DAVID CERDÁ
ÉTICA PARA VALIENTES
El honor en nuestros días
EDICIONES RIALP
MADRID
© 2022 by DAVID CERDÁ
© 2022 by Ediciones Rialp, S. A.,
Manuel Uribe 13-15 - 28033 Madrid
Preimpresión y realización eBook: produccioneditorial.com
ISBN (versión impresa): 978-84-321-6055-4
ISBN (versión digital): 978-84-321-6056-1
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A los héroes de la pandemia
La virtud es la fuente de la que brota el honor
(Christopher Marlowe, La masacre de París)
ÍNDICE
II. UNA MORAL SENTIDA Y DE LA ACCIÓN
PATROCLO, HÉCTOR, AQUILES Y PRÍAMO
LAS CREENCIAS ESENCIALES SOBRE UNO MISMO
DEL SENTIMIENTO AL CARÁCTER Y DE AHÍ A LOS COMPORTAMIENTOS
EL CORAJE FÍSICO, EL MORAL Y LA VIOLENCIA
EL BIEN Y LA VALENTÍA
DE ANIMALES Y HOMBRES
ALTRUISMO Y EVOLUCIÓN
EL CEREBRO Y EL HONOR, LA MORAL Y EL CORAJE
EL CÁLIDO INNATISMO DEL HONOR
LA LIBERTAD COMPLETA
QUÉ ES LA AUTONOMÍA
QUÉ ES LA RESPONSABILIDAD
LA LLAMADA DEL DEBER
SOBERANÍA PERSONAL Y ASERTIVIDAD MORAL
SOLO ANTE EL PELIGRO
VI. LA RACIONAL ESPERANZA INCONQUISTABLE
CONTRA EL RELATIVISMO
CIMIENTOS DE UNA ÉTICA UNIVERSAL
EL BIEN COMO ORDEN Y BELLEZA
UNA ÉTICA DE LA CONVICCIÓN
ESTADIOS DEL DESARROLLO MORAL
LA RACIONAL ESPERANZA INCONQUISTABLE
VII. ALBORADA Y EXTRAVÍO DEL INDIVIDUO
ORÍGENES
MODERNOS
ROMÁNTICOS
POSMODERNOS
EXPANSIVOS Y SOLOS
UN FORMIDABLE DESAFÍO
LA FATIGA DE LAS DEMOCRACIAS POSMODERNAS
DE LA ÉTICA A LA POLÍTICA
HONOR Y VERDAD
TRANSVERSALIDAD POLÍTICA DEL HONOR
EL ECLIPSE DEL HONOR EN LA CONSOLIDACIÓN DE LA DEMOCRACIA. TOCQUEVILLE EN AMÉRICA
EL HONOR COMO DIQUE DEMOCRÁTICO A LOS DESMANES POSMODERNOS
¿PODEMOS LOGRAR QUE CUNDA ESTA ÉTICA PARA VIGORIZAR NUESTRAS DEMOCRACIAS?
LA BANALIDAD DEL HEROÍSMO
VIDAS HEROICAS
EJEMPLARIDAD
LA AMENAZA DE LOS MEDIOCRES
EL SUEÑO IMPOSIBLE
X. RECOMPONER LA CADENA DEL VALOR
SENTIDO E IDENTIDAD
EL BIEN, NO LA FELICIDAD
MOLON LABE
DA CAPO
MARLOWE, QUIJANO
I.
QUÉ HONOR
APENAS INICIADA LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL, Robert Campbell, capitán del ejército británico, está al mando del Primer Regimiento East Surrey en una posición cercana al Canal de Mons-Condé, al sur de Bélgica. Su unidad es atacada y derrotada por el ejército alemán; Campbell, veintinueve años, resulta gravemente herido, es capturado y trasladado a un hospital militar en Colonia. De allí pasa, tras restablecerse, al campo de prisioneros de guerra de Magdeburgo.
