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FABRICE HADJADJ

SER PADRE CON SAN JOSÉ

Breve guía del aventurero de los tiempos posmodernos

EDICIONES RIALP

MADRID

Título original: Etre père avec Saint Joseph

© 2021 by Magnificat SAS

© 2021 de la versión española traducida por GLORIA ESTEBAN

by EDICIONES RIALP, S. A.,

Manuel Uribe 13-15, 28033 Madrid

(www.rialp.com)

Realización eBook: produccioneditorial.com

ISBN (versión impresa): 978-84-321-6038-7

ISBN (versión digital): 978-84-321-6039-4

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Contra spem in spem... ut fieret pater...

Ad Romanos 4, 18

A mi padre

Este reconocimiento al darle la espalda

Esta fidelidad en la distancia

A mis hijos

El pan ganado con este libro

La pala que les entrega para cavar mi tumba

Así se pasa el testigo

ÍNDICE

PORTADA

PORTADA INTERIOR

CRÉDITOS

CITA

DEDICATORIA

INTRODUCCIÓN. TODO UN PADRE, A CAMBIO DE NADA

LO PEOR DE NOSOTROS

EL MÁS RADICALMENTE PADRE

UN GUÍA, EN DEFINITIVA

LECCIÓN I. ANTES DE NADA, SER HIJO (ACERCA DE DAVID Y DE LOS TURBIOS ANCESTROS)

UN PASADO REGIO Y VERGONZOSO

REDIMIR EL TIEMPO

SER PLENAMENTE HIJO O DEJAR ATRÁS LA INFANCIA

LECCIÓN II. SEDUCIENDO A LA VIRGEN MARÍA (¡CON MÁS ARTE QUE UN DONJUÁN!)

¿UN ANCIANO POR COLABORADOR?

¡ÁNGELES POR LA CARNE!

EL HOMBRE DE DESEO

LECCIÓN III. NO COMPRENDER A TU MUJER (HASTA EL PUNTO DE PLANTEARTE —DISCRETAMENTE— REPUDIARLA)

MARÍA, UNA TRANSGRESORA MÁS

EL MISTERIO DE LO FEMENINO Y SUS INEVITABLES MALENTENDIDOS

CASTIDAD Y VIRILIDAD

LECCIÓN IV. ANTE TODO, DORMIR BIEN (JOSÉ, PATRONO DE LOS SOÑADORES)

VELAD, ES DECIR, DORMID BIEN

SUEÑO Y REALIDAD

ABANDONAR PARA TOMAR

LECCIÓN V. ACONDICIONAR UN ESTABLO (LA CAMA VA AQUÍ, ENTRE LA MULA Y EL BUEY, Y PROCURA NO PISAR DEMASIADO EL ESTIÉRCOL)

INTRODUCCIÓN A LA POESÍA SOCIAL

DE LOS PASTORES A LOS MAGOS, VISTO Y NO VISTO

LA EPIDEMIA DE LAS CIFRAS Y EL NACIMIENTO IMPREVISTO

LECCIÓN VI. PONER UN NOMBRE (QUE ES SOBRE TODO NOMBRE)

LA CARNE HECHA PALABRA

PRESENTACIÓN EN EL TEMPLO

PONER NOMBRE

LECCIÓN VII. SALVAR AL SALVADOR (O HUIR Y METERSE EN LA BOCA DEL LOBO ANTES DE ACABAR EN EL QUINTO PINO)

LA PASCUA AL REVÉS

UNA SESIÓN DE BOXEO CON SAN PABLO

NAZARET, EL MOMENTO JUSTO EN EL LUGAR EQUIVOCADO

LECCIÓN VIII. HACERSE OBEDECER POR DIOS (¿SIN PEGAR GRITOS?)

DOS VOCES PARA DOS HIJOS

LA PROHIBICIÓN Y EL DESEO

RUEGO Y MANDATO

LECCIÓN IX. CONTAR HISTORIAS (CUENTECILLOS PARA EL FINAL DE LOS TIEMPOS)

EL MUNDO AL DETALLE

CUENTO AL REVÉS

EN LA CARRETERA CON CORMAC MCCARTHY

LECCIÓN X. TRABAJAR EN ESTRUCTURAS (TECHOS, ARCOS, ATAÚDES Y CRUCES DE TODO TIPO)

LA ECONOMÍA DE NAZARET

EL CORDERO EN LA MADERA

EL ÍDOLO Y EL SABBAT

LECCIÓN XI. BUSCAR ANGUSTIADO A TU HIJO (Y QUE, ENCIMA, SEA ÉL QUIEN TE DÉ UNA LECCIÓN)

EL HIJO PRODIGIO, MÁS DIFÍCIL QUE EL HIJO PRÓDIGO

NIÑOS PERDIDOS Y HALLADOS PARA DEJARLOS MARCHAR

PADRES BUSCADOS POR EL HIJO

LECCIÓN XII. APRENDER A MORIR (AHORA, HAY QUE PASAR EL TESTIGO)

YA NO ESTAR AHÍ PARA…

EL QUE PIERDA SU VIDA…

LA VUELTA AL CAMBIADOR

AUTOR

INTRODUCCIÓN. TODO UN PADRE, A CAMBIO DE NADA

Esto ha dicho Ezequías: «Hoy es un día de angustia, de castigo y de blasfemia, pues los hijos han llegado al momento del parto y faltan fuerzas para darlos a luz».

