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© 2000 Carol Hamilton Dyke
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Amigos muy íntimos, n.º 1191- enero 2021
Título original: The Christmas Child
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1375-124-5
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
ASÍ QUE estas van a ser tus habituales navidades tranquilas —dijo Dawn desde las profundidades del sillón de orejas donde estaba sentada—. ¡Pobrecilla! Realmente deberías aprender a divertirte, Matts. Nunca se sabe, es posible que hasta te guste.
Su suave y bonita boca hizo un mohín de disgusto mientras agitaba su atractivo cuerpo con una excitación apenas contenida. Mattie miró a su mejor amiga y se preguntó si su madre no la habría querido si fuera más como Dawn, bonita y atractiva, animada y alegre en vez de…
Apartó ese pensamiento. Eso ya era pasado. Su madre había muerto hacía nueve años, cuando Mattie tenía solo dieciséis años y no servía de nada seguir dándole vueltas al pasado, nada lo traería de nuevo ni lo modificaría.
—Tu casa debe estar ya llena —dijo sonriendo.
Se daba cuenta de la excitación de su amiga y la entendía. Se puso sus gafas y miró su libro de cocina. Sobre todo en Navidad, la Vieja Rectoría, al otro lado del pueblo de Sussex, que siempre parecía una postal, era como un imán para la gran y poco complicada familia que los padres de Dawn habían creado. La gran casa se llenaría de niños, risas y amor.
Y eso en contraste con la austera grandiosidad de la casa donde estaban, el hogar que compartía con su padre viudo.
—Estará todo el mundo —dijo Dawn.
Luego levantó la mano izquierda y miró la brillante esmeralda que llevaba en el dedo anular.
—Además de Frank y sus padres —añadió—. Llegarán mañana, la víspera de Navidad, así que estás invitada a almorzar el día de Navidad. Tráete a tu padre, como la señora Flax no está, así no tendrás que cocinar. Y no aceptaré un no por respuesta. No puedo esperar a presentarle mi novio a mi mejor amiga.
—Lo siento. Pero James va a pasar las fiestas aquí, ha llamado esta mañana para decirlo.
El corazón se le retorció dolorosamente. James debía estar sintiéndose fatal. Sus planes para la Navidad debían haber sido mucho más glamorosos, más románticos que pasar unos días tranquilos allí.
—Ya sé que me vas a decir que lo lleve también, pero no creo que esté de humor para fiestas, no, teniendo en cuenta las circunstancias.
Sabía que su amiga insistiría, así que siguió con la receta que estaba haciendo.
Pero lejos de insistir, Dawn dijo:
—¡Vaya! ¿Se aproxima una temporada de lágrimas?
—No creo que James Carter sepa llorar.
En todos los años que lo conocía, primero como hijo del socio de su padre y luego como sucesor del mismo cuando este murió hacía once años, ocupando ese puesto con solo veinticinco años, nunca lo había visto mostrar ninguna emoción fuerte. Siempre se mostraba muy seguro de sí mismo, completamente controlado. Parecía vivir en un mundo en el que nada lo podía tocar.
Pero en ese momento debía estar dolido. Ser públicamente rechazado por la mujer con la que había pretendido casarse debía ser una experiencia dolorosa. Sin embargo, conociéndolo tan bien como lo conocía, estaba segura de que no lo demostraría.
—Bueno, él no mostrará sus sentimientos en público —admitió Dawn—. Pero como sus padres están muertos, tu padre y tú sois lo más cercano a una familia que tiene, así que os puede llorar en el hombro. Y supongo que su ego debe estar bastante afectado. Quiero decir que, hace un par de meses, leíamos todos esos cotilleos acerca de la boda del año, la suya con Fiona Campbell-Blair, la buena pareja que parecían hacer y lo embelesados que parecían estar el uno con el otro, para que luego, hace menos de una semana, la chica anuncie que lo deja porque él no alcanza sus altas expectativas, eso debe haberlo dejado absolutamente destrozado.
—Probablemente —respondió Mattie deseando que su amiga lo dejara ya.
¡Odiaba pensar en James herido y deseaba agarrar por el elegante cuello a Fiona! No se podía imaginar a ninguna mujer que no estuviera loca dejando a un hombre tan masculino como James Carter.
—Mira —dijo—. ¿Por qué no haces café?
Lo que fuera con tal de detener aquella conversación.
Miró de nuevo el libro de cocina y empezó a poner mantequilla en la harina.
—Estoy tratando de hacer unos bizcochos. ¡Me gustaría que la señora Flax no hubiera decidido tomarse sus vacaciones anuales justo ahora!
