Título original: A Beautiful Crime. A Novel
© Christopher Bollen, 2020.
© de la traducción: Efrén del Valle Peñamil, 2021.
© de esta edición digital: RBA Libros S.A., 2021.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
REF.: ODBO892
ISBN: 9788491878247
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
Primera parte. Tender la trampa
Segunda parte. Lo que cae en la trampa
PARA EDMUND WHITE
Puedes ganarte la paz o comprarla.
JOHN RUSKIN
Al amarle, vi grandes casas en construcción que no tardarían en deslizarse hacia el mar, que esperaba agitado.
DAVID WOJNAROWICZ
Por debajo de los gritos de las gaviotas, por debajo de los pisos llenos de turistas desvistiéndose y vistiéndose para la cena, por debajo incluso de la figura menguante de su asesino, un hombre yace desplomado, sangrando. Solo lleva muerto unos segundos. Está tendido boca abajo, el cuerpo retorcido a la altura de las caderas, el brazo izquierdo por encima de la cabeza formando una U. A cierta distancia, visto desde arriba, parece casi como si durmiera. Es la sangre que empapa su camisa rosa la que delata el crimen.
Fuera, el sol se pone en la que es, sin discusión, la ciudad más bella del planeta. Hay muchos muertos en esta ciudad. Arriba, en la habitación del hombre, una guía en inglés recomienda tomar una embarcación que sale de San Michele para visitar toda una isla llena de difuntos. Entre las legiones de cuerpos enterrados allí están el compositor Igor Stravinski, el director de ballet Serguéi Diáguilev y el poeta Ezra Pound.
Esta ciudad se está hundiendo; lleva siglos hundiéndose. Disfrútala mientras puedas. La sangre forma un charco alrededor del cuerpo. Se oyen gritos procedentes de todas direcciones. El asesino corre hacia la salida.
Pero nada de esto ha sucedido aún.
El avión procedente de Nueva York aterrizó poco antes del amanecer, y sus ruedas se posaron a ciegas en los límites de la pista. Nick Brink despertó al oír el aplauso procedente de los asientos de clase turista y se inclinó hacia delante emitiendo un gruñido animal. Se notaba los músculos del cuello doloridos y dos magulladuras palpitando por encima de la oreja izquierda. En algún lugar de la tensa confusión que sentía por debajo de la cintura, sus piernas estaban completamente dormidas. No era buena idea medir más de un metro ochenta durante un vuelo de nueve horas en un asiento barato. Sin embargo, a medida que el avión aminoraba la velocidad en el aeropuerto Marco Polo, lo único que pensaba era que se sentía afortunado. Porque, a sus veinticinco años, Nicholas Brink no había estado nunca en Venecia.
No se debe juzgar ninguna ciudad mítica por su aeropuerto. Nick, nacido en una ciudad no mítica con un aeropuerto famoso («Dayton enseñó al mundo a volar»), sabía que no debía esperar mucho de las vistas desde su ventanilla. Sin embargo, más allá de la deprimente capa gris de la pista, las escasas palabras extranjeras que pudo ver, USCITA, SICUREZZA e IMBARCO, parecían promesas de amor y música desenfrenada. Lo había conseguido, o casi. La Venecia real flotaba en algún lugar más allá de aquel desierto de hormigón, y a Nick le sobraba tiempo para llegar a ella. No se reuniría con Clay en el Gran Canal hasta dentro de tres horas. Si, por algún milagro, lograba atravesar el aeropuerto en un tiempo récord, tal vez llegaría a contemplar el amanecer desde alguno de los puentes de piedra de la ciudad.
Nick metió los pies en sus zapatos justo cuando el avión se detenía trabajosamente a unos cuarenta metros de la terminal. «No, Dios mío, por favor», rogó. Después de nueve horas encajado como un cadáver en la misma postura, tenía la sensación de que no aguantaría ni diez segundos más.
—Señoras y señores, hay un retraso en la apertura de la puerta —anunció el piloto dirigiéndose al largo tubo lleno de estadounidenses, que respondieron con un suspiro—. Un retraso muy breve.
Nick observó con impotencia cómo la mañana empezaba a derretir el asfalto. Finalmente, un destello de color naranja se deslizó sobre un alerón distante. Cuando la luz del sol alcanzó su ventanilla, Nick volvió la cabeza para mirar por el cristal. «Ya basta», concluyó. Era medianoche en Nueva York.