En octubre de 1916, cuando ya lleva dos años recluido, recibe una carta en la que se le informa de que Louise, su madre, padece un cáncer terminal. No cuesta adivinar la angustia, la frustración y la tristeza que embargan al joven capitán, alejado de quien le dio la vida y ahora inicia la breve cuenta atrás de sus días. Tras horas de reflexiones sombrías, Campbell decide que escribirá al káiser Guillermo para pedirle permiso para visitar a su madre, bajo la promesa de retornar después de pasar una semana con ella. Semejante proposición, en su momento ya estrafalaria, nos parecería hoy inconcebible, un burdo ardid al que el enemigo jamás se prestaría. Sin embargo, el káiser accede y permite a Campbell viajar al hogar familiar en Gravesend (Kent), con la única condición de que le dé su palabra de caballero y oficial del ejército británico de que al cabo del periodo acordado regresará al campo de prisioneros.
De algún modo que nos es desconocido, aunque, esto es seguro, sorteando grandes peligros al atravesar líneas amigas y enemigas, Campbell consigue desplazarse hasta Holanda, cruzar el canal de la Mancha y llegar a Kent para pasar esos últimos momentos con su madre. En ese tiempo puede cuidarla y hacerle saber cuánto la quiere. Al séptimo día, se despide de ella y vuelve a Magdeburgo tan misteriosamente como ha llegado y tal y como había prometido. Louise muere tres meses más tarde. Durante el resto de su cautiverio, siguiendo el principio militar que dicta que los prisioneros de guerra tienen la obligación de intentar escapar para mantener ocupados a los enemigos y tratar de recuperar su puesto en las filas, Campbell intenta fugarse en varias ocasiones junto a otros militares cautivos. En una de esas tentativas, tras huir por un túnel que hubieron de excavar durante nueve meses, son interceptados en la frontera con Holanda y devueltos al campo de prisioneros. Neutralizados todos sus intentos de huida, Campbell permanece confinado hasta que termina la guerra.
He compartido la peripecia de Robert Campbell con muchas personas, de edades, procedencias y sensibilidades muy distintas. En todos los casos me encontré lo mismo: la sensación, transmitida por los ojos brillantes de quienes la oían, de que les conmovía hallarse ante algo grande e importante, algo que ensancha el entendimiento y el corazón en igual medida. Cada vez que les pregunté por las palabras que escogerían para describir lo que habían oído, escuché invariablemente estas dos: valentía y honor.
Este libro plantea una ética del honor y el coraje para nuestro tiempo. Quiere ser una corrección necesaria a ciertas derivas de las sociedades libres, cuyos cimientos están siendo corroídos por peligrosas enfermedades que amenazan ruina. Sin embargo, no es un texto catastrofista, mucho menos nostálgico, sino gozoso, porque describe algo que existe. José Luis López-Aranguren distinguía entre ethica docens, filosofía moral elaborada, y ethica utens, moral vivida. La ética que aquí se refiere es sin duda ethica utens, y no una elucubración académica. Así pues, esta obra no pretende elaborar una nueva propuesta en una especie de laboratorio ético, sino desbrozar la maleza para revelar un monumento al bien que ya existe, aunque la posmodernidad lo haya encubierto con malas hierbas. Ese imponente palacio se ha ido construyendo durante siglos, supone una culminación moral en nuestra especie y si ha sido hurtado a nuestra vista en los últimos tiempos es por razones de las que también se dará cuenta.
