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© 2013 Debbie Macomber
© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Un mar de amor, n.º 300 - septiembre 2020
Título original: Navy Baby
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com
I.S.B.N.: 978-84-1348-960-5
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
DE rodillas en el baño, Hannah Raymond sentía cómo su estómago se bamboleaba como una pequeña canoa en medio de un torrente. Gruesas gotas de sudor bañaban su frente. Cerró los ojos tratando de contener las náuseas.
«Dios mío», oró en silencio. «Por favor, que no esté embarazada».
No hizo más que terminar su ruego y no pudo aguantar más. Sintió cómo una oleada ácida le hacía devolver todo el desayuno.
Dos meses habían transcurrido desde su última regla. Creyó que esta demora se debía al estrés y a la pena. Hacía cuatro meses que Jerry había muerto. Había sufrido mucho su pérdida y estaba segura de que así sería hasta el final de sus días. Lo había amado durante seis años y creyó que viviría siempre a su lado. Ahora no se celebraría la boda que habían planeado para principios de año. Jerry ya no existía.
Cerró los ojos para contener las lágrimas. No sólo era el sufrimiento que sentía por la pérdida de Jerry, sino la certeza de que si estaba embarazada no era de él.
El rostro del marinero se había grabado en su mente. Era alto, bien formado y fuerte. Trató de borrar su imagen, negándose a pensar en aquella noche de julio.
—¿Hannah? —su padre tocó suavemente en la puerta del baño—. Querida, debes darte prisa o llegarás tarde a la escuela dominical.
—No me siento muy bien, papá.
Su estómago se revolvió y vomitó nuevamente.
—Parece como si tuvieras gripe.
Hannah lo bendijo por ofrecerle una disculpa.
—Sí, creo que es eso —respondió.
Rogó a Dios que fuera un virus intestinal. Hija de un predicador, siempre se había comportado como una buena chica con todo el mundo, así que había llegado el momento de hacer algo por ella misma.
—Vuelve a la cama y si te mejoras, ven más tarde. Hoy voy a predicar sobre la Epístola a los Romanos y me gustaría saber tu opinión.
—Seguro, papá.
Pero lo cierto era que si se seguía sintiendo así, probablemente no saldría de la cama en una semana.
—¿Podrás arreglártelas tú sola? —dijo el padre preocupado.
—Estaré bien. No te preocupes.
Sintió que su estómago atacaba de nuevo y volvió a vomitar.
—¿Estás segura de que estarás bien?
—Me pondré bien enseguida —respondió con un hilo de voz.
—Si me necesitas —insistió George Raymond— llámame a la iglesia.
—Por favor papá, no te preocupes por mí. Me pondré bien pronto.
Hannah oyó los pasos de su padre alejándose por el pasillo y suspiró con alivio. No sabía qué iba a hacer si estaba embarazada. Pensó en desaparecer hasta que naciera el bebé. Era preferible antes que tener que decírselo a su padre frente a frente.
George Raymond había dedicado toda su vida al servicio de Dios y de los demás. Hannah no podía soportar la idea de tener que confesarle lo que había hecho. Lo amaba profundamente y al pensar en que podía herirlo se le llenaron los ojos de lágrimas.
Volvió a rogar a Dios para que su embarazo no fuera verdad y se incorporó lentamente. El cuarto de baño giraba a su alrededor. Se dirigió tambaleándose hacia su dormitorio y cayó pesadamente sobre la cama. El sueño la envolvió suavemente como si un mar en calma la acariciara con sus olas. Sintió que escapaba de la realidad y su alma atormentada lo agradeció.
Había ocurrido a mediados de julio, sólo tres semanas después del trágico accidente que había costado la vida a su novio. Su padre tenía que ir a Yakima a oficiar una boda y no volvía a Seattle hasta el sábado por la tarde. Hannah también había sido invitada, pero no podía soportar la idea de acudir al feliz acontecimiento cuando su vida estaba llena de angustia. Se había sentido muy agradecida de que su padre no le hubiera pedido que lo acompañara, aun cuando ella sabía que le habría gustado que lo hiciera.
Antes de marcharse, George Raymond le había pedido que llevara unas cajas a la Casa de la Misión en el centro de Seattle. Hannah sabía que se lo había pedido para sacarla del letargo en el que estaba sumida desde la muerte de Jerry.
Esperó a que avanzara la tarde, retrasando el encargo tanto como pudo, y colocó las cajas en la parte trasera de la vieja furgoneta Ford de su padre, sin mucho entusiasmo. Le sorprendió el intenso tráfico que había en la ciudad, hasta que recordó que ese fin de semana Seattle celebraba la Feria del Mar, el festival de verano. Había algunos barcos de la marina atracados en la bahía de Elliott y esa tarde tendría lugar el famoso desfile de las antorchas.