Finalmente rodaron hasta la puerta, sonó una campanilla y se oyó el ruido de los cinturones de seguridad. Los pasajeros salieron a toda prisa de sus filas para verse inmovilizados de nuevo, y se aferraron a su lugar en el pasillo como insectos en un papel atrapamoscas.
—Estoy haciendo un tour —anunció, sin dirigirse a nadie en particular, un hombre fornido situado delante de Nick. Vestía una sudadera roja de las carreras de la NASCAR y pantalones cortos de nilón muy altos que dejaban al descubierto la línea de su bronceado en los muslos, de color blanco como el talco. Llevaba una almohada pegada al pecho, y sostenía dos tapones para los oídos en la palma de la mano, amarillos y nudosos como dos dientes acabados de extraer—. He quedado con mi primo. Haremos todo el recorrido en autobús. —Se dio la vuelta y fijó la vista en Nick, que no tenía escapatoria—. Milán, Perugia, Florencia, Siena. Seguro que me olvido de alguna. ¿Cómo se llama esa ciudad de las murallas famosas? Pasaremos dos días enteros en Venecia.
Anunció aquella información con una urgencia frenética, como si temiera que esa fuese su última oportunidad de hablar con un estadounidense.
Nick lo escuchó divagar sobre los descuentos en las tarifas de los hoteles y sobre el lujoso autocar de cincuenta plazas con aire acondicionado de última generación. No era la banda sonora ideal para su primera mañana en un país extranjero; le habría gustado arrebatarle los tapones para los oídos y ponérselos él, lanzándole una mirada de desdén. Pero lo que hizo fue asentir con diligencia e incluso improvisar algún que otro entusiástico «Ah, genial». Aunque Nick había vivido siete años en Nueva York, nunca había desarrollado el talento para la grosería. Creía en la amabilidad, igual que creía en su juventud: pensaba que ambas podían salvarlo. Su juventud y su amabilidad eran las llaves maestras de todas las habitaciones del futuro.
—Te lo vas a pasar muy bien —le aseguró Nick.
—Ya —coincidió el joven—. ¿Y tú? ¿Vienes de vacaciones?
Nick sonrió mientras se despejaba el pasillo.
—Espero que no.
Un retraso sucedió a otro: primero en el control de pasaportes y luego en la recogida de equipajes. En esta ocasión no hubo avisos, solo el mismo grupo de pasajeros reorganizado en un tumulto ruidoso y sin distinción entre primera clase y clase turista junto a la cinta transportadora. Cuarenta minutos más tarde, los equipajes de primera clase empezaron a caer por la rampa, cada maleta marcada con una etiqueta de color fucsia fluorescente en la que podía leerse PRIORIDAD. Pero Nick estuvo de suerte. Puede que los operarios italianos confundieran su etiqueta naranja fosforito de EXCESO DE PESO con una clase especial propia, porque su maleta metálica plateada bajó dando tumbos antes que el resto de bultos de clase turista. Nick apoyó el zapato en el borde de la cinta transportadora, levantó la maleta con la etiqueta de EXCESO DE PESO y la dejó en el suelo. Aquella maleta contenía todas sus posesiones.
Fuera, el aire primaveral era húmedo, porque hacía poco que había llovido, y olía a humo de los tubos de escape. Nick hizo rodar la maleta más allá de las puertas automáticas del aeropuerto y se detuvo a ayudar a una pareja de ancianos canadienses para que no se les escapara el equipaje. Nick se desvió de la pasarela, se situó junto a un grupo de italianos que estaban fumando y discutiendo, dejó encima de la maleta una bolsa de cuero que llevaba al hombro y rebuscó hasta que dio con el pasaporte y el móvil. Luego siguió buscando, pero no encontró el mapa de Venecia que le había dado Clay, el que tenía el punto de reunión marcado con un círculo rojo. Con el jet lag, lo único que recordaba era que se trataba de un embarcadero en el Gran Canal. El nombre eran dos palabras. O quizá fueran tres.