La aventura que ahora emprendemos es doble. En primer lugar, queremos depurar de sus resabios arcaicos e inmorales una de las grandes ideas y prácticas que el ser humano ha concebido, el honor, para mostrarlo en todo su esplendor y explicar el poder que tiene para mejorarnos. Esos resabios han impedido una investigación seria sobre este asunto; desde hace un centenar de años es habitual tomar el rábano por las hojas, el honor por sus formas caducas e ilícitas. Trazaremos, a tal fin, una nítida línea en el suelo para distinguir las versiones ancestrales del honor de la que reclama el ciudadano democrático en nuestros días. Subrayando sus componentes y distinguiendo su trayectoria de otras fuerzas culturales prevalentes, contaremos en qué consiste ese honor al que apellidaremos «ético». En segundo lugar, reivindicaremos el coraje no como una virtud más, ni como un acelerador o un embellecedor del comportamiento moral, sino como la almendra misma de las acciones justas. Como se argumentará, las personas decentes y buenas son fundamentalmente personas valientes, aunque para precisar esto tendremos que distinguir la valentía de la temeridad, y explicar qué relación tiene con el miedo, la vulnerabilidad o la violencia.
Hay una serie de aspectos que toda exploración sobre el honor y el coraje ha de tener en cuenta. El papel que la razón y la emoción desempeñan en nuestras vidas morales es uno de los más importantes. También es necesario reflexionar sobre nuestros valores, creencias, caracteres y comportamientos, elementos que en sí y en sus interrelaciones tienen inmensas consecuencias prácticas. Para poder abordar rigurosamente tales asuntos, habrá que fundamentarlos científicamente, pues solo así sabremos si la propuesta que haremos se compadece con la naturaleza humana. En el curso de estas averiguaciones emergerá uno de los grandes protagonistas de nuestra ética, ignorado y denostado a partes iguales en nuestro siglo: el deber. Habrá igualmente que elucidar qué es lo que nos hace soberanos de nuestras vidas, y fundar cierta objetividad moral sin la cual la ética carece de sentido. Esa fundamentación no será analítica, porque el texto no se concibió pensando en los académicos, sino en el gran público; pero aspira a ser sólida y convincente para todos.
El gran proyecto moral de nuestra especie, fundamentar una convivencia justa y hacer sitio al individuo libre, es inherentemente precario, y además ha vivido perjudiciales desvíos en los últimos tiempos. Luego de indagar dónde nos perdimos en la aventura de la individualidad, explicaremos qué pueden hacer el honor y el coraje por nuestras democracias. A continuación, nos preguntaremos hasta qué punto esa cumbre ética que llamamos heroísmo es una posibilidad al alcance de cualquiera. Por último, trataremos de averiguar cómo puede esta propuesta contribuir a reconstruir el sentido vital, víctima necesaria del relativismo y el absurdo imperantes.
La obra quiere ser una salida del atolladero posmoderno que dignifique las sociedades libres; quiere alentar una elevación personal y colectiva. En Ejemplaridad pública, Javier Gomá, luego de apuntar que la causa de nuestro descontento se encuentra en la escisión entre individualización y socialización que es propia de la cultura democrática, afirma que para salir de esas pantanosas aguas necesitamos una nueva paideia que aleje al individuo del yo hastiado y ensimismado y lo lleve mediante «incitaciones conscientes y realistas a la virtud pública, presentadas al ciudadano en una bandeja de usos, hábitos y mores cívicos y socialmente generalizados». La alternativa, viva y poderosa, que aquí va a presentarse, aspira a ser esa paideia que tanta falta nos hace.
Esta es la carta de navegación que utilizaremos en nuestra travesía. Cada trayecto de nuestro viaje —cada explicación y cada historia— tendrá por fin último ofrecer armas para el combate. No nos conformamos con retomar saber pasado y construir saber futuro; queremos conseguir que el lector vuelva a enamorarse de su vida moral y de su polis, para que pueda acudir debidamente pertrechado a su encuentro con lo que es justo. En su ensayo The Sovereignty of Good, Iris Murdoch afirma que la ética no debería limitarse a analizar la conducta mediocre y ordinaria, sino que debería aportar hipótesis sobre la buena conducta y sobre cómo puede alcanzarse. No tendría por tanto que ser una etología (que es lo que abunda: descripciones), ni reducirse a un comentario de las morales que con anterioridad alumbramos. La ethica utens que vamos a argumentar quiere cubrir el vacío en el que la posmodernidad nos ha sumergido, desde el convencimiento, compartido con Murdoch, de que «cualquier cosa que altere la conciencia en la dirección del altruismo, la objetividad y el realismo ha de conectarse con la virtud».
