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F.G. Haghenbeck
EL CASO TEQUILA


INTRODUCCIÓN

Yo presumo pocas cosas en la vida.

Una de ellas es que la edición original de esta novela estaba dedicada a su atento y seguro servidor. Pero hoy no vengo a hablar de mí, sino de F.G. Haghenbeck.

Retrocedamos diez años en el tiempo. En 2006 la novela policiaca era aún un gueto literario. De los géneros especulativos (ciencia ficción, horror, el mal llamado fantasy y el que nos ocupa ahora mismo), el policiaco ha sido siempre el de más prestigio literario/ cultural. Al que menos gestos le hacían los literatos serios.

A pesar de ello, en 2006 aún era un suicidio social el proclamarse autor de novela policiaca. Sin importar la gran popularidad de la que ya gozaban desde dos décadas antes las novelas de Paco Ignacio Taibo II o la figura ascendente de Élmer Mendoza.

Y ya desde entonces F.G. —a quien conozco como Paco hace mucho tiempo— andaba en estos malos pasos.

Veterano guionista de cómics de superhéroes con varias credenciales en el mundillo del cómic, que incluían haber escrito un guion de Supermán, Paco buscaba explorar otras vetas. Amigos y colegas historietistas, un día nos encontramos. Yo acababa de ganar un premio literario, el “Otra vuelta de tuerca”, por mi novela Tiempo de alacranes. “¿Por qué no le entras este año?’, le dije al vuelo. “Escribes muy bien.”

Lo siguiente que supe es que se lo ganó.

Y lo hizo a la grande, con un noir de época, un delicioso coctel conformado por los ingredientes que toda serie exitosa de detectives debe llevar. ¿Que cómo se prepara un Trago amargo a la Haghenbeck? Más o menos así:

Tómese un detective carismático bautizado con un nombre sonoro: Sunny Pascal, beatnik/chicano/surfer/investigador privado.

Colóquelo en un escenario fascinante.

Agregue un misterio cortado en pedacitos de rompecabezas, aderezados con un MacGuffin elusivo y seductor.

Añada una femme fatale picante, para dar sabor a la mezcla.

Y diluya con mucho alcohol.

Sirva con una discreta dosis de violencia, apenas la suficiente para estimular el paladar. Aderece a discreción con personajes históricos de la época y ¡listo!

Así confeccionó Paco Trago amargo, novela debut de la serie que protagoniza Sunny Pascal, la clase de detective que al leerlo te produce una profunda envidia por no haberlo inventado tú. Un digno nieto de Philip Marlowe.

Siendo un atento lector de Chandler, Haghenbeck se apropia del tono del detective duro y cínico y lo revierte con gracia natural.

Quiero dejar muy claro que ese mismo tono chandleriano es un recurso de altísimo riesgo: ha sido tan expuesto en todo el abanico mediático, tan reverenciado, imitado, parodiado y choteado que echar mano de él requiere de un gran oficio narrativo para salir bien librado del lance. Paco lo hace con la gracia de un elegante mixólogo.

Aquella primera aventura colocó a Sunny en Puerto Vallarta durante los días de la filmación de La noche de la iguana, buscando unas misteriosas cintas que parecen haber capturado a un animal hermoso en su hábitat natural. Un clásico instantáneo que nos dejó a sus lectores con ganas de otro shot.

Así apareció El caso tequila. Misma receta, mismo coctel, una segunda ronda aún más explosiva.

¿Qué pasa cuando Sunny debe ser la sombra de un decadente Johnny Weissmuller metido en problemas con la mafia, en el mítico Acapulco de los primeros años sesenta? ¿Qué sucede cuando entran en escena Frank Sinatra y una maleta repleta de dólares?

La combinación sólo puede ser explosiva.

El resultado es El caso tequila, novela que vio la primera luz en una edición española, pasó por otra edición mexicana y ahora recupera Editorial Océano para el deleite de la creciente legión de lectores de noir en nuestro país.

Pasen de página. ¿Qué hacen perdiendo el tiempo conmigo? Verán cómo se beben esta novela de un trago. Y se quedarán con ganas de más.

Como yo, que a pesar de ser abstemio quiero que me sirvan ya la tercera ronda.

Salud.

Bernardo Fernández, Bef


Junio de 2016








Yo bebo para hacer interesantes a las personas.