Nick se palpó el cuerpo por si llevaba encima el cuadrado de papel doblado mientras iba entrando en pánico con cada inspiración. Podía arruinar el plan en su primera mañana en Venecia. No resultó de mucha ayuda que casi toda la ropa que llevaba puesta fuera prestada, porque los bolsillos le eran tan desconocidos como las habitaciones de la casa de un extraño. Normalmente, para un vuelo tan largo se ponía unos vaqueros o un pantalón de chándal, pero había querido entrar en Venecia como si formara parte de ella. Llevaba una camisa rosa abotonada debajo de una chaqueta de color verde oscuro que abrigaba demasiado para el mes de abril en Italia. Los pantalones de sarga azul marino le resultaban pesados, como si estuviera saliendo del mar con ellos puestos. Los zapatos eran suyos, mocasines de cocodrilo negros para los que había ahorrado durante meses y que, por tanto, casi nunca se ponía. Entre las escamas aún se apreciaba el polvo del armario.
Quizá había sido un error ponerse aquella costosa ropa prestada. El día anterior, en Nueva York, mientras se vestía para ir al aeropuerto, intentó meterse la cartera en el bolsillo trasero de los pantalones y descubrió que la abertura estaba cosida. Nick no sabía si tenía que abrir la costura de un tirón o no. Finalmente la desgarró, pero su ineptitud para manejar unos simples pantalones no es que lo hubiera llenado de confianza internacional, precisamente. Y ahí estaba ahora, registrándose a sí mismo en el exterior del aeropuerto. Luchó contra el impulso de tirar a la basura la chaqueta, ridícula y excesivamente gruesa. ¿A quién iba a engañar con aquello puesto?
Su mano tocó la esquina de un pliegue de papel doblado: el mapa se había colado en el forro de la chaqueta por un agujero. Aliviado, lo atrapó con los dedos y lo sacó. Clay había marcado un embarcadero llamado Ca’ Rezzonico que se hallaba en mitad del serpenteante Gran Canal. Nick no pudo resistirse a sacar la palabra de paseo, elaborando una cantinela con ella —«Ca’ Rezzonico. Ca’ Rezzzooooniccooo. Ca’ Reeeezzoooonicoooo»— y remarcando cada vez más las vocales, hasta deslizarlas por encima de los obstáculos de las consonantes. Solo había memorizado un puñado de expresiones italianas. Por suerte, Clay hablaba italiano. Tiempo atrás, había vivido ocho meses en Venecia. Su experiencia los ayudaría a los dos. «¡Ca’ Rezzoooonicccooooo!».
—¿Ca’ Rezzonico? —repitió una voz femenina, como un pájaro respondiendo a un reclamo.
Nick se dio la vuelta y vio a una mujer delgada de mediana edad con el cabello rubio grisáceo sobresaliendo bajo un sombrero de paja. La sombra del ala le tapaba un poco los ojos y dejaba que fueran sus dientes los que llevaran todo el peso del saludo. Eran tan cuadrados y blancos que parecían fundas.
—¿Nos espera a nosotros? —le preguntó a Nick.
Detrás de ella había una familia estadounidense: un marido flaco y pecoso con un suéter de punto anudado a la cintura, una hija adolescente corpulenta y guapa con un vestido amarillo y un brazo escayolado cubierto de firmas, y un chico de diez u once años con el pelo oscuro que tenía la mirada más fría y sabia de toda la familia. Llevaban un equipaje sensato; cada uno de ellos tenía a su lado una maleta pequeña y no muy abultada. Irradiaban esa especie de liviana desenvoltura propia de los ricos que podían comprar lo que necesitaran en su próximo destino. Los pobres como Nick tenían que actuar como mulos de carga con sus propias pertenencias.
—¿Le envía Giulio? —quiso saber la mujer de mediana edad.
Nick sonrió como pidiendo disculpas.
—Lo siento, me ha confundido con otra persona —dijo, y miró a su alrededor como si fuera su cometido encontrar sustitutos prometedores.
—¡Lynn! —dijo de repente el marido al mismo tiempo que la chica decía «¡Mamá!» con aire quejumbroso. Lynn se rio. Estaba claro que disfrutaba con su papel de payasa de la familia. El esposo bajó la voz—. Ya te dije que Giulio no iba a enviar a nadie.
—¡Pero este joven estaba diciendo el nombre de nuestro embarcadero en voz alta! —repuso ella—. Ca’ Rezzonico. ¡Y tú dijiste que Giulio enviaría a un estadounidense!