CUÁNTOS HONORES
Del honor nos impactan, para empezar, tanto su índole atemporal y ubicua como su polisemia. En cuanto a lo primero, comparten todas sus modalidades el ser un sistema normativo que ordena la realidad social, asigna valor a personas y grupos en base al respeto y se materializa en conductas. También es característica su fuerza motriz, el coraje. Este armazón común explica que historias como la del capitán Campbell puedan ser casi universalmente entendidas y sentidas. «Honrar» —el verbo que en esta obra corresponderá al sustantivo «honor»— es una actividad que concierne al comportamiento individual en el ámbito colectivo; veremos que esta tensión entre lo único y lo comunal, que es una de las tramas esenciales de la historia humana, es decisiva para el animal social que aspira a vivir libremente.
Pero el honor no es un concepto, sino una categoría, de ahí la polisemia. Hay honor entre ladrones y entre soldados, en la mafia, en los deportes, en la Academia, y a pesar de lo que comparten son todos razonablemente distintos. Stephen Darwall ha distinguido dos tipos de respeto: un «respeto de valoración», juicios positivos respecto a un estándar, excelencia, areté; y un «respeto de reconocimiento», en función de algún hecho que distingue, como el estatus o un cargo, relativo a honores que son concedidos. Ambos tipos de respeto han dado origen a cinco honores esenciales a lo largo de la historia: el honor tribal, el meritorio, el honorífico, el privilegiado y el íntegro. A los cuatro primeros los denominaremos «honores ancestrales» para deslindarlos del quinto, que, enriquecido con las vetas nobles de los otros honores, va a protagonizar la plenitud ética de nuestra especie.
El honor tribal debió ser el primero de todos en manifestarse, pues integrados en bandas o tribus hemos vivido la mayor parte de nuestra historia, y por idéntico motivo ha de ser la base antropológica de los demás honores. Consiste en la inquebrantable lealtad a un grupo de referencia y la asunción de un código de comportamiento que cierra filas en torno a ese colectivo. Es el honor que aborda Peter Berger en su clásico artículo “On the Obsolescence of the Concept of Honor”, caracterizándolo como un patrimonio comunal que queda mancillado por el insulto u otras acciones ajenas (un daño infligido que exige respuesta). Es un honor sin objetividad y sin ideales en el que el individuo solamente asume deberes frente a sus iguales, no existiendo otra verdad que la que su tribu establezca.
Por más arcaico que pueda parecernos, este honor está muy vivo en muchas sociedades subdesarrolladas, en bandas urbanas, en grupos de hooligans, en ámbitos criminales y en cuerpos militares o paramilitares. Suele prevalecer en circunstancias similares a las habituales en tiempos ancestrales: cuando el extremo riesgo, la violencia corriente y la inseguridad rampante exigen una cohesión grupal sin fisuras. E igualmente aflora en situaciones de acrecentada visceralidad —de peligro impostado— como las que abundan en las internáuticas redes sociales. Hoy reconocemos que este honor es moralmente problemático, por excluyente, literalmente xenófobo. En su artículo, Berger lo enfrenta a la dignidad, calificándolo de pseudoética inferior a la ética contemporánea, igualitaria y de suyo antiviolenta.
