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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 55


Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por AURELIO PÉREZ JIMÉNEZ .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 1999.

PRIMERA EDICIÓN, 1982.

ISBN 9788424930769.

INTRODUCCIÓN

Flavio Filóstrato de Lemnos 1 , probablemente el segundo de la conocida familia de sofistas cuyos miembros más eminentes viven durante los siglos II y III d. C., es el autor, entre otras, de la obra usualmente denominada Vidas de los sofistas . Reúne en ella noticias sobre una selección de personalidades notables en la peculiar actividad literaria que él precisamente denominó Segunda Sofística .

La dedicatoria de la obra a Gordiano (durante su proconsulado, anterior al 238, en que asume el Imperio), pariente de Herodes, ha suscitado duda en varios puntos. Solía admitirse que aquél, emperador durante veintidós días en el año 238, había sido dos veces cónsul, la segunda de ellas en 229; luego habría desempeñado el proconsulado de África durante varios años, función que ejercía cuando se le nombró emperador a los setenta y nueve años. Estas fechas permitían situar la terminación de las Vidas entre 230 y 238 2 . Recientemente se ha visto la posibilidad de que Gordiano hubiera sido cónsul una sola vez, en fecha no conocida, y de que se hallara cumpliendo su proconsulado en Acaya, no en África, al ser elegido emperador. Con ello, la fecha de composición de las Vidas se adelantaría algún tiempo 3 . Durante su estancia en Acaya habría vuelto a encontrarse con Filóstrato, a quien había tratado ya en el Círculo de Julia Domna, instalado en Atenas 4 .

No hay contradicción, como pudiera parecer, entre la dedicatoria al «cónsul preclaro», antes de comenzar el prólogo, y la designación de Gordiano como «procónsul excelso» en sus líneas finales: haber sido cónsul confiere un rango social que perdura, concluida la función en sí, como varios pasajes del mismo Filóstrato confirman 5 .

Se ha dudado también de que Gordiano estuviera unido a Herodes por lazos familiares 6 , entendiendo que sólo había existido una vinculación, más bien, de índole cultural, por haber recibido Gordiano enseñanza de un discípulo de Herodes, o por descender Gordiano de un sofista famoso 7 . La dificultad de precisar el parentesco de Gordiano I con Heredes ha hecho suponer que la persona a quien se dedican las Vidas es Gordiano II, hijo de Gordiano I 8 , que fue colega de su padre en el Imperio durante cerca de un mes, tiempo que duró su vida a partir de esta circunstancia. El viejo emperador se suicidó al conocer la muerte de su hijo. Entendemos que es Gordiano I a quien Filóstrato dedica su libro, como ha venido manteniéndose, dada la débil consistencia de las reflexiones que sostienen la otra posibilidad 9 . Por otra parte, el parentesco con Herodes que Filóstrato aduce como razón primera de su dedicatoria parece admisible, aunque no debió de ser un parentesco cercano. El futuro emperador tiene unos diecisiete años cuando muere Herodes. Es difícil que Filóstrato, viviendo en Atenas, no hubiera conocido y precisado esta relación, si hubiera existido en grado próximo.

Como puede inferirse de la lectura de las Vidas , la obra debió de escribirse en Atenas. Filóstrato habla de las ciudades de Asia, de los viajes de los sofistas y de sus actuaciones con las perspectivas que tendría un habitante de Atenas.

El título usual, Vidas de los Sofistas , tal vez no fuera el original. Salvo la de Herodes Ático y la de Polemón, las llamadas biografías distan de lo que podría esperarse en un espécimen de tal género. La de Filóstrato es una biografía sui generis , polarizada en informaciones sobre la profesión sofística y juicios de estilo, con detrimento de las noticias propiamente biográficas. Faltos de otro mejor, el título sirve bien para identificar la obra. Los coloquios o pláticas de Antioquía en que se discutía sobre los sofistas, mencionados en el prólogo, pudieron suscitar la oportunidad de un trabajo que (reuniendo materiales ya publicados, información oral dispersa que iba alterándose, falta de la adecuada fijación y datos fidedignos de origen vario, especialmente los que pueden obtenerse de la obra publicada de los grandes declamadores) fuera una guía selectiva que orientase sobre personalidades ilustres de la profesión sofística, su estilo y escuelas. Quizá el deterioro 10 , en todos los órdenes, después de los emperadores filhelenos, de aquellas condiciones que habían permitido el auge esplendoroso de los grandes declamadores y sus exhibiciones por todo el Imperio Romano, no fuera ajeno a la oportunidad de esta presentación del movimiento sofístico.