GROUCHO MARX


El trabajo es la maldición de las clases bebedoras.

OSCAR WILDE


Siento pena por las personas que no beben. El momento en que se despiertan por la mañana va a ser cuando se sientan mejor en todo el día.

FRANK SINATRA

I
TEQUILA SUNRISE

2 MEDIDAS DE TEQUILA BLANCO

4 MEDIDAS DE JUCO DE NARANJA

1 MEDIDA DE CRANADINA

1 REBANADA DE NARANJA

1 CEREZA CHERRY

HIELO


Ponga el hielo en un vaso alto y vierta el tequila. Añada el jugo de naranja y la granadina, incline el vaso para que éstas fluyan hacia el fondo y el líquido dé el aspecto de un amanecer. Revuelva ligeramente y adorne con la cereza y la rebanada de naranja.

Todo coctel famoso tiene su secreto en la preparación, posee un nombre interesante y una leyenda que explica su origen. Así ha sido desde hace más de doscientos años, lo que ha dado lugar a la mixología. El origen de la palabra “coctel” es incierto. Según una versión, se formó con las palabras cock y tail (cola de gallo). Otra fuente habla de la deformación de la palabra coquetier, la vasija donde se servían los brebajes. Para los ingleses, proviene de la designación de un caballo cruzado al que le cortaban la cola para levantarla, como una cola de gallo. Seguramente, nunca se sabrá el verdadero origen. Lo que sí se sabe es que en Francia se colocó una pluma a las bebidas para distinguir las que tenían alcohol.

Sobre la invención del tequila sunrise, la leyenda cuenta que un cantinero se quedó bebiendo, acompañado de un amigo, toda la noche. Al día siguiente, el dueño los descubrió borrachos en el bar. Cuando preguntó por qué estaban allí, el camarero pensó en una solución para que no le cobraran el consumo y dijo: “Para crear una bebida inspirada por la vista del amanecer en la barra”. El cantinero vertió rápidamente un poco de tequila y el jugo de naranja, y agregó la granadina, para lograr los colores del amanecer. Este hecho se remonta a los años treinta. Algunos suponen que ocurrió en Florida, por la inclusión del jugo de naranja, típico de ese estado. Otros dicen, sin embargo, que sucedió en Acapulco, lo que es poco probable, pues el sol sale por las montañas. Aun así, el tequila sunrise se convirtió en el emblema de los turistas, que adoran las palmeras y el relajante ruido de las olas, mientras Frank Sinatra canta “Come Fly with Me”.

I|I

El atardecer poseía tal letanía de colores que parecía que el pintor celestial se había bebido tres tequilas más que yo. Estaba seguro de que le cobrarían el exceso de rojos y amarillos. Un velero apareció en el horizonte, entre las pinceladas naranja durazno y amarillo mango del crepúsculo. Era una imagen bella.

El viento fresco, cargado con el aroma a mar que tanto gusta a los turistas y las gaviotas, disolvía el humo de mi cigarro Cohiba. Lo fumaba tan lentamente que podía oír cómo se consumía el tabaco. Era uno de esos días en los que uno piensa que la vida bien vale la pena sufrirla. Aunque estaba seguro de que sólo me quedaban veinticuatro horas para hacerlo.

Nuestro artista panorámico copiaba los colores de mi bebida, un tequila sunrise, para ofrecernos tan maravillosa imagen del sol poniéndose en la bahía. Levanté mi vaso a fin de compararlos. El rojo de la cereza competía con el astro rey, que se sumergía en el mar, cual pelota olvidada en la playa por un niño. No había duda de que estaba en el Paraíso. Dios lo había colocado en un lote que compró de remate en la costa del Pacífico mexicano. En la Biblia lo llamaban Edén; hoy en día, para los agentes de viajes, era Acapulco.

Los empresarios, que siempre pillaban las decisiones del Creador, construyeron monumentales edificios de concreto que se arremolinaban por toda la playa. La vendían como la ciudad perfecta para tener sexo, hacer tratos con serpientes, cometer pecados y vivir sin reglas. O sea, el Paraíso.

Desde antes que Frankie “Old Blue Eyes” Sinatra cantara “You just say the words and we’ll beat the birds down to Acapulco Bay” todo aquel que osaba ser famoso venía de vacaciones a este puerto. Aquí se daban cita actores, cómicos amargados, toreros alcohólicos, políticos corruptos, reyes sin corona, gánsteres asesinos, prostitutas enamoradas y alguna que otra familia que venía a gastar sus ahorros.