El honor tribal concita emociones poderosas. Apela constantemente a lo que Freud denominó «narcisismo de las pequeñas diferencias»: la acentuación de lo que distingue a grupos humanos colindantes con el fin de espolear un colectivismo identitario. Su «nosotros» se conforma por oposición a un «ellos»; es un honor de capuletos y montescos. Dice Tebaldo, detectando a Romeo en una fiesta en la que no es bienvenido: «Por la voz parece Montesco. Tráeme la espada. ¿Cómo se atreverá ese malvado a venir con máscara a perturbar nuestra fiesta? Juro por los huesos de mi linaje que sin cargo de conciencia le voy a quitar la vida». ¿Quién, tras leer Romeo y Julieta, no queda espantado por la tremenda similitud entre capuletos y montescos, y el terrible resultado de sus nimias diferencias? Todos los nacionalismos, los patriotismos ciegos («mi país, tenga razón o no») son variaciones sobre el tema del honor tribal.
El castigo máximo que aplica la tribu es la expulsión, que preludia el exterminio, por la doble vía de la disolución del yo (es el grupo el que me identifica, sin él no soy nada) y la soledad ante el peligro (retiradas sus protecciones). Tan importante ha sido la solidaridad tribal que aún late en las profundidades de nuestra psique, asomando en los momentos más insospechados. Recientes experimentos han mostrado que los mecanismos cerebrales —ligados a la amígdala y al canal del miedo— que se disparan en los jóvenes cuando son repudiados por los grupos a los que pertenecen son los mismos que los que se activan en los niños abandonados. Estas emociones pueden alcanzar una intensidad inusitada; algunas de estas situaciones acaban en suicidios.
A diferencia del resto de honores ancestrales, que son competitivos, el honor tribal es entre iguales. Es el juramento de los mosqueteros —«uno para todos y todos para uno»— y la arenga de Enrique V en la batalla de Agincourt según la imaginó Shakespeare: «We few, we happy few, we band of brothers». Es también el código de los vestuarios en los equipos deportivos, donde la justicia se aplica entre todos y los trapos sucios se lavan en privado, y es la prieta formación de escudos de los espartanos. A pesar de sus muchos defectos, el honor tribal ha sido un factor de solidaridad e igualdad indudable en nuestra historia, que en su mayor parte ha protagonizado.
El honor tribal mantiene una complicada relación con las mujeres. Los llamados asesinatos de honor son asesinatos tribales. Sigue dándose una cantidad insoportable de casos en Pakistán, Afganistán, India, Turquía y otros lugares. La perversidad de estos actos nos muestra la peor cara del honor tribal, el modo en que puede llegar a cebarse con los más vulnerables; también su abyecta lógica retributiva. Con el honor de las mujeres, en muchos de estos sitios, literalmente se comercia; en estas sociedades hay tablas de equivalencia no escritas con las que se calculan las atrocidades: por perder la virginidad, apenas por flirtear, o a veces por nada, en pago de una «deuda de honor» ajena. En las culturas tribales, muchas de ellas sanguinariamente machistas, el honor de una mujer suele pertenecerle al padre, al marido, al hermano; tales culturas están entre las más atrasadas, menos libres y más inmorales que existen.
Ese atávico comercio está ejemplarmente recogido en Abril quebrado, la novela de Ismaíl Kadaré. Allí se cuenta la historia de Gjorg Berisha, un joven que debe matar a un miembro del clan rival para saldar una deuda de sangre. La deuda nace de la aplicación del Kanun, el código de honor albanés, que contempla incluso la existencia de un «Libro de sangres» en el que, generación tras generación, cada afrenta es asentada. El honor tribal genera a menudo esta clase de contabilidad que depara verdaderos tratados de venganzología.
El honor meritorio se basa en la excelencia. Es intrínsecamente motivante; mientras que el honor tribal se exige, el meritorio se ansía. Tiene además una dimensión pública muy importante que lo distingue del honor íntegro. Nace de la comisión de ciertos actos admirables, acciones egregias que proyectan una luz que invita a que otros las emulen. Es trascendencia en la tierra, en la memoria de las mujeres y los hombres.
На этой странице вы можете прочитать онлайн книгу «Ética para valientes», автора David Cerdá García. Данная книга относится к жанру «Афоризмы и цитаты».. Книга «Ética para valientes» была издана в 2022 году. Приятного чтения!
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