Los artífices del discurso, contemporáneos del autor, no menos abundantes que sus famosos predecesores; sus numerosos alumnos, las personas cultivadas que disfrutaban con la refinada diversión de la literatura oratoria de espectáculo, constituyeron el público para el que Filóstrato compuso su libro. Era un público avezado, formado en escuelas donde el complejo arte de la retórica era objeto capital de estudio; un público capaz de apreciar sutiles matices de estilo y familiarizado con los nombres más representativos del arte que se había convertido en entretenimiento de predilección. Filóstrato hace llegar a este público una obra literaria de interés informativo, una publicación de actualidad, en la que quiere mostrar sus habilidades de narrador y su agudeza de crítico. Siendo él mismo un sofista, se siente capaz de opinar sobre el estilo de sus colegas de profesión, tanto los anteriores como los muy próximos a él, e, incluso, todavía vivos cuando él escribía; recoge las relaciones de escuela y las influencias mutuas, modifica opiniones, repara injusticias de opinión, otorgando la fama debida a sofistas maltratados, educa el gusto con sus censuras y elogios. Casi la mitad de los sofistas de su inventario serían desconocidos, a no ser por sus noticias; la arqueología va añadiendo información a estos personajes salvados del olvido por Filóstrato, que se revela veraz. Aunque tal vez no fuera exactamente su intención, la obra ha resultado ser nuestra única historia de la época más grande de la sofística 11 .

Cuando en el proemio de su phróntisma 12 , obra compuesta con finalidad primordialmente estética, advierte que no siempre hará constar los nombres de los padres, está indicando su desdén por la noticia biográfica escolar de los gramáticos y autores de diadochaí . Se dirige al lector que busca deleitarse conociendo los méritos y fallos de los profesionales de la elocuencia que cataloga, sus éxitos y fracasos, debidos al esfuerzo personal o a la intervención de la fortuna. Pero lo hará puliendo, con habilidad de literato, la intención ilustrativa y didáctica, que pone en segundo plano. Uno de sus artificios más evidentes es mudar la clase y disposición de los datos de cada unidad biográfica, de tal suerte que no haya ninguna que pueda tomarse como patrón. Si quisiera obtenerse, entre la más breve y la más extensa, una gradación progresiva, no habría una sola casilla vacía, abstracción hecha de la contigüidad.

Apenas puede creerse que influya de modo imperativo, en la extensión de cada vida , la clase y cantidad de materiales de que pudo disponer, habida cuenta de los que poseemos actualmente de algunos de sus biografiados. Las dedicadas a Herodes y Polemón, distintas en la distribución y elementos, superan con mucho a cualquiera de las demás en extensión. La que sigue en este aspecto es, sorprendentemente, la de Escopeliano, de quien apenas tenemos noticias. Y todavía varias (las de Dionisio de Mileto, Alejandro de Seleucia, Adriano de Tiro, Hipódromo de Tesalia) superan en amplitud a la de Arístides, el más eminente de los sofistas para los criterios actuales. Evidentemente, los grandes declamadores y oradores se miden en la antigüedad desde puntos de estimación inseparables de su allí y su entonces. Además, Filóstrato concede la atención que estima adecuada para su gusto y propósitos a los representantes de su misma profesión seleccionados por él.

Aunque existían ya publicaciones sobre la vida y obra de algunos de ellos, acoge en su serie 13 a los más famosos y a otros menos atendidos, da aires nuevos o completa con datos inéditos (lo dice expresamente) la narración biográfica de una figura importante o despacha con breves líneas a rétores de escasos méritos por los que siente desprecio. Biografías hay en la colección reducidas a un severo juicio de estilo. Con todo, el acopio de datos de las Vidas es, en conjunto, importante. Reúnen informes biográficos personales y familiares, descripción de carácter y rasgos físicos, educación y formación, maestros y discípulos, riqueza y honores, empleo de la fortuna personal, actividades profesionales, éxitos y fracasos, alguna vez noticias singulares que merecen especialmente el interés del narrador. A esto se añade, como fundamental, la descripción y evaluación del estilo, modificación de un juicio que estima erróneo, mención de ocasiones y lugares en que se pronunciaron ciertas declamaciones, digresiones y reflexiones, anécdotas, chrías , citas literales de sus biografiados y de autores clásicos, ecos de pasajes literarios conocidos y, esporádicamente, mención de fuentes. Su norma en la organización de sus materiales es la evitación cuidadosa de la uniformidad.

La lengua 14 fluye mesurada, sin relieves extremados, en frases breves. Predomina la adición narrativa, que progresa con nexos conectivos, sobre la construcción compleja y la estructura periodológica. La sencillez constructiva va pareja con la sobriedad ornamental sabiamente dosificada, propia de un buen conocedor de la retórica que, sin renunciar a sus primores, repudia todo exceso. En ocasiones peca contra la claridad, a fuerza de querer ser escueto. Aquí y allá, un toque de arcaísmo morfológico o sintáctico, apenas insistente. No faltan en su lengua los presumibles usos postclásicos y hasta novedades que conocemos por primera vez en su obra. Desprovista de espontaneidad y frescura, tal vez, pero no de agrado, casi no se permite otra vehemencia que las de sus censuras al estilo desaforado. Hay viveza en los pequeños cuadros donde presenta las actuaciones de los sofistas ante el público, el emperador o los alumnos aventajados de otro colega. Se sirve con habilidad del breve diálogo de una chría , de una anécdota, de dichos de sus personajes, en los que aflora el humor o se insinúa levemente la emoción. Puede decirse que escribe decorosamente una prosa cuidada, amable, en la que hay maestría aprendida de reglas, de horas infinitas dedicadas a la lectura y estudio de los grandes autores, sin que falten cierta elegancia y tono grato, calidades de artista inteligente.

Por lo que a certidumbre de información se refiere, salvo las contadas ocasiones 15 en que mitiga la gravedad de ciertos hechos o los omite, Filóstrato suele ser veraz, aunque no satisfactorio como informador. Algunas de sus noticias han tenido confirmación epigráfica 16 . Nunca debe olvidarse su atención preferente por el arte de la declamación y el estilo de los oradores. Cierto que desearíamos respuesta a otras cuestiones, como ocurre, con frecuencia, en la lectura de algunos autores 17 .

La obra está dividida en dos libros. El primero, de menor extensión y, en parte, de carácter introductorio, anuncia, al comienzo, que se darán noticias sobre los filósofos con reputación de sofistas y de los sofistas llamados, con razón, así. Siguen algunas consideraciones en torno a las similitudes y diferencias entre la vieja sofística y la que florece a partir del siglo I d. C., muy breves, si se comparan con la extensión que dedica a los orígenes del discurso improvisado, indicio del alto valor que se le atribuye. Tras una corta alusión a la desconfianza que desde antiguo suscitaron los sofistas, comienza a ocuparse de los filósofos que descollaron por la forma de exponer sus ideas. De los ocho que integran su selección, los seis primeros 18 son filósofos que se hicieron notar también por su habilidad en la improvisación, la elocuencia o el ornato de su lenguaje. Su enumeración crea el ambiente adecuado para presentar a Dión y Favorino, que parecen ser los auténticos sofistas-filósofos 19 . Como retórica y filosofía, siguen siendo, para los más avisados, pilares fundamentales de la educación 20 , muchos sofistas, considerándose en razón de sus aficiones y conocimientos estimables filósofos, aspiraban a tan noble título 21 . Pero Filóstrato termina la serie, muy breve, en el profesor de Herodes, Favorino, tal vez porque considera que ningún otro reúne, como éste y Dión, las proporciones adecuadas de maestro de elocuencia, declamador, divulgador de doctrinas filosóficas y conferenciante con preocupaciones éticas 22 .

Tras los filósofos encabeza la serie de sofistas Gorgias de Leontinos, el fundador de la antigua sofística. A continuación, ocho ilustres sofistas y oradores de los siglos V y IV a. C., más Esquines, el fundador de la nueva sofística en opinión de Filóstrato. Quizá tiene a Esquines por fundador de la Segunda Sofística a causa de sus dotes para la improvisación, por su oratoria emocional y, no menos, porque representa el eslabón entre Grecia y Asia si, como se dice, fundó una escuela de elocuencia en Rodas. Tal vez se limita a repetir una opinión corriente.

Después de la biografía de Esquines se encuentra ya la de Nicetes de Esmirna, orador del siglo I d. C., que dio, dice Filóstrato, nuevos bríos a la retórica languideciente, dotó a Esmirna de bellísimas construcciones y cultivó un estilo brillante y ampuloso. Sigue la biografía de Iseo, algo más joven que Nicetes, caracterizado por cierta sencillez en su estilo oratorio. Aunque el biógrafo no lo precisa, parecen ser cabezas de escuelas o, mejor, de tendencias, que practican dos modos un tanto diferentes de oratoria. De las biografías restantes del libro I , tres son de discípulos de Iseo y tres corresponden a maestros de Herodes. El libro II se inicia con la biografía de Herodes Ático 23 , la única que se aproxima a la narración completa de la vida de una persona, tal y como exigiría por definición el género. Sus discípulos directos o los que, alumnos, a su vez, de éstos, fueron oradores insignes, superan en número, entre los de la serie, a cualquier otro 24 . De las treinta y tres narraciones biográficas del libro II (treinta y dos, sin la de Herodes), tienen relación inmediata con éste veintidós; cinco, con alumnos de Iseo; otros cinco sofistas se han formado con otros maestros.