Yo no era nada de lo anterior. Mi efímera estancia era puramente profesional y mi oficio seguiría siendo el mismo de siempre mientras no adivinara los números premiados de la lotería: sabueso, half gringo, mitad mexican, que había despilfarrado el noventa por ciento de su vida en alcohol y el resto, en realidad, en tonterías.

La fachada de paraíso vacacional era bastante convincente, pero Acapulco seguía siendo el lugar más importante para hacer negocios de Hollywood, después del bar en el Beverly Hills Hotel, el campo de golf en Palm Springs y la banqueta frente al templo judío de Santa Mónica. Aquí las estrellas y los productores de Cinelandia firmaban contratos de muchos dólares. Mi nuevo trabajo era uno de ellos. Pero también era una fachada: mi verdadera labor consistía en ser la nana de un hombre mono borracho.

Acapulco había dejado de ser un paraíso para mí. Mi labor como ángel guardián era un fracaso: la policía mexicana deseaba meterme a la sombra, un grupo de matones opinaba que mi cabeza en un mástil sería un bello adorno, y un mercenario estaba limpiando su automática para despedirme con una bala entre los ojos. Me había involucrado en las cosas que uno prefiere sólo leer en la nota policial, y a veces de reojo. A mi lado, sufría un maletín con billetes de cien dólares, en fajos del grosor de un directorio telefónico, y me sostenía las piernas mientras veíamos juntos el atardecer. Le había tomado cariño por ir danzando conmigo entre cadáveres. Generalmente, iba esposado a mí, pero hoy nos habíamos dado la tarde libre. Yo disfrutaba de mi coctel y fumaba un puro cubano; el medio millón de dólares hacía lo único que sabía hacer: ser mucho dinero.

Desde mi terraza en el hotel Los Flamingos, lugar de reunión de John Wayne, Red Skelton, Rita Hayworth y otras estrellas, pensaba en el maletín huérfano, los colores de mi bebida y el estado alcohólico de quien hacía los atardeceres. Rezaba porque Frankie Blue Eyes pudiera estar en mi entierro y me cantara una despedida, pues cuando uno juega con la serpiente del Paraíso, la casa siempre gana. Pregúntenle a Dios, es experto en el tema. Fue entonces cuando unos gritos rompieron mi ensoñación.

–¡Sunny Pascal! ¡Sunny! —me gritaron desde el otro lado de la puerta, al tiempo que la golpeaban con la rudeza de un boxeador agonizante.

Tendría que comprar entradas para ver el crepúsculo del día siguiente. Hoy no podría quedarme más tiempo. Esperaba que no se le terminaran los colores al pintor. La segunda vez nunca es tan buena como la primera. Excepto en el sexo.

Escondí el maletín, no fuera a saltar por el balcón cual clavadista de las rocas en La Quebrada. Abrí la puerta y me encontré a Adolfo, el joven ayudante del hotel, quien me miraba con los ojos tan abiertos como un par de hot cakes.

–¡Rápido! ¡A la alberca! —volvió a gritar mientras me jalaba de la manga. Cuando alguien vocifera así es que hay problemas. No me gustó, dificultades ya me sobraban.

Bajamos corriendo las escaleras. Seguí los gritos del patio hasta llegar a un grupo de turistas. Miraban sorprendidos la alberca en forma de mancha de sangre. En el centro de ésta, un cuerpo flotaba con los brazos abiertos y la cabeza sumergida. Era alto, musculoso, del tipo que te da mujeres, fama y medallas olímpicas. Pero era un cuerpo rancio, ya había pasado sus mejores años. En la orilla de la alberca estaba mi socio y amigo, Scott Cherries.

–Sunny, está muerto —me dijo en inglés con tal expresión en el rostro que me recordó una vaca en mitad de la carretera esperando a ser arrollada.

No era para menos, a quien debíamos cuidar yacía flotando en el agua, entre flores secas de buganvilia. Johnny Weissmuller, el mejor Tarzán de todos los tiempos, ya no vería más a su chango, Chita, y en este viaje tampoco lo acompañaría Jane.

Sólo pude decir consternado:

–¡En la madre! Se me murió Tarzán.

...
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