Читать книгу «#SaliDeCasa» онлайн полностью📖 — Florencia Agrasar — MyBook.

#SALÍDECASA

#SalíDeCasa es la continuación nacida, casi sin planearlo, de #QuedateEnCasa, el primer volumen de cuentos surgido de un juego-torneo literario entre amigos durante la pandemia de covid-19 que estalló en 2020. Poco imaginábamos entonces que doce meses más tarde seguiríamos abocados a los nuevos rituales impuestos por un virus no deseado pero bien instalado, que las discusiones en torno al lavado de manos se trasladarían a la ardua cuestión de las vacunas y que la sorpresa inicial iría transformándose en agotamiento y hastío. Pero una vez más, la literatura se hizo presente para ayudarnos y recordarnos que, si se escribe, no todo está perdido. Entre un volumen y otro hay un año transcurrido, costumbres ya arraigadas –como andar con un barbijo puesto y otro en el bolsillo– pero sobre todo transformaciones, visibles e invisibles, interiores y exteriores. A eso responden las tres divisiones de este libro: Puertas Adentro, Puertas Afuera, y en el medio la omnipresente Pandemia que dio vuelta nuestras vidas durante ya dos años. Parte del juego fue revivir los personajes del primer volumen, continuar algunas de las historias, proponerse poner en palabras la experiencia del encierro, jugar a lanzar consignas desconcertantes y, como siempre, hacer de la creación literaria una ventana doblemente abierta: hacia afuera, hacia el mundo, y hacia adentro, hacia nosotros mismos. Este es el testimonio de nuestro viaje.

FLORENCIA AGRASAR • RITA CORIGLIANO • GRACIELA CUTULI • PIERRE DUMAS • MABEL FUZZI • VICTORIA ROSSI • TERESA TÉRAMO

#SALÍDECASA

relatos postpandemia


Cada relato puede leerse acompañado por un tema musical indicado junto al título. La playlist fue confeccionada por Pierre Dumas y se encuentra en Spotify con libre acceso a través del siguiente código QR:

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Segundas partes sí son buenas

#QuedateEnCasa era la consigna que en todos los idiomas se repetía incansablemente. Un hashtag que se hizo viral y se diseminó como el nuevo coronavirus por el mundo entero. Ese fue el nombre de nuestro primer libro de relatos en pandemia, que llegó a las librerías a fines de 2020 y, si bien empezó como un juego literario de nueve amigos encerrados en busca de alguna escapatoria –conscientes de que la escritura sana y salva–, tuvo una repercusión impensada o, digamos más modestamente, superó las fronteras de nuestros mundos cotidianos y posibles. ¡Se lee hasta en Miami y en Misiones! Hubo compras digitales desde Milán, alguna de Bolivia y se vendió en librerías de Buenos Aires, Mar del Plata, Neuquén y Bragado.

Con el impulso de la creatividad que ayuda a convertir el limón en limonada, mientras que otros nos convierten el vino en vinagre, decidimos continuar la aventura literaria aliviando con la escritura el tedio de la virtualidad, la absurda precariedad de las “burbujas” –no precisamente de champagne pétillant– y lo incómodo de un presente de bocas tapadas con barbijos y mucho alcohol… en gel. Nuestro fervor inicial de capturar vida –esa vida que veíamos tornarse vulnerable, frágil, breve– en historias continuaba intacto y seguimos escribiendo durante todo 2021. “Escribir es una maldición que salva”, ya lo decía con la autoridad que le corresponde Chaya Pinjasovna –Clarice Lispector para los amigos–. “Una maldición porque obliga y arrastra, como un vicio penoso del cual es imposible librarse. Y es una salvación porque salva el día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba”.

Así entre risas, chocolates, reuniones virtuales, de las otras y ¡sgroppinos! chez Dumas, surgieron los cuentos que contiene este libro. Hay mucho de humor catártico, aunque estas páginas también harán derramar alguna lágrima y hasta provocarán una mueca de disgusto a la par que una carcajada o un suspiro de alivio. Es que el humor es un principio poético, que permite trascender con ingenio las dificultades. Sin buscarlo, está presente detrás de Desgracia con suerte y el conflicto generacional de una veterana profesora; La venganza de Gabriela y la tarea de escritura contrarreloj de una periodista; Las Normándicas y los vaivenes americanos; Más real que la realidad, donde helicópteros lanzan perfume sobre París; Los hijos de Pu –el inefable Chang Pu– y la primera legisladora porteña china del barrio de Flores; La separación de bienes, donde una pareja se disputa por las pequeñas cosas compartidas como los libros y un juego de bolitas; Veo, veo, donde el humor deja lugar al realismo mágico y Mosquita muerta, que presenta los conflictos de oficina con un diálogo cuidado y sutil donde el lector deberá hacer un esfuerzo para escuchar lo no dicho.

