PRIMERA EDICIÓN REVISADA Y CORREGIDA, CANGREJO EDITORES: NOVIEMBRE DE 2017
Título original en italiano: La regina dei Caraibi
©Emilio Salgari
© Jorge Grubissich, por la adaptación
©Ediciones Gato Azul, 2017
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©Cangrejo Editores, 2017
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PRODUCCIÓN EDITORIAL: Víctor Hugo Cangrejo Aljure
PREPRENSA DIGITAL: Cangrejo Editores Ltda.
ILUSTRACIONES: Alberto Pez
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IMPRESO POR: Colombo Andina de Impresos S.A.
Impreso en Colombia - Printed in Colombia
La transformación a libro digital de este título fue realizada por Nord Compo.
Emilio Salgari (Verona, 1862 - Turín, 1911) nace en una familia de pequeños comerciantes. Desde muy joven quiso ser marino. Estudió en el Real Instituto Técnico Naval de Venecia, sin que alcanzara a obtener el título de capitán de gran cabotaje. Su experiencia como hombre de mar parece estar limitada a unos pocos viajes de entrenamiento en un navío escuela, y a uno como pasajero cuya travesía por el Adriático fue de tres meses, atracando en el puerto de Brindisi. No hay evidencia alguna de que realizase otros viajes, aunque el autor lo refiere en su autobiografía, afirmando que muchos de los personajes de sus obras están inspirados en las personas que conoció en su vida en el mar. Salgari se autodenominó «capitán» y llegó a firmar así algunas de sus obras.
En 1882 Salgari regresó a Verona, donde organizó una biblioteca ambulante y se dedicó al periodismo. La primera producción literaria de este escritor y periodista italiano la conforman relatos breves, pequeñas composiciones líricas y memorias. Se inició en la novela con I selvaggi della Papuasia (1883), publicada por entregas en el periódico milanés La Valigia. En el mismo año se lanza en el periódico veronés La Nuova Arena su primera novela Tay-See, publicada luego con el título La rosa del Dong-Giang. En octubre de ese año comenzó a publicarse El Tigre de la Malasia, primera versión de la novela inaugural del ciclo de Sandokán, que se editaría posteriormente bajo el título Los tigres de Mompracem. La primera novela en publicarse de forma independiente fue La favorita del Mahdi, en 1887.
Debido al gran éxito de sus obras, logró un puesto como redactor fijo en La Nuova Arena, puesto que desempeñó por 10 años. En esa época circuló un artículo del periodista Giuseppe Biasioli, en el cual se refirió al escritor como «mozo». El término ofendió tanto a Salgari que lo desafió a duelo. El resultado: Biasioli tuvo que ser hospitalizado y Salgari permaneció en la cárcel por seis meses.
En 1889 su padre se suicida, siendo este el primero de una cadena de suicidios familiares. En enero de 1892 contrajo matrimonio con la actriz de teatro Ida Peruzzi, el amor de su vida, con quien tuvo 4 hijos. En 1892 el escritor trasladó su residencia a Turín, donde trabajó para la editorial Speirani, especializada en novelas juveniles.
En 1898 el editor Donath convenció a Salgari para que se mudase a Génova. Allí conoció al más destacado ilustrador de su obra, Giuseppe «Pipein» Gamba. En 1900 regresó a Turín. La economía familiar se fue haciendo cada vez más complicada, a pesar del trabajo incansable de Salgari para mantener a su familia dignamente. En 1907 cesó su contrato con Donath y pasó a trabajar para la editorial Bemporad, para la cual escribiría, hasta su muerte en 1911, un total de diecinueve novelas. Su éxito entre el público juvenil fue creciendo, llegando algunas de sus novelas a alcanzar tiradas de cien mil ejemplares. Sin embargo, su desequilibrio emocional y la locura de su esposa, quien tuvo que ser internada en el psiquiátrico de Collegno, cerca de Turín, le condujeron al suicidio. Después de un intento fallido en 1909, finalmente se quitó la vida, el 25 de abril de 1911. Dejó escritas tres cartas, dirigidas respectivamente a sus hijos, a sus editores y a los directores de los periódicos de Turín.
A lo largo de su prolífica carrera como escritor, Salgari escribió, según su biógrafo Felice Pozzo, ochenta y cuatro novelas y un número de relatos cortos imposible de determinar. La mayor parte son novelas de aventuras ambientadas en lugares exóticos, aunque cultivó también la ciencia ficción, en su novela Las maravillas del 2000, (1907).
Algunas de las novelas de Salgari están relacionadas entre sí, protagonizadas por los mismos personajes, constituyendo extensos ciclos narrativos, como Piratas de Malasia, el de Piratas de las Antillas y el de Piratas de las Bermudas.