Sin embargo, nada de esto le interesaba. Cuanto antes entregara las mercancías más rápidamente podría regresar al seguro refugio que era su hogar. Ya se marchaba de la Misión cuando la interceptó su director, el reverendo Parker. Estaba muy preocupado por saber cómo se encontraba e insistió en que tomara una taza de café con él. Tuvieron una amable charla hasta que Hannah, impaciente por marcharse, le dijo en tono firme que estaba bien. Era una mentira, bien lo sabía, pero no quería hablar de lo enfadada que estaba y de la gran desilusión que sentía. Otros habían sufrido pérdidas aún mayores que la suya, y el tiempo había restañado sus heridas. Pero su dolor era muy reciente, muy lacerante.
El reverendo Parker la acompañó cariñosamente hasta la puerta.
—Los caminos de Dios son insondables —dijo.
Hasta la muerte de Jerry, Hannah nunca se había cuestionado su papel en la vida. Cuando otros sufrían ella los había confortado, consciente de que su pena era la voluntad de Dios. Eso era lo que había aprendido desde pequeña, pero… si Dios era tan amoroso y bueno, ¿por qué había permitido que Jerry muriera? No tenía sentido para ella. Jerry era un hombre singular, bueno y amante de Dios. Estaban muy enamorados y aunque se iban a casar, sólo se habían besado y acariciado. Se deseaban como todas las parejas profundamente enamoradas; pero Jerry se las había arreglado para que no sucumbieran a la tentación. Ahora Hannah deseaba aunque fuera sólo una vez más poder estar en sus brazos. Daría todo lo que pudiera tener en este mundo por haber sentido su tacto y entregarle su virginidad.
Pero eso ya no sería posible.
Hannah se despertó temblando. Miró fijamente a la pared y sintió que su estómago se había calmado. Miró el reloj y vio que ya era muy tarde para ir a la iglesia. De todas maneras no le apetecía escuchar el sermón de su padre. No le haría ningún bien. Las lágrimas inundaron sus ojos y el sueño se apoderó de ella nuevamente.
Los ojos oscuros del marinero volvieron a mirarla como aquella noche en que la llevó a la habitación del hotel. Hannah nunca olvidaría su mirada conmocionada al darse cuenta de que ella era virgen. El tormento y la incredulidad que había leído en sus ojos la perseguirían hasta la tumba. Por un momento temió que la alejara de él, pero se alzó en la punta de los pies hasta alcanzar su boca, y lo besó con fruición. Entonces…
Hannah lanzó un gemido y con un gran esfuerzo volvió a apartarlo de su mente. No quería pensar en Riley Murdock. No quería recordar nada de él. Ni siquiera la afectuosa manera en que la consoló después ni las graves preguntas que adivinaba en su mirada al abrazarla.
«Vete», pensó Hannah sin fuerzas. «Déjame en paz».
Y volvió a caer en un sueño agitado donde la esperaba Riley.
Después de su conversación con el reverendo Parker, Hannah había ido hacia el callejón donde había aparcado la furgoneta. Disgustada, vio que varios coches habían bloqueado la salida. Podía haber ido a la policía para que remolcaran los coches con cargo a los dueños, pero eso habría sido un comportamiento mezquino.
Como el desfile estaba a punto de comenzar, Hannah había decidido quedarse en el centro para verlo. No tenía ninguna prisa por volver a casa.
Los muelles estaban abarrotados de turistas. Los marineros estaban por todas partes. Sus blancos uniformes destacaban entre la multitud.
Las gaviotas, que volaban en círculos, proyectaban sombras gigantes sobre los embarcaderos. El fresco olor a mar se mezclaba con el aroma del pescado frito y la sopa de almejas. El olor a comida le hizo recordar que no había comido nada desde el desayuno. La sopa de almejas se le antojaba un delicioso manjar, pero las colas eran largas y no le apetecía esperar.
Qué diferente habría sido todo esto si Jerry estuviera a su lado, había pensado Hannah en se momento. Recordó los innumerables momentos felices que habían pasado juntos. El año anterior Jerry había participado en la carrera de la feria y se habían quedado al desfile, riendo y bromeando, abrazados uno al otro.
Se sentía extenuada después de subir desde el muelle hasta el mercado Pike. De pronto se encontró en la ruta del desfile, la gente apiñada junto al bordillo de la acera.
Los vendedores recorrían la calle y los niños, como pequeños juglares danzantes, les compraban sus artículos. Hannah los había mirado distraída, sin fijarse por donde caminaba. Antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, tropezó y fue a dar contra un sólido pecho masculino. Por un momento pensó que había chocado contra un muro de ladrillos, pero el par de fuertes brazos que sujetaron sus hombros la convencieron de que no era así.
—Lo siento —se disculpó con voz trémula.
Era un marinero alto y musculoso. Aunque se le antojaba una tontería, a Hannah le pareció que se trataba de un pirata. Un pirata osado y valiente. Tenía el pelo y los ojos oscuros. No era precisamente guapo. Sus facciones eran demasiado marcadas. Entonces el hombre esbozó una encantadora sonrisa, sus dientes blancos y perfectos.
—Lo siento —volvió a disculparse Hannah, avergonzada de la forma en que lo había mirado, tan detalladamente.
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