2 Reyes 19, 3

LOS ASESINOS EN SERIE EXISTEN. Algunos actúan en pareja; también en el crimen funciona muy bien la complementariedad de los sexos (ella atrae, él degüella). Yo soy un genitor en serie. En colaboración con mi mujer, por supuesto. Juntos hemos reincidido muchas veces. A día de hoy hemos cometido nueve nacimientos: nueve víctimas o nueve futuros verdugos, no lo sé muy bien. Las cosas se enredan y dependen del punto de vista.

Se puede pensar que los genitores en serie son más peligrosos que los asesinos en serie. Eso es lo que suelen afirmar los partidarios del childfree o los miembros, más moderados, de One child, one planet. Según dicen, tenemos una visión excesivamente cortoplacista. So pretexto de la «acogida de la vida» somos sus destructores. Nuestra retahíla de críos parece una oda encarnada a la exuberancia de la naturaleza cuando en realidad es una horda que saquea la Tierra. Sus trastadas acabarán obligando a la humanidad a trasladarse a Marte. Más nos valdría haberles impedido nacer para proteger a las futuras generaciones...

San José, ruega por nosotros (tú tuviste un único hijo, pero me imagino que, siendo una persona divina, daría más guerra que los doce hijos de Jacob y su pobre hermana Dina).

1. Es cierto que los asesinos en serie, lejos de contribuir a la superpoblación, en realidad le ponen remedio. Es más, proporcionan un abundante y rico abono para la multiplicación de los insectos y las plantas, base de la biodiversidad. Por otra parte, aunque una noche te exterminen cerca del río, antes te permiten darte tu paseo. No te lo prohíben, como suelen hacer los genitores. No te reprochan defecto alguno antes de haberte concebido con la ilusión de convertirte en el heredero de sus deseos no cumplidos. El único problema de estos asesinos es su dependencia: sin genitores no serían nada. Si ya no nace nadie, ¿qué homicida habrá digno de tal nombre? ¿Y quién podrá seguir siendo víctima? ¿Quién podrá ser asesino (ya que también los asesinos han tenido padres)? Y, sobre todo, ¿quién quedará para admirar la exuberancia de las especies, para defender al oso pardo en la ONU y para recordar conmovido al tiranosaurio y al anomalocaris? No hay más remedio que admitirlo: en cuanto al anomalocaris, al tiranosaurio y al hermoso amonite en espiral, la Madre Naturaleza se deshizo de ellos ella sola, mucho antes de la aparición del hombre y sin ningún escrúpulo. Solo nuestros hijos pueden acordarse de ellos.

2. Cuando hubiera conseguido rebatir la acusación de tratar el «planeta» a la ligera, aún quedaría expuesto a otras críticas más clásicas y más graves. ¿Para qué engendrar nuevos pequeños mortales especialmente hoy, en la era posmoderna, en la que nos hemos garantizado la extinción del hombre y en la que es mucho más cómodo tener un androide o un cobaya? ¿Para engrosar la cola de la oficina de empleo? ¿Para incrementar las ventas de mascarillas FFP2?

Antaño los antiguos deseos de posteridad —hoy los cálculos modernos del progreso— aún clavaban en nosotros sus espuelas. Pero ya no es así: a nadie le preocupa perpetuar una patria y pocos son lo que creen en la dichosa dictadura del proletariado. Así que ¿qué motivos quedan para un acto tan grave?

Como filósofo, y más aún como judío, a la pregunta de «¿por qué tener niños?» tengo tendencia a responder: «Para que en este mundo continué habiendo, en la medida de lo posible, seres capaces de preguntarse: “¿Por qué?”». De hecho, sin hijos y sin el deseo de acogerlos, ¿quién sentirá un sincero dolor por el futuro hasta el punto de clamar al cielo? ¿Y qué será de los columpios y de los balancines? ¿O de los aviones de papel? Ni la gravedad ni la ingravidez seguirán siendo posibles.

Cuando uno es Job, padre de siete hijos y de tres hijas, puede exclamar con genuina fuerza: Perezca el día que me vio nacer (Jb 3, 3). Y cuando uno está con un crío de tres años, puede jugar al escondite con innegable legitimidad detrás de las lápidas de un cementerio. Solo los niños nos llaman plenamente tanto a la simple dicha de vivir como a la inmensa angustia de morir.