El virus (uno más inofensivo pero devastador: el virus del trabajo y las obligaciones contraídas) causó dos bajas entre los nueve autores que dimos vida a #QuedateEnCasa en 2020, y aunque sentimos dejar atrás el número nueve –tan místico y dantesco–, el siete con toda su magia simbólica nos mantuvo unidos en busca de dar sentido con la escritura al entorno pandémico, como las siete cuerdas de la lira de Apolo, bien tensadas para dar la nota justa. El siete, en efecto, nos acompañó en la selección de cuentos que integran la presente antología, que cerramos en setenta y cinco: el número de relatos que contienen estas páginas. Cada uno muy distinto al otro en tono y ritmo pero, como piezas de un mosaico, todos en conjunto nos muestran un maravilloso cuadro de vivencias, sentimientos, pesares y pensares de un mundo que cambia, que nos transforma.

Escribir salva, sana, libera y nos hace más humanos y cercanos. Seguimos escribiendo y este libro es el resultado de quienes amamos la palabra, su poder performativo, seductor. En la palabra encontramos esa luz que despeja tinieblas, ese fuego que purifica, ese calor que acaricia los cuerpos cansados. A través de la escritura hallamos nuestro reposo y nuestro hilo de Ariadna que nos fue acercando a la salida de un tiempo con forma de laberinto y de una pandemia que cerró algunas puertas pero abrió otras. Por encima o por debajo de las diferencias resulta ser una pandemia que fortaleció los vínculos con la vida.

Termina el año y estamos vacunados. Vacunados contra la desesperanza. Poco a poco vamos recobrando la “normalidad”, transitando los espacios habituales, pero el azote ha hecho que nada sea como antes. Muchos de los cuentos relatan situaciones hogareñas donde la palabra “casa” enmarca los hechos narrativos. Otros capturan momentos de viajes, mares, caminos… Algunos, los menos, se centran en las consecuencias y la fuerza del virus arrollador.

Agrupamos los cuentos en tres partes y así como en el libro anterior la división tuvo por criterio la temporalidad, aquí el orden lo da la dimensión espacial: Puertas cerradas, Pandemia y Puertas abiertas. Con todo el peso de la P, consonante oclusiva y sorda que nos controla aún los movimientos y nos increpa con su panza alta, recordándonos los kilos que aumentamos en este tiempo de ansiedad y desazón por el encierro. Pero el virus no fue tan malo. ¿Para qué ha servido? Para una lección humana universal: para que aprendamos a descubrir ese lazo tan fuerte del Amor que, como dice Dante en el último verso de su Comedia, “move il sole e l’altre stelle” y que, identificado en el Empíreo con el fuego, derrite el miedo.

Con la edición de este libro –que también incluye una playlist para leer con música– decimos “chau chau, adiós” a este 2021 que termina y lanzamos un nuevo grito, “¡Salí de casa!”, que esperamos se vuelva tan viral como el hashtag anterior. Tal como cantaba otro Virus: “No hace falta ser un ser superior”, basta con “poner el cuerpo y el bocho en acción”. ¡Vamos, #SalíDeCasa! §

PUERTAS ADENTRO

Vaciar la casa

Florencia Agrasar

Die Grafsteensangers / Die Trein na Pretoria

Es una tarea hercúlea, pero arremetemos. Vamos con Delia, finalmente a vaciar el departamento de la tía Titi, que quedó así desde el día en que murió, hace un año y medio. Bah, no así, porque la vecina le regó las plantas y le pagamos a una chica paraguaya que limpia la entrada del edificio y los lugares comunes para que una vez cada quince días dé una repasada. Pero así quedó, suspendido en el tiempo, con la energía de Titi atrapada adentro como un aura extraña y luminosa… porque Titi fue un caso serio.

Somos ocho los sobrinos, pero cuando finalmente se vendió el departamento y tuvimos que poner fecha para vaciarlo, todos –menos Delia y yo– se hicieron los sotas: que estoy complicado con trabajo, que justo hoy no puedo, que tengo el auto en el taller. No cuento a los dos que viven afuera, Jaime en Salta y Matías en Costa Rica. Ellos apenas participan de nuestro chat de trámites post funeral, un caos de intercambios y opiniones.