Cuando su ama de llaves les había anunciado que quería pasar unas vacaciones de invierno al sol con su hermana, no les había parecido mal. Al padre de Mattie no le gustaban las navidades después de que su esposa, la madre de Mattie, los hubiera dejado hacía ya años, así que se tomaban esas fechas como otras cualquiera. Pero como James estaría con ellos, ella iba a tener que hacer todos los preparativos.
—Dalo por hecho.
Dawn se levantó y se acercó a la mesa donde estaba trabajando Mattie.
—La receta dice que tienes que añadirle agua, pero sale mucho mejor con huevo batido. ¿Quieres que me ocupe yo? Llevo ayudando a mi madre en la cocina casi desde que nací y tú no eres más que una académica. Con cerebro, pero completamente inútil cuando se trata de llevar a cabo algo práctico.
—Entonces, ya es hora de que cambie —respondió Mattie.
Resistió el impulso de agarrar el recipiente y apretárselo contra el pecho. Tenía el suficiente sentido común para darse cuenta de que lo que le decía su amiga era cierto, pero con sus propias manos podía y le proporcionaría a James unas navidades como estaban mandadas.
Mientras Dawn llenaba la cafetera, Mattie la miró. A pesar de que solo las separaban en edad unas semanas, a veces ella se sentía mil años mayor que la alegre Dawn. Algo que se vio reforzado cuando Dawn le dijo por encima del hombro:
—Juega bien tus cartas, Matts, y lo puedes atrapar al rebote.
Mattie sintió un fuerte dolor que la recorría, seguido por una ira que la hizo decir :
—¡Dawn, a veces hablas como una niña estúpida de diez años!
James Carter no se molestaría en mirar dos veces a la plana e insignificante Matilda Trent. A él le gustaban las hermosas y elegantes. Mujeres como su ex novia, que destacaban entre una multitud, no las que pasaban desapercibidas. Dawn tenía que saber eso, ¿cómo podía no saberlo?
—Si tú lo dices —dijo su amiga mientras servía el café—. Pero, piénsalo. Antes de que yo me fuera a trabajar a Richmond, vosotros dos estabais muy unidos, lo que significa, por supuesto, que yo lo vi casi tan a menudo como tú. Contigo él siempre parecía protector, amable. Es difícil decirlo, pero había una gran cantidad de afecto. Y después de ser dejado por esa cabeza hueca de clase alta, seguro que apreciará a alguien inteligente, leal, agradable y tranquila. Tú ya te enamoraste de él hace once años, cuando tenías catorce, así que ve a por él, Matts.
¿Tranquila? ¡Estaba histérica! Dawn le había clavado un cuchillo en las costillas y lo estaba retorciendo. Era demasiado insensible para darse cuenta del daño que le estaba haciendo.
—Me enamoré de él al mismo tiempo que tú lo hiciste de nuestro profesor de ciencias, ¿recuerdas? ¡Y lo olvidé antes de que tú cambiaras tu eterna devoción de un cantante pop a otro! Así que déjalo, ¿quieres?
Pero el problema era que estaba mintiendo, ella no lo había olvidado en absoluto. Lo había intentado, pero sus sentimientos por James, mantenidos en secreto, no habían dejado de crecer y profundizarse.
James salió de su Jaguar y lo cerró. En el cielo había un millón de estrellas. Respiró profundamente el frío aire de la noche invernal y empezó a relajarse. A pesar del torbellino que era su vida, aún podía reconocer la magia de la víspera de Navidad. Era curioso…
Se veía luz en dos de las ventanas, pero el resto de Barrington House estaba a oscuras. Durante el camino desde Londres se había preguntado si sería inteligente pasar las fiestas con los Trent. Pero una vez allí, en medio del silencio, supo que había hecho bien en ir a pasar dos o tres días.
Después del drama de la semana anterior, eso era lo que necesitaba. Aún sentía el sabor amargo de la escena final con la mujer con la que había decidido casarse. Y por lo que había sucedido, podía entender por qué Fiona había hablado con la prensa, aún cuando deplorara la forma en que había hecho pública su ruptura.
Necesitaba dejar atrás todo ese episodio humillante y doloroso, y allí lo podría hacer.
Con los años, esa casa había sido como un segundo hogar para él, como antes lo había sido para su padre, que prefería hablar de negocios durante una cena civilizada o en un largo fin de semana con Edward Trent, su socio en la que era ahora una gran empresa constructora.
No era por la casa en sí misma, ya que era un poco demasiado sobría para su gusto, más una especie de museo de la perfección tradicional que una casa para vivir. Ni tampoco era por la compañía de su socio por lo que había ido esta vez.
Era por Mattie. Su presencia poco exigente era exactamente lo que necesitaba.
Frunció el ceño. Admitir eso no le hacía mucha gracia. Había aprendido a ser autosuficiente desde muy joven. No quería necesitar lo que otro ser vivo le pudiera dar.
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