El ciclo Piratas de Malasia, el más extenso de Salgari con once novelas, tiene como protagonista al pirata Sandokán, llamado «el Tigre de la Malasia», un príncipe de Borneo desposeído de su trono por el colonialismo británico (en la misma época en que la narrativa de aventuras británica enaltece su política colonialista, Salgari hace protagonista de sus novelas a un resistente anticolonialista. Los británicos —y sobre todo el llamado «rajá blanco» de Sarawak, en Borneo, James Brooke, personaje que existió realmente— son los principales enemigos del héroe, quien cuenta con el apoyo de otros personajes, como su amigo fraterno, el portugués Yáñez, o Sambigliong). El ciclo mezcla dos líneas narrativas: la protagonizada por Sandokán y Yáñez, y otra, que comienza en la India, protagonizada por el indio Tremal-Naik y el mahrato Kammamuri (Los misterios de la jungla negra) en su lucha contra los malvados thugs, adoradores de la diosa Kali. Ambas líneas confluyen en la novela Los piratas de Malasia, convirtiéndose Tremal-Naik y Kammamuri en grandes amigos y seguidores incondicionales de Sandokán y Yáñez. El principal personaje femenino de la serie es la amada de Sandokán, la inglesa Lady Mariana Guillonk, llamada la «Perla de Labuán». Conforman este ciclo:
1 1. Los misterios de la jungla negra (I misteri della jungla nera, 1895).
2 2. Los tigres de la Malasia (189ó; también conocida como Los tigres de Mompracem).
3 3. Sandokán, el Tigre de Malasia (también conocida como Los piratas de la Malasia, 1900).
4 4. Los dos tigres (Le due tigri, 1904; también traducida como Los dos rivales).
5 5. El rey del mar (Il re del mare, 190ó).
6 6. A la conquista de un imperio (Alla conquista di un impero, 1907).
7 7. La venganza de Sandokán (Sandokan alla riscossa, 1907).
8 8. La reconquista de Mompracem (La riconquista del Mompracem, 1908).
9 9. El falso brahmán (Il bramino dell’Assam, 1911).
10 10. La caída de un imperio (La caduta di un impero, 1911).
11 11. El desquite de Yáñez (La rivincita di Yanez, 1913).
A los ciclos Piratas de las Antillas y Piratas de las Bermudas pertenecen:
1 1. El Corsario Negro (Il Corsaro Nero, 1898).
2 2. La reina de los caribes (La regina dei Caraibi, 1901).
3 3. La hija del Corsario Negro (La figlia del Corsaro Nero, 1905).
4 4. El hijo del Corsario Rojo (Il figlio del Corsaro Rosso, 1908).
5 5. Los últimos filibusteros (Gli ultimi filibustieri, 1908. También traducida como Los últimos piratas).
Otros títulos del autor:
1 1. El Capitán Tormenta (Capitan Tempesta, 1905).
2 2. El León de Damasco (Il leone di Damasco, 1910).
3 3. La favorita del Mahdi (La favorita del Mahdi, 1887).
*Referencias tomadas de Biografías y Vidas. Y de la Web.
El mar Caribe, en plena tormenta, mugía furioso, lanzando verdaderas montañas de agua contra los muelles de Puerto-Limón y las playas de Nicaragua y de Costa Rica.
Aún no se había puesto el sol, pero las tinieblas comenzaban a invadir la tierra, como si estuvieran impacientes por presenciar la lucha encarnizada de los elementos.
El astro del día, rojo como un disco de cobre, solo proyectaba pálidos rayos a través de los jirones de las densísimas nubes que de cuando en cuando lo velaban por completo.
No llovía; pero las cataratas del cielo no debían de tardar en abrirse, y ese era el motivo por el cual casi todos los habitantes se habían apresurado a abandonar la ciudadela y los muelles del pequeño puerto, buscando un refugio en sus moradas.
Tan solo algunos pescadores y algunos soldados de la pequeña guarnición española se habían atrevido a permanecer en la playa, desafiando con obstinación la creciente furia del mar y las trombas de agua que el viento abatía sobre la tierra.
Un motivo, sin duda muy grave, los obligaba a estar en acecho. Hacía algunas horas que había sido señalada una nave en la línea del horizonte y, por la dirección de su velamen, parecía tener intención de buscar un refugio en la pequeña bahía.
En otra ocasión nadie habría reparado en la presencia de un velero; pero en 1680, época en que comienza nuestra historia, el caso era muy distinto. Cualquier nave que viniese de alta mar producía una viva emoción en las poblaciones españolas de las colonias del golfo de México, ya del Yucatán o de Guatemala, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá o de las grandes islas antillanas.
El temor de ver aparecer la vanguardia de alguna flota de filibusteros, los audacísimos piratas de las Tortugas, sembraba el desconsuelo entre aquellas industriosas poblaciones. Bastaba que se notase algo sospechoso en las maniobras de las naves que arribaban, para que las mujeres y los niños corrieran a encerrarse en sus casas y los hombres se armaran precipitadamente.
Si la bandera era española la saludaban con estrepitosos vivas, celebrando el raro caso de haber esquivado los cruceros de los corsarios. Si era de otra nación, el terror invadía colonias y soldados, y hacía palidecer hasta a los oficiales, ennegrecidos por el humo de las batallas.