Al trasponer el umbral el olor mustio a encierro mezclado con talco y algo ácido me invade la nariz. La casa está como era entonces, abarrotada de cosas: estatuillas, cuadros, jarrones, jarroncitos, fotos de sus sobrinos, de sus viajes, más fotos, viejas, de la época de máquina de rollo, algunas enmarcadas, otras apoyadas por ahí. Mi tía fue soltera, vivió unos cincuenta años en este departamento y murió a los ochenta y cuatro. En sus viajes por el mundo coleccionó de todo, adornos truchos y berretas y algunas preciosidades conservables. Me gustan mucho unos platos de Limoges colgados de las paredes, con unas perdices pintadas, y unos Talaveras de la reina que eran de mi abuela. Todo me trae recuerdos y tengo un escalofrío que me sacude los hombros. Delia me mira, suspira –creo que nos entendemos, que las dos tenemos un memento mori–, abre las ventanas con energía, levanta las persianas y todo se inunda de la luz de la tarde. “¿Hago unos mates mientras embalamos?”, me dice enérgica, con un guiño. Un mechón rebelde se le escapa del rodete apresurado que se hizo con un lápiz. Su naturaleza es positiva, sé que me va a levantar el ánimo. Y así empezamos. Yo por la habitación, Delia por el comedor. Trajimos cajas enormes de cartón compradas para este fin, toneladas de diarios viejos y dos fibrones rotuladores. Ella embala los platos de porcelana del juego bueno, yo vacío el placard de su ropa. Después decidiremos qué hacemos con las cosas, pero sabemos que, de sus prendas, no guardaremos nada. La moda no era su fuerte, le importaba tres cominos. Titi era una correcaminos, una trotamundos. Buenos Aires era una excusa, su lugar donde armar los bolsos para catapultarse… a cualquier lado. Le habían quedado pocos puntos del país y del planeta sin conocer. Tal vez fue por eso que nunca formó pareja, nunca se casó. Estaba siempre en tránsito. Tenemos fotos de ella en Singapur, Londres, Jerusalén, Hawaii, Lima, Tierra del Fuego, Sudáfrica. Este último, su país preferido, donde vivió casi un año y al cual volvió por lo menos tres veces después. Viajar fue para ella una opción de vida.

Entre mate y mate, mientras vacío los cajones de la cómoda de los camisones, la ropa interior –todo a la bolsa de consorcio para la parroquia de la esquina–, recuerdo cuando se empezó a poner vieja y ya no pudo viajar. Cómo le costó quedarse quieta, clavada. Ahí empezó a bordar y a tejer para los sobrinos nietos y no paró más, hasta que le fallaron los dedos, la cabeza y todo. El último cajón de la cómoda está trabado, tiene cerradura. Estoy a punto de ir a preguntarle al portero por un cerrajero cuando se me ocurre palpar el mueble por dentro, el fondo, la base de los cajones. Pegadita con cinta aisladora, una llavecita en una esquina de la base del cajón de abajo. La pruebo y abre. El contenido emana algo secreto, privado. Me incomoda un poco ser testigo del descubrimiento sola. “Delia, vení a ver esto”. Delia entra con el termo debajo del brazo, la cara y las manos llenas de polvo, acalorada. “¿Qué es?”, me pregunta con el ceño fruncido. Nos arrodillamos en el suelo y empezamos cuidadosamente a revisar. Hay cartas y más cartas, fotos. Una Titi joven, espléndida con sus ojos verdes rasgados. Sonríe a la cámara con una plenitud serena y exultante a la vez. Tiene un bebé en los brazos, negro. Hermoso. En otra foto, es un niño de unos siete u ocho años, el pelo mota, la sonrisa ancha y blanquísima, con una pelota de fútbol. El fondo parece la sabana, la tierra colorada, los pastizales secos y altos. En otras fotos, más grande, un joven universitario. Tiene toga y birrete y un diploma en la mano. Atrás: “Peter, with love, from Pretoria”. Nos miramos, atónitas. Delia suspira y con un hilo de voz me dice: “Habrá que leer todo esto para entender un poco, ¿no?”. Yo asiento, muda, un poco perpleja y otro poco iluminada, maravillada por los intersticios y recovecos de la vida, por sus regalos inesperados. §

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