño descuidado o acobardado. Era como si algún habitante afligido que tendría que haberse mantenido encerrado en la habitación más alejada de la casa, hubiese roto el techo y se hubiese alzado para mostrarse al mundo.

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