Alargó la mano y agarró a Nick del bíceps. A lo mejor, la chaqueta verde oscuro le recordaba a los aparcacoches de su país.
—Y también te dije que cancelé aquel palazzo. Vamos a alquilar uno al otro lado del canal, ¿recuerdas? San Samuele es nuestro embarcadero.
—Ah. —Lynn soltó el brazo de Nick y se lo quedó mirando entre carcajadas—. Lo siento. Realmente pensaba que había venido a buscarnos.
Lo miró fijamente. Con frecuencia, Nick atraía la atención curiosa de las mujeres de mediana edad, como si lo estuvieran evaluando eternamente para ser algún elemento ausente en sus vidas: hijo adoptivo, pareja sexual, chico de los recados, mejor amigo gay.
—No pasa nada —respondió Nick—. Me habría gustado poder ayudarlos.
—¡Y a mí también! —gritó Lynn con teatralidad, como queriendo compensarlo por la confusión—. ¡Con lo guapo que es!
Nick aún no estaba acostumbrado a que lo llamaran «guapo». El torpe y desgarbado adolescente de Ohio aún lo había acompañado durante la primera parte de su veintena. Su atractivo había despertado únicamente en los últimos años (su madre demostró poseer una inusual percepción cuando, de niño, le dijo: «Tú espera; los mejores son los que más tardan»). Se resistió al halago de Lynn. Ruborizado, echó un vistazo al resto de la familia —marido, hija, hijo— como si esperara que cada uno de ellos confirmara el cumplido. Lo que hicieron, en cambio, fue reunir su equipaje, despedirse tímidamente con la mano y seguir los carteles que indicaban una pasarela cubierta para taxis acuáticos.
Había dos formas de entrar en Venecia: en autobús o en barco. Incluso un novato como Nick sabía que la forma de hacerlo con distinción era por mar. Vio a los pasajeros de primera clase y sus equipajes con letreros fucsia revolotear por el mismo camino que la familia estadounidense. Clay le había dicho a Nick que el autobús era barato, fiable, y que estaba totalmente desprovisto de romanticismo. «Toma el autobús y ahórrate el dinero», le había aconsejado. Nick guio su pesada maleta hacia la parada de autobús, al otro lado de la calle. Palpó la cartera para comprobar que seguía enterrada en el fondo del bolsillo trasero de los pantalones de sarga. No podía permitirse perderla: en su interior llevaba los novecientos dólares que había cambiado por euros en el aeropuerto JFK. Era casi todo el dinero del que disponía para gastos. La cartera contenía otro ingrediente esencial para sus planes en Venecia: su antigua tarjeta de visita.
Nick llegó a la mediana de cemento a tiempo de olisquear el combustible quemado del autobús que acababa de perder. Había otro estacionado junto al bordillo, con el motor retumbando pero sin conductor al volante. Nick entró en el vehículo vacío, dejó la bolsa y la maleta en el portaequipajes y se sentó al lado de la ventanilla. El tapizado consistía en un patrón de remolinos de confeti, y una cálida y sibilante halitosis brotaba de las salidas del aire acondicionado. Nick encendió el teléfono.
Cuando la pantalla se iluminó, vio que solo disponía de cuarenta y cinco minutos para llegar a Ca’ Rezzonico. No tenía el nuevo número de teléfono europeo de su novio para avisarlo de que quizá se demoraría.
Apareció un mensaje de texto enviado hacía unas horas. Era de su hermana.
«¡¿Cómo?! ¿Que te mudas a Venecia?».
El mensaje iba seguido de una serie de variaciones sobre el mismo tema.
«Será una broma, ¿no? ¿Y Nueva York qué?».
«¿¿¿¿Nicky????». Solo su hermana y Clay le llamaban Nicky.
«Creía que en Venecia no vivía nadie. Creía que todo eran turistas».
«¡Espera! Ahora empieza mi turno, pero ¿te refieres a Venice Beach, California?».
На этой странице вы можете прочитать онлайн книгу «Un crimen muy bello», автора Christopher Bollen. Данная книга относится к жанрам: «Мистика», «Зарубежные детективы».. Книга «Un crimen muy bello» была издана в 2022 году. Приятного чтения!
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