Los desmanes y saqueos llevados a cabo por Pedro el Grande, Brazo de Hierro, John Davis, Montbar, el Corsario Negro y sus hermanos el Rojo y el Verde y el Olonés, habían sembrado el pánico en todas las colonias del golfo; y aun más, porque en aquella época se creía de buena fe que los piratas eran de estirpe infernal y, por lo tanto, invencibles.
Viendo aparecer a aquella nave, los pocos habitantes que se habían detenido en la playa a contemplar la furia del mar habían renunciado a la idea de volver a sus casas, no sabiendo aún si tenían que habérselas con algún velero español o con algún osado filibustero en crucero por la costa en espera de los famosos galeones cargados de oro.
Viva inquietud se reflejaba en el rostro de todos, tanto pescadores como soldados.
—¡Nuestra Señora del Pilar nos proteja! —decía un viejo marinero, moreno como un mestizo y asaz barbudo—; pero les digo, amigos, que esa nave no es de las nuestras. ¿Quién se atrevería con semejante tormenta a empeñar tal lucha a tanta distancia del puerto, si no fuese tripulada por los hijos del diablo, esos bandidos de las Tortugas?
—¿Estás seguro de que se dirige hacia aquí? —preguntó un sargento que estaba en un grupo de soldados.
—Segurísimo, señor Vasco. ¡Mire! Ha dado una bordada1 hacia el Cabo Blanco, y ahora se prepara a volver sobre sus pasos.
—Es un bricbarca2, ¿no es cierto, Alonso?
—Sí, señor Vasco. Un magnífico leño, a fe mía, que lucha ventajosamente contra el mar, y que antes de una hora dará frente a Puerto-Limón.
—¿Y qué te induce a creer que no es una nave de las nuestras?
—Si ese leño fuese español, en vez de venir a buscar un refugio en nuestra bahía, que es poco segura, habría ido a la de Chiriqui. Allí las islas resguardan de las furias del mar, y puede encontrar seguro asilo una escuadra entera.
—Quizás tengas razón; pero yo dudo mucho que esa esté tripulada por corsarios. Puerto-Limón no puede excitar sus ambiciones.
—¿Sabes lo que pienso, señor Vasco? —dijo un joven marinero que se había destacado del grupo.
—Dime, Diego.
—Que esa nave es el Rayo, del Corsario Negro.
A tan inesperada salida, un estremecimiento de terror sobrecogió a todos los presentes: hasta el sargento, a pesar de haber ganado los galones en el campo de batalla, se tornó lívido.
—¡El Corsario Negro aquí! —exclamó, con acentuado temblor—. ¡Estás loco!
—Pues bien; voy a demostrarte lo contrario —dijo el marinero—. Hace dos días, mientras yo estaba pescando cerca de las islas de Chiriquí, vi pasar una nave a menos de un tiro de arcabuz de mi velero. Aquella nave no se llamaba ni la Paz ni la Esperanza; en su popa brillaba en letras de oro un nombre: el Rayo.
—¡Caramba! —exclamó el sargento con tono airado—. ¡Y no has dicho nada!
—No quería asustar a la población —dijo el joven.
—Si lo hubieras advertido, se habría enviado a alguien para pedir socorro a San Juan.
—¿Para qué? —preguntaron en son de burla los pescadores.
—Para rechazar a esos hijos de Satanás —repuso el sargento.
—¡Hum! —dijo un pescador, alto como un granadero y fuerte como un toro—. Yo he combatido contra esa gente, y sé lo que valen. Estaba en Gibraltar cuando apareció la flota del Olonés y del Corsario Negro. ¡Voto a…! Son marineros invencibles; se lo digo yo, señor sargento.
—¿Crees eso, Cárdenas?
—Ya se convencerá pronto, señor Vasco. ¡Fíjese! Aquella nave ha puesto la proa hacia el puerto. Dentro de media hora estará aquí; intenta oponer resistencia, si te atreves. Por mi parte, voy a esconderme lo mejor posible; luego me salvaré por los bosques.
—¿Y dejarás que invadan la ciudadela? —preguntó, indignado, el sargento.
—Cuando no se puede defender una fortaleza se abandona —repuso el gigante—. Señor Vasco, si quieres detener el paso a los corsarios puedes hacerlo.
Dicho esto, el marinero giró sobre sus talones y se fue. Los pescadores que se hallaban en la playa parecían inclinados a seguir su ejemplo, cuando un hombre ya de edad, que hasta entonces había permanecido silencioso, los detuvo con un gesto.
Tenía en la mano un catalejo, con el cual había estado explorando el mar.
—¡Deténganse! —les dijo—. El Corsario Negro es un hombre que no hace daño a quien no se le resiste.
—¿Qué sabes tú? —le preguntó el sargento.
—Yo conozco al Corsario Negro.
—¿Y crees que esa nave sea la suya?
—Sí; esa nave es el Rayo.
—¡Mil bombardas! —exclamó un pescador—. ¡Huyamos, amigos!
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