3. En cualquier caso, la cuestión no acaba aquí. Las consideraciones que vengo haciendo conciernen tanto a la madre como al padre. En cuanto a este último —y, por lo tanto, en cuanto a mí—, los cargos de la acusación son todavía más numerosos. Al asesino en serie no se le puede acusar de prolongar el patriarcado, ni de obligar a una mujer a soportar las molestias de nueve embarazos, ni de no ser lo suficientemente maduro para asumir la responsabilidad de una buena educación o de un camino seguro hacia la felicidad.

Sin duda, quitarle la vida a alguien implica una enorme arrogancia; pero ¿es menor la arrogancia de dar la vida y de erigirte en su administrador cuando no estás capacitado y no sabes nada de ella? ¡Cuánta presunción —he de confesarlo— al ver lo que queda en mí de ese eterno adolescente que se obstina en negarse a transportar un útero artificial dentro de una mochila Westpack!

Recientemente, un artista al uso, hijo de un artista en desuso, explicaba que no quería tener hijos «para ahorrarles un padre negligente y neurótico como el mío». Es evidente que su padre, por negligente y neurótico que fuese, no le ha impedido darse pisto en la revista femenina en la que me topé con su entrevista. Por otra parte, si todos los negligentes y neuróticos hubieran tomado su misma sabia decisión de no tener hijos, tampoco él estaría aquí para decirnos por qué se niega a tenerlos, y la humanidad habría desaparecido inmediatamente después de Adán, quien fue lo bastante negligente para coger el fruto prohibido, y lo bastante neurótico para esconderse detrás de un arbusto y acusar a su mujer.

Esto no hace menos válida la pregunta. ¿Soy plenamente consciente de lo que es la paternidad? ¿Puedo yo, tan pecador y extraviado como el que más, afirmar que no incurriré en las brutalidades del padre ogro ni en las ñoñeces del papá gallina, y que estoy totalmente preparado para traer a un hijo a este mundo con todas las garantías de éxito, controlando perfectamente la situación? No, no puedo. Nunca estamos preparados para ser padres. Es algo que nos cae del exterior... a causa de nuestra debilidad por las interioridades.

4. No obstante, quizá no se trate de estar preparado como para una competición. Quizá se trata de reconocer que es algo que nos supera, igual que un elogio. Quizá la paternidad sea como el nacimiento: se nos endosa a pesar de nosotros, contra viento y marea; lo injustificable por excelencia, porque ella lo justifica todo. Quizá no sea el resultado de un cálculo, sino el origen de una libertad; quizá sea, en definitiva, la vida misma.

¿Quién ha dicho que la vida tiene que ser un programa? El padre no es un experto. Es un pobre sujeto que prosigue, pase lo que pase, la aventura de sus padres. Participa de lo que hay en ella de más incomprensible y más vivo.

Y es aquí donde entra en escena José de Nazaret, padre porque hijo, padre porque todo se le escapa, padre porque está perdido y, aun así, no se desanima. A las puertas de este breve libro, no puedo sino rogarle que ruegue por nosotros al Padre eterno, que sabe «hacer posibles las cosas imposibles». Solo él nos muestra una paternidad desnuda, siempre desconcertante, siempre desconcertada y, por ello, divinamente fecunda.

5. De entrada se plantea una objeción. ¿Cómo puede ser José de Nazaret ejemplo de padre para nosotros cuando no es padre más que imperfectamente? Para recordar la filiación divina de Jesús y la concepción virginal de María existe la costumbre de colgarle epítetos cuyo objetivo consiste en disminuir su paternidad humana y aumentar la del Padre celestial. Y ahí lo tenemos, reducido a un accesorio o a una función: vigilante jurado, fiel colaborador o cornudo consentido...

A José se le llama padre putativo, padre nutricio, padre legal, es decir, semipadre o cuasi-padre, porque hace falta alguien que desempeñe ese papel en medio de los hombres. Cuando se ve en Jesús al hijo de José, es en la sinagoga de la ciudad o después de haberle escuchado afirmar que es el pan de vida. Se asombran de escucharle hablar con tanta autoridad (Lc 4, 22), pretenden descalificar su discurso (Jn 6, 42). José no sería más que el tonto útil de la historia. Solo tendría un valor funcional: evitar el escándalo, no desmantelar de golpe la «familia natural».

Pero ya es demasiado tarde. Ya hemos caído en el espiritualismo y el utilitarismo. Dentro de la Sagrada Familia estarían de un lado la encarnación de la madre y de otro lado la desencarnación del padre, que no sería sino un instrumento social. Así que se le podría sustituir por otro más eficaz: un educador especializado, una mujer fornida o, en definitiva, el depositario de una autoridad, y no el canal de la vida. La devoción a «san José» como padre marioneta se convierte en el aval más seguro de la feminización y la tecnificación de la paternidad.

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