Varias explicaciones han intentado justificar el lapso de más de tres siglos que separa a Esquines de Nicetes. Para C. L. Kayser 25 , tiene que haber una laguna en el texto: no se entiende de otro modo la omisión de Demetrio Falereo, de Hegesias de Magnesia y otros. W. Schmid 26 opina que el biógrafo no siente interés por los sofistas anteriores a Nicetes, pero se pregunta por qué no habla de algunos posteriores a éste, como su propio antecesor Filóstrato o el famoso Nicóstrato 27 . Por su parte, W. C. Wright 28 supone la existencia de biografías de estos personajes y que, falto de datos pintorescos que añadir, Filóstrato no compuso otras de ellos. Otros autores buscan explicaciones para considerar a Esquines como padre de la Segunda Sofística . Pero, aunque las hubiera para preferirlo a Demetrio Falereo 29 , siguen suscitando suposiciones esos siglos vacíos de nombres. Evidentemente, Filóstrato no quiere hacer una historia de la sofística. Tiene idea clara, como indica la denominación que da al movimiento sofístico renovado, de la continuidad sin ruptura con la antigua. Pero lo que le importa es resaltar la conexión entre la oratoria de su época y la clásica, modélica, de Atenas, para pasar en seguida a la nueva clase de declamadores a la que él mismo pertenece. Cuando comienza con Nicetes de Esmirna, tras la mención despectiva de Ariobarzanes, Jenofrón y Pitágoras 30 , está manifestando, implícitamente, su propósito de escribir sólo las biografías de los sofistas en que se dan los rasgos distintivos de las egregias figuras que hacen llegar a la sofística al esplendor inigualable que alcanza en el siglo II , y también su intención de prescindir de aquellos en que no se daban las condiciones que adornan a los merecedores del título ilustre de sofista. No basta con ser maestro de elocuencia y orador discreto, experto en el oficio. Nicetes es declamador brillante y aplaudido, autor e intérprete de piezas oratorias famosas, en las que personifica a los grandes reyes persas enemigos de Atenas en el siglo V , viajero que exhibe su arte, abogado ilustre, profesor de retórica, encargado por su ciudad de importantes funciones, conocido por el emperador, profesional riquísimo que embellece con sus donaciones a Esmirna. Tal vez sólo se diferencian estos nuevos sofistas de sus predecesores cercanos en grados de perfección profesional, en la frecuencia de sus actuaciones fuera de la escuela solicitados por un público entusiasta de la literatura oratoria, en la acumulación de funciones relevantes 31 , en la conciencia de ser los miembros de una élite peculiar.

De entre las circunstancias que propiciaron la vitalidad renovada de la oratoria 32 desde el siglo II a. C., y, señaladamente, desde las décadas en torno a los comienzos del Imperio, conviene subrayar dos: el tipo de información e instrucción impartido a los jóvenes griegos y la aceptación por Roma de la cultura griega, en general, y, muy en primer lugar, precisamente, de su sistema de enseñanzas. La educación tradicional griega 33 dedica la mayor parte de su esfuerzo al conocimiento de los autores clásicos, al estudio de las reglas de la retórica y a los ejercicios que capacitan para la práctica de la elocuencia. Estos métodos educativos venían formando a los miembros de las clases altas de Grecia y de las regiones helenizadas en que se convirtieron los reinos surgidos de las conquistas de Alejandro en Asia y África. Fueron aceptados por Roma tras alguna resistencia y continuaron vigentes, apenas cambiados, siglos después del ocaso del paganismo. La elocuencia abre el camino del éxito, es indispensable para quien ambiciona poder o fama, o, más modestamente, ser estimado en la sociedad; llegar a ser un orador famoso es el deseo secreto de muchos jóvenes, una aspiración para la que los padres no escatiman esfuerzo. La preparación de las escuelas de retórica, además de ser adecuada para formar ciudadanos relevantes en todos los órdenes, hombres de Estado, abogados, literatos, desarrolló en sectores cada vez más amplios una disposición (ingénita en los griegos, aun en los no letrados) a deleitarse escuchando la actuación de un orador, con el atractivo adicional de hacerlo constituyendo, en buena parte, un público de expertos.

Desde finales del siglo III y comienzos del II a. C., los romanos empiezan a tomar